
Viene de «Asimov, Le Guin, Lem (1)»
Además de su predilección por los robots, Isaac Asimov y Stanisław Lem compartían raíces: ambos eran judíos nacidos en la Europa Oriental de hace cien años, es decir, en el seno del más rancio patriarcado de raíces bíblicas1. Eran demasiado lúcidos y avanzados para caer en la misoginia explícita, pero solían incurrir en ella por omisión: casi no hay en sus obras personajes femeninos, y los pocos que aparecen suelen ser meras comparsas (con la notable excepción, como luego veremos, de la doctora Susan Calvin, protagonista de varios relatos de robots positrónicos).
Una significativa muestra del solapado masculinismo (no sería justo en este caso usar el término «machismo») de Lem la encontramos en la polémica que mantuvo con Ursula K. Le Guin a propósito de su novela La mano izquierda de la oscuridad.
A excepción de las pioneras aportaciones de Philip J. Farmer2, la ciencia ficción anterior a los años setenta rara vez abordaba cuestiones relacionadas con la sexualidad y el género, y menos de forma especulativa. Y, como no podía ser de otra manera, fueron mujeres —combativas escritoras de ciencia ficción como Joanna Russ, Pamela Sargent3 o la propia Le Guin— las que introdujeron el tema —y el debate— en una narrativa paradójicamente conservadora, en la que las más osadas especulaciones futurológicas coexistían a menudo con los tópicos y los prejuicios más burdos. Y, en este sentido, La mano izquierda de la oscuridad, publicada en 1969, fue un auténtico hito.
En su galardonada novela (ganó el premio Nebula en 1969 y el Hugo en 1970), Le Guin describe una sociedad cuyos individuos (humanos mutados por ingeniería genética), los habitantes del glacial planeta Gueden, son sexualmente neutros la mayor parte del tiempo, y durante un período llamado kémmer adoptan, según las circunstancias (y a veces por decisión personal y con ayuda de ciertos fármacos), el sexo masculino o el femenino. Según sus propias declaraciones, Le Guin escribió La mano izquierda de la oscuridad movida por la pregunta: ¿en qué medida la personalidad viene determinada por el hecho de que la pertenencia a un sexo u otro sea una constante, y a qué tipo de sociedad conduce tal invariabilidad sexual?
En 1971, Lem publicó, en la revista de ciencia ficción australiana SF Commentary, una crítica de la novela de Le Guin titulada «Oportunidades perdidas», en la que, entre otras cosas, afirma: «La obra contiene un importante mensaje, pero no lo desarrolla… Aunque su comprensión antropológica es muy buena, su visión psicológica es insuficiente». Lem considera que la novela es «psicológicamente inconsistente, porque el continuo cambio de sexo de los guedenianos causaría estragos en las relaciones y en la identidad personal». Al parecer, Lem podía concebir algo tan lejano como un océano pensante, pero no algo tan cercano como una identidad no binaria (aunque hay que decir en su descargo que faltaban varias décadas para que el discurso queer empezara a hacerse oír en el ámbito sociocultural).
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Agradecerle de corazón estos artículos, que a los ‘no habituales’ de estos mundos literarios nos acercan un poco más a los grandes maestros, conocidos y por conocer del llamado espectro de la sci-fi, de los cuales tenemos mucho que aprender.
Gracias a ti, Javier. Es reconfortante ver que no ha decaído el interés por las y los que flexibilizaron nuestras mentes con sus osadas especulaciones.
Ibas bien, Frabetti, interesándome lo que me decías, hasta el comienzo de esta segunda parte, donde metes la ideología. Son los tiempos distópicos en los que vivimos, donde un experto en una materia dada se obliga a sí mismo a sacar la patita por la rendija mostrándose incapaz de escribir asépticamente. ¿Eran los Reyes Católicos intolerantes? Pues lo mismo con Asimov y Lem… En mi opinión has caído en presentismo.
Los reyes católicos son dos: ánodo y cátodo.
Ojalá hubiera habido un bedel como tú en mi colegio.
