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El suicidio de Japón (1)

El suicidio de Japón (1)
Soldados estadounidenses contemplando los efectos del recién terminado ataque sorpresa de la aviación japonesa sobre un aeródromo militar cercano a Pearl Harbor (isla de Oahu, Hawái). De los casi cuatrocientos aviones de combate estadounidenses estacionados en la isla, solamente ocho consiguieron despegar para intentar defenderla. El resto fueron destruidos o dañados cuando aún estaban en tierra. Foto: Cordon Press.

«Si declaramos la guerra a los Estados Unidos, avanzaremos sin oposición y obtendremos victoria tras victoria durante los primeros seis o doce meses. No obstante, si la guerra se prolonga más de un año, no albergo esperanza alguna». (Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Flota Imperial Japonesa, advirtiendo a principios de 1941 sobre las consecuencias de una posible guerra que, pese a su oposición personal, sería declarada a fínales de ese mismo año).

«El Pacto Tripartito estipula que Alemania e Italia reconocen y respetan el liderazgo de Japón a la hora de establecer un nuevo orden en el Asia Oriental. (…) Los Estados Unidos no han dado muestras de entender que el establecimiento de una esfera de prosperidad común en el Asia Oriental es un asunto de vital importancia para Japón. Los Estados Unidos parecen sostener la idea de que su primera línea de defensa propia está no solamente en el Pacífico oriental [como les corresponde], sino tan lejos [del territorio estadounidense] como en China y los Mares del Sur. Si los Estados Unidos terminasen asumiendo tal actitud, eso constituiría una declaración unilateral sobre el liderazgo japonés en el Pacífico occidental. (…) Yo, por mi parte, creo que si los estadounidenses adoptan tal posición no estarían pensando en contribuir a la promoción de la paz mundial. Si los Estados Unidos se viesen por desgracia envueltos en la actual guerra europea, y si Japón se viese también obligado a participar en esa misma contienda, se produciría otra gran guerra mundial. Una guerra que sería mundial tanto en el nombre como en la realidad, precipitando una situación que desafiaría cualquier intento de solución. Si esa guerra siguiera su furioso curso, desatando nuevas y formidables armas que hasta ahora no han sido usadas, nadie puede garantizar que no terminase evolucionando en algo que pudiera significar el final de la civilización moderna». (Yosuke Matsuoka, ministro de Exteriores de Japón, reflejando el ambiente prebélico imperante en las altas esferas de Tokio, durante un discurso pronunciado ante el Parlamento japonés en enero de 1941).

«¡Tora! ¡Tora! ¡Tora!». (Frase en clave con la que Mitsuo Fuchida, piloto que comandaba la fuerza aérea de la Flota Imperial Japonesa, daba la orden radiofónica de iniciar un bombardeo sorpresa sobre territorio estadounidense el 7 de diciembre de 1941. La traducción literal es «¡Tigre! ¡Tigre! ¡Tigre!», aunque tora servía también como abreviatura de totsugeki raigeki, «ataque relámpago»).

Minutos antes de las ocho de la mañana, los habitantes de Oahu, la isla principal del archipiélago de Hawái, todavía tenían motivos para pensar que iba a ser un domingo apacible y rutinario, uno de tantos festivos característicos de los tiempos de paz. Oahu se desperezaba disfrutando una agradable temperatura de veintidós grados y un cielo casi despejado, adornado aquí y allá con nubes aisladas. Una mañana perfecta para un domingo perfecto en el pedazo de territorio estadounidense que más podía parecerse al paraíso.

En una vivienda de la costa norte de la isla, el histérico alboroto del pequeño perro de la casa sorprendió a toda la familia. El animal, presa de un repentino frenesí, corrió hacia la puerta del jardín y empezó a ladrar en dirección al mar. Todos los miembros de la familia, adultos y niños, salieron al exterior para comprobar qué era aquello que estaba alterando tanto a su mascota.

