Ciencias

Mujeres inventoras: patentes, silencios y otras formas de hacer historia

mujeres inventoras
En el fresco La escuela de Atenas (1509‑1511) de Rafael, aparece una figura femenina con toga blanca que muchos identifican como Hipatia. Es la única que mira directamente al espectador, situada tras Parménides y Pitágoras.

En los museos de la ciencia, como en los libros de historia, suele haber más bigotes que mentes brillantes. Al menos en apariencia. Porque si uno se pasea por las galerías dedicadas a la invención —ese culto moderno al ingenio técnico— lo que encuentra son bustos con barba, retratos con hombreras y placas con nombres masculinos grabados en latín o en cursiva. Se diría que la humanidad fue salvada, iluminada y aireada exclusivamente por varones con tiempo libre y afición al tubo de ensayo. Pero basta escarbar un poco —una patente aquí, una anécdota allá, una biografía olvidada entre dos manuales de electromecánica— para descubrir que tras esa imagen asoman muchas mujeres inventoras.

Las mujeres también inventaron. Y lo hicieron sin bata blanca, sin laboratorio propio y sin una sala con su nombre en la universidad. Inventaron desde el hogar, desde la necesidad, desde la intemperie intelectual de quienes tuvieron que demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento. Muchas de ellas ni siquiera se llamaban «científicas», eran viudas con una idea, monjas con vocación técnica, ingenieras clandestinas o maestras que, entre recreo y recreo, modificaban el mundo. No las encontrarán en los pósteres motivacionales del aula de tecnología, pero sin ellas no tendríamos ni limpiaparabrisas ni cristales antirreflectantes, ni café filtrado, ni siquiera bengalas para pedir auxilio. Este texto, por tanto, no es una lista. Es un acto mínimo de restitución. Una invitación a recordar que bajo muchas de nuestras comodidades diarias hay una mujer con un plano en la cabeza, un prototipo en las manos y una biografía ninguneada por la posteridad. Vamos, si quieres, a recordarlas.

Letitia Geer no era cirujana, ni falta que le hacía. En 1899, mientras el mundo miraba a los grandes inventos masculinos con la boca abierta —bombillas, locomotoras, fonógrafos—, ella decidió fijarse en un objeto más pequeño, más modesto y bastante más útil: la jeringuilla. Hasta entonces, administrarla requería una coreografía de dos manos y algo de fe. Geer, práctica como pocas, ideó una versión que se podía usar con una sola mano. Una innovación discreta, casi doméstica, pero con un impacto quirúrgico en la eficiencia médica. Su patente —662 848, para los íntimos del progreso— no venía acompañada de manifiestos ni discursos, pero modificó la práctica clínica con la misma precisión con la que se desliza una aguja en vena. Porque lo verdaderamente transformador, a veces, no necesita proclamas. Basta con que funcione mejor que lo anterior y que nadie lo haya visto venir. Como ella.

La historia de la óptica no suele tener nombre de mujer, pero eso es solo porque los cristales de las gafas —como el pasado— no siempre permiten ver con nitidez. Katharine Blodgett lo cambió. Doctora en Física por Cambridge en tiempos en que eso ya era una rareza por sí solo, logró lo impensable, que el vidrio dejara de reflejarse. El mundo dejó de verse a sí mismo en las lentes y empezó a ver lo que había detrás. Gracias a ella, las cámaras captan, los telescopios distinguen, los escaparates seducen. Inventó los cristales antirreflectantes, y aún así nadie la recuerda cuando se limpia las gafas con la camiseta. Así funciona el prestigio, siempre dispuesto a empañarse con el vaho de la costumbre.

Martha Coston, en cambio, iluminó la noche. Literalmente. Inventó las bengalas de señalización marítima después de quedarse viuda con cuatro hijos y un cuaderno lleno de notas técnicas de su marido. Lo que empezó como una reconstrucción conyugal acabó en patente propia, en contrato con la Armada estadounidense y en reconocimiento militar. Sus bengalas no solo sirvieron para ganar guerras, sino también para salvar vidas en alta mar. Una mujer que convirtió el duelo en ciencia, la maternidad en logística y la noche en una coreografía de colores. Que nadie diga que el dolor no es un motor de progreso.

Mary Anderson vio el futuro a través de un cristal sucio. En 1902, durante una visita a Nueva York, se fijó en que los conductores de tranvía debían parar constantemente para limpiar el parabrisas. Aquello no le pareció solo incómodo, le pareció absurdo. Volvió a Alabama, contrató a un diseñador y patentó un artilugio que se podía accionar desde dentro para limpiar el cristal. Lo llamó limpiaparabrisas. Nadie quiso fabricarlo. Demasiado avanzado, dijeron. O demasiado innecesario. Pero el tiempo —y la lluvia— le dieron la razón. Décadas más tarde, todos los coches llevarían su invento. Ella no ganó mucho dinero, pero dejó claro que ver con claridad también puede ser una forma de anticiparse al mundo.

Pero no todo en la vida es ver con claridad el camino, a veces se trata de saborear lo cotidiano sin amargura. Y en esa misión doméstica y crucial intervino una mujer que, sin proponérselo, cambió cada mañana del siglo XX: Melitta Bentz. En una cocina alemana, harta del poso amargo que dejaban los cafés recocidos, improvisó un filtro con papel secante y una lata perforada. Lo que comenzó como una solución de ama de casa terminó por convertirse en un estándar global de preparación. Su invento no tenía pretensiones de revolución, pero lo fue. Porque hay innovaciones que no llegan envueltas en acero inoxidable ni son testadas en laboratorios, a veces se filtran entre tazas y sobremesas, con la paciencia de quien solo quería mejorar un poco el mundo. Aunque fuera a sorbos.