Los comentarios (a menudo los artículos) son la cosa más aburrida de todos los tiempos, resultado de una generación completamente quemada por la marihuana y la psicología. No digo yo que la nuestra fuera mejor, ni voy a ponerme a ahora a defender el alcohol o la religión, pero a la primera copa te volvías ingenioso, a la segunda, pesado, a la tercera te caías bajo la mesa y a la cuarta, debajo de alguna (o de alguno…) y luego marchabas a confesarte para contarle al cura de turno que sólo esperabas que no hubiera sido debajo de algún perro. Si añadías que aprovechabas la mañana para tocar culos en el metro, impagable el jeto que terminaba poniendo el confesor.
Si ésto es lo mejor que le sacas al alcohol… creo que has desperdiciado tu vida al no fumar marihuana.
Jajajaj
Si, los Reyes Católicos eran intolerantes, por más que los relativistas culturales posmodernos intenten relativizarlo todo, y no es casual que el yugo y las flechas se convirtieran en emblemas de la derecha más extrema. Y no hace falta ser muy presentista para considerar a Asimov y Lem nuestros contemporáneos. Si Le Guin (y no solo ella) podía pensar en términos antipatriarcales y no binarios, también podían hacerlo ellos, que no andaban escasos de neuronas (y lo digo desde una gran admiración y respeto por sus obras). El propio Asimov reconoció que se había pasado varios pueblos al escribir a las revistas de CF protestando por la presencia de personajes femeninos. Y no es que sea incapaz de escribir «asépticamente», sino que me niego a ello; es más, en los tiempos que corren lo considero una vileza.
«El horror, el horror» El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
Es un placer leer al señor Fabretti, sobre todo si no mete elles. Está bien que opine de feminismo, veganismo y los ismos que le dé la gana porque aunque se ponga pesado nos da que pensar. Ojalá alguna madre hubiera pintado aunque fuera un cuadro de la Virgen. Qué sabremos nosotros de maternidad.
Las pocas veces en que Asimov pintaba una mujer era para maquillarse y arreglarse el pelo, salvo Susan Calvin, que la pobre era fea y le tuvo que poner un cerebro seco. A veces da vergüenza ajena, pero eran otros tiempos. También escribió de la dificultad de comunicarse con seres de tres sexos en Los Propios Dioses y ahí se acercó a Lem y algo a la Le Guin.
Los Nueva Dimensión se pueden bajar de internet. Yo era de los que los compraba en El Rastro de Madrid y ahora los releo en epub piratas porque la vista ya no me da y es más fácil leer en un chisme electrónico al que puedes aumentar el tamaño de la letra. Sólo busquen.
Gracias, Jose, tendría que haber mencionado Los propios dioses, donde además de los tres sexos había personajes femeninos relevantes y una Luna oprimida que recuerda a Los desposeídos de Le Guin. Intentaré subsanar la omisión (tras releer la novela).
A mi también me llama la atención la interesante personalidad de Susan Calvin… pero en ocasiones (visto con ojos de siglo 21, aclaro) parece un personaje de hombre dentro del cuerpo de una mujer. Recuerdo el cuento en donde desarrolla (¿serendípicamente?) un robot al que enseña a decirle «mamá» (como si el lector necesitase «ver» el lado femenino de Calvin a través del prisma biológico-reproductivo)
Muy cierto (y un tanto patético). Recuerdo vagamente que el relato acaba diciendo algo así como que Susan Calvin acude emocionada al oír la llamada del robot, el único tipo de hijo que podía tener. Curiosamente, Asimov acabaría «enamorándose» de su personaje, según reconoció en alguna ocasión.
Soy muy incrédulo de que el lenguaje construya realidades y de todas esas historias de los pronombres. Pero Ursula Le Guin hizo un ejercicio práctico muy minimalistabque me dio mucho que pensar:
En La mano izquierda de la oscuridad de ¿1970? usa siempre «él» para hablar de la gente del planeta Gueden. Me los imaginé como hombres un tanto andróginos: voz intermedia, rasgos faciales no muy «machos», etc., algo así como algunos hombres de 50-60 años que conozco que tienen cierto aire de señora.
En el cuento «Rey de invierno en Karhide» Le Guin decidió usar «ella»para la gente de Gueden cuando lo volvió a publicarlo en 1975. Me las imaginé como mujeres, sin ambigüedades.