Lo que el agudo oído del perro había captado antes que los humanos, pero que ahora ellos también podían oír, era un insistente zumbido que crecía en intensidad, como si un gigantesco enjambre de abejas se estuviese acercando desde el océano. A lo lejos, sobre el horizonte marino, vieron las pequeñas pero inconfundibles siluetas de aviones de combate que volaban en dirección a la costa. Por su trayectoria, iban a pasar justo por encima de la casa para sobrevolar la isla. En sí mismo, nada preocupante; en la isla había varios aeródromos militares y los miembros de la familia estaban habituados al paso de escuadrillas de cazas o bombarderos que iban y venían todos los meses del año. La única novedad en esta ocasión, y lo que había provocado la reacción inusual del perro, era el enorme número de aeroplanos volando juntos, decenas de ellos, con sus decenas de motores produciendo un ruido cada vez más intenso. Incluso para los habitantes locales habituados a los aviones, semejante cantidad constituía un espectáculo sorprendente. Aún más durante la mañana de un domingo, el momento de menor actividad de toda la semana, cuando los vuelos militares solían ser escasos. Pero no había motivos para pensar que algo extraordinario estaba sucediendo. Debía de tratarse de un traslado masivo, o de un ejercicio táctico como algunos que se habían organizado en años anteriores. Pronto, sin embargo, hubo motivos para la extrañeza. Cuando las siluetas se acercaron más y se hizo fácil distinguir en ellas más detalles, uno de los niños exclamó: «¡Mira, papá! ¡Nuestros aviones han cambiado de color!».

Minutos después, los aviones estaban llegando a la costa sur de la isla. Allí se alzaba la granja familiar de los Lee, un matrimonio chino cuyos hijos habían nacido y crecido en Hawái como niños estadounidenses. Los niños acababan de salir de casa para alimentar a los animales del corral, como era costumbre cada domingo después de desayunar. Mientras cumplían con su tarea, también ellos oyeron un zumbido de inusual intensidad y miraron con curiosidad al cielo. Jimmy Lee, que tenía entonces once años, nunca olvidaría el momento: «Cuando levantamos la vista, había centenares de aviones. Me resultó fascinante. Nunca antes, en toda mi vida, había visto tantos aviones juntos». La bandada de aeroplanos voló por encima de ellos en dirección a las inmediaciones de la capital, Honolulu, y desapareció de la vista por detrás de un promontorio. Los hermanos corrieron para buscar un mejor punto de observación. Fue entonces cuando comenzaron a oír explosiones, pero no se alarmaron. Pensaron que se estaba realizando un ejercicio militar. O aún mejor: consideraron la excitante posibilidad de que se estuviese rodando una película.

El suicidio de Japón (1)
Fotografía tomada en vivo durante el ataque japonés sobre Pearl Harbor. En ella vemos un avión japonés atacando los aviones estadounidenses aún inmóviles sobre el pavimento de una base aérea. Pese a la mala calidad de la fotografía (debida a la precipitación y las limitaciones de muchas cámaras de entonces), su cualidad borrosa le confiere un aura fantasmagórica e inquietante, en especial sabiendo que fue captada muy de cerca por un testigo directo que se estaba jugando la vida en ese preciso instante. Foto: Cordon Press.

La profesora de vuelo Cornelia Fort, una precoz piloto de veintiún años de edad, contempló la misma escena, pero desde el cielo. Volaba en una avioneta junto a su primer alumno del día, Ernest Suomala, un operario del metal que trabajaba para la boyante industria militar local y que invertía sus horas libres intentando obtener la licencia de pilotaje. Llevaban casi una hora en el aire. Habían despegado del aeropuerto civil de Honolulu a las siete de la mañana, cuando ya había luz pero los militares de la isla estaban aún despertando. El amanecer del domingo era el momento idóneo para que los pilotos civiles, ya fuesen profesores de vuelo o simples aficionados, disfrutasen unos cielos casi vacíos de tráfico. Aquella mañana, de hecho, no se esperaba la presencia de aeroplanos militares hasta poco después de las ocho, cuando estaba prevista la llegada de un escuadrón de seis bombarderos procedentes de California. Por lo demás, soplaba un viento muy suave y la visibilidad era buena, idóneas condiciones que debieron de causar gran alivio al alumno Ernest Suomala. Era un día importante en su curso de pilotaje: si conseguía efectuar el trayecto sin que su profesora tuviese que intervenir quitándole los mandos para corregir alguna seria imprecisión, Ernest estaría mucho más cerca de poder presentarse al examen para obtener su licencia. La clase práctica marchaba a la perfección con Ernest a los mandos de la avioneta, Cornelia supervisando sentada junto a él, y ningún contratiempo digno de mención.

