
Una idea popular, y también estudiada desde la sociología del consumo, sostiene que los verdaderamente ricos tienden a ser discretos: visten con sencillez, evitan hablar de dinero y rara vez exhiben abiertamente su riqueza ¹, ². Esto se aprecia, sobre todo, por contraste con los aspirantes a ricos —los wannabe— o los nuevos ricos, que parecen empeñados en mostrar su riqueza en todo momento y de la forma más ostentosa posible: ropa llamativa con logos visibles, relojes brillantes, joyas, coches caros o estilos de vida cuidadosamente publicitados en redes sociales. Esta sensación, aunque cierta en apariencia, obvia algo fundamental: todos nos comunicamos —exhibir es una forma más de hacerlo—, solo que no lo hacemos de la misma manera, ni nos dirigimos a los mismos receptores. Y sí, los ricos también se comunican; sobre todo, entre ellos.
No hay neutralidad en el consumo y su exhibición, porque el consumo, más allá de satisfacer necesidades, es también una forma de comunicación. El atuendo, las posesiones, muchas de nuestras actividades cotidianas o incluso los temas de conversación son señales que emitimos, por lo general, de forma inconsciente. Exhibimos lo que tenemos —o lo que creemos que es importante de lo que tenemos— como parte de un sistema de señales que nos sitúa en un determinado nicho del ecosistema social. Vestirse, llevar determinados complementos, conducir un coche u ofrecer una determinada imagen pública —ahora, sobre todo, en redes sociales— son formas de mostrar ubicación, pertenencia, competencia o aspiración dentro de un grupo. El dinero se convierte, a través del gasto, en idioma. Pero no todos hablamos el mismo «dialecto»: cada grupo social utiliza un vocabulario y una prosodia adaptados a su entorno comunicativo. Los ricos, los aspirantes a ricos y los pobres compartimos los mismos mecanismos de señalización, pero lo hacemos en espacios sociales distintos y eso afecta al tipo o intensidad de las señales usadas.
Los ricos se exhiben, sobre todo, ante otros ricos y su forma de hacerlo tiene un código y unos estándares propios. Digamos que tiene acento pijo —metafórica y literalmente—. Solo que, en el caso de los verdaderamente ricos, ese acento metafórico es muy suave, muy discreto; mientras que el de los nuevos ricos o wannabes es estridente. Las señales que los muy ricos usan para exhibirse entre ellos solo son inteligibles para quienes comparten el mismo horizonte perceptivo y cultural. La prenda discretamente confeccionada, pero con pequeños detalles que delatan su valor; el reloj sin logotipo, pero cuyo precio no escapa al ojo experto; la propiedad escondida, solo accesible para invitados; o una obra de arte adquirida en una feria o galería ya de por sí elitista, cuyo valor es contextual y coyuntural, son mensajes de alto valor, pero que solo funcionan dentro de su propio espacio de señalización. El coste económico sigue estando ahí: es el que confiere honestidad (en sentido zahaviano) a la señal. Según Zahavi, una señal es honesta cuando su coste o dificultad de emisión impide que sea falsificada, garantizando así que refleja de forma fiable la condición real del emisor³. Pero el reconocimiento de ese coste —la capacidad de descifrar la señal—, en el caso de los ricos, está restringido a los iniciados. Es decir, la exclusividad, además de por la riqueza implicada, también se construye con barreras culturales.
Los ricos compiten, sobre todo, horizontalmente, entre ellos, dentro de un entorno simbólico cerrado donde la jerarquía se determina a través de códigos propios para exhibir su riqueza, pero con discreción. Su competencia por el estatus es tan intensa como en cualquier otro grupo, pero son pocos y se conocen. No necesitas gritar si el foro es pequeño. Por eso su sistema de señalización también es acotado, discreto y, visto desde fuera, sutil. Pero no se confunda esa aparente sutilidad con desinterés o desapego: para ellos el estatus es tan vital como para cualquiera. Sus pugnas comunicativas son igual de feroces; simplemente, a los pobres no nos resultan aparentes.
