
La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.
(«El primer beso», Clarice Lispector)
Anatómico, epidérmico, húmedo. El beso rubrica la piel de los labios, la semántica de las lenguas que se encuentran y se enredan. Es piel y tacto, saliva y gusto, músculo y vista, oído y eco, aroma y olfato. «Un beso jamás es solo un beso. Es él mismo y su doble. Aquí y ahora, y también para siempre», escriben los antropólogos Elisabetta Moro y Marino Niola en Baciarsi (Besarse). Y una palabra jamás es solo una palabra. Es ella misma y su doble y todos los dobles que la traducción revela en el beso lingüístico.
En su Bréviaire d’un traducteur (Breviario de un traductor), Carlos Batista analiza la práctica de la traducción como gesto amoroso en cinco etapas: la lectura corresponde a la primera mirada; la pregunta dirigida hacia el texto refleja las primeras conversaciones; la búsqueda del sentido de las palabras produce el primer contacto con la piel; la primera versión dibuja el primer beso; finalmente, la última versión sella el encuentro erótico. La metáfora carnal materializa la prioridad del deseo en la experiencia de la traducción, deseo de diálogo, de una lengua hacia otra, de una boca hacia otra. Cuando traduzco siempre hay dos lenguas en mis labios, se buscan, se enfrentan, se persiguen, una recorre los márgenes de la otra, ambas descubren papilas que desconocían mientras se arquean y vuelven a fundirse, húmedas por la intensidad del encuentro, abiertas a nuevos movimientos. Las dos lenguas se besan.
Su beso no es un basium (el beso que Catulo grabó en sus epigramas), ni un filema (el término griego que da pie a la filematología, la ciencia del beso). Las lenguas que se traducen lo hacen con un kataglóttisma, saliva con saliva, como en estos diez besos que unen labios con lenguas.
1.
El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es «yo te deseo», y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.
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Bello. Me hizo recordar y buscar mis libros de Italo Calvino, muy celebrado en nuestra juventud. Y repasar todo el Canto V del Infierno de la Comedia.
Qué bello. Dan ganas de ponerse a traducir.