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Stalin y el ardor

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Imagen: DP.

A Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (1878-1953) lo conocemos popularmente como Iósif Stalin, lo reconocemos en las fotos por su espléndido bigote y lo recordamos de anteriores capítulos como «Good Bye, Lenin», «El de la dictadura en la URSS» o «La purga: edición roja». Político soviético, sucesor de Lenin tras la muerte de aquel en 1924, impulsor de su propia franquicia ideológica (el EstalinismoTM) y responsable de agarrar a cientos de miles de personas y encarcelarlas en gulags, deportarlas, o ejecutarlas durante una infame Gran Purga llevada a cabo con la idea de purificar el país. Una limpieza nada refinada, ejecutada a finales de los años treinta y gracias a la cual el hombre se deshizo de todos aquellos individuos que se le antojaron problemáticos: anarquistas, disidentes, opositores y también gente más cercana como un buen número de miembros del Partido Comunista o una parte importante de los altos mandos de las Fuerzas Armadas.

A los mandos de su purgado Ejército Rojo, Stalin firmó inicialmente un pacto de no agresión con Adolf Hitler. Pero el Führer no tardaría demasiado en pasarse por el forro dicho acuerdo durante la Segunda Guerra Mundial, propiciando que las tropas soviéticas saltasen al campo de batalla con muchas ganas de patear culos alemanes. Finalmente, las milicias rojas derrotaron a los nazis en Stalingrado y en la batalla de Kursk para acabar arrasando a su entrada en Berlín durante el mayo de 1945. Tras convertir a la Unión Soviética en superpotencia y liarla en la guerra, Stalin tuvo el detallazo de instaurar una dictadura sobre su glorioso pueblo que se alargaría hasta el día de su muerte, en 1953. En la actualidad, y en nuestro propio país, el nombre de Stalin es algo que suele salir a flote frecuentemente durante las discusiones políticas en redes sociales y similares foros de debate sosegado. Porque el hombre se ha convertido en un comodín a invocar por el discurso de derechas cuando alguien menta el fascismo de Francisco Franco. Como si un dictador justificase o aligerase la existencia de otro en el bando opuesto, o como si no pudiesen ser considerados ambos como unos hijos de puta importantes.

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Iósif Stalin, Vladímir Lenin y Mijaíl Kalinin en 1919. Imagen: DP.

Stalin fue un auténtico cabronazo y su humanidad andaba en números rojos, pero a la hora de batallar incluso quienes no le guardaban ningún tipo de estima eran capaces de reconocer que los tenía cuadrados. George Orwell escribió Rebelión en la granja como una sátira del estalinismo, una fábula donde un grupo de animales expulsaban al humano opresor para conformar un gobierno propio que acababa degenerando en otro régimen tan tirano como el anterior. Entre aquellas páginas, el autor concibió a un cerdo llamado Napoleón que era la versión ficticia en formato jamón de Stalin. Ocurrió que, cuando el manuscrito del texto ya estaba finiquitado y listo para ser publicado, Orwell decidió modificar un detalle de Rebelión en la granja: el texto original apuntaba cómo durante un momento tenso de cierta batalla «todos los animales, incluido Napoleón, se pusieron a cubierto». Pero el escritor demandó a los editores sustituir a última hora dicha afirmación por un «todos los animales, excepto Napoleón, se pusieron a cubierto». Lo hizo tras descubrir que, en el mundo real, Stalin no había huido de la ciudad de Moscú durante el avance de las tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial. Orwell prefería reflejar el verdadero carácter del dictador en el pellejo de aquel animal ficticio y, pese a no tragar con su figura, eso suponía dibujarlo como alguien que no se amilanaba ante el enemigo.

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9 comentarios

  1. Recuerdo la Revolución Sandinista del 79 liderada por Daniel Ortega, que derrocó al dictador Anastasio Somoza.
    Ahora, cuarenta años después, observo con estupor como el revolucionario se ha convertido en otro dictador que practica las mismas artes del predecesor al que derrocó.
    Ejemplos así resultan muy desalentadores sobre la capacidad del ser humano para resolver sus problemas y para dirigir su futuro.
    Me vinieron a la memoria lamentables frases como aquella de la película «El Padrino II» donde se refería a que una las certezas que nos ha dado la historia, es que se puede matar a cualquiera. O que las personas no queremos ser conscientes de nuestros errores hasta que no padecemos las consecuencias, aunque ya sea tarde. Frases que denotan cuan primaria puede llegar a ser nuestra condición.
    Las injusticias, los privilegios, las desigualdades, polarizan a las sociedades y ciegan a las personas.
    Las tiranías dan lugar a cruentas revoluciones, tomando el poder movimientos fervorosos cuyas medidas revanchistas, resultan tan traumáticas y perniciosas como las del régimen al que derrocaron.
    Quizá es que estudiamos la historia como algo lejano que ya no nos afecta, sin caer en la cuenta de la mayor enseñanza que nos aporta, que no es otra que conocer los errores del pasado para no volver a caer en ellos.
    Si todo se mirara con el prisma que da la perspectiva histórica de los acontecimientos, nuestras decisiones tendrían algo más de acierto por apoyarse en sus cimientos, a pesar de que dicen que la escriben los que ganan.
    Leí que el ser humano ha alcanzado capacidades antes solo atribuidas sólo a sus dioses, pero eso no lo ha hecho mejor puesto que se sigue comportando como un ser insatisfecho e irresponsable.
    ¿Y qué se puede esperar de un Dios insatisfecho e irresponsable?

  2. Y pensar que un gilipollas así pudo mandar durante tanto tiempo un país.En eso estamos hermanados con Rusia.

  3. Yo separaría a los líderes políticos, todos, hasta el presente, del resto del pueblo ruso. La madre Rusia de nuestra juventud. No creo que haya otro pueblo que haya sufrido tantos muertos y fracasos. Tal vez China.

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