Faltando menos de quince minutos para las ocho, y estando todavía a cierta distancia de la isla, Cornelia divisó un avión de combate en la lejanía. Pudo precisar, por su silueta esbelta y por la reducida extensión de las alas, que se trataba de un caza. Debía de ser uno de tantos cazas de las bases aéreas locales que cualquier piloto podía toparse en los momentos más inesperados. Pero no tardó en notar que algo no marchaba bien. El caza parecía dirigirse hacia ellos en una trayectoria que conducía, de forma cada vez más evidente, hacia una posible colisión. Era como si el piloto del caza hubiese tenido una distracción y no hubiese visto la avioneta de prácticas. Alarmada, y sin mediar palabra, Cornelia le arrebató los mandos a su alumno y efectuó una repentina maniobra evasiva, elevándose para evitar el choque. Fue entonces cuando pudo ver el caza desde arriba, descubriendo un detalle que la dejó estupefacta: «Unas esferas rojas pintadas en las alas brillaron con intensidad bajo el sol. Las vi una vez, y después las volví a mirar con total y absoluta incredulidad. En Honolulu estábamos familiarizados con el emblema del Sol Naciente, pero en los barcos de pasajeros, nunca en aviones de combate». El caza era japonés.

Cosa que no parecía tener sentido. La distancia desde Japón a Hawái superaba los seis mil quinientos kilómetros. Esto es, la sexta parte de la circunferencia del planeta Tierra. Ningún caza de aquella época hubiese podido recorrer siquiera la tercera parte de esa distancia, incluso con el depósito lleno y renunciando a reservar una sola gota de combustible para el camino de vuelta. Un caza japonés no podía haber llegado a Hawái por sí mismo.

Tras el conato de accidente, y sin entender muy bien qué estaba pasando, Cornelia decidió que era momento de dar por terminada la clase práctica. Viró para regresar hacia la isla y encarar el aeropuerto comercial de Honolulu, situado a solo seis kilómetros de la base naval de Pearl Harbor y la contigua base aérea de Hickam. Cornelia miró hacia un lado y volvió a sentirse conmocionada por la sorpresa. Y esta vez la escena era todavía más difícil de creer. Decenas de aviones se habían adueñado del cielo de la isla, avanzando y retrocediendo, subiendo y bajando, todo en aparente desorden. Cornelia sintió «un escalofrío en la espalda» al divisar las altas y densas columnas de humo negro que ascendían desde la principal base naval de la flota estadounidense en el Pacífico. Por fin ató cabos: los japoneses estaban atacando Pearl Harbor. Y la presencia de aviones japoneses delataba la presencia, invisible pero no demasiado lejana, de portaviones de la Flota Imperial. Cornelia, que una hora atrás había despegado para impartir una clase práctica en tiempo de paz, se veía ahora obligada a intentar tomar tierra en tiempo de guerra.

Su alumno Ernest todavía no se había percatado. Ni siquiera había mirado hacia la isla, ensimismado en su disgusto por haber sido despojado sin más explicaciones del mando de la avioneta. Con tono impaciente, preguntó: «Entonces, ¿cuándo podré pilotar yo solo?». Cornelia, sin quitar los ojos de Pearl Harbor, le indicó con un gesto que mirase en la misma dirección que ella, y le respondió diciendo: «¡No será hoy, hermano!».

El suicidio de japón
Fotografía del ataque a la base naval de Pearl Harbor, desde el punto de vista de un piloto japonés. En primer plano se ve un bombardero naval nipón; al fondo, varios busques estadounidenses ardiendo. Foto: Cordon Press.

Cornelia consiguió volver a la isla y tomar tierra en mitad del caos circundante. Los cazas japoneses, si bien tenían órdenes de no desviarse de su plan para atacar aviones civiles, podían hacerlo en caso de encontrárselos de frente. Derribar aviones civiles disminuiría la posibilidad de que alguno de ellos decidiese huir hacia alta mar y descubriese por casualidad la posición de la Flota Imperial. Después de aterrizar, Cornelia iba conduciendo el aeroplano hacia un hangar cuando otro caza sobrevoló la pista, vio su avioneta y disparó una ráfaga de balas que martilleó el suelo justo por delante del aparato, sin alcanzarlo. Cornelia y Ernest consiguieron salir ilesos, aunque por muy poco. Aquel primer caza que Cornelia había esquivado y cuya trayectoria había interpretado como «de colisión», había estado trazando, en realidad, una trayectoria de ataque. Al ascender con tanta prontitud, Cornelia había evitado estar dentro del alcance de las ametralladoras del caza japonés, que después prosiguió en línea recta siguiendo sus órdenes y no dio la vuelta para perseguirla.

