Hebras y nodos

Lux, Hamnet y la obligación de amar

Hamnet. Imagen Universal Pictures. amar
Hamnet. Imagen: Universal Pictures

Hay una diferencia decisiva entre amar y verse empujado a amar. Amar es una experiencia expansiva, incluso alegre. La obligación de amar, en cambio, es una forma discreta de violencia. Es una evidencia de imposición. Esto es bueno. Esto es sensible. Esto es culto. Y si no te conmueve, el problema parece estar en ti, no en lo que tienes delante.

Ese desplazamiento es uno de los rasgos más inquietantes del ecosistema cultural actual. No tanto la abundancia de obras —eso ha existido siempre— como el modo en que algunas llegan ya rodeadas de un consenso previo que las vuelve casi intocables. Antes de que uno pueda sentir algo, ya sabe qué debería sentir. La crítica no está prohibida, pero nace en desventaja. Entra tarde y con culpa.

Vivimos en una época que se piensa a sí misma como desencantada, como si todo pudiera explicarse, medirse o gestionarse. Sin embargo, el prestigio cultural ha ocupado el lugar de lo sagrado. No hechiza por misterio, es obligada certificación. No exige fe, exige adhesión. El resultado no es el arrebato, es agotamiento. Los mensajes te rodean hasta que amar parece la única salida razonable.

Se han desarrollado muchas ideas sobre los algoritmos y su capacidad para modelar deseos, pero lo que ocurre aquí va más allá del cálculo. No es solo recomendación ni repetición. Es consagración. El ruido mediático no busca que se descubra algo, busca que se acepte. Aspira a que no se tengan fuerzas para no amar.

Por eso hay obras que generan una incomodidad especial cuando no terminan de tocarnos. No porque carezcan de valor. Es porque parecen diseñadas para que ese valor sea indiscutible. Hamnet, la novela de Maggie O’Farrell, pertenece a esa zona delicada. Es un libro construido desde el silencio, desde lo sensorial, desde una forma de duelo que no busca explicación ni épica. No se lee tanto como se escucha. Está hecho de huecos, de respiraciones, de una tristeza que se insinúa sin nombrarse. Es digno de amar libremente. O no.

Precisamente por eso, su adaptación cinematográfica produce un ligero pero molesto ardor. No se trata de fidelidad ni de calidad técnica. El problema es más profundo. El cine, por su propia naturaleza, necesita mostrar, subrayar, cerrar sentidos. Hamnet, como libro, vive de lo contrario. Convertirlo en película es subir el volumen a un susurro. Poner imagen donde había sombra. Música donde había respiración. Causa donde había misterio. No es que la película traicione al libro. Es peor: lo vuelve explicable. Y hay dolores que solo existen mientras no se explican.

Algo parecido ocurre con Lux, el proyecto más reciente de Rosalía. A veces la música avanza sin moverse, como si describiera círculos muy elegantes alrededor de un centro vacío. Con El mal querer, Rosalía tocó ese centro. Todo tenía sentido: la voz, el concepto, el dolor. Después de aquello, la trayectoria ha sido una pendiente suave hacia algo más ruidoso que profundo.

Lux confirma esa sensación. Hay un esfuerzo evidente por elevarse, por tender puentes entre lo clásico y lo pop, entre lo litúrgico y lo flamenco. Pero el resultado no revela. Disfraza. Como si la música se hubiera puesto un hábito que no termina de encajarle. La ambición está ahí, pero no respira. Cuando busca solemnidad, roza lo impostado. No porque falte talento, sino porque falta centro.

Las influencias se dejan ver demasiado. Björk, Tori Amos, una cantaora contemporánea atravesando un bosque de sintetizadores. Pero de esa mezcla no nace una voz propia. Es un idioma común sin raíces vivas. Lingüísticamente es esperanto para vagos. Incluso el envoltorio visual, monjil, pensado para incomodar, ya no sacude. La transgresión se ha vuelto cita. La cita, gesto. Y el gesto, casi parodia.

Decir todo esto en voz alta resulta incómodo, y no solo por miedo a parecer injusto. Lo que se pone en juego es algo más hondo: la voluntad. Durante décadas, muchas disciplinas han trabajado en desmontarla. Somos contexto, sesgo, estructura, lenguaje. Todo eso explica mucho, pero explica desde fuera. Lo que queda fuera es ese punto frágil en el que alguien decide amar o no amar, incluso cuando no hay garantía, consenso ni recompensa.

