
No es de extrañar que Victoria Cirlot (Barcelona, 1955) nos cite en su propia casa. Aquí vive rodeada de preciados libros, de objetos que brillan a la luz del pasado y de recuerdos en torno al hogar donde primeramente se forjó su vocación. Catedrática de Filología Románica en la Facultad de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra, es una de nuestras más grandes medievalistas. A lo largo de su trayectoria se ha dedicado sobre todo a la enseñanza y la investigación, también a la traducción y la edición, además de la escritura. De su amplia producción literaria han resonado con especial intensidad sus estudios acerca de la novela artúrica y la cultura caballeresca, el mito europeo del grial, la tradición visionaria de Occidente y las autoras místicas.
Por suerte, su imponente erudición se diluye en cuanto nos atiende, pronta y amable. Conversaremos generosamente —en su caso; nosotros solo estaremos aprovechando la clase magistral— sobre la importancia de entender un texto y desarmarlo, de una mediación histórica basada en las fuentes originales y la sensibilidad de la época, de las humanidades como método ideal de aprender a existir y enfrentar los miedos, del diálogo entre disciplinas y siglos en apariencia lejanos, de publicar a grandes autores y a quienes los captan en su riqueza, de los significados ocultos en las imágenes y de una mirada atenta que las descodifique, de los relatos que concentran la vida en no tantas páginas.
Y de su padre, claro, el genio de cuya pérdida se han cumplido cincuenta años y al que este país sigue debiendo reconocimiento y culto. A la salida, cuidadosamente situado como un texto sagrado, repararemos en un ejemplar de la reciente edición de su Dizionario dei simboli en la editorial Adelphi, que la hija menciona con orgullo. «Todo es ya pasado», escribió Victoria Cirlot en El País a la muerte de otro de sus maestros: espléndido epitafio universal y —paradójicamente— otra nueva lección de vida.
Estudiaste en el Colegio Alemán de Barcelona, y no es difícil imaginar los motivos.
En casa siempre hubo una gran pasión por la cultura alemana. Era un idioma que mi padre no conocía, y le hacía mucha ilusión pensar que podíamos estudiar esa lengua de tantos autores venerados por él. Entre ellos, un Novalis, o todo el romanticismo alemán, que le fascinaba. Bueno, y la música, ¿eh? La música alemana era algo muy presente en su vida, desde Wagner en adelante, y sobre todo Schönberg, otra de sus grandes pasiones. Por eso fuimos al Colegio Alemán, tanto mi hermana como yo. En un momento, es verdad, en que los colegios extranjeros en España tenían indudablemente una calidad superior en cuanto a enseñanza.
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