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Mercedes Monmany, la pureza del ensayo

Detalle de portada de 'Por las fronteras de Europa', de Mercedes Monmany. Imagen Galaxia Gutenberg.
Detalle de portada de ‘Por las fronteras de Europa’, de Mercedes Monmany. Imagen: Galaxia Gutenberg.

Dicen las malas lenguas que la energía y la escritura académica están muertas o, al menos, desfallecientes. Dicen que, desde hace un tiempo, estas se han llenado de palabrería y de una falsa retórica que no explica la literatura, sino que, al contrario, la oscurece. Dicen que estas se ocultan —como una especie de Gollum— en los oscuros pasillos de las universidades. Dicen que Oscar Wilde solía afirmar que las malas lenguas nunca mienten.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que muchos confunden la pureza del ensayo con los plomos del paper, de la tesis, de la monografía y del texto pensado para la revista indexada. Que Dios nos libre de todo mal. En Los enemigos de la promesa, Cyril Connolly ya nos enseñó que el ensayo, entendido como tal, goza de libertad absoluta y está exento de una estructura definida y sistematizada. Por lo general, suele carecer de toda la floritura del aparato crítico escolarizado: bibliografía adjunta, notas al pie de página, marcos teóricos, tecnicismos, palabrería, oscuridades, etcétera. Supongo que, por esa razón, desde el Renacimiento se consideró al ensayo como un género más abierto que el tractatus o la suma, pues, más allá de su esencia reflexiva, poseía —como apunta Connolly— una voluntad artística de estilo que personalizaba, en la subjetividad del autor, la materia tratada.

Sin hacer demasiados esfuerzos, podemos encontrar en su propio nombre la clave de su naturaleza: ensayo, ergo, «ensayar» (probar, tantear, sondear…). Claudio Magris lo define así: «El ensayo es una escritura que al principio no conoce con exactitud su meta, pero que la busca y, en parte, la crea avanzando y palpando terreno, ensayando las posibilidades de la vida y la palabra». Bien es cierto que este concepto no sería posible sin la particularidad definitiva de la obra de Michel de Montaigne dentro del género: la libertad, es decir, el goce. Más conocido en Occidente como el «padre del ensayo», Montaigne fue uno de los primeros que hizo del registro algo festivo, espontáneo, modesto, y se obsesionó tanto con evitar la pedantería intelectual que omitió, las más de las veces, referenciar a los autores que le inspiraban sus ideas y valerse de las estandarizaciones de los esquemas del tractatus. Para Montaigne, la sencillez y la amabilidad con el lector eran los carburantes de toda su escritura. Por eso nunca quiso ser abstracto ni difícil, mucho menos «subirse a unos zancos para caminar» cuando bien podía evitar esa tentación a la complejidad. En su afamado Ensayos anotó un sabio consejo aplicado tanto para la escritura como para la vida misma: «Es inútil subirse sobre unos zancos para caminar [¿escribir?, ¿vivir?], pues aun así tendremos que andar con nuestras piernas. Aun en el trono más alto del mundo solo estamos sentados sobre nuestro culo».

De toda esta celebración por la libertad para pensar y escribir nace, al igual que una obra artística, el género ensayístico. Alfonso Reyes afirmó que el ensayo es la literatura en su función ancilar a algo supremo y lo llamó «el Centauro de los géneros». Pero Ortega y Gasset estuvo más iluminado al definirlo como «la ciencia sin la prueba explícita». Y, por su parte, el siempre romántico Eugenio d’Ors lo nombró «la poetización del saber». Bajo estas tres observaciones podríamos decir que la pureza del ensayo es la búsqueda de una reflexión estetizada y honesta que no está al servicio de una «verdad» o sentencia definitiva. Montaigne nos sugiere en cada uno de sus textos que el objetivo del ensayo no es demostrar nada, sino tan solo explotar la inteligencia, el verbo y el punto de vista del autor en el tratamiento de un tema que no pretende agotar. Al leer a grandes ensayistas como Montaigne, T. S. Eliot, Beatriz Sarlo, Cynthia Ozick, Cyril Connolly, George Steiner o Luis Loayza, uno siempre tiene la sensación de que sus ensayos no buscan exponer lo que pensaban sobre tal o cual cosa, sino, todo lo contrario, parecen querer saber qué estaban pensando en ese momento y, sobre todo, para qué.

