
—Qué trabajo tan asqueroso…
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Podría llover.
(El jovencito Frankenstein, de Mel Brooks)
Las verdes praderas características de la isla esmeralda existen porque llueve bastante. Las precipitaciones son indispensables para que crezcan esos vistosos pastos, para la vida en general, y también para que se produzcan inundaciones. Ahí es donde el ser humano ha encontrado uno de los campos para desarrollar su ingenio, desafiar a las fuerzas de la naturaleza y dominar el medio que le rodea, y este no es otro que intentar conducir las aguas con cunetas. Por supuesto, hay otros ejemplos bastante más espectaculares, como los grandes canales navegables, los acueductos sostenidos por majestuosas arcadas o las canalizaciones subterráneas gigantescas del tamaño de los túneles del metro, pero, al fin y al cabo, todo comienza con el prosaico diseño de una cuneta en el borde de un camino.
La ingeniería hidráulica ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad desde que como especie decidimos asentarnos en un lugar y dejar de ir de un lado para otro buscando comida, un clima amable y pocos enemigos. Nos asombran los relatos de los guías turísticos y de los documentales temáticos dando cuenta de la precisión de los incas, de los romanos o de los nazaríes en la ejecución de pendientes y secciones para conducir las aguas, aunque también es verdad que poco más hay que saber. También debemos recordar que lo que ha llegado hasta nuestros días era lo que funcionaba (y se ha mantenido), porque, de lo contrario, o se demolía porque estaba mal diseñado, o se caía solo porque, en efecto, estaba mal diseñado. En muchas ocasiones, las grandes obras eran fruto de ensayo y error.
Por el contrario, hoy en día se proyectan con notable exactitud las dimensiones necesarias para transportar una cantidad de agua determinada en lámina libre. De cara a su cálculo, no importa a qué tipo nos estemos refiriendo (para beber o de lluvia) y solo depende de unos pocos factores: el caudal, la pendiente y la rugosidad del medio por donde queremos que circule. La fórmula que relaciona todos esos conceptos y que más se utiliza en la actualidad, así como el coeficiente que caracteriza la rugosidad, llevan el nombre de un ingeniero irlandés.
Me llamo Manning, Robert Manning
En ocasiones, pasar a la posteridad es una cuestión de suerte. Las circunstancias de la vida de Robert Manning, tanto a nivel personal como profesional, son un claro ejemplo. Nació en 1816 en el seno de una familia irlandesa que se encontraba en Normandía por circunstancias digamos laborales (su padre, William, formaba parte del cuerpo expedicionario inglés que luchaba contra Napoleón). Robert perdió a su padre solo diez años más tarde, por lo que su madre se vio obligada a volver a su país de origen, en concreto a Waterford, donde residía su abuela materna. En esa misma casa vivía su tío John Stephens, hermano de su madre, que pronto estableció una estrecha relación paternofilial con Robert.
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Señor Domosti,
Una vez más, un artículo suyo me ha informado, me ha enseñado y me ha entretenido. Tres veces gracias