
Viene de «El tren alemá» de Lenin (1)»
Finalmente, Lenin se entrevistó con un enviado de la embajada alemana en presencia de testigos para ponerles una serie de condiciones. Los vagones que ocupase su séquito debían ser entidades extraterritoriales, nadie podría acceder a ellos sin autorización, el convoy haría el recorrido sin detenerse, ningún pasajero podría ser obligado a abandonar el tren, no habría control de pasaportes ni selección de pasajeros por sus ideas.
Paralelamente, trató de negociar por última vez con los Aliados, pero Allen Dulles, el embajador estadounidense en Berna, había salido para jugar al tenis cuando le telefoneó y ahí quedó zanjado el asunto. Dulles, posteriormente, alto cargo de la CIA, contaba esta anécdota a las nuevas promociones de agentes, aunque no se sabe de qué estaba orgulloso exactamente.
El tren salió de Zúrich según lo establecido con los alemanes. Las dos primeras horas fueron muy agradables, el paisaje era de hermosos valles y viñedos. A las afueras de Neuhausen am Rheinfall pudieron contemplar la cascada más grande de Europa, pero la placidez se acabó en la frontera, una ley impedía la exportación de alimentos de Suiza a Alemania, y el pasaje iba cargado de salchichas y queso. Se lo quitaron todo y se quedaron sin provisiones para el resto del viaje.
Habían exigido asientos baratos. Y habían pintado una línea con tiza que separaba sus vagones de los demás, para que quedase claro que no habían tenido contacto con el enemigo. Otra maravilla que contemplaron fue, en Singen, el Hohentwiel, un volcán inactivo de setecientos metros de altura con una fortaleza del siglo X en la cima. Allí pasaron la noche, enfrente de una enorme industria que daba cuenta del poderío del capitalismo alemán, era la fábrica de sopas en polvo Maggi.
En el vagón, todos menos Lenin iban cantando «La marsellesa» y bebiendo la cerveza que les pasaban desde el otro lado de la línea de tiza. Como nadie podía bajarse, el ambiente empezaba a estar cargado y Lenin estableció unas normas rigurosas: no se podía fumar y tendrían unos pases para poder fumar en el baño.
Atravesando la zona montañosa alrededor de Rottweil y su castillo de Horb, pudieron ver por las ventanas que los alemanes estaban muy delgados y exhaustos. Encima los miraban con odio, porque iban comiendo pan blanco, algo que los alemanes llevaban sin ver desde 1914. Hubo que llamar la atención al pasaje para que dejara de cantar «La marsellesa», porque no era precisamente del gusto de los locales, que ya sabían que los pasajeros de ese tren eran socialistas rusos, todos mucho mejor alimentados que ellos. También viajaban en unas condiciones infinitamente mejores que otros revolucionarios que cobrarían una fama inmensa años después. Stalin y Kámenev llegaron a San Petersburgo desde Siberia en marzo en vagones atestados de exiliados, campesinos y desertores. Viajando de pie durante horas y días.
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