Aquí valdría la pena recordar un extracto iluminador de Juan Gabriel Vásquez (otro ensayista notable) en una entrevista que le hizo a E. L. Doctorow para El País. En su texto introductorio, el autor de La forma de las ruinas dice: «Siempre me he sentido muy a gusto en esa idea de escribir desde la ignorancia, no desde el conocimiento; desde la exploración de lo recóndito y lo oculto, no desde la explicación de lo ya conocido». Pues bien, esta sentencia podría ser precisamente el núcleo del ensayo moderno y al cual se adscribe, con toda justicia, una de las más grandes y lúcidas ensayistas que nos ha dado la escuela de Montaigne en este siglo: la española Mercedes Monmany.

***

Dueña de una erudición y sensibilidad cosmopolita que le permite una sutil autoridad, Mercedes Monmany (Barcelona, 1957) ha logrado fomentar con el tiempo, y con consecuentes dosis de discreción, una de las más interesantes y admirables obras críticas que abordan la siempre inabarcable e infinita tradición literaria de Europa. A pesar de haber editado y traducido sin descanso; de haber escrito un primer librito de ensayos1 y artículos sueltos en revistas especializadas, su consolidación internacional como ensayista le llegaría recién en 2015 a través de la pura contundencia: un volumen de 1467 páginas en donde examina la obra, vida y milagros de más de trescientos escritores de diferentes idiomas, organizándolos tanto por espacios geográficos como por dominios lingüísticos. Por las fronteras de Europa: un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, libro summa o «atlas espiritual», como bien diría Magris, en donde entra toda la literatura posible y, por eso mismo, toda la imaginación del mundo.

Mercedes Monmany, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es una de esas intelectuales que gozan de una productividad frenética e imparable. Ha traducido a escritores como Leonardo Sciascia, Attilio Bertolucci, Francis Ponge, Valerio Magrelli o Philippe Jaccottet. Ha ejercido la dirección de las colecciones de poesía y ensayo literario La Rama Dorada de la editorial Huerga y Fierro. Ha preparado puntillosas ediciones sobre Nueva escritura francesa y Una infancia de escritor. Ha antologado y prologado una infinidad de libros y escribe semanalmente sobre literaturas extranjeras en ABC, Letras Libres, Vanguardia Dossier y Babelia. Ha sido jurado de diversos premios literarios de prestigio como la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, el Premio Café Gijón de Narrativa, el Premio de Narrativa Gonzalo Torrente Ballester, el Premio Lampedusa de Sicilia o el Zbigniew Herbert International Literary Award de Varsovia. Y, como si todo esto no bastara, es organizadora infatigable de ciclos y encuentros de literatura, comisaria de exposiciones sobre narrativa europea y adalid de diversos consejos de redacción en revistas culturales.

Todas estas actividades, más su incesante eurofilia literaria, le han otorgado un apabullante barroquismo de conocimientos, precisiones historiográficas, capacidades comparatísticas entre una literatura y otra, sentido de la totalidad, rigor de exégeta y una profunda comprensión de los numerosos contextos culturales, políticos y religiosos de Europa. En palabras de Claudio Magris, a Mercedes Monmany le mueve solo el amor, «un amor extraordinariamente generoso por los autores y obras que descubre y se enamora, y que hace suyos entregándose a ellos, dándolo todo de sí: su entusiasmo, su pasión, su agudeza de juicio, su fraterna cercanía, su inteligencia analítica, su conocimiento». Aquí me atrevería a sugerir que, mucho más que amor por los autores y por las obras abordadas en sus libros, el amor definitivo de Monmany es por Europa, es decir, por lo que equivale Europa en el imaginario de los escritores que la conforman. Solo así podría entenderse su temprana incursión en el ensayo, género del cual aprovecha al máximo la libertad de su registro para explorar e inmiscuirse en todos los recovecos de Europa a través del estudio de la literatura que, al principio, solo parece servirle como mero pretexto y artificio, aunque, a las finales, termine contaminándolo todo y sobresalga en protagonismo.

