Arte y Letras Arte

Santa María Magdalena, espejo de deseo y revelación

Santa María Magdalena, espejo de deseo y revelación
Magdalena penitente, de Francesco Lupicini (1630).

María Magdalena es, quizá, la más pornográfica de las santas católicas, y no porque los evangelios apócrifos la representen como esposa de Cristo —ese chisme que atraviesa dos milenios, de los gnósticos al Código Da Vinci de los cojones—, sino porque la pintura occidental se ha obstinado en repetirla como un cuerpo en tensión entre el pecado y la penitencia, con las tetas medio al aire, la cabellera derramada como río negro o dorado, y la calavera puesta al lado como quien se dispone a usarla de portavelas para escribir una canción goth muy intensa. No quiero yo maliciarme que cuando Tiziano pintó su Magdalena penitente, con ojos empañados como lubricante devocional y los rizos cubriendo todo excepto los pezones para excitar a los confesores, no estuviera ilustrando la teología, sino vendiendo un orgasmo disfrazado de penitencia.

La tradición la quiso penitente, cubierta de harapos, escondida en la cueva y llorando su pasado de prostituta (esto, como tantas cosas, es apócrifo), pero los pinceles la devolvieron una y otra vez al lugar de lo prohibido, como si cada brochazo fuese la prueba de que el deseo es más fuerte que la doctrina. La calavera, atributo de la muerte y el memento mori, no oculta que además se muestra el sudor de la carne, la piel brillando en penumbra, la boca entreabierta como quien confunde la plegaria con el gemido. Y ahí es donde la iconografía se convierte en alquimia. La nigredo del barroco no está en el cráneo reseco, sino en la obscena evidencia de que la penitencia pintada es, también, una excusa para mirar las tetas de la santa con bula papal. Por eso la Magdalena es tan peligrosa. Es al mismo tiempo la oficialidad del dogma y el susurro herético que lo socava, es la santa y la esposa secreta de Cristo, la prostituta arrepentida y la iniciada gnóstica que porta el ungüento como si fuese un frasco alquímico, una vagina de cristal donde se cuece el semen real. Es la víctima de la contrarreforma y la musa de los prerrafaelitas, la devota dulzona de Murillo y la pin-up barroca de Cagnacci, el modelo de arrepentimiento victoriano y el vehículo new age para hablar del femenino sagrado.

Si toda pintura de la Magdalena es en esencia una disputa entre la sotana y la erección, entre el cilicio y la lubricación, entre el desierto como retiro y la cueva como útero, no es porque los pintores y pintoras se pusieran de acuerdo en conspirar contra el catecismo, sino porque intuían quizá que en ella late una verdad tan incómoda como maravillosa del cristianismo: que la carne siempre gana, aunque se la intente encadenar con dogmas, y que la penitencia además de fe es también una pose, otra iconografía, una excusa para volver a mirar lo que supuestamente había que tapar. Vamos a verlo, con unos cuadros muy bonitos que añadiremos como ejemplo ilustrativo.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*