Marguerite Gambo, de veintiséis años, era otra instructora de vuelo que estaba dando clases prácticas a un alumno cuando una repentina e inexplicable turbulencia sacudió su avioneta. Justo a continuación vio la causa de la turbulencia: varios cazas estaban tomando altura, pero acercándose mucho más a su avioneta de prácticas de lo recomendado por los protocolos de seguridad aérea. Era como si volasen sin importarles que la avioneta de Marguerite estuviese en medio. Pensó que aquellos pilotos eran estadounidenses y estaban efectuando una maniobra temeraria por capricho. Indignada por la flagrante irresponsabilidad, planeó presentar una queja en cuanto tomase tierra. La queja, sin embargo, abandonó pronto su cabeza cuando también ella vio columnas de humo, aunque no sobre Pearl Harbor, sino sobre una base del Cuerpo de Marines. Pensando con rapidez y deduciendo que la isla estaba por algún motivo bajo asedio, regresó al aeropuerto de Honolulu volando a baja altura por una ruta que solía evitar, ya que pasaba entre dos montañas. Aquella ruta no sobrevolaba objetivos militares y le sirvió como atajo libre de ataques. Consiguió aterrizar, pero después supo que no todos los profesores y alumnos de su escuela habían tenido tanta suerte. Algunos nunca regresaron de sus clases.

Otro profesor de vuelo, Tommy Tomberlin, fue también sorprendido en plena clase práctica. Lo primero que vio fueron dos brillantes líneas que, con velocidad de vértigo, adelantaron su avioneta a centímetros del fuselaje. En un primer momento no supo descifrar la naturaleza del extraño fenómeno, pero después se alarmó al notar varios impactos en la parte trasera de su avioneta. Giró la cabeza y entendió que aquellas líneas brillantes habían sido producidas por las balas trazadoras de un caza que lo estaba ametrallando. Sin dejarse llevar por el pánico, centró sus esfuerzos en controlar la avioneta, que iba perdiendo altura por culpa de los daños recibidos. Vio con espanto que otros dos cazas disparaban también en su dirección, aunque sin acertar. Consiguió tomar tierra antes de que su avioneta fallase por completo. Al salir, comprobó que las balas habían dejado en el fuselaje varios agujeros «del tamaño de un puño».

El abogado Roy Vitousek no era profesor de vuelo, pero sí un gran aficionado que tenía licencia de piloto y era propietario de una avioneta con la que solía salir a contemplar los imponentes paisajes del archipiélago. Aquella mañana regresaba de un breve paseo aéreo junto a su hijo de diecisiete años, Martin. Todo parecía tranquilo y no había tráfico en su trayectoria. Estaba tan concentrado calculando la aproximación al aeropuerto de Honolulu que ni siquiera se percató de que un escuadrón de aviones volaba en paralelo a su avioneta, rodeándola por todas partes. Fue su hijo quien primero los vio. Entusiasmado, el adolescente exclamó: «¡Mira, papá! ¡Son los P-40!». El muchacho se refería a un modelo de caza, el Curtiss P-40 Warhawk, que la fuerza aérea estrenado apenas tres años antes y era muy popular entre los jóvenes debido a su estética figura. Al oír la exclamación de su hijo, Roy Vitousek miró hacia los lados, pero no encontró los Warhawk que esperaba ver. Los aviones que volaban junto a su avioneta tenían círculos rojos pintados en las alas. «¡Los P-40, unas narices!», dijo, «¡Son japoneses!». Intuyendo que había tenido la mala suerte de encontrarse en mitad de un ataque aéreo, Roy ascendió para huir en dirección al océano. Algunos cazas dispararon en su dirección, pero no lo alcanzaron. Después se dedicó a volar en círculos sobre el agua esperando la oportunidad de regresar. Cuando vio que las arremetidas japonesas sobre el aeropuerto bajaban de intensidad, y temiendo quedarse sin combustible, decidió regresar a la isla. Consiguió aterrizar en el aeropuerto civil, salió del avión y corrió junto a su hijo hacia el aparcamiento. Ambos subieron en su coche y huyeron a la contigua ciudad de Honolulu, que no estaba siendo atacada.

El suicidio de Japón (1)
Esta imagen capta el momento preciso en que explotó el arsenal de proa del destructor USS Shaw, en llamas tras recibir el impacto de tres bombas aéreas. Foto: Cordon Press.

En tierra, sin la perspectiva privilegiada que ofrece la altura, era más difícil entender, al menos en un primer instante, que aquel repentino suceso era un ataque organizado. Incluso los militares se vieron sorprendidos y confundidos por el inesperado suceso. Varios pilotos de la fuerza aérea estadounidense aprovechaban el domingo libre para pasear en bicicleta por la base naval de Pearl Harbor. Vieron aparecer «aviones en formación» que descendían como para atacar los buques anclados en el puerto. Interpretaron que se trataba un simulacro. Siendo ellos mismos miembros de la aviación, miraron la secuencia con mucho interés. Pronto empezaron a producirse disparos y explosiones, pero no se alarmaron. Un ejercicio con fuego real no era una posibilidad impensable y, por unos momentos, siguieron creyendo que se trataba de un simulacro: «Cada avión y cada escuadrilla parecía tener sus objetivos marcados. Pensamos que serían aviones de nuestra propia marina haciendo explotar algunos buques obsoletos. Sin embargo, cambiamos de opinión cuando varios de los buques se partieron por la mitad y vimos a los marineros saltando por la borda».