De ahí su primera publicación en 1997: Don Quijote en los Cárpatos, libro que hace un breve repaso de autores europeos del siglo XIX y de inicios del XX, en donde ya se pueden ver las señas de su obra mayor: ansia enciclopédica, curiosidad bibliómana, precisión histórica y amor irredento por Europa. Entre lo más destacado de esta primera colección están los textos «Daniel Pennac, en la Biblioteca», «Humor y conciencia social en Marcel Aymé», «El horror vacui según Georges Perec», El Libro Potencial de Marcel Bénabou y «Julien Gracq o la pasión del geógrafo». Parafraseando el inicio de este último ensayo, podríamos decir en tono paródico: «Cuando escribe y viaja, Mercedes Monmany escribe y viaja más como geógrafa que como escritora». ¿Es, pues, Europa para Monmany el paisaje absoluto? ¿Es, como diría su amado Julien Gracq, un «camino de vida»?

Al parecer lo es, al menos para la Monmany ensayista, ya que sus obras posteriores seguirán el trazo dejado en Don Quijote en los Cárpatos y, con el oficio y la autoridad de la madurez, se convertirán no solo en grandes documentos de crítica literaria, sino también en declaraciones de amor hacia todo un continente.

Con el paso de los años, esta relación idílica entre Europa y Monmany, en lugar de apaciguarse, ha llegado a consolidarse en una fidelidad absoluta y permanente. Esto queda patente en su libro Ya sabes que volveré. Tres grandes escritoras en Auschwitz (2017), ganador del Premio de Ensayo Caballero Bonald. Para el jurado, este ensayo es «la semblanza de tres escritoras judías, que representan, ante la barbarie del Holocausto, la voluntad de vivir, preservando así un legado cultural en la tradición de la gran literatura europea». Sí, otra vez Europa, casi como un mantra o una maldición bíblica. O, mejor aún, como un romance enfermizo y lleno de pasión.

Ya sabes que volveré. Tres grandes escritoras en Auschwitz aborda la vida y obra de Etty Hillesum, Gertrud Kolmar e Irène Némirovsky. A través de ellas, Monmany aprovecha para hacernos un mapeo puntilloso y documentado de la literatura surgida en los campos de exterminio nazi, desglosando un conjunto de cartas, diarios, poemas, apuntes personales, novelas o textos varios de escritores que sufrieron una de las peores barbaries del siglo XX: el Holocausto. Sin lugar a dudas, lo más destacado de este libro es la apuesta de Monmany por lo exhaustivo y, también, su acierto al concatenar fragmentos biográficos de las escritoras dentro de la exégesis que hace de sus obras. Así, entre la vida y la obra, podemos apreciar un correlato enriquecedor que complementa la esencia del texto y crea, una vez más, la totalidad de su amada Europa. A este libro le siguen Sin tiempo para el adiós y Del Drina al Vístula, nuevos cantos al corazón mismo de la literatura europea.

El logro máximo de cada una de estas entregas ensayísticas es el que —bajo cualquier perspectiva— debería prevalecer en este tipo de publicaciones: el contagio por la lectura. Mercedes Monmany jamás pone notas o califica a los autores, no hace hermenéutica dura o pesada a través de la teoría, no oscurece ni hace prueba de vanidad con infinitas citas, notas al pie de página o todos esos vicios del aparato académico que espantan o adormecen a cualquier lector. Monmany es claramente consciente de una de las tantas reflexiones que Cyril Connolly (de quien también ha ensayado) plasmó en su Enemigos de la promesa y que dice así: «El escritor que no está seguro de lo que quiere decir o de lo que siente es el que tiende a escribir con un estilo recargado para ocultar su ignorancia o encontrarse inesperadamente con una respuesta (…) Cuanto más ignorante se siente un escritor, tanto más artificial resulta su estilo. Un escritor que se considere más inteligente que sus lectores escribe con sencillez (a menudo con una sencillez excesiva), y el que teme que los lectores sean más inteligentes que él hará uso de la mistificación en la forma y el lenguaje».

