
Si le preguntásemos a un viejo aymara por sus antepasados, probablemente entornaría los ojos primero, cegados por el sol; luego, con la calma propia de quien tiene todo el tiempo del mundo, acompañaría su respuesta con un gesto de la mano señalando hacia delante1.
Ayer y mañana; delante, detrás. El tiempo como metáfora espacial no es nada nuevo. ¿Cómo expresar, si no, un concepto tan escurridizo? Así, entendemos perfectamente cuando alguien nos dice: «Se ha avanzado la reunión», «Tiene toda una vida por delante» o «Atrás quedan los años de la infancia».
Existe un consenso en casi todas las culturas mediante el cual el futuro se encuentra más adelante, al final de nuestros pasos, que nosotros avanzamos hacia él. Por eso lo llamamos destino. El pasado, entonces, es eso que inexorablemente vamos dejando atrás, como un lastre que se nos va cayendo de los bolsillos.
Esto no es así para los aymaras.
Para este pueblo indígena de los Andes centrales, el ayer se encuentra ante sus ojos, pues es todo cuanto se ve o se ha visto (aquello que se conoce), mientras que entienden que el mañana queda a sus espaldas, por ser todo aquello que todavía no se ha visto, aquello que aún no se conoce2.
Al igual que quien se ha bajado en la parada equivocada, dense unos segundos para habituarse a este nuevo y volteado mundo que se les propone. Saboreen el vértigo. Ante sus narices, el pasado en toda su nitidez, esplendoroso. Detrás de usted, bordoneando en su nuca, el ciego porvenir.
Se dice que un aymara nunca se impacienta. Esperar seis o siete horas para que pase la buseta, por ejemplo, no es motivo de inconveniencia. ¿Qué sentido tiene la prisa para alguien que no se dirige a ninguna parte? La comprensión del tiempo modifica nuestras actitudes, evidencia que encontramos en la etimología de palabras como templanza o temperamental.
Al otro lado del espejo, experiencias como la nostalgia o la ansiedad, que tan frecuentemente nos asaltan por estos lares, son para nosotros carreras a contracorriente, como si el tiempo fuera una resistencia espesa que hubiera de ser atravesada. Una fuerza a vencer. La nostalgia como recuperación de lo pasado y la ansiedad como negación de lo venidero. En ambos casos —porque el pulso siempre se pierde— la derrota es dolorosa.
Estas actitudes dislocadas son el síntoma de un desencuentro con nuestra temporalidad. En El aroma del tiempo (Herder, 2015), el filósofo Byung-Chul Han diagnostica una «dispersión temporal» (disincronía) especialmente acuciante en nuestros días, que tiene que ver con la pérdida de un sentido de la duración. La fugacidad de cada instante, vivida como una sucesión de picos de actualidad, nos sitúa ante un nuevo escenario que ya ha dejado atrás la noción del tiempo como narración. Hoy todo, incluido uno mismo, se experimenta como efímero, radicalmente pasajero.
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Excelente propuesta! La contemplación tan recomendada por los que saben vivir! Difícil tarea a emprender, gracias por lo escrito! Se me hace objetivo en esta etapa de mi vida.. y gracias por los aportes, buscaré El Aroma del tiempo, seguro es díficil de leer, sin embargo debe valer el esfuerzo!
Saludos
Hola, Lidia. Gracias por comentar.
El Aroma del Tiempo es, de hecho, un librito bastante corto y de disfrutable lectura.
¡Buena suerte!
Bellísimo, señor. Reflexiones que hacen pensar, o reflexionar, que a su vez evocan los espejos e indirectamente nuestras espaldas, lugares geohumanos desconocidos e incontaminados.
…futurear mirando pa’trás sería lo más aconsejable, porque volveríamos a ser niños, a la edad de la inocencia que nos regodeamos al perderla por el camino… (fragmento de una poesia, de un autor mendocino, maestro de escuela, domador, decidor y yerbas varias) Muchísimas gracias por la lectura.
Gracias a ti por comentar, y por los versos. Un abrazo.
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