Incluso habiendo entendido que asistían a un ataque verdadero, permanecieron inmóviles durante algunos momentos más, hipnotizados por la dantesca secuencia. Los barcos eran pasto de las llamas o estallaban de repente; sus tripulantes saltaban al agua intentando escapar del fuego solo para encontrar que la superficie del agua estaba cubierta de combustible ardiendo. Los observadores salieron de su morboso encantamiento cuando un fragmento de metal procedente de la explosión de un buque estuvo a punto de alcanzarlos: «Oímos un chillido sibilante muy cerca de nosotros. Casi al mismo tiempo, se levantó una nube de polvo que nos cubrió por completo. Todo causado por un gran fragmento de metralla que no nos alcanzó por muy poco». Reaccionando por fin, subieron a sus bicicletas y regresaron a su base «pedaleando como nunca jamás habíamos pedaleado en nuestras vidas». Esperaban recibir órdenes para lanzar un contrataque aéreo sobre la flota atacante, que debía de andar no muy lejos, pero cuando llegaron a su base vieron que los bombarderos B-17 que habían esperado pilotar «ardían furiosamente hasta quedar hechos pedazos». Los japoneses habían atacado los aviones estadounidenses que estaban en tierra, impidiendo que pudieran despegar para defender la isla.

El almirante Husband E. Kimmel llevaba apenas unos meses ejerciendo como comandante de la flota anclada en Pearl Harbor. Su predecesor, el almirante James O. Richardson, había sido destituido por sus críticas hacia lo que consideraba un sistema de defensa negligente, y por su insistencia en que mantener la flota anclada en Pearl Harbor constituía un cebo irresistible para un potencial enemigo. En el Pacífico, existía una única nación poseedora de una flota capaz de semejante ataque: Japón. El almirante Richardson se había mostrado seguro de que «una guerra con Japón es inevitable» pero, pese a las tensiones diplomáticas entre Tokio y Washington, casi nadie había tomado en serio sus ideas. Japón no declararía la guerra a los Estados Unidos porque no tenía nada que ganar. Además, de hacerlo, atacaría el blanco más fácil: las Filipinas. Hawái estaba demasiado lejos como para que una gran flota se desplazase hasta allí sin ser detectada. Los negros augurios de Richardson habían parecido una exageración.

El nuevo comandante de Pearl Harbor, Kimmel, era honesto y respetado por sus subalternos, pero carecía del mismo ímpetu para expresar sus ideas. Él pensaba que un ataque en Pearl Harbor era «posible». De hecho, promovió algunas tímidas medidas al respecto. Sin embargo, algo que es posible no tiene por qué ser muy probable. Kimmel no esperaba un ataque por sorpresa. No constaba declaración de guerra. Algunas señales que hubiesen debido ser tomadas en serio, como registros inusuales del todavía primitivo radar, o un par de incidentes con submarinos desconocidos que se habían producido durante las horas previas, no habían servido como alarma debido a la descoordinación, la insuficiente comunicación, y varias negligencias a la hora de juzgar la importancia de dichos incidentes. Kimmel, pues, se levantó un domingo más pensando en una tranquila jornada de sus rutinarias labores como comandante.

Se dirigió a su despacho, cuyo ventanal ofrecía una vista privilegiada —o, esa mañana, no tan privilegiada— de la base naval de Pearl Harbor. Cuando el ataque empezó, Kimmel contempló la escena con expresión incrédula y una aparente incapacidad para reaccionar. De repente, una bala atravesó el cristal y rozó la chaqueta de su uniforme, provocando un corte en la tela. La bala terminó cayendo al suelo, donde rebotó mansamente. Kimmel la miró. No había resultado herido. Mientras en el exterior seguía desatándose el más completo caos, Kimmel se limitó a girarse hacia el oficial que estaba junto a él y decir con tono fúnebre: «Hubiese sido más misericordioso que esa bala me hubiese matado».