Los aspirantes a ricos, en cambio, operan en un contexto comunicativo distinto. Su entorno es público, masivo y saturado de imágenes, donde la eficacia de una señal depende de su visibilidad inmediata⁴. En un foro de millones, si quieres que te oigan, tienes que hablar muy alto. Y gritar no suele admitir matices. En ese espacio, las señales deben ser conspicuas, inequívocas y legibles para todos. Por eso proliferan los grandes y visibles logos de marcas muy conocidas, el brillo, el dorado, los coches deportivos y, en general, las posesiones que establecen una relación directa entre apariencia y coste. Aquí la ostentación no es un exceso caprichoso, sino un requisito comunicativo: una forma de supervivencia simbólica en un entorno de competencia vertical. El mensaje es claro: «yo puedo permitirme esto». Aunque esto ha existido siempre, las redes sociales, que todo lo intensifican, han elevado todo esto a un nivel que roza la caricatura; pero ese es otro tema.
Además, los wannabes no solo tratan de comunicarse entre sus semejantes, sino que aspiran a hacerse oír en otro espacio social al que aspiran: el de los más ricos. Y eso implica poner toda la carne en el asador, movilizar todos los recursos —incluso por encima de sus posibilidades— para hacerse visibles. Es una apuesta a corto plazo del todo por el todo, como sea. De ahí surge la figura del bro contemporáneo, seguidor de influencers como Llados, cuya identidad se construye en torno a una exhibición constante de un aparente éxito económico. Se trata de una suerte de fake it till you make it que, confundiendo medio y fin, hace que se lancen, con los ojos cerrados y apretando los musculitos, al vacío social. En ellos, la necesidad de ostentar se vuelve compulsiva: es su modo de permanecer visibles en un ecosistema donde el reconocimiento depende del brillo exterior. Su lenguaje es ruidoso porque su medio lo exige. O eso creen. No saben que los verdaderamente ricos no hablan ese dialecto. Cuánto tardarán esos bros en quedarse afónicos y estrellarse forma parte del espectáculo de la vertiginosa actualidad.
La diferencia entre ricos y wannabes no está, pues, en exhibir o no exhibir, ni siquiera en para qué se exhiben, sino en el ambiente donde sus señales circulan y en quiénes son sus receptores. Cada grupo habita su propio espacio de señalización: un entorno simbólico donde las señales adquieren sentido y eficacia. En los muy ricos, ese espacio es cerrado, codificado y contenido; en los aspirantes, abierto, redundante y desaforado. Ambos buscan lo mismo —reconocimiento, pertenencia, posición—, pero lo hacen dentro de condiciones comunicativas distintas, moldeadas por su contexto económico y cultural.
Este fenómeno puede entenderse también desde la ecología del comportamiento aplicada al animal humano, tal y como se ha hecho con otras especies. En sociedades animales jerárquicas, especialmente en primates, se observan fenómenos similares: las señales de estatus o sumisión se intercambian con mayor frecuencia entre individuos cercanos en rango, porque las disputas y los cambios de estatus se producen típicamente entre vecinos de la jerarquía ⁵, ⁶. Ese patrón podría considerarse un antecedente evolutivo de la aparición, al incrementarse la complejidad social, de múltiples espacios de señalización coexistentes dentro de un mismo grupo. Sería el caso de nuestra especie, cuya organización social es, probablemente, la más compleja conocida.
Otro fenómeno análogo ocurre cuando múltiples especies comparten hábitat: sus señales tienden a desplazarse sensorialmente para evitar interferencias. En muchos animales, los cantos (y su detección) evolucionan hacia diferentes frecuencias cuando coexisten en un mismo bosque o charca, asegurándose así de que cada especie sea escuchada solo por sus coespecíficos ⁷, ⁸. Las feromonas también pueden divergir cuando una población de una especie coincide en un mismo entorno con otra especie parecida. A veces, esa divergencia comunicativa acaba siendo el primer paso de un proceso de especiación si llega a un punto en el que la población divergente y el resto de las poblaciones de esa especie ya no reconocen sus correspondientes señales ⁹. Quién sabe, puede que esta sea una de las razones —además del neoliberalismo económico— por las que el ascensor social no funciona en nuestra especie. Tal vez habría que pensar en los muy ricos como otra especie —concretamente, una especie parásita— con la que ya no podemos comunicarnos.
