Hace unos días, mi mujer me encontró tirado en el suelo de una habitación revolviendo en unas carpetas llenas de papeles viejos. Como me conoce bien, no dijo nada. Un rato más tarde, tras escuchar cómo abría armarios y maleteros y movía libros y cajas, me preguntó con algo de desgana qué andaba buscando. “Un resumen que hice hace muchos años de un libro”, contesté enfurruñado, y sin mirar supe que había aparecido el mohín de la utilidad y la inutilidad, pero no quise parar. Al final, volvió a la carga: “¿y para qué lo quieres?”. Ya rendido, le dije que lo iba a utilizar en uno de mis artículos. “Ah, lo tiraríamos en la última mudanza”.
Comienzo, como ven, con el pequeño fracaso de no haber podido sacar una fotografía de una de esas decenas de cuartillas en las que, bien joven, resumí el libro que me había prestado un amigo. Creo que habría quedado bien para ilustrar este artículo, con la letra de entonces, ajustándome a los márgenes al máximo para aprovechar todo el espacio. Ahora, antes de seguir, intentaré explicar el origen de esto, porque me divierte la arqueología de lo que se escribe.
Cuando en esta magnífica revista se publicó el artículo Violencia estructural, algunos lectores escribieron unos comentarios muy interesantes. Sucede que, hace poco, leí cómo alguien manifestaba su asombro ante los “columnistas” que, gracias a esto de internet, se enzarzan en discusiones —a menudo inútiles— con los lectores, después de haber escrito lo que se supone que piensan, y me dije: “Tsevan, tienes mentalidad de bloguero. Para ser una estrella del columnismo y conseguir la renovación del contrato con Jot Down tienes que evitar la tentación de contestar, replicar, negar o dar la razón”. Además, al margen de estas imprescindibles cuestiones crematísticas, es cierto que queda feo querer ser el macho alfa a toda costa, contestando a cada objeción y no permitiendo que la discusión pueda continuar sin ser tú el protagonista o el oráculo. Por esa razón, empecé a limitar los comentarios en mis propios artículos a aclaraciones muy concretas, sin replantear constantemente lo que ya debía haber quedado expuesto desde el principio.
Explico esto porque voy a hacer referencia a un comentario de mi último artículo, pero sólo por explicar mis procesos mentales. El comentario en cuestión es de Melò y, en él, me acusaba de tener “dogmillas” al dar una serie de datos con “halo de exactitud verídica”. Les aclaro que, puesto que el artículo lo escribí en un par de horas, y se publicó un par de días después de las declaraciones del ministro Ruiz Gallardón, es evidente que no me dio tiempo a vivir entre esquimales, yanomamos o ¡kung el tiempo suficiente para hacer estadísticas sobre infanticidio. Esos datos los extraje de dos libros, uno del antropólogo Marvin Harris (Nuestra especie) y otro del primatólogo Michael P. Ghiglieri (El lado oscuro del hombre). Consulté estos libros por tres razones muy consistentes: la primera que las posturas de uno y otro son antitéticas en cuanto a la explicación del infanticidio (uno es antropólogo —y se le ha acusado de determinismo ambiental—, mientras que el otro es biólogo –y defiende con fuerza una componente genética en estas conductas–); la segunda, que me caen bien y las dos obras me gustaron y recordaba que trataban de este asunto; la tercera, que tenía los libros a mano cuando me puse a escribir el artículo. La crítica de Melò, por tanto, me pareció injusta, sobre todo porque ¿dónde estaban sus datos alternativos? Uno tiene claro que ustedes comprenderán que, cuando se dice que los esquimales abandonan al 20% de las niñas, eso no implica que los esquimales cuenten las niñas que nacen y a la quinta la abandonen por obligación, sino que alguien —un antropólogo en este caso— estuvo viviendo con unos esquimales concretos, durante un tiempo concreto y tomó datos y de ellos dedujo un porcentaje que siempre será aproximado precisamente por su naturaleza. Sin embargo, también era verdad que antes había sido muy escéptico con datos del mismo tipo que no me convencían y puesto en duda ciertos trabajos, hablando de sesgo, de intención, de resultado cocinado previamente por la ideología o las creencias del que estudia.
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Buen artículo, pero yo vengo a leer tus artículos buscando guerra y éste parece escrito por un osito de peluche.
Muy entretenido, pero sigo sin saber exactamente de qué iba.
¿Me puede devolver un comentario, haciéndome un resumen?
Gracias
D. Alberto, va, básicamente, de mí.
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No se puede uno fiar ni de su propio escepticismo.
«No creo que los niños de hoy sientan esa necesidad. »
Ni la mayoría de los de antes de internet tampoco!!!
