
Este artículo se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº33 especial Argentina.
En un Panorama de la Literatura Hispanoamericana publicado en Francia en el año 1931, se afeaba a Victoria Ocampo el esnobismo de escribir en francés y hacer que otros traduzcan sus textos al español, lo que ocasionaba, según el autor, que en la Argentina la élite no se tomara en serio a los autores nacionales. La respuesta de Ocampo no se hizo esperar: lo hizo en el número 3 de la revista SUR, que fundó inspirada y animada por Ortega y Gasset, y que con el tiempo habría de convertirse en una de las más monumentales empresas culturales del siglo XX en español. Es un texto espléndido titulado «Palabras francesas» en el que Ocampo distingue dos tipos de escritores. Lo citaré por extenso para tasar no solo la limpieza de su prosa, sino también para escudriñar su naturaleza, que depararía los diez tomos de su serie «Testimonios».
Esto responde Ocampo al autor del Panorama de la Literatura Hispanoamericana:
Desde el momento en que escribimos estamos condenados a no poder hablar más que de nosotros, de lo que hemos visto con nuestros ojos, sentido con nuestra sensibilidad, comprendido con nuestra inteligencia. Imposible escapar a esta ley. Pero la obedeceremos bajo una forma diferente según que nuestro temperamento se incline hacia la introversión o hacia la extraversión.
Sospecho que todas las disputas, todas las tormentas desencadenadas en el campo literario y artístico, tienen, en su base, la terrible hostilidad existente entre estas dos inclinaciones. Cuanto más acentuado es un tipo, cuanto más grande es su porcentaje de introversión o de extraversión, tanto más amenazada su visión del tipo opuesto por un fenómeno de subjective clouding.
Ciertos fieles, en la India, se arrancan los párpados a fin de no interrumpir su contemplación del cielo. El extravertido no tendría necesidad de ese sacrificio. No tiene párpados. Nada separa su yo del mundo exterior. Su vida psíquica se desenvuelve fuera de sí mismo. Por el contrario, el introvertido va por el universo con los párpados cosidos como esos halcones que se domesticaban para la caza en la Edad Media. Todo acontece dentro de sí mismo.
Existe la raza de los que no pueden hablar de las cosas sino hablando de ellos mismos, y la raza de los que no pueden hablar de sí mismos sino hablando de las cosas.
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Como las hermanas del artículo me tocan muy, pero muy de cerca, y nadie deja un comentario, dejo el mío para que lo
acompañe en su viaje al olvido, esperando que la ironía sea bien entendida. Es solo un acto de amor a mi lengua y su
madre que me toco en la lotería del Cosmos, loteria de la cual Felipito, el pibito de Mafalda ya se había dado cuenta de tal
arbitrariedad porque pataleaba diciendo que él no hubiera querido ser argentino, sino suizo para comer más chocolate.
Mi patria es el lenguaje,
ese que no respeta las fronteras,
una mera y apresurada linea
sobre el suelo hecha con tizones
y que a veces me avergüenza,
especialmente cuando prefiero aquel
que en vez de decir vosotros no sabéis
exclama con buen sentido de mínimo ecónomo
ustedes no saben,
ay, que mal que sabe, lo reconozco
puro patriotismo de sonidos después de todo,
pero qué culpa tengo yo si las vocales
y sus maridos como aves sin memoria
hicieron nido en esta parte de la Tierra?
Gracias por la excelente lectura.
Los argentinos son unos italianos que hablan español y que quieren ser franceses.
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