
Una cabaña de madera con tejado a dos aguas situada en el claro de un bosque en algún país remoto. Sin tráfico rodado cercano que impida escuchar el murmullo de las hojas en las copas de los árboles, ya oscurecidos por el otoño. Un río cercano cubierto por una capa de neblina, que en verano se disipa pero en invierno permanece densa, húmeda y fría. No hay apenas vecinos, ni la obligación de hacer o recibir visitas no deseadas. Se oyen ecos de diferentes animales: el aleteo de una corneja, el ulular de un búho, los movimientos rápidos de algún roedor entre los arbustos. Reina la tranquilidad. Se respira aire fresco y soledad. No hay humanos en varios kilómetros a la redonda.
Dependiendo de si eres introvertido o extrovertido, este primer párrafo te sonará o bien a pesadilla, a poco más que unas vacaciones de fin de semana un poco atípicas y que probablemente no repetirás, o será el sueño de tu vida. Sin entrar en los motivos concretos por los que alguien querría (o no) una vida en soledad, la codiciada cabaña en la naturaleza es ya mucho más que un lugar físico. Las redes sociales están repletas de cuentas dedicadas al cabin porn, con decenas de miles de seguidores, muchos de los cuales no aguantarían ni un solo día sin fibra óptica y un bar a la vuelta de la esquina. Más allá del aspecto estético, esto nos lleva a pensar que, quizás, no se trate de un deseo real de aislamiento físico, sino de una aspiración mental: la búsqueda de la tranquilidad y el sosiego en una sociedad absolutamente frenética. Buscamos sentirnos en la cabaña pero sin salir de nuestra particular jungla de asfalto. Las visiones de playas paradisíacas aluden a vacaciones, pero las cabañas en la naturaleza son un hogar más allá del hogar.
La cabaña, entonces, más que un lugar físico, es un refugio de la vorágine diaria. Un cuarto propio, como el de Virginia Woolf (quien, por cierto, también tuvo su pequeña cabaña-refugio para escribir). Nadie piensa en la de leña que habría que cortar, o en qué pasaría si nos rompemos una pierna estando en un bosque solamente accesible a través de un lago que en invierno se hiela. Nadie piensa en eso porque esos detalles no forman parte de la fantasía de la cabaña. Eso es para la mayoría: una fantasía.
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Precioso y alentador artículo para quienes vivimos y disfrutamos la soledad elegida.
Gracias por descubrir a estas valientes y solitarias escritoras
Antonio, y cómo subsisten? Estoy en la búsqueda del medio de subsistencia para irme…
A mí me atrae mucho eso de vivir en una cabaña en el bosque siempre y cuando me la encuentre ya hecha y con todo listo para usar en su interior. Tengo una hermana que me invita a menudo a su casa de piedra y madera en el Pirineo de Huesca y cuando llego a mi habitación, siempre, soy incapaz de abrir el porticón de la ventana. En resumen, que soy un inútil negado para todo lo que sean labores de bricolage. así que como para irme solo por esos bosques salvajes a cazar y a construirme una choza, ¡¡JA!! Iba a durar menos que un salivazo en un tornado…
Soy una mujer de 43 años. Desde que soy adulta he querido vivir así.
Siento una irresistible conexión con la naturaleza que vio crecer a todos mis ancestros. He sido la primera generación que bajó a la ciudad. Siendo el resultado de total desubicación.
Cada molécula de mi cuerpo grita por volver a la montaña occidental asturiana.
Actualmente me encuentro en la búsqueda de cómo sobrevivir y vivir donde realmente me siento en mi hogar.
Éste artículo ha sido un verdadero deleite.
Gracias
Ojalá, querer fuera poder. A veces no es posible. Sería maravilloso vivir esa experiencia y poder escapar de tantos ruidos externos e internos, pero no siempre es posible.
Maravilloso relato. Gracias
Lo teneis que ver el documental de 100 dias de soledad. Grabado en los Picos de Europa.
Teneis que ver el documental de 100 días de soledad. Grabado en los Picos de Europa.
¿por qué no nombráis a Beatriz montañez? ¿sois demasiado guays o algo?
Chico, igual su libro no le ha parecido relevante a la autora del artículo para expresar sus ideas. Mira que somos tiquismiquis.
Comentarios como el tuyo son catalizadores para alejarse de la sociedad.
Recomiendo otro libro: «Roxe de Sebes: mil días en la montaña», de Ignacio Castro Rey, un profesor de Santiago de Compostela, donde narra su aventura-experiencia vital en la agreste y fantástica sierra de O Caurel, en el profundo sur de la provincia de Lugo.
Pingback: Sometimes a coffee 52 – Klepsydra
Pues precisamente sobre la soledad hablo en mi último libro: Refugio y Desasosiego :) Gracias por el artículo!
Me interesa y gusta . Trataré de seguiros .BD gracias ? chao ?.