
(Viene de la segunda parte)
Relatar las vacilaciones y callejones sin salida en que desembocaron las investigaciones emprendidas por Furio Colombo, autor de la célebre última entrevista «Todos estamos en peligro» la tarde en que había de morir el poeta, o por Oriana Fallaci, que desde el principio se acercó a la verdad apuntando la presencia de más de tres personas en el campito de fútbol de Ostia, o por el policía Enzo Sansone o por Sergio Citti —el que fuera primero ragazzo de vita y luego respetado director de cine—, cuando tenemos un panorama más claro de los hechos desde que se han desclasificado papeles de la CIA correspondientes a este y otros sonados casos italianos, puede parecer una pérdida de tiempo, excepto porque en su momento le descubrieron a la opinión pública cómo un sector del mundillo criminal pululaba alrededor del poder político y el precio que se pagaba por revelarlo; también porque estos investigadores encarnan una corriente civil de resistencia democrática que ha mantenido vivo el caso Pasolini, rebelándose contra la impunidad de unos crímenes de Estado que han pintado el paisaje político y social de las últimas décadas, Berlusconi incluido.
Sus investigaciones y averiguaciones parciales recuerdan la historia de los ciegos que tiene que decir de qué animal se trata cuando solo tienen acceso a una parte de un enorme paquidermo. El elefante de la trastienda política italiana no se deja medir por un hombre solo.
La incredulidad como motor de las investigaciones espontáneas
Naturalmente, lo primero que chirrió de la versión oficial era lo oportuno que resultaba un chapero menor de edad como culpable, y que el homicidio pareciese tanto una profecía autocumplida, pues Pasolini había comentado alguna vez que era consciente de asumir riesgos cuando salía «de caza» por las noches. Hay que insistir en el nivel de violencia en la capital, fruto tanto del clima político como de la crisis económica. El ataque a la «parejita» de homosexuales por una pandilla de jóvenes fachosos la había representado Pasolini en La Nebbiosa, guion elaborado por encargo en 1959 y que muy cambiado resultaría en la película Milano nera (1963). Es una bobada hablar de profecía cuando lo que hizo entonces fue incluir situaciones reales —las agresiones a homosexuales sorprendidos en sus encuentros discretos o clandestinos— en una ficción.
Tanto los autores de Profondo nero como el sinfín de escritores o cineastas que han abordado el misterio de la madrugada del 1 de noviembre han destacado que las primeras etapas de la investigación oficial dejaban mucho que desear, primero porque no se acordonó el lugar y mientras la policía trabajaba en el levantamiento del cadáver —«un grumo de sangre»—, unos chavales estuvieron jugando un partido de fútbol en medio del barro y rodeados de curiosos.
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