El suicidio de Japón (1)
Fotografía de Pearl Harbor tomada una vez terminado el ataque. En primer plano, un barco parcialmente hundido. Las aguas de la base naval eran poco profundas, así que los barcos de gran tamaño que se hundían podían quedar con parte de su fuselaje a la vista. Foto: Cordon Press.

Jimmy Lee, el niño que había salido a dar de comer a los animales de su granja familiar, regresó corriendo a su casa. Él y sus hermanos continuaban eufóricos, creyendo todavía que habían oído el inicio de algún rodaje: «No sentíamos ningún miedo. Hasta que volvimos a casa y nuestros padres nos dijeron: esto es la guerra. Entonces sí nos asustamos». La familia huyó en automóvil hacia las montañas y esperó durante más de una hora, hasta que dejaron de oírse vuelos y explosiones. Entonces, sabiendo que el ataque había finalizado, regresaron a la granja. Jimmy fue corriendo a la casa de sus vecinos para comprobar el estado de su mejor amigo, su compañero de colegio y de juegos, Toshi Yamamoto. La familia de Jimmy Lee era origen chino y la familia de Toshi Yamamoto era de origen japonés. China y Japón llevaban años enfrascados en una sangrienta guerra, la misma que había provocado la tensión creciente entre Tokio y Washington. En el continente asiático, chinos y japoneses se profesaban un encendido odio, pero eso les importaba bien poco a aquellos dos niños nacidos en el lejano archipiélago de Hawái. Eran niños estadounidenses, eran amigos, y poco sabían de las tribulaciones políticas de los países originarios de sus respectivos padres.

Toshi no estaba en casa. La vivienda de los Yamamoto estaba vacía. Durante el resto de su vida intentó averiguar su paradero, pero nunca lo consiguió. Lo único que pudo saber, décadas después, fue lo que siempre había sospechado: los Yamamoto, como muchas otras familias japonesas de Hawái y de otras partes de los Estados Unidos, habían intentado huir al saber que el ataque era japonés, temiendo que habría represalias. Pero no habían conseguido esconderse y habían terminado siendo desplazados a un campo de prisioneros. Tras el ataque a Pearl Harbor, la ley marcial consideró a todo inmigrante japonés un posible sospechoso de espionaje o colaboracionismo. Al terminar la guerra, los Yamamoto fueron reubicados, pero Jimmy Lee no pudo averiguar dónde. Jimmy Lee nunca volvió a ver a su mejor amigo.

El ataque japonés duró una hora y quince minutos. Estuvo dividido en dos oleadas de ciento setenta y un y ciento ochenta y tres aviones respectivamente, que causaron un daño impensable a las fuerzas estacionadas en Oahu. Los ocho acorazados anclados en Pearl Harbor, considerados por la US Navy como la espina dorsal de la flota estadounidense del Pacífico, fueron hundidos o dañados. Casi cuatrocientos aeroplanos estadounidenses fueron destruidos o inutilizados antes de poder despegar para intentar defender la isla (cosa que solamente consiguieron ocho). Dos mil cuatrocientos militares estadounidenses murieron, junto a setenta civiles. Los atacantes, por su parte, salieron casi indemnes: únicamente perdieron veintinueve aviones, con cincuenta y cinco aviadores muertos, por el fuego antiaéreo. También perdieron cinco minisubmarinos que fueron localizados y hundidos por las patrullas navales de Pearl Harbor, dejando nueve tripulantes fallecidos y un único prisionero que se convirtió en el primer japonés capturado en aquella nueva guerra. Muy pocas pérdidas para la magnitud del objetivo conseguido: dejar fuera de juego la flota estadounidense. Desde el punto de vista japonés, la única decepción fue no encontrar los cuatro portaviones estadounidenses, que también eran un objetivo prioritario pero estaban, en ese momento, dispersos por el Pacífico. Aunque los japoneses supieron de antemano que no encontrarían los portaviones en Pearl Harbor, lo descubrieron cuando calculaban que era tarde para volver atrás y reprogramar el ataque. Por lo demás, la operación había sido un gran triunfo.

Los aviones nipones regresaron a los portaviones que los habían transportado hasta Hawái. Eran los seis portaviones de la Flota Imperial, que el alto mando japonés había arriesgado de una tacada en tan atrevida operación. Los oficiales, pilotos y marineros celebraron con entusiasmo la hazaña. El único sin ánimo de celebración era el hombre que había diseñado y dirigido el ataque, el almirante Isoroku Yamamoto. Con expresión decaída, decidió retirarse a su camarote. Años más tarde, la película Tora! Tora! Tora!, que narraba el ataque desde la perspectiva tanto de americanos como de japoneses, puso en boca de Yamamoto una frase cuya veracidad nadie ha podido demostrar, pero que el cine hizo pasar a la historia: «Me temo que con este ataque lo único que hemos conseguido es despertar a un gigante dormido, y llenarlo de una terrible resolución». Fuese la frase real o fuese (más probablemente) una invención de los guionistas, resumía bien la misma idea que el almirante había expresado con otras palabras en ocasiones anteriores: la nación japonesa no podía pelear contra un gigante y albergar esperanzas de no salir aplastada.

