
Hay quien, por dignidad o por pereza, se ha pasado la vida huyendo del deber de salvar el mundo. No por falta de compromiso, sino por escepticismo. Por una intuición precoz de que el mundo, así en general, no quiere ser salvado. Y de que las herramientas para intentarlo —la capa, la misión, el antagonista de manual— tienden a encoger la realidad hasta volverla absurda. Es entonces cuando aparecen otros personajes de cómic: más sucios, más libres, más contradictorios. Personajes que no llevan máscara ni identidad secreta porque no tienen nada que ocultar, salvo su hartazgo. Personajes que no predican, ni redimen, ni posan para el mural. De todos ellos nos gusta lo que nos permite ser. No modelos, no guías, sino excusas. Un refugio para la sospecha de que quizá la vida no consiste en vencer al mal, sino en negociar con él lo justo para poder dormir.
Como el viejo Panoramix, que no se impone, pero lo controla todo. Ni fuerza ni gloria ni hazañas en primera persona: solo una receta, una marmita y un monopolio químico con el que sostiene el equilibrio de una comunidad a punto de disolverse. En Astérix, la aldea gala resiste gracias a su pócima, pero sobrevive gracias a él. A ese druida institucional, afable y tranquilizador, que dosifica el milagro y administra la excepcionalidad como si fuera medicina general. Su poder no es muscular ni ideológico, sino técnico: él sabe, los otros obedecen. Y si alguien se atreve a pensar que cualquiera podría hervir cuatro raíces en agua, el cómic se encarga de recordarnos —entre gags y mamporros— que no, que hay fórmulas que solo puede ejecutar uno, y que retirarlo no es una opción. Panoramix es lo más parecido a un Estado del bienestar que ha tenido el cómic: paternalista, eficaz y absolutamente irreemplazable. El héroe que nunca lo fue, porque no lo necesita.
Más incómoda es la figura de Isabel, que aparece en Los pasajeros del viento de François Bourgeon como una especie de contestación inmediata a todos los relatos limpios del siglo XVIII. Ni revolucionaria ni mártir, Isabel es una superviviente sin épica, desplazada de país en país y de bodega en bodega por un sistema colonial que la quiere callada, sometida y decorativa. Pero ella, testaruda como una úlcera, se resiste. No se deja civilizar, ni adoctrinar, ni asesinar del todo. No busca redimir a nadie ni corregir el rumbo de la historia, pero tampoco consiente en hacerle el juego. Su gesto es menor y por eso mismo inolvidable: en mitad de un mundo donde todo el mundo obedece al beneficio, ella se permite elegir el daño. Hay en Isabel una resistencia instintiva, casi animal, que convierte cada uno de sus movimientos en un agravio para quienes la rodean. La suya no es una lucha política, sino algo peor: una negación íntima, constante, innegociable. A diferencia de Panoramix, que da estabilidad, Isabel representa la grieta. Y ambas formas de poder —la del que organiza y la del que desorganiza— pueden no llevar capa, pero son más reales que cualquier salvación con eslogan.
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