Tal vez ese sea el problema del esoterismo y de la ornamentación excesiva de cierta crítica académica: el miedo a saberse ignorante. Y tal vez a eso se deba también la sencillez y amabilidad del estilo de Monmany al ensayar: miedo a demostrar lo muchísimo que sabe. De modo que, en lugar de tener a una escritora o académica contumaz, tenemos en Monmany a una lectora ferviente. Alguien con muy poca necesidad de demostrar y con mucha más preocupación por mostrar, es decir, por compartir entusiasmo, emoción y deslumbramiento a través de la estimación, descripción e interpretación personal de la obra de autores que la han acompañado. He allí su logro más grande.

***

Cada una de estas cualidades señaladas ha hecho posible la conformación definitiva de su obra más importante y ambiciosa: Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI. Ensayo río que se ocupa de lo más granjeado de Rusia, Irlanda, Gran Bretaña, Holanda y los flamencos, Alemania, Centroeuropa y el mosaico de los Balcanes, los países nórdicos, Israel (por tradición), Francia, Italia, Portugal y, por último, los turcos.

Al igual que con otros países, en el libro se echa de menos la presencia de España. Casi pareciera que la patria de Cervantes no estuviera dentro del continente europeo y que, contra toda lógica, funcionase bajo su propia órbita. ¿A qué se debe esta omisión? Monmany lo justifica del siguiente modo: «[En España] no participamos en ninguna de las dos guerras y no tuvimos problemas con los judíos. España es un caso especial. Somos una pequeña isla histórica dentro de Europa (…) Eso por una parte. Por la otra, me gustaba la idea de una española viajando por las fronteras de Europa. Yo siempre he leído al mismo nivel, y con la misma intensidad, a autores en lengua española y en otras lenguas»2. Pero también podría agregarse lo dicho por Claudio Magris en el prólogo, eso de que la literatura interrogada en este libro esté ligada a las «fronteras» de Europa, es decir, «a sus dramáticos desplazamientos acaecidos en los decenios recientes, o incluso lejanos, que han visto cómo las fronteras se alteraban, se reconfiguraban, avanzaban y retrocedían, y cómo la geopolítica, también la cultura, cambiaba». España, dice Magris, representa una excepción, pues sus «fronteras no se han modificado ni han sufrido desplazamientos fronterizos a otras tierras o continentes».

No sé hasta qué punto Magris pueda tener razón, pero de lo que sí podemos estar seguros es de la gran ambición y amplitud de miras que Mercedes Monmany presenta a lo largo de su recorrido translingüístico por las diferentes literaturas de Europa. Su libro está lleno de brillantes descubrimientos, de visiones panorámicas de la historia nacional de cada autor, de fragmentaciones dialécticas entre objetividad y subjetividad, de razonamientos comparatísticos, de inteligencia exquisita y, sobre todo, de un estilo irreprochable que reta y cautiva al mismo tiempo.

Sabiendo que España no tiene precisamente una gran tradición ensayística3 —pues su punto de convergencia más fuerte se encuentra entre la novela y la poesía—, Por las fronteras de Europa es una apuesta importante por la labor crítica y el fomento del ensayo entre las generaciones más jóvenes. En cada una de sus páginas podemos encontrar el signo vital que definió las obras de maestros del ensayo como Edmund Wilson y Cyrill Connolly: el equilibrio entre deslumbramiento y objetividad para, solo así, poder entender la literatura y mostrar lo mejor de ella.

Como todo libro de dimensiones enciclopédicas, Por las fronteras de Europa no está libre de pequeños desniveles o hiatos en su conjunto. Estas intermitencias se dan esencialmente en los apartados más cortos, revisiones de una o dos páginas que, más allá de ser entendidas como ensayos, son meras reseñas sin ningún otro valor que el informativo. Esto no les quita, desde luego, su encanto por el dato curioso o las observaciones especialmente felices que Monmany hace sobre los autores y sus obras. Un claro ejemplo de esto puede hallarse en las reseñitas sobre Nick Hornby, Kjell Askildsen, János Székely, Jean Genet, Luigi Pirandello, Yehuda Elberg, Slavenka Drakulić, J. R. Ackerley, William Trevor, Colm Tóibín y unos ochenta o cien escritores más.