Ahí la voluntad deja de ser una palabra sospechosa para convertirse en algo elemental. No es capricho ni gesto romántico. Es la facultad de comenzar algo. De sostener una elección cuando ya no hay instrucciones claras. No basta con sentir; hay que tomar partido. La libertad no está en desear, sino en querer ciertos deseos y rechazar otros. En ese espacio interior se decide casi todo lo que importa.

La obligación de amar ocupa precisamente ese espacio. No te prohíbe el juicio. Lo neutraliza. Te enseña qué emoción es digna de ti. Qué entusiasmo te acredita. Qué rechazo te delata. A fuerza de pertenecer, uno puede acabar desconfiando de su propia reacción. La emoción se corrige antes de nacer. El amor se vuelve obediencia estética.

Por eso el amor importa tanto aquí. No como sentimiento, más bien como acto. Amar no es solo sentir algo. Es decidir sostener algo sin garantías completas. En ese sentido, el amor se parece más a la fe que a la emoción. No a la fe dogmática, sino a la fe entendida como apuesta. Hay elecciones vitales en las que la evidencia llega después del compromiso, no antes. Sin el salto previo, no hay experiencia que confirme nada.

También las religiones, miradas sin devoción ni desprecio, giran alrededor de esa misma estructura. No importa tanto el símbolo como el vínculo entre símbolo y vida. No importa tanto la creencia como el acto que la vuelve real. Lo sagrado no funciona porque se explique bien, sino porque se encarna. Porque alguien decide vivir como si algo mereciera ser sostenido. Ese nexo —frágil, no demostrable— es la voluntad.

Por eso la cultura de excelente gusto puede ser peligrosa cuando se vuelve obligatoria. Ofrece símbolos sin exigir apuesta interior. Da pertenencia sin riesgo. Pide el gesto, pero no el temblor. Es una liturgia sin conversión. Mucho aplauso, poco compromiso. Defender el amor, entonces, no es pedir menos amor. Es pedir menos mandato. Amar es extraordinario. Lo que erosiona la vida interior es que el amor llegue prefabricado como prueba de gusto, como examen moral, como certificado de pertenencia. El amor que importa no puede venir garantizado. Tiene que nacer en ese punto íntimo donde la voluntad se atreve a decir sí sin saber del todo por qué, o no sin pedir perdón.

Tal vez ahí esté el vínculo más profundo entre el amor y el sentido de vivir, y también entre el mundo religioso y el secular. Vivir no es estar bien informado ni correctamente orientado. Vivir es sostener algo. Apostar por algo. Elegir algo que podría no haber sido elegido. En un mundo que presume de explicarlo todo, la voluntad sigue siendo el único lugar donde el sentido no se administra. Se crea.

No sé si todo esto dice más del momento cultural en el que estamos o de cierta fatiga y decepción vital. Tal vez de ambas cosas. Pero incluso esa duda —esa incomodidad que no se deja resolver— se antoja hoy más honesta que el entusiasmo automático que se espera de nosotros. Porque, a veces, el gesto más fiel al amor no es amar lo que se nos ordena amar. Es preservar el derecho a no amar lo incuestionable. No por cinismo, sino por respeto a lo único que vuelve real una emoción: que podría no haber existido. Ese es el núcleo humilde de toda fe, religiosa o no. No la certeza. El acto.

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4 Comentarios

  1. José Antonio

    Gracias por este texto. Has escrito lo que yo pienso, tal cual.

  2. Sin entrar en la enjundia «amorística» del artículo; yendo más a lo terrenal, a lo político.
    Curiosa la cercanía cronológica de dos propuestas fílmicas sobre los dos popes literarios de occidente: Cervantes y Shakespeare.
    La primera propuesta patria, firmada el año pasado por Amenábar, pintaba a Cervantes como un efebo sexual de un gerifalte argelino; por el otro lado, nos pintan a un Shakespeare «huérfilo», el dolor como catalizador de la literatura.
    Del inglés se sabe bien poco, es posible que ni siquiera fuera el único autor de su escasa producción literaria (escasa en comparación con Cervantes, Lope o Calderón); pero, se imprime la leyenda y listo.
    Del castellano se sabe mucho de su biografía, de sus batallas, de sus duelos, de sus puestos gubernamentales, de sus viajes, de sus estancias en prisión, etc.; pero, nos quedamos con los «posibles» favores sexuales durante su presidio en Argel…
    En fin, el «Poder Blando» sigue siendo desdeñado en una nación que no conoce su propia historia; mientras los anglosajones siguen idealizando la suya propia, no les queda otra…

  3. No deberíais dejar que se publicasen textos escritos con IA.

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