Cine y TV

‘Ángel’: dolor

Ángel. Imagen 20th TV.
Ángel. Imagen: 20th TV.

Ángel sufre mucho. Ángel sufre tanto que su máximo terror es ser feliz. No es raro: le ocurre a mucha gente. Gente que no tiene doscientos cincuenta años, ni un álter ego maligno que disfruta degollando bebés, que ni siquiera cree en la existencia del espíritu ni en la redención, ni en la expiación de los pecados, y que incluso piensa que es humana. Si en su vida hubiera un solo momento de pura dicha, Angelus volvería. Y Angelus es el mal. Un vampiro despiadado y sin alma. Porque, no lo hemos dicho, Ángel sí que tiene alma. Se la devolvieron unos gitanos, para que vagara, durante toda la eternidad, arrepintiéndose de sus crímenes.

Por supuesto, se enamoró. Se enamoró de una cazavampiros (oh, ¿no hay ironía en el universo?) con la que no podía estar (para no ser feliz, ya saben) y huyó. A Los Ángeles. No se fue muy lejos.

Y ahí comienza esta historia. Con Ángel encontrándose con un medio demonio que tiene visiones y que se sacrifica (¿he dicho ya que esta serie va sobre el dolor?) y con una animadora que no es tan imbécil como pudiera parecer pero a la que no sé por qué extraña razón nadie logra comprender a partir de la cuarta temporada, cuando se transforma en la nuera de Ángel y en la madre de su nieto y en su amante imposible y en un receptáculo para la llegada del mal y en la bondad suprema casi todo a la vez.

Han pasado veinte años, la moda ya no es la misma, el abrigo de cuero de Ángel nos parece ridículo y ya nos extrañamos de que la gente no parezca conocer la existencia de vampiros y demonios cuando caminan a sus anchas por la calle y tienen bares en los que se reúnen, pero nada de eso importa.

Ángel es bastante más oscura y más adulta que Buffy y se complementan y alguna supera a la otra en ocasiones, y las dos tienen episodios horribles y magníficos. Hay series con las que creces. Literalmente, quiero decir. Los protagonistas y tú vais cumpliendo años. Luego las retomas, de vez en cuando, porque hay gente a la que siempre vuelves. Y ves que a los veintitrés se ve el dolor de distinta manera que a los treinta y ocho. A los veintitrés ni siquiera tiene uno la necesidad de redimirse, qué coño. A los cuarenta, los detalles pequeños son los que te definen a los personajes: una charla de Wesley con su padre maltratador; Cordelia diciendo que, si los sacerdotes utilizaran a hombres vírgenes, el mundo sería ateo; Ángel negándose a hablar porque, si habla, duele, y si se ríe puede doler más; Fred intentando escribir para explicarse el mundo.

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