
En tiempos en los que las familias reales se debaten entre la obsolescencia programada y el costumbrismo televisado, es fácil olvidar que las otras monarquías, las que no salen en los BOE ni heredan villas en Abu Dabi, siguen vivas y coleando en los márgenes más fértiles de la imaginación. Puede que las instituciones dinásticas del presente no despierten más pasión que un comunicado de Zarzuela con tipografía de autoescuela, pero su reflejo ficcional continúa ocupando un espacio de deseo, temor o fascinación que no entienden de protocolos ni de linajes. Porque si la realeza ha perdido su magia, no ha sido por exceso de cuento, sino por defecto de épica. Y donde los reyes de verdad apenas se arrastran entre discursos planos y cenas de gala con sobrecoste, los otros, los reyes y reinas de mentira —que son casi siempre los más verdaderos— aún cabalgan bestias imposibles, dictan leyes con un gesto y ejecutan sentencias con la firmeza que solo otorgan los guionistas sin escrúpulos.
Pensar las monarquías en plural es asumir que no todas se rigen por la sangre, que no todas responden a la genealogía, que no todas se arrastran por los salones de mármol del privilegio hereditario. Algunas, las más interesantes, se construyen en la narrativa, se coronan a sí mismas en medio del caos, emergen no del derecho divino sino de la voluntad —a veces disparatada, a veces trágica— de ejercer el poder como símbolo. Y es ahí donde conviene mirar. No por nostalgia, sino por comparación. No para restaurar cetros perdidos, sino para entender qué nos gustaría ver en una corona si no estuviera pegada a la testa más prepará de su promoción de náutica.
Ahí están, entonces, las monarquías que valen la pena. No por su linaje ni por su inveterada tradición —que tanto sirve para justificar privilegios como para tapar corrupciones—, sino porque, al menos, no pretenden disfrazar su teatralidad de servicio público ni su arbitrariedad de estabilidad constitucional. La de Elsa, por ejemplo, erigida sobre el trauma y el aislamiento, sin príncipe que la legitime ni consorte que la explique, sin más derecho al trono que su capacidad de congelarlo todo cuando se siente incomprendida. Una soberanía que nace de la diferencia, del estallido interior que no puede ser contenido por los moldes afectivos del reino ni por las expectativas del patriarcado, ni por los asesores de Zarzuela. Una monarquía que canta su propia libertad, aunque a veces desafine, y que, por mucho que se maquille con purpurina y merchandising infantil, resulta más honesta en su vulnerabilidad que tantas otras empeñadas en fingir normalidad mientras acumulan escándalos fiscales, cazan elefantes o se graban dando discursos navideños con el entusiasmo de un paje de corcho.
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Parece que Jot Down va a conseguir elevar el nivel de sus participantes en los comentarios a altitudes estratosféricas. Y lo va a hacer a base de artículos como este y casi todos ya, en los que prima la necesidad de embrollar los contenidos con enrevesados y originalísimos puntos de vista para apartar lo más posible del juego a la gente llana y sencilla. Un poco como esos locales supuestamente públicos en los que las desmesuradas tarifas alejan a la chusma de manera radical.