Volviendo a la perspectiva ecológico-evolutiva, nuestro comportamiento innato y nuestra cultura deberían haber evolucionado para maximizar la eficacia de nuestra comunicación, así que esta debe concentrarse en aquellos individuos con los que podemos ganar o perder algo; y para ello buscará el código más exclusivo y eficiente posible según la coyuntura de cada individuo. Nuestros objetos, atuendos o comportamientos no solo nos identifican, sino que delimitan el grupo dentro del cual nuestras señales son eficaces. Las fronteras de clase funcionan como límites perceptivos: además de barreras materiales, son fronteras semióticas. Lo que para unos es una muestra de elegancia o distinción, para otros puede pasar desapercibido o parecer irrelevante; y lo que para unos es lujo, para otros puede resultar vulgar. La señalización del estatus humano también responde a un principio ecológico: las señales evolucionan en función del entorno en que deben ser percibidas ¹⁰.
Y entonces, ¿qué pasa con Trump? ¿No es acaso el culmen de la ostentación vulgar forrar la casa, despacho y ahora un salón de baile de la Casa Blanca con oro? Rico por nacimiento, su estatus debería comunicarse mediante los códigos discretos de la élite, pero su carrera mediática y política lo han llevado a necesitar otra clase de visibilidad: la que apela a las masas. Su estilo kitsch, su amor por el oro, sus torres con su nombre en letras gigantes forman parte de una doble estrategia: una señalización simultánea hacia los muy ricos, con los que se codea, y hacia los wannabes, a los que usa y que son legión en USA. Su estética grotesca no niega su riqueza: la traduce al idioma de quienes solo pueden comprenderla a través del exceso. Trump no es solo un rico ostentoso, es un caso extremo de bilingüismo simbólico, un traductor entre espacios de señalización que normalmente no se tocan. También es, por supuesto, un imbécil.
Referencias
1. Kastanakis, M.N. (2010). Explaning variation in luxury consumption. Doctoral thesis, City University London.
2. Eckhardt, G. M., Belk, R. W., & Wilson, J. A. J. (2014). The rise of inconspicuous consumption. Journal of Marketing Management, 31(7–8), 807–826.
3. Maynard Smith, J., & Harper, D. G. C. (2003). Animal Signals. Oxford University Press.
4. Salaberría, C. & Gil, D. (2010). Increase in song frequency in response to urban noise in the great tit Parus major as shown by data from the Madrid (Spain) city noise map. Ardeola, 57(1), 3-11.
5. Kitchen, D. M., Seyfarth, R. M., Fischer, J., & Cheney, D. L. (2005). The role of grunts in reconciling opponents and facilitating interactions among adult female baboons. Animal Behaviour, 70(4), 833–843.
6. De Waal, F. (2007). Chimpanzee Politics: Power and Sex Among Apes (25th Anniversary Ed.). Johns Hopkins University Press.
7. Villanueva-Rivera, L. J. (2014). Eleutherodactylus frogs show frequency but no temporal partitioning: Implications for the acoustic niche hypothesis. PeerJ, 2, e496.
8. Hart, P. J., Ibáñez, T., Paxton, K., Tredinnick, G., Sebastián-González, E., & Tanimoto-Johnson, A. (2021). Timing Is Everything: Acoustic niche partitioning in two tropical wet forest bird communities. Frontiers in Ecology and Evolution, 9, 753363.
9. Smadja, C. & Butlin, R. K. (2009). On the scent of speciation: the chemosensory system and its role in premating isolation. Heredity, 102, 77-97.
10. Endler, J. A. (1992). Signals, signal conditions, and the direction of evolution. American Naturalist, 139 (Supplement), S125–S153.








No acabo de entender el criterio adoptado para la clasificación, mas bien taxonomización, de los pretendidamente ricos atendiendo a su nivel de… ¿horterismo?
primera consideración. Elon Musk parece ser el especimen humano más rico del mundo. Siendo este sujeto el que rompe con la pana, y a su vez, un hortera redomado, ¿que hacemos con el bueno de Elon y a donde lo asignamos en su clasificación, teniendo en cuenta que es «lo más» de «lo más»?
segunda consideración. En mis tiempos mozos se utilizaba frecuentemente la expresión «eres mas hortera que Doña Calidad», que podría adecuarse a la tesis sustentada en el presente artículo, y que daba la vuelta con mucha sorna al arquetipo de señora elegante (por supuesto rica como ella sola) que anunciaba no se qué en la tele. La frontera entre el perteneciente a una familia, o linaje, con una educación bajo el pabellón de un colegio de alcurnia y el «aspirante», poseedor de mucha pasta conseguida «de aluvión» y con vocación de estatus, no necesariamente sería patrimonial, sino de una naturaleza más profunda, ya que «Doña Calidad» bien podría estar instalada en una discreta ruina sin que nadie lo percibiera.
