
Este texto es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 46 «Rupturas»
En la primavera de 1966, Paul Jennings, veterano de la Segunda Guerra Mundial, escritor y humorista británico, recibió el encargo de escribir tres artículos para la revista satírica Punch. En condiciones normales, un tipo tan hábil como Jennings se despacharía aquello de una sentada y cuatro gin-tonics. El problema era el tema: «Los novecientos años de la invasión normanda de Inglaterra». Y ya hemos dicho que no era uno sino tres artículos divagando sobre la batalla de Hastings. Y con gracia, claro, que son para Punch.
Jennings salió del paso con una ucronía: ¿y si los normandos no hubieran ganado en Hastings? «1066 y todos sajones» tituló aquello. Que aquellos vikingos afrancesados no fueran amos y señores de la isla durante los siguientes cuatro siglos también se dejaría notar en la lengua. Jennings escribió el relato en lo que pensó que sería el inglés sin rastro latino alguno. Anglish fue como llamó a aquel experimento lingüístico. Nadie entendió nada de lo que escribió (probablemente, esa era la gracia), pero eso tiene una explicación.
La explicación
El inglés tal y como lo conocemos empezó a pergeñarse con las voces de anglos, jutos y sajones, tribus germánicas que zarparon hacia el oeste entre los siglos V y VII de nuestra era desde las costas de las actuales Dinamarca, Alemania y Países Bajos. Llegaron en números pequeños, y todavía sigue siendo un misterio por qué no adoptaron la lengua celta de la mayoría en la isla (que fue precisamente lo que hicieron los normandos con el romance francés al instalarse al noroeste de París, pero luego iremos con eso), o que el total de vocablos celtas en el inglés actual no supere la veintena.
Los siguientes en llegar fueron los vikingos desde Escandinavia, entre los siglos VIII y IX. No se sabe a ciencia cierta cómo de parecidas eran su lengua y la de los anteriores. Siendo todas tribus germánicas de un espacio geográfico no muy grande, es bastante probable que pudieran entenderse entre ellos como lo pueden hacer hoy un señor de Segovia y una señora de Florencia en sus respectivas hablas de cuna. Es el contacto lubricado con sangre entre decenas de reinos de taifas insulares el que da origen a lo que llamamos «inglés antiguo», una variante netamente germánica (no del todo, pero esto también lo explicaremos más tarde) que también es la base para la lengua que Jennings reconstruye en sus tres artículos. Como si los normandos no hubieran llegado para quedarse.
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Qué interesante!
Creo que entre las lenguas «grandes», solo el japonés tiene un léxico tan mezclado, en su caso de chino clásico y medio, y también tiene cientos o miles de dobletes al estilo de cow/beef (ushi/gyuu).
Para el castellano hubo un intento alrededor del año 2000: el castiellano padremoñal o español sen cuchesmos. Se podían usar cultismos, pero imaginando su evolución directa desde el latín en lugar de su reintroducción entre los siglos XV y XVII.
Mi inglés es regular y más de un hablante nativo me ha dicho «Pareces una persona muy educada, usas muchos términos elevados». Es decir, no conozco la palabra adecuada y uso alguna de origen latino que podría funcionar.