No sé si dice algo de mí o del lenguaje, pero creo que sí dice mucho del talento y sutileza de Ursula Le Guin y da una pista de por qué está en el sitio de honor de este artículo y en mis propias preferencias. Saludos.
Y no olvidemos el «právico» de los habitantes de Anarres en «Los desposeídos», un lenguaje (o un habla, más bien) que evita los giros posesivos y supremacistas. Y, por cierto, se diría que, para ser muy incrédulo, eres bastante sensible a las sutilezas del lenguaje.
Pues habrá que localizar ese intercambio entre Lem y Le Guin. Como uno es muy ignorante, y tiene mucho por leer, recientemente tuve la suerte de descubrir a Joanna Russ en «Cuando las cosas cambiaron» (1972), y me pareció que podría haberlo escrito ayer porque ofendería a los mismos que se te quejan aquí de lenguaje inclusivo o de escribir sobre feminismo. Que rocosos son algunos que se creen «políticamente incorrectos» y no son más que rancios revenidos defendiendo el poder a capa y pijama.
Un placer leerte, maestro.
Todes tenemos tanto por leer… Sí, Joanna Russ es estupenda. Te recomiendo El hombre hembra, y también la antología Mujeres y maravillas, de la que forma parte. Y nada de maestro (a no ser que añadas «de escuela», y solo de mates): condiscípulo de mis amables lectoras/es, para ir aprendiendo todes juntes.
Me parece que el hecho de que alguien critique el lenguaje llamado inclusivo no lo convierte en enemigo de las mujeres. Así como criticar al estado de Israel no convierte a alguien en enemigo del pueblo judío. Hay que aprender a aceptar las críticas sin descalificar automáticamente al que critica. De una feminista espero más que de Netanyahu
Por supuesto, Rafa, claro que se puede criticar el lenguaje inclusivo; lo que no se puede, a estas alturas, es negar que el lenguaje es discriminatorio, y que hay que hacer algo al respecto.
Marchando una de analogías gruesas. Todo se mezcla en la noche de los gatos pardos, estados que practican el apartheid con lenguaje inclusivo.
Yo no lo veo lo del lenguaje inclusivo como medio para combatir el machismo. Me parece que no funciona así. Es como si quisiéramos hacer llover saliendo todos con paraguas a la calle. Los paraguas son la consecuencia de la lluvia, y no al revés. Lo veo como un gesto bienintencionado, pero pensamiento mágico al fin y al cabo.
Lo que me parece a mí pensamiento mágico es creer que el lenguaje es neutro y no entender que es una representacion de la forma en la que nos relacionamos. En el análisis del lenguaje se expone sus orígenes y los movimientos ideológicos. Lo que no se nombra pasa desapercibido, se invisibiliza y termina reificándose. El primer paso es re-conocer.
Según eso, no serviría de nada, por ejemplo, dejar de llamar «pederastas» a los homosexuales o de usar «gitano» como insulto. Pensamiento mágico es creer que la relación sociedad-lenguaje es unidireccional.
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Sobre la opinión de Lem acerca de la posibilidad de comunicación con una civilización extraterrestre, bueno, escribió una novela entera hablando del tema «La voz de su amo», en la que la conclusión es que las diferencias en todos los ámbitos, desde biológicos a culturales, serían prácticamente insalvables.
Así es. Y también en Solaris, en Fiasco o en El Invencible hay reflexiones en esa línea. Pero una cosa es ser pesimista con respecto a esa posibilidad y otra negarla categóricamente, lo cual, con perdón de Lem, es absurdo.
Sobre el machismo en Asimov, leí hace un tiempo que era un señor al que le costaba dejar las manitas quieras con las mujeres. Me quedé muy decepcionado con eso.
Quería decir «quietas».
Se que me repito, pero enterarme de su comportamiento con las mujeres manchó mucho la imagen que tenía de él.
No me consta y, la verdad, no me pega (entre otras cosas, porque era muy tímido, aunque pudiera parecer lo contrario); pero tampoco me atrevería a negarlo. ¿Recuerdas dónde lo leíste?