
Se han escrito canciones y se han ambientado películas y libros cuyos momentos estelares suceden en las horas más tardías de los meses de verano. El icónico baile de Armie Hammer en Call me by your name (Luca Guadagnino) —cuando corría aquel tiempo en que todavía se podía disfrutar inocentemente al no conocer las acusaciones contra el actor por su fetichismo caníbal y abusos—, no sería tan romántico a plena luz del día de un frío febrero y, probablemente, la escena de Y tu mamá también (Alfonso Cuarón) en la que Gabriel García Bernal, Diego Luna y Maribel Verdú beben mezcal y se cortejan en un chiringuito tampoco hubiera generado el mismo efecto en un mediodía otoñal; a nadie se le ocurre pensar en el mantón mágico de Sueño de una noche de verano (Shakespeare), que cubre a ese grupo de hadas, romances mitológicos y una cabeza de burro, sin relacionarlo con el misticismo de la festividad de san Juan.
De alguna manera, cuando el sol baja los plomos y las playas, las ciudades y los campos se extienden en la oscuridad durante la época estival, aparece la idea —o la ilusión—, de que durante esas horas el mundo no posee ese rostro archiconocido al que se saluda cada día, sino que tiene un destello diferente en la mirada y su voz se vuelve más melódica y suave, más parecida al murmullo de las olas o al sonido de las chicharras que al chillido del claxon de las ocho y media de la mañana. Todo se vuelve más sencillo y primigenio, con un cabello en el que las canas brotadas a causa del estrés se han difuminado con los colores trigueños, dorados, cobrizos y negros. En definitiva, se logra alcanzar, por primera vez en tiempo, quizás en meses, la calma; se pierde esa necesidad de control que tanto determina los actos y las decisiones diarias, porque se sufre la incapacidad de vivir en la incertidumbre. Los brazos se balancean ligeros y aparece una versión de uno mismo mucho más parecida a aquella que no tenía tanto miedo a divertirse, ni a fallar.
Hot summer nights, mid july, when you and I were forever wild, recitaba Lana del Rey en su canción «Young and Beautiful», que fue concebida como parte de la banda sonora original de El gran Gatsby de Baz Luhrmann y terminó convirtiéndose en uno de sus himnos. En el tema se pregunta si su enamorado la seguirá amando cuando ya no sea joven y hermosa, y elige precisamente esta imagen de las noches de verano para evocar el enamoramiento porque, en ese contexto platónico, uno puede elegir ser salvaje y querer como si el amor nunca se fuera acabar; se es joven y la ilusión de la eternidad está en el aire.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Maravillosas reflexiones de humanismo en tiempos convulsos.