
Durante el agónico asedio de Sarajevo, el más prolongado a una ciudad en la historia de la guerra moderna, el comandante serbio Ratko Mladić se dedicó a arrasar la ciudad bosnia desde las colinas que la rodean. Es un hecho conocido y cuyas consecuencias han sido ampliamente documentadas —pienso ahora en la película Grbavica, de Jasmila Žbanić—, e imaginamos Sarajevo desnuda gracias a su orografía, desprovista de secretos ante la mirada ubicua de aquel al que bautizaron sabiamente como el Carnicero de Bosnia. Sin embargo, en Los errantes, de Olga Tokarczuk, leí un episodio que me era desconocido: resulta que una vez un amigo de Ratko Mladić estuvo en su propio punto de mira. La historia —que, si no es cierta, aquí nos viene muy bien— es que el propio Mladić telefoneó a su amigo para decirle que tenía cinco minutos para recoger sus álbumes porque tenía la intención de volarle la casa por los aires.
Cuando dijo álbumes, imagino que Mladić estaba pensando en los álbumes de fotografías familiares. Sabía que podía hacer saltar por los aires parques, escaparates, plazas, puentes, monumentos, bancos. Pero, si terminaba también con los álbumes familiares, estaba arrasando la memoria individual, familiar. Así, el sangriento general le permitió a su conocido, en un acto de magnanimidad, una vida a la intemperie, pero con derecho a la memoria.
En realidad, ahora que lo pienso, quizá, en vez de dejarle quedarse sus propios álbumes, podría simplemente haber decidido no volarle la casa, pero quién soy yo para abrir una hipótesis que no puede tener, ni aquí ni en ningún otro lugar, la posibilidad de una respuesta.
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Duran más las imágenes que la memoria y, por eso, los álbumes de fotografías son lo que queda, lo que certifica aquello cuya naturaleza no es de ningún modo certificable, el pasado. Regresamos a él una y otra vez en busca de respuestas como si el pasado fuera una suerte de escena del crimen en la que el acto es, en sí mismo, imposible de recuperar, pero sus indicios pueden estar ahí. En ocasiones parece que el trabajo de la memoria sea análogo al del detective, al del arqueólogo, descifrando signos y rastros, pistas. Pero la memoria opera bajo el principio del deseo: no aceptará indicios si no son los que coinciden con su propio relato.
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Foucault decía que estamos continuamente viviendo vigilados y confinados, es decir: en una prisión. También, que los vivos estamos obedeciendo órdenes de los muertos. El artículo va en la tónica.
Bravo Laura Ferrero!
Aplauso