
Viene de «Eduardo Mendoza: el espejo de la posmodernidad (1)»
Los prodigios de Onofre Bouvila
«El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación». Es la primera frase de La ciudad de los prodigios y casi se podría decir que condensa en unas pocas palabras toda la novela. Esa identificación de la obra de Eduardo Mendoza con la ciudad de Barcelona que venía haciéndose desde diez años atrás, llegaría a su punto álgido con aquella excepcional narración de 1986. Probablemente se trate de su obra más reconocida, elogiada y premiada por la crítica. Qué duda cabe de que es, de la misma manera, su novela más ambiciosa, y seguramente la mejor de cuantas ha escrito. El ensayo de novela coral urbana que había practicado en La verdad sobre el caso Savolta alcanza aquí su feliz plenitud, y el novelista consigue recrear de forma indeleble el marco histórico de la gran expansión urbanística de la ciudad de Barcelona. Si Savolta recreaba la crispación y la violencia políticas que tuvieron lugar entre los años 1917 y 1919, en esta ocasión el marco temporal es mucho más amplio y comprende un periodo más extenso: los más de cuarenta años que jalonaron las dos exposiciones universales de Barcelona, de 1888 a 1929.
A lo largo de ese lapso temporal se muestra la evolución de los usos y costumbres de los ciudadanos, el imparable progreso tecnológico (avances como la aviación o la iluminación eléctrica), sin olvidar importantes sucesos históricos, como la traumática pérdida de las últimas colonias españolas. Componiendo de esta manera un retablo de casi medio siglo de vida barcelonesa, catalana y española, atendiendo a las múltiples transformaciones sociales, económicas, políticas, y urbanas que rubrican la entrada en la modernidad. «Había sido un siglo comparativamente parco en guerras; por el contrario, muy rico en novedades: un siglo de prodigios. Ahora la humanidad cruzaba el umbral del siglo XX con un estremecimiento», leemos en el relato. Es el momento de bisagra entre el fin de una época y el comienzo de otra, algo que la novela consigue capturar con envidiable fuerza artística en la representación de la vida de la capital catalana y sus metamorfosis, sus barrios, ambientes, habitantes…
Con el derribo definitivo de las murallas que la cercaban, la urbe pudo expandirse al fin, y absorber en su crecimiento a otros municipios colindantes como Sant Martí de Provençals (que incluía los barrios del Pueblo Nuevo, La Verneda y El Clot), y posteriormente villas como las de Gracia o Sarrià. Así, las construcciones debidas a la Exposición Universal de 1888 desarrollarían también la zona del Parque de la Ciudadela, el Arco de Triunfo y el Paseo de San Juan. Mientras que la exposición de 1929, que marca el final de la novela, supone la expansión de Barcelona hacia el sur, con la construcción del recinto ferial, la Plaza de España y la recuperación de la montaña de Montjuïc para la ciudad. En la novela asistimos, pues, a la construcción de la Barcelona moderna.
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