Creo que Musk como mega o tesla riquísimo es un caso particular debido a su edad. El artículo no lo dice, pero pareciera, por lo menos a mí, que los extra ricos ya tienen sus añosos otoños, sospecha que al final y después de muchas sesudas disecciones se evidencia al presentarnos al “imbécil” de Trump, que peina décadas dentro de una calvicie incipiente. El aspirante a eternauta de Musk vive en un estado de hiperactivismo juvenil que incluye tener hijos “a lo conejo”, manifestación clínica que se da sólo en una cierta juventud y que ha dado inolvidables personajes históricos en todos los ámbitos, cuya más lejana muestra es nuestro “amado” Alejandro Magno, fastuoso destructor de civilizaciones adicto al vino y mecena de las ciencias, un hiperactivimo que no se manifiesta en todos los mortales y que no es sólo físico, si no también cerebral, madre de todas las investigaciones científicas. Pienso que cuando tenga sus décadas se llamará a silencio, verbal y de exposición, entrando a formar parte de esa dorada minoría silenciosa, un pseudo lenguaje exclusivo como bien dice el artículo. Linda cuestión ha evidenciado usted. Gracias.
y seguramente estaba instalada en esa discreta ruina ya que el anuncio era de sopas instantáneas o un producto similar. Chiquilla y con tendencia a la hiperactividad yo era fan de Doña Atareada, otro ejemplar de la representación de target-natural del anuncio.
Sé algo sobre esto.
https://pacodetorresapuntesdelnatural.blogspot.com/2023/09/hechos-si-mismos.html
Con la misma excelencia de este, seria interesante leer otro artículo que nos ofrezca alguna pista sobre la tan mentada filantropía de los supermultimillonarios que siempre dan a entender en sordina. No hay Mida moderno que no haga este gesto “humanitario”. Es tal la montaña de dinero que manejan que sospecho podrían solucionar más de un problema, pero no, cada vez andamos más para abajo. Excelente lectura. Mucha gracias.
E. Roberto, me parece una buena sugerencia la de analizar esos gestos filantrópicos, que no dejan de ser otra forma de exhibición. Se me antoja que, además, que es una buena oportunidad de ilustrar cómo funciona el hándicap zahaviano: no se trata, como a menudo se da a entender, de que la señal —por ejemplo los colores chillones de un ave; o, en este caso, el gesto filantrópico— sea «honesta» porque es tan costosa que sólo los mejores individuos (en buenas condiciones o con buenos genes; o, en este caso, los ricos, que no tienen por qué encajar en las anteriores opciones, ojo) la pueden soportar. Lo que realmente ocurre —esta es la interpretación más aceptada— es que el coste de producir la señal es comparativamente menor para los individuos mejores que para los que se encuentran en peores condiciones. Es decir, aunque los colores chillones aumentan el riesgo de ser depredado o implican movilizar recursos que no pueden emplearse en, por ejemplo, el sistema inmune (todo ello sería el coste de la señal), para un individuo en muy buenas condiciones, que puede volar muy rápido, tiene un buen territorio y esta muy sano, el riesgo de ser depredado o de enfermar no es tanto. Por el contrario, para un individuo que está al límite, enfermo o en un territorio con muchos depredadores, «todo se vuelven pulgas» y un color mínimamente chillón implica un coste mucho mayor. ¿No es lo mismo que ocurre con la filantropía? Los pobres tendemos a valorar los gestos filantrópicos de los ricos desde nuestra perspectiva, en relación al esfuerzo que supondrían para nosotros. O, en todo caso, no hacemos una conversión relativa bien ajustada. Cuando el dueño de Zara regala 300 millones de euros en equipamiento oncológico, eso equivale al 0,275% de su fortuna conocida; es decir está haciendo un esfuerzo equivalente a que un ciudadano promedio español (que según el INE tendría unos 17.000 euros en el banco), done un total de 47 euros anuales, lo cual, creo, a nadie nos parece una barbaridad, ni nos consideraríamos filántropos por ello.