
Que el cine iraní no goza de toda la popularidad que debiera es una obviedad derivada del modelo de consumo y de marketing cinematográfico que se impone en Occidente. Mohammad Rasoulof, Mani Haghighi o Maryam Moqadam son algunos de los cineastas más relevantes del panorama cinematográfico actual que cuentan con la admiración de la crítica internacional y son seleccionados en festivales de todo el mundo; sin embargo, siguen siendo desconocidos para el gran público. Pero si para algo sirven los galardones es para obtener una atención mediática que sitúe a estos grandes directores en un merecido primer plano. Este año, la Palma de Oro del Festival de Cannes fue para Un simple accidente, el último largometraje de Jafar Panahi, una decisión que se siente tan artística como política (como si fuera posible disociar ambos conceptos). Pero ¿quién es Jafar Panahi? Para responder a esta pregunta, hagamos una breve cronología aclaratoria de hechos reseñables.
En 2010, después de haber rodado cuatro largometrajes y de ser un reconocido defensor de los derechos humanos en Irán, Jafar Panahi fue arrestado y enviado a prisión a la espera de una sentencia. Tras meses de reclusión, fue condenado a seis años de prisión y a veinte de inhabilitación profesional por actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el régimen.
En 2011, a la espera de su ingreso en prisión, Panahi se encontraba en arresto domiciliario, donde rodó Esto no es una película junto a Mojtaba Mirtahmasb. Filmada en la más absoluta clandestinidad, la cinta viajó hasta Francia en una memoria USB escondida en una tarta de cumpleaños para ser proyectada en Cannes. A este acto de rebeldía le sucedieron otras tantas cintas en las que Panahi se resistía a acatar su condena a la vez que componía un excepcional corpus fílmico en el que la realidad y la ficción son vasos comunicantes que dejan al descubierto las heridas que aún sangran en un Irán privado de libertades.
En 2022, año de gran tensión y agitación social en el país tras la muerte de Masha Amini —fallecida a manos de la policía tras ser detenida por incumplir el código de vestimenta—, Panahi fue encarcelado para cumplir su condena. Seis meses más tarde inició una huelga de hambre y fue liberado bajo fianza dos días después. Poco después, Panahi salió de Irán por primera vez en trece años. Un simple accidente es, por tanto, la primera película que el iraní filma sin excusas, sin tener que esconder el hecho de estar haciendo lo que nunca ha dejado de hacer: cine.
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