Desde la calidez de una cocina alemana a la frialdad estratégica de una crítica al sistema, el salto puede parecer grande, pero a veces es cuestión de tablero. Elizabeth Magie no necesitaba una cafetera para despertar, le bastaba con mirar alrededor y ver cómo el capitalismo funcionaba como un juego… uno bastante tramposo. Así nació lo que ella llamó The Landlord’s Game, una sátira con casillas que pretendía enseñar los peligros del monopolio. Luego vino el plagio, el cambio de nombre —Monopoly— y la desaparición de su autoría en los créditos del éxito. Pero la idea fue suya, con dados de denuncia y billetes de crítica social. Magie inventó un entretenimiento para incomodar. Y aunque terminó siendo absorbido por la lógica que quería combatir, sigue siendo uno de los más curiosos y paradójicos legados del ingenio femenino, un juego de mesa contra las reglas del juego.

Y si Elizabeth Magie ideó un juego para exponer los excesos del poder, Gertrude Belle Elion jugó otra partida muy distinta, con la vida como tablero y la muerte como oponente. En 1948, armada con tubos de ensayo y una determinación quirúrgica, sintetizó por primera vez la diaminopurina. Años más tarde, esa molécula —aparentemente modesta— se transformaría en un medicamento pionero en la lucha contra la leucemia infantil. Donde otros veían estadísticas, ella veía posibilidades. Su descubrimiento no solo alargó la esperanza de vida de cientos de niños; también cambió la forma de entender la farmacología. Lo que Elion hizo fue simple y radical, encontrar la manera de que el cuerpo tuviera una oportunidad más. Porque a veces la inteligencia se mide en supervivencias.

Hipatia de Alejandría, por su parte, no necesitó laboratorios ni patentes, le bastaron un cerebro privilegiado y un mundo aún sin mapas. En la Alejandría del siglo IV, cuando la palabra «ciencia» todavía no sabía griego y mucho menos latín, Hipatia ya andaba resolviendo ecuaciones mientras medio mundo seguía creyendo que el saber era cosa de barbas. No tenía laboratorio, ni financiación externa, ni necesidad de publicar en ninguna revista indexada, pero aun así se las arregló para diseñar un aparato capaz de destilar agua. No lo hizo por notoriedad, sino por lógica. Si el mundo es turbio, conviene empezar por filtrar lo básico. El invento estaba inspirado en los principios de Arquímedes, aunque cuesta imaginar a Arquímedes peleándose con la administración de su escuela o explicando a diario por qué una mujer enseña a hombres sin que el cielo se derrumbe. Lo suyo fue un refinamiento de lo esencial, convertir una necesidad biológica en una hipótesis filosófica. Porque purificar el agua era solo el principio; lo que Hipatia quería, en el fondo, era limpiar la mugre del pensamiento. Su invento era sencillo, pero su figura no. Hipatia no solo fue pionera en tecnología, también en resistencia. Una mujer enseñando a hombres en la ciudad del saber. Una herejía, claro. Y como toda herejía, acabó siendo castigada. Pero cada gota de agua que hoy pasa por un filtro tiene algo de su legado. Cada destilación es, en cierto modo, una forma de recordarla.

Edith Clarke llegó muchos siglos después, pero con una ambición similar: domesticar lo invisible. La electricidad, ese prodigio moderno que convierte la oscuridad en posibilidad, fue su territorio. Ingeniera cuando pocas mujeres lo eran —o se les permitía serlo—, diseñó una calculadora gráfica capaz de resolver ecuaciones complicadas en una fracción del tiempo que requerían los métodos clásicos. No era una calculadora como las que caben hoy en el bolsillo, sino un artefacto robusto, técnico, diseñado para domar los misterios de la transmisión de energía en redes eléctricas. Su aparato, la «calculadora Clarke», funcionaba con funciones hiperbólicas y precisión obsesiva. Fue, en suma, un prodigio de eficiencia. Pero sobre todo fue una manera de abrir puertas. A la ingeniería, a la universidad, al reconocimiento. Allí donde antes solo se escuchaban nombres masculinos, Edith escribió el suyo en voltios.

Y cuando parecía que todo estaba ya dicho, aparece una monja con una idea más moderna que la mayoría de las reuniones de innovación tecnológica. María del Carmen Ortiz de Arce enseñaba en la Casa de Caridad de Barcelona a principios del siglo XX, rodeada de personas ciegas a quienes, según los códigos de su tiempo, se les ofrecía más compasión que herramientas. Pero ella no era de esas. En 1909 patentó una regleta y un punzón que permitían escribir en Braille —y en el sistema de Llorens— con trazos en relieve que podían percibirse al tacto y también a la vista. Lo suyo fue un salto hacia adelante. Un modo de devolver la escritura —y con ella, la voz— a quienes llevaban demasiado tiempo silenciados. Mientras otros inventaban para el progreso, ella lo hizo para la dignidad. Que, en ciertos contextos, es un avance mucho más audaz.

Lo curioso de todas estas historias no es solo el ingenio, ni la oportunidad, ni siquiera la utilidad concreta de cada invento. Lo curioso —lo verdaderamente revelador— es la persistencia. Porque en cada patente hay más que un hallazgo. Hay una batalla contra el escepticismo, una insistencia en hacerse oír en salas donde casi nadie escuchaba. Estas mujeres no fueron una nota al pie en la historia de la invención. fueron autoras de párrafos enteros que otros se empeñaron en omitir. Pero ahí están. En el retrovisor limpio, en el café filtrado, en la dosis precisa, en la señal de socorro, en la ecuación eléctrica, en la hoja de Braille. Invisibles muchas veces, imprescindibles siempre. Como si el futuro —ese lugar al que tantas veces llegan tarde los reconocimientos— llevara, sin saberlo, nombre de mujer.

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