Pero el músculo realmente fuerte del libro, la carne, por decirlo de algún modo, está presente en los textos más largos, en esos ensayos que traspasan casi siempre las ocho carillas y que a veces llegan a las veinte o veinticinco páginas. Solo en estos apartados puede encontrarse toda la potencia de Monmany, su estado de gracia, su genialidad, pues en ellos abarca muchas más líneas de discusión, conceptualiza ideas impensadas, compara literaturas, agrega circunstancias históricas, en fin, ensaya en su propuesta y nos brinda un mosaico de posibilidades interpretativas.

De esta manera, el lector queda deslumbrado cuando la ensayista nos presenta su trabajo sobre John Banville y las pesquisas de la identidad en sus desdoblamientos; sobre W. G. Sebald y el vértigo de la historia; sobre Zadie Smith y su humor afilado en un mundo multiétnico; sobre V. S. Naipul y el mestizaje cultural en las periferias del mundo; sobre Ian McEwan y sus clásicas y siempre esperadas desviaciones de lo cotidiano; sobre Imre Kertész y su insistencia en la autobiografía móvil; sobre Amoz Oz y su lucha sin cuartel contra el fanatismo; sobre Claudio Magris y su perfecta simbiosis personal entre la civilización danubiana y mediterránea; sobre Lobo Antunes y los conocimientos del infierno; sobre Herta Muller y su vicio por el desarraigo; sobre Orhan Pamuk y los colores de Estambul; etcétera, etcétera, etcétera.

Todo este conglomerado de ensayos delinea la esencia del libro y le otorga forma definitiva a su corpus para afrontar por vía directa, como diría Magris, «a las grandes preguntas de la existencia y de la historia que no pueden afrontarse de forma directa», sino solo a través de la literatura. En vista de ello, solo se puede decir que la obra de Mercedes Monmany rezuma clarísimamente amor por la literatura, pues para la española el ejercicio crítico no congela la emoción primeriza del lector, esa emoción virginal, pura, de quien llora o se enfurece con lo que lee. Y eso es precisamente lo que ha hecho siempre la gran literatura: desatar emociones. De ahí que la obra cumbre de Monmany sea literatura. Es decir, una emoción. Una tragedia. Una épica. La aventura de una lectora. La pureza del ensayo.


Notas

(1) Don Quijote en los Cárpatos. Libro de ensayos sobre Sthendal, Maupassant, Elías Canetti, Joseph Roth, Bruno Schulz, Bulgákov, Renard, entre otros.

(2) Entrevista con Alberto Gordo para la revista El Cultural. 11 de mayo de 2015.

(3) Según palabras de la propia Monmany, a España le falta un Montaigne, un John Locke, un Francis Bacon o un William Hazlitt para ser considerada como patria de ensayistas que sostengan una tradición. Eso no quita, sin embargo, que España goce de figuras importantes en el campo del ensayo moderno, como es el caso de Miguel de Unamuno, Azorín, Ortega y Gasset, entre otros. Para sostener un poco más esta afirmación de Monmany, podríamos agregar algunas reflexiones de Octavio Paz sobre el tema. Dice Paz en una entrevista en el programa A Fondo (1977): «La gran carencia de España y del resto de países hispanoamericanos es la falta de dimensión crítica. España ha tenido un siglo XVII espléndido y un siglo XX no tan malo. Ha tenido grandes novelistas y grandes poetas. Lo que no ha tenido España es un buen siglo XVIII. Es decir, no tuvo una buena Edad Crítica. En la tradición española se tiene a Calderón, se tiene a Cervantes, pero hace falta un David Hume, un Locke, un Kant, un Diderot, un Voltaire. Y esa es la herencia que España debe recobrar y reinventar».

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