La pelea contra el gigante tendría, en efecto, resultados desastrosos para la nación del Sol Naciente. Entre 1942 y 1945, Japón iba a perder tres millones de vidas. Su economía y su industria iban a ser reducidas a cenizas, como también algunas de sus ciudades; aún sigue siendo el único país que ha recibido el impacto directo e intencionado de armamento nuclear. Su orgullo nacional iba a sufrir un golpe antes impensable: por primera vez, Japón se rendía ante un enemigo exterior y toleraba que tropas extranjeras pisaran la sagrada tierra que habían considerado intocable. El emperador, perteneciente a la línea dinástica gobernante más antigua del planeta y cuya naturaleza cuasi divina era un símbolo de unión e identidad desde tiempos inmemoriales, había sido incapaz de proteger la nación. Para asombro y desolación de muchos ciudadanos, fue la muy humana voz del emperador la que sonó en la radio y anunció que el pueblo nipón debía afrontar la mayor humillación de su historia.

Antes de empezar la guerra, esa humillación había sido anticipada, aunque casi siempre en privado, por algunas voces en la cúpula política y militar japonesa. La del almirante Yamamoto había sido una de esas voces, pero no la única. Habían sido obligadas a callar bien mediante amenazas, bien mediante el peso irresistible del sentido del deber y la obediencia que articulaba la nación. ¿Pudo evitarse la guerra? Fue quizá posible, pero el Japón de los años 30 había caído, al igual que Alemania, en una casi imparable espiral de nacionalismo exacerbado. Cuando Japón atacó a los Estados Unidos en 1941, estaba lanzando su último y puede decirse que desesperado grito para reclamar su posición geoestratégica entre las grandes potencias del siglo XX. Una posición que, sentían los japoneses, se les había negado durante décadas pese a la cada vez más evidente realidad de que conformaban una nación moderna con una de las fuerzas armadas más impresionantes del planeta. El último agravio había sido el muy dañino embargo comercial con el que Washington había castigado la invasión japonesa de China. ¿Por qué motivo las potencias europeas podían ser dueñas de imperios coloniales con los que satisfacer sus necesidades materiales, mientras que a Japón le estaba vedada esa posibilidad? Tokio señalaba la hipocresía de Washington al no objetar nunca el que su principal aliado, el Reino Unido, poseyera el mayor imperio colonial del planeta.

Una guerra contra Estados Unidos no podía ganarse al modo convencional, esto es, desarmando o invadiendo a los estadounidenses, y a nadie en el gobierno de Tokio se le escapaba este hecho. Pero tenían un plan arriesgado, sin duda en exceso optimista pero no por completo descabellado, para terminar forzando una paz que ambos gobiernos juzgasen aceptable. Una paz en la que ninguno de los dos países se sintiese humillado, y que consistiría en que los Estados Unidos admitiesen por fin el derecho japonés a poseer un imperio colonial. A cambio, los japoneses respetarían los intereses de Washington en el Pacífico oriental. Esta pequeña posibilidad de llevar la guerra hasta una paz de mutua conveniencia se unía al convencimiento de que el gobierno estadounidense no tenía nada que ganar librando un conflicto oceánico a gran escala en el Pacífico. En especial cuando era bien sabido que la Alemania nazi, y no Japón, constituía la principal preocupación de la Casa Blanca.

Como suele suceder en la historia, las raíces de la decisión de iniciar aquella guerra que iba a llevar a Japón hacia su destrucción pueden rastrearse unos meses, o unos pocos años, pero también décadas o incluso siglos, según la extensión que queramos otorgarle al contexto histórico. Si pensamos en meses, estaba el callejón sin salida económico y militar provocado por el embargo comercial estadounidense. Si pensamos en años, estaba el estancamiento de la invasión japonesa de China que había provocado ese embargo. Si pensamos en décadas, estaba el ultranacionalismo alimentado primero por la sensación de la superioridad japonesa en Asia, después agravado por los desplantes diplomáticos de Occidente, y exacerbado al final por los efectos de la crisis financiera de 1929. Si pensamos en el periodo de un siglo, estaba el proceso de modernización que, de la noche a la mañana, había transformado un país feudal en una potencia moderna que, junto con su recién adquirido poder económico y militar, descubrió también las tentaciones del imperialismo colonial.