Nostalgia sí, pero no simple. Escribe usted que es una gozada. Por cierto, su hipótesis sobre el efecto bola de nieve (nunca mejor dicho) con la historia de los esquimales me ha recordado que eso ya les pasó a los pobres: http://estudiantecronica.blogspot.com/2007/12/derribando-mitos-los-esquimales-y-la.html
La nostalgia no es un dolor…
Cuando yo era un joven español de los años cincuenta había una enciclopedia que se llamaba ‘Tesoro de la Juventud’: Hablando de nostalgias.
¿Dónde estaba usted cuando me llamaban «raro»?
Es usted un misterio, en efecto. ¡A ver si el nick enmascara a más de una persona…!
Por cierto, al hablar de la cantidad de información y la necesidad, en esta era nuestra, de que todo venga refrendado por el link, he recordado que todo ese esfuerzo es melancólico. Como describía Revel en «El conocimiento inútil», por mucho acceso que haya a la información y al relato de los hechos, muchos seguirán prefiriendo la ideología. Es más calentita e indolora.
Tsevan parece hablar de sí mismo, pero, en realidad, está tocando uno de los temas fundamentales del fracaso de la educación española que diseñaron-no fué un accidente-los perpetradores de la LOGSE. De los múltiples disparates pseudopedagógicos de Marchesi y compañía, uno de los más graves fué el de proclamar la innecesariedad de los contenidos, reemplazándolos por la competencia en la búsqueda de la información. Ignorando totalmente que el elemento principal en la eficacia de cualquier búsqueda de información es la información previa que ya posea la persona que busca.El divertido link que Tsevan propone a una página de wikipedia sobre el logaritmo de una matriz es un perfecto ejemplo de ello.
Pero es que tú, Oscar, eres un afortunado 3C (preLOGSE) por tener un pie en cada orilla, y el link de Tsevan te habrá interesado, ¡incluso!
Yo también añoro mi truncada aventura matemática con Etayo, Linés, Joaquín, etc.
Besos.
Bolaño
Tsevan, no me jodas. El Viernes publiqué un post «acusándote» (que no te acusaba) de que los datos que dabas tenían unas relaciones de causalidad implícitas que no parecían muy serias teniendo en cuenta los trabajos que se suelen usar en la academia.
Ni siquiera había leído éste artículo, ni siquiera el post que por lo visto apuntó más o menos a lo mismo (aunque creo que no exáctamente a lo mismo). Es que eran datos o que no están nada contextualizados en tu artículo y han sido puestos un poco al tuntún o son bastante discutibles por las pocas sutilezas que los envuelven. Yo apuesto por una combinación de factores con tendencia a lo segundo.
No me parece de recibo que te defiendas como te defiendes. Por dos razones.
En primer lugar, porque en Ciencias Sociales se es muy consciente de los problemas de operacionalización, de las tautologías, de las relaciones de causalidad aberrantes y de las trampas que hacemos. Eso hace que en general se sea mucho más fino al asumir hechos. Por eso chocan datos «raw» típicos de estudios de… pongamos que de biólogos. Pegan unos saltos entre «culpa» y «suicidio» inimaginables en un estudio serio. Porque para ellos es normal que ahí exista una relación de causalidad obvia que ni siquiera vale la pena demostrar. Claro, están sub-formados.
En general, este tipo de situaciones de poca formación en cuanto a método dan situaciones bastante aberrantes. Situaciones que te llevan a ver argumentaciones alrededor de lo que dice un biólogo y un antropólogo sobre terrenos que realmente no les son propios.
«No importa, el tema de la sociología es un terreno de simbolismo mágico. Dos estadísticas macro, pim-pam y ya lo tienes.» Ese es el pensamiento implícito general. Y se repite, una y otra vez, como un mantra desde las otras ciencias o desde aquellas que ni siquiera lo son. En las primeras, para sentirse irrealmente más «duras», en las segundas, para poder meterse en una división un poco más seria.
En segundo lugar, no me gusta que te escudes en internet. Internet no tiene nada que ver con el ataque. Lo que planteabas chirría porque cualquier persona que ha estudiado el suicidio parte (sin necesidad de estar de acuerdo) de Durkheim y a partir de ahí pues puede irse por las teorías sobre outsiders de ¿Becker? (o cualquier cosa, no soy sociólogo) y tiene todo un mundillo interior que tiende a rechazar relaciones muy lineales porque ha ido estudiando una sucesión de teorías que tienden a falsearse entre ellas teniendo razón. Desde el comportamiento político hasta la comunicación uno se enfrenta a casos y casos y casos de ese tipo (sí, sí, del suicidio, de la exclusión, de la violencia estructural…) y es normal que cuando viene alguien de fuera dando coces se arrugue la nariz.
