
Seamos o no conscientes de ello, sin la revolución hípster de los años cincuenta hoy no existirían Los Simpsons, ningún adulto leería cómics y mucho menos aún serían un éxito las sagas de Marvel o Star Wars. Hasta esta Contemporary Culture Magazine, Jot Down, no hubiera pasado de ser un fanzine para gente rarita. La razón es que al terminar la Segunda Guerra Mundial la lucha continuaba en el frente más improbable de todos, el de la cultura. Permanecía muy viva la discusión entre «alta» y «baja» cultura: la música clásica sí era música, el jazz o el rock no; no era literatura la ciencia ficción ni el terror u otros géneros; nadie que no sufriera retardo mental leería cómics después de la adolescencia; y, desde luego, si uno quería ser un artista no se dedicaría a la ilustración. Edward Gorey no solo rompió todas y cada una de las normas para precipitar el final de la distinción entre lo que era cultura y lo que no. Creó además un estilo definido por lo macabro y lo satírico, anticipó géneros, contribuyó a la expansión de la cultura pop, y ha acabado propiciando la aparición de un elenco de artistas que hoy se definen con orgullo como «goreyescos».
Pero comencemos no por quién era, sino por cómo era. Altísimo, delgado, con una barba hípster que conservó hasta su muerte. La de un hípster verdadero, creada a imitación de la estética beatnik de los cincuenta y mezclada con un estilo propio de dandy fin de siècle. En la calle, un abrigo de piel de mapache con el largo justo para dejar ver sus pantalones tobilleros, y las manos cuajadas de anillos. Intercalando caprichosamente al hablar una vocecilla de falsete, a lo Bee Gees, con exclamaciones, risitas, y gestos teatrales, que cambiaba súbitamente a un afectado acento británico. Podía mantenerse en un tono o en otro durante horas, en una conversación informal o una entrevista. Por puro capricho, y sin preocuparse lo más mínimo por lo que hiciera sentir a su interlocutor. La opinión de los demás en general, y de los lectores en particular, le interesaban tan poco como el sexo.
Al menos eso manifestó a menudo en las entrevistas que le hicieron, subrayando su condición de persona afortunada por no sentir ese impulso. Asexual declarado, autodefinido como gay, y parte del primer círculo cultural homosexual de Harvard, así como amigo íntimo de su líder, el poeta Frank O’ Hara. Todas las obras que Gorey citó como favoritas están consideradas hoy de temática homosexual. Generalmente encubierta, como la del mismo Herman Melville de Moby Dick. Frecuentaba además los bares de ambiente de Chicago y Nueva York. Aunque su sexualidad no tendría importancia de no ser porque se considera uno de los primeros famosos que normalizó la estética queer, influenciando al movimiento LGTBIQ+.
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Un artículo genial, enhorabuena ?
Si, gracias, no conocía a este autor tan influyente
Trabajo en una librería de Bogotá – Colombia, hace poco revise con atención algunos de sus libros y quede con curiosidad de saber más sobre Gorey. Quedo muy sorprendido al leer este artículo, pensé que era un ilustrador de hace por lo menos 159 años, ahora junto a no sé, la figura de John Kennedy O’tolle pongo la vida y obra de este artista, que maravilla saber que vivió durante los 90s, que le gustaba Buffy la cazavampiros, que amaba los gatos, que tipo tan peculiar y genial a la vez! Que buena forma de introducirme en su vida, continuaré averiguando más sobre él.