Entrevistas Cine y TV

Belén Cuesta: «Vivir de gustar a los demás es una mierda y, a según qué edad, es muy difícil y puede ser muy traumático»

Belén Cuesta

Si usted tiene una idea preestablecida de cómo puede ser Belén Cuesta en persona, probablemente acierte. La misma sonrisa de La llamada. La misma falsa timidez de tantos papeles. La misma educación exquisita. Ganadora de un Goya por La trinchera invisible (2019), la actriz nos recibe en las oficinas de su agencia de representación, Gosua, sin que sea necesariamente un guiño a su personaje más famoso, Magüi, de Paquita Salas. Junto a ella, su perra Petra y un hueso enorme comprado en una tienda de animales. Belén, como Anna Castillo, crecieron al amparo de los Javis, pero han sabido volar por su cuenta. A los treinta y siete años, su currículum en teatro y en audiovisual es espectacular. Parece que no sabe hacer nada mal. Andaluza a mucha honra, Cuesta no tiene aristas. Todo es «bonito». Todo es «divertido». Todo en su vida ha tenido un sentido y ese sentido hay que contarlo.

Naciste en Sevilla. ¿Cuánto tuvo de accidente?

Más que de accidente, de voluntad de mi madre. Mis padres vivieron en Sevilla, se conocieron ahí, pero cuando se quedaron embarazados de mí ya vivían en Málaga. Lo que pasa es que mi abuela aún vivía en Sevilla y mi madre quiso dar a luz cerca de su madre. Pero nunca viví en Sevilla. Del hospital fui directa a Fuengirola.

¿Qué recuerdas de tu infancia noventera en Los Boliches?

La recuerdo como algo maravilloso. Siempre he vivido cerca de mis tías y mis primas, pasábamos mucho tiempo en el chalé de mi abuela, justo enfrente del mar. Fue una infancia de estar descalzos todo el día, en la playa… Los Boliches era aún una zona de pescadores en los ochenta y los noventa, y no estaba todo tan masificado como ahora, aunque empezaba a ser una zona muy turística. Quitaron todas las zonas de las casas de los pescadores… El chalé de mi abuela era casi el único que quedaba entre tantos edificios. Pero en invierno había algo mágico ahí, cerca del mar.

Siempre tiene un punto encantador el sitio de playa cuando llega el otoño-invierno y el ruido se ha ido…

Sí, y todavía sigue pasando. De hecho, ahora, cuando voy en invierno, noto más ese silencio que antes, porque de niña tienes que ir al colegio, y no es lo mismo…

¿Cuándo empiezas a entender que lo que te gusta es actuar?

En el colegio. Tenía un profesor de literatura maravilloso, y un día montó un grupito de teatro e hicimos una representación muy absurda en la que absolutamente ningún compañero hacía caso a lo que estaba pasando en el escenario. Lo recuerdo como algo mágico. Estaba en EGB, tendría diez o doce años, y me acuerdo de estar en el escenario, en el salón de actos, y sentir que eso no era lo mismo que las típicas funciones que hacíamos de fin de año. 

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