
«Pero una sirena no tiene lágrimas y, por tanto, sufre mucho más…». Poco quedaba del cuento «original» de Hans Christian Andersen cuando se estrenó en 1989 La sirenita, la película que marcó un hito en la historia de la Disney iniciando una de sus épocas doradas (y a la que seguiría una avalancha anual de clásicos animados que son ya patrimonio de la infancia universal). Y no se trataba únicamente de cambios cosméticos: poco trastocaba a la versión literaria que la criatura marina mutara aquí de rubia a pelirroja, o que recibiera nombre propio (Ariel) cuando originalmente carecía de identidad alguna. Lo que había detrás era, a todas luces, una transformación más relacionada con el tono y el discurso. Vamos, lo que viene siendo la especialidad de la casa del ratón: edulcorar realidades. Así, el componente sádico y perturbador que tenía en el cuento la metamorfosis de la sirena en humana (con la descripción detallada del dolor físico y agudo que sentía la joven en sus nuevos miembros) era eliminado de un relato que desviaba la atención de su dimensión carnal y sus implicaciones morales hacia la relación amorosa entre Ariel y el príncipe Eric. Al fin y al cabo, por muy empoderadas que dibujasen a estas heroínas, sus historias no dejaban de seguir un itinerario romántico condicionado al encuentro del amor verdadero.
Pero lo más relevante de este hecho no es que durante décadas Disney contribuyera a legitimar ese peligroso y dañino imaginario (tan arraigado en la cultura, en la sociedad y en el arte) donde el sentido último de la existencia femenina fuese el encuentro de un amor heteronormativo. Que también. Pero igual de lamentable es que por el camino (por ese misterioso sendero que recorren las obras al ser adaptadas) se perdiese el verdadero sentido con el que surgen los cuentos, olvidando su esencia, y su función última que debía trascender al mero entretenimiento. Porque los cuentos, uno de los géneros literarios más antiguos que se conocen, intentaban dar explicación al mundo de una forma sencilla pero albergando, a la vez, valiosas enseñanzas morales, evolutivas… en definitiva, otorgando las advertencias necesarias para sobrevivir con dignidad en la vida. A través de su lectura, y en el plano de lo simbólico, los niños y niñas podían enfrentarse a distintos miedos o angustias vitales, anticipando soluciones a posibles conflictos o confrontando aquello que la vida, tarde o temprano, les pondría delante. Así, cuando Andersen concibió la historia de una sirena que renuncia a todo lo que es (una renuncia literal: a su físico, su familia, su entorno, sus amigos y su futuro) por el amor de un hombre al que apenas conoce, el resultado no podía ser halagüeño: él termina con otra, y ella convertida en espuma de mar. No hay (ni podía haber) final feliz para esta pareja. Pero a cambio, la fábula ofrecía una valiosa moraleja que tiene que ver con el sacrificio y la renuncia como los más peligrosos anuncios de un amor tóxico en ciernes.
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