Internet no tiene nada que ver en eso más allá de que nos brinda bases de datos como las del eurostat que son muy divertidas de trabajar (y con las que demostrar CUALQUIER relación de causalidad te puede costar la putísima vida.
Al final, internet de lo que es culpable es de que vayamos MUY rápido en temas como el de las relaciones de causalidad. Visionar una entrevista de Bourdieu en youtube es caerse de culo, el tipo, una eminencia, no se atreve a hacer afirmaciones rotundas sobre su propia teoría. Una teoría contrastada y clave. Eso lo estamos perdiendo y precisamente desde internet y desde las ciencias más duras, que casan muy bien con el nuevo medio. La espectacularidad es cada vez más valorada, datos fáciles de entender, relacionados si es posible desde la biológico, en concatenaciones rápidas de causa efecto. Nada complicado, que el lector pueda alinearse con la moralidad de «la naturaleza» que se da a sí misma la razón. La ciencia social convertida en una novela de Dumas.
Lo curioso es que son los alumnos más antiguos los que se prestan más a esa visión y a esa metodología (creo, diría). Y luego se culpa a otro.
Lo bueno de leer éste post es que de algún modo sí das una contextualización que hace más entendible la inclusión de esos datos y no otros en el anterior artículo. Lo que sigo sin entender es por qué no renovaste un poco el guardarropa sobre el tema antes de publicar tantos y tantos datos. Yo te aseguro que no utilizo Dürkheim y NO soy sociólogo. ¿Las prisas de internet?
¿De verdad internet es culpable de la injusticia a la que te has enfrentado?
Voy a romper una lanza en favor de Tsevan, que lo necesita tanto como un tiburón pueda necesitar un flotador de plástico, pero es que me irrita la cantidad de comentarios injustos que está provocando su, para mí, extraordinario artículo.
Tsevan parte de una anécdota doméstica, recuerda sus procesos juveniles de aprendizaje y concluye que el texto es «simple nostalgia». Es obligación del lector el no creérselo, al menos no del todo. Tsevan es muy dueño de sus nostalgias-faltaría más-pero es incapaz de infligir a sus lectores un relato narcisista de sus emociones, sin más. Y es que, claro, hay más, mucho más. El artículo no va, como responde a alguien piadosamente, «básicamente de mí».
Va, además, de temas tan fundamentales como la forma en que los seres humanos aprendemos, de nuestros procesos de obtención de información, de las fuentes que utilizamos para su adquisición, de la conversión-generalmente autodidacta-de la información en conocimiento y de este en criterio, sabiduría.
Internet contiene una masa formidable de datos y una masa bastante menos formidable de información elaborada y metabolizable. En cualquier caso, el buscador de información debe ser capaz de hacer las preguntas correctas al oráculo, identificar las respuestas potencialmente válidas y ser capaz de evaluarlas, antes de incorporarlas a sus propios mapas cognitivos.
En esencia, nada demasiado distinto de lo que ya ocurría con las bibliotecas, a excepción de los aspectos cuantitativos y de accesibilidad, ciertamente deslumbrantes pero secundarios. Al final siempre se trata de un cerebro, un lápiz y un papel.
Si algún otro lector busca sangre, no tiene más que pensar un poco por su cuenta en las implicaciones políticas del tema, un favorito de todas las ingenierías sociales que en el mundo han sido, tanto de las más
serias como de las de la de la señorita Pepis que desde 1990 se implementaron en este campo en nuestro país, con el propósito de cortar el cable del ascensor social (ya se sabe que las clases medias votan a la derecha) con la complicidad-quisiera creer que inconsciente-del grupo de pseudopedagogos más acientífico, pedante, cursi y burocratizante que ha visto la historia de la pedagogía, esa ciencia «blanda»,
con muchas décadas a sus espaldas de observación, experimentación y obtención de conclusiones válidas en la medida en que lo permite el hecho de que los objetos de observación y experimentación sean tan mercuriales como lo son las personas, los grupos y las sociedades, ante los cuales ningún artefacto estadístico-matemático ni ninguna metodología proporcionará resultados como los de las ciencias «duras», con sus variables bien definidas y unos objetos de estudio sin voluntad de despistar al experimentador, cuando no pura y simplemente tautológicas. «Duras» les dicen. Ya.
El autor es perfectamente consciente de ello, como lo demuestra la colleja irónica que propina, «en passant», a los ICEs. Sin ensañarse, pero sin nada que ver, ni remotamente, con las temáticas caras a los ositos de peluche.
Para finalizar, un ruego a Tsevan. A mí, y sospecho que a muchos de sus lectores, nos gustaría que reconsiderase los términos de su improbable contrato
y cayese frecuentemente en «la tentación de contestar, replicar, negar y dar la razón». La esgrima a primera sangre con un espada de su categoría siempre nos enriquecerá a todos . Y, además, será una delicia.