Ocio y Vicio Destinos

¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura?

ver muertos cementerio
El Ángel exterminador o Angelote de Josep Llimona en el cementerio de San Cristóbal, Comillas. Fotografía: Rubén Díaz Caviedes.

Todas las tumbas deberían mirar al mar, que es el morir. Orientarse como una aguja imantada hacia la travesía que comienza. La del cambio de estado, la del cuerpo que vuelve a la tierra como la mierda al ancho azul. Y desde el agua las almas, si es que las hay, verán sus lápidas como cuando los pescadores leían las noticias en las fachadas de sus casas de colores. Una sábana blanca anunciaba la muerte de un pariente. «Lamento que haya muerto». «¿Cómo dice?». «Sí, ¿no ve allí su lápida, al lado de la mía?».

La palabra cementerio deriva del griego koimeterion y significa literalmente «lugar en el que se duerme». El término sustituyó a necrópolis («ciudad de los muertos») cuando el cristianismo impuso su visión de la muerte como un sueño, una sala de espera al más allá. El primer depósito de cuerpos del que se tiene constancia existió hace aproximadamente cien mil años en las cuevas del monte Carmelo (Israel). Las comunidades nómadas que habitaron en ellas empezaron a guardar los cuerpos de sus difuntos en pequeños pozos excavados en la piedra. Las cuevas eran puntos de reunión de los cazadores. «No había distinción entre el espacio en el que vivían, dormían y comían los vivos y donde colocaban a sus muertos», explica Paul Pettit, profesor de Arqueología Paleolítica de la Universidad de Durham (Inglaterra). Los cementerios más parecidos a los actuales surgieron cuando los humanos dejan de ser nómadas, hace unos diez mil años. Los enterramientos reforzaban los lazos de pertenencia con la tierra y eran lugares de conmemoración.

La función de las necrópolis no ha cambiado mucho desde entonces. Aunque sí lo haya hecho la legislación —con indicaciones precisas sobre cómo manipular e inhumar los cadáveres— y el negocio que ha florecido a su alrededor. «Morirse es barato, lo caro es que te entierren», contaba Jesús Pozo durante una visita al tanatorio de la M-30. El escritor sostenía una urna decorada con el escudo de un equipo de fútbol; costaba seiscientos euros hace unos años. La representación del duelo —porque es eso: un teatro, un drama en varios actos— también ha cambiado. Del velatorio instalado en la casa del muerto, con el finado expuesto en la cama durante varios días, hasta la catarsis compartida de las redes sociales. Hace tres años murió uno de mis contactos, tenía veinticinco años. La gente aún sube fotos a su muro de Facebook y le felicitan los cumpleaños. 

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2 comentarios

  1. Soy de los que, cuando viajan, procuran visitar algún cementerio. Al fin y al cabo suelen ser lugares hermosos, tranquilos y en los que se puede aprender historia.

    Guardo fotos de muchos, pero recuerdo especialmente el de Deià (Mallorca), con su vista al Mediterráneo; el cementerio alemán de Glencree (Irlanda), el primero militar que visité; el cementerio de Howth (Irlanda), alrededor de una iglesia en ruinas, con vistas al mar y con sus cruces celtas; el cementerio judío de Niza (Francia), el primero de esa religión que visité y con vistas al Mediterráneo; el cementerio protestante de Santander, una parcela mínima dentro de la ciudad; el cementerio de la isla griega de Chalki, con velas encendidas por la noche como si los huéspedes fueran a celebrar una verbena, y también con vistas al Mediterráneo; y el cementerio musulmán de Rodas (tambien en Grecia), mi único cementerio de esa religión hasta la fecha y hogar (en vida) del escritor Lawrence Durrell en su momento.

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