
«Si declaramos la guerra a los Estados Unidos, avanzaremos sin oposición y obtendremos victoria tras victoria durante los primeros seis o doce meses. No obstante, si la guerra se prolonga más de un año, no albergo esperanza alguna». (Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Flota Imperial Japonesa, advirtiendo a principios de 1941 sobre las consecuencias de una posible guerra que, pese a su oposición personal, sería declarada a fínales de ese mismo año).
«El Pacto Tripartito estipula que Alemania e Italia reconocen y respetan el liderazgo de Japón a la hora de establecer un nuevo orden en el Asia Oriental. (…) Los Estados Unidos no han dado muestras de entender que el establecimiento de una esfera de prosperidad común en el Asia Oriental es un asunto de vital importancia para Japón. Los Estados Unidos parecen sostener la idea de que su primera línea de defensa propia está no solamente en el Pacífico oriental [como les corresponde], sino tan lejos [del territorio estadounidense] como en China y los Mares del Sur. Si los Estados Unidos terminasen asumiendo tal actitud, eso constituiría una declaración unilateral sobre el liderazgo japonés en el Pacífico occidental. (…) Yo, por mi parte, creo que si los estadounidenses adoptan tal posición no estarían pensando en contribuir a la promoción de la paz mundial. Si los Estados Unidos se viesen por desgracia envueltos en la actual guerra europea, y si Japón se viese también obligado a participar en esa misma contienda, se produciría otra gran guerra mundial. Una guerra que sería mundial tanto en el nombre como en la realidad, precipitando una situación que desafiaría cualquier intento de solución. Si esa guerra siguiera su furioso curso, desatando nuevas y formidables armas que hasta ahora no han sido usadas, nadie puede garantizar que no terminase evolucionando en algo que pudiera significar el final de la civilización moderna». (Yosuke Matsuoka, ministro de Exteriores de Japón, reflejando el ambiente prebélico imperante en las altas esferas de Tokio, durante un discurso pronunciado ante el Parlamento japonés en enero de 1941).
«¡Tora! ¡Tora! ¡Tora!». (Frase en clave con la que Mitsuo Fuchida, piloto que comandaba la fuerza aérea de la Flota Imperial Japonesa, daba la orden radiofónica de iniciar un bombardeo sorpresa sobre territorio estadounidense el 7 de diciembre de 1941. La traducción literal es «¡Tigre! ¡Tigre! ¡Tigre!», aunque tora servía también como abreviatura de totsugeki raigeki, «ataque relámpago»).
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Mira que lo dije y no me hicieron caso. Yo hubiera elegido el lugar de las Filipinas de nombre más anodino y habría dejado unas fuerzas allí. Bloqueado algún puerto. Habría una guerra, habría un enfrentamiento, sí. Pero los ciudadanos americanos siempre se preguntarían qué se les había perdido allí.
Un artículo fascinante!
Espero con muchísimas ganas leer la continuación.
Fenomenal artículo!
No hay cosa más atractiva que una historia bien contada. Este artículo es literatura de la buena.
No creo que llegará al nivel de la saga de la crisis de los misiles cubanos porque eso es insuperable, pero está fantástico!
La segunda guerra mundial es uno de los hechos más atroces de la historia de la humanidad y a la vez es uno de sus pasajes más subyugantes; sobre todo cuando está narrado de una forma tan magistral como en este artículo. Deseando leer más.
Suscribo.
¿Pero no había continuación?
Esperando la parte 2!