Si pensamos en varios siglos, estaba la siempre complicada relación psicológica entre Japón y las naciones occidentales, a las que admiraba y temía en la misma medida. Desde mucho antes de los conflictos del siglo XX, Japón fue más clarividente con respecto al mundo occidental que, por ejemplo, China. Los dirigentes japoneses, al contrario que sus altaneros vecinos chinos, no despreciaban a los occidentales como «bárbaros». Aunque usaron un término análogo para describir a los primeros europeos con los que tuvieron contacto, entendieron que aquellos «bárbaros» procedían de un lugar destinado a quitarle a China su autoimpuesta denominación de «centro del universo». El Japón medieval, pese a algunos estereotipos que lo pintan como un planeta que siempre estuvo en otra galaxia, se encandiló con los occidentales e incluso estuvo abierto a recibir su influencia cultural; eso sí, durante un breve periodo.

Trató de aislarse después, y lo hizo durante más de doscientos años, hasta que, contemplando la inevitable caída del refinado pero obsoleto gigante chino, volvió al punto de partida y tuvo que hacerse a la idea de que era necesario, como algunos pensadores nipones habían expresado dos siglos atrás, imitar a los occidentales para sobrevivir en un mundo que no dejaba de cambiar. Lo hicieron, y esto convirtió a Japón en la primera potencia militar de la era moderna que no pertenecía al ámbito cultural occidental. El éxito de la modernización también llevó la nación hacia esa espiral de imperialismo nacionalista que ya solo se detendría mediante «nuevas y formidables armas que hasta ahora no han sido usadas», empleando palabras del ministro Matsuoka, aunque este las había pronunciado sin terminar de sopesar el terrible alcance de su poder adivinatorio.

Quizá el momento idóneo para empezar a rastrear los orígenes de esta espiral consiste en regresar al siglo XVII, cuando los occidentales —portugueses, españoles, holandeses— estaban ya dejándose ver en el Pacífico. Fue entonces cuando se engranó en la consciencia colectiva del Japón una contradictoria sensación de admiración y aprensión hacia aquellos extranjeros procedentes de tierras lejanas y destinados, según parecía, a dominar el planeta entero.

(Continúa aquí)

El suicidio de Japón (1)
El almirante japonés Isoroku Yamamoto entregando el premio de un torneo de artes marciales en Londres. Era justo el día 7 de diciembre de 1934, siete años antes del ataque a Pearl Harbor. Yamamoto se sentía cercano a los países occidentales y conocía bien los Estados Unidos, pues había estudiado en Harvard y había trabajado en Washington. Se mostró crítico hacia el descontrolado expansionismo militar japonés, oponiéndose a la invasión de China en 1931 y a la declaración de guerra contra los Estados Unidos en 1941. Aun así, su sentido militar del deber y la obediencia al emperador lo llevaron a planificar y dirigir el ataque a Pearl Harbor, aun pensando que la guerra iba a terminar en inevitable derrota. Yamamoto moriría menos de año y medio después, en 1943, cuando el avión de transporte en que sobrevolaba Guadalcanal fue derribado por cazas estadounidenses en la llamada Operación Venganza. Pese a su éxito en «el día para la infamia» del ataque inicial sobre Hawái, terminaría siendo uno de los mandos japoneses más respetados en el recuerdo de sus enemigos. Foto: Cordon Press.

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9 comentarios

  1. Mira que lo dije y no me hicieron caso. Yo hubiera elegido el lugar de las Filipinas de nombre más anodino y habría dejado unas fuerzas allí. Bloqueado algún puerto. Habría una guerra, habría un enfrentamiento, sí. Pero los ciudadanos americanos siempre se preguntarían qué se les había perdido allí.

  2. Un artículo fascinante!

    Espero con muchísimas ganas leer la continuación.

  3. Fenomenal artículo!

  4. No hay cosa más atractiva que una historia bien contada. Este artículo es literatura de la buena.

  5. No creo que llegará al nivel de la saga de la crisis de los misiles cubanos porque eso es insuperable, pero está fantástico!

  6. La segunda guerra mundial es uno de los hechos más atroces de la historia de la humanidad y a la vez es uno de sus pasajes más subyugantes; sobre todo cuando está narrado de una forma tan magistral como en este artículo. Deseando leer más.

  7. José Antonio

    ¿Pero no había continuación?

  8. Esperando la parte 2!

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