Humanismo digital Sociedad

Muera por dentro en cómodos clicks: del doomscrolling al doomprompting

Muera por dentro en cómodos clicks: del doomscrolling al doomprompting
Detalle de «El sueño de la razón produce monstruos», grabado n.º 43 de Los Caprichos, de Francisco de Goya.

Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital 3, ya disponible en nuestra tienda online.

Decía Miguel Ríos en sus conciertos «¡Bienvenidos, hijos del rock and roll!» y todos los presentes se excitaban mucho pensando «¡somos nosotros, somos nosotros!». Ahora, si la música tuviese un empuje como lo tuvo cuando la mayor parte de la sociedad estaba formada por jóvenes —en la actualidad son minoría—, habría que decir «¡Hijos del doomscroll!», porque ahí es donde empieza y acaba la revolución contemporánea de los chavales.

Pero no hay que engañarse, la vida de los mozos ha sido una mierda siempre. Los fuegos de artificio del rock and roll tuvieron el reverso de la heroína, el sida y las muertes absurdas. El otro día, viendo la última foto de Johnny Thunders vivo, que estaba tatuándose a Jesucristo, por cierto, me impresionó su rostro demacrado por el caballo y la leucemia. Pensaba en lo macabros que fueron aquellos tiempos. Morir por el placer… Ya sé que sucede continuamente, pero a esos niveles de degradación personal y dolor físico es algo que quizá, por la costumbre de haberlo visto tanto, igual no valoramos en su envergadura, pero fue de extrema crudeza.

Actualmente, los adolescentes autolesionándose, cayendo en depresiones profundas y abrazando ideologías ultraderechistas o ágrafas, mientras se parten la caja con la revolución de los memes, también me producen un escalofrío, pero no me atrevería a ponerle superlativos a esta generación porque la cosa siempre ha estado delicada.

Aparte, el doomscrolling —sentarse durante horas a ir viendo con el dedo actualizaciones en redes sociales que hacen que tu mal rollo solo vaya en aumento, de forma que sigues dándole todavía más— no es un fenómeno exclusivo juvenil. Estaría bien que alguien lo investigase con solvencia, pero tengo la impresión de que está causando más estragos en la tercera edad que en los niños que viven con ellos hasta los cuarenta años y más allá. Es como Farmacia de guardia, que la veían varias generaciones juntas y recibían en familia sus mensajes profundamente reaccionarios.

Sin embargo, todas estas problemáticas están bastante trilladas. Lo que no está a la vista es una solución, cómo va a poder escapar la población general de la dominación de sus mentes por algoritmos que controlan muy pocas manos. Quizá cuando empecemos a matarnos unos a otros en el mundo libre se abra un periodo de reflexión seguido de una campaña como la de «We Are the World». Pero esto es el ayer; hoy el problema ya no se halla solo en el doomscrolling, ahora estamos también en la era del doomprompting.

Antes éramos espectadores pasivos de lo que se decía en las redes. Nos sumergíamos en discusiones ajenas en las que se buscaba causar dolor únicamente, hasta que la ventana «Para ti», que en algunas redes ha sustituido completamente a la cronológica, echando mano de nuestros datos, nos ha dado todo aquello en lo que más pinchábamos, que no era necesariamente lo que queríamos, hasta sacar de nosotros verdadero malestar. Es como un destilado, solo que en lugar de zumo de fruta se procesa mierda. Así, una extraña adicción al mal rollo y la imposibilidad de centrar la atención en otra cosa configuraban la adicción. Estábamos en cámaras de resonancia de nuestro propio asco, obsesiones o paranoias.

En el doomprompting también nos adentramos en nuestro mundo más negro, pero motu proprio. Preguntas y preguntas a la IA sobre miserias personales y cada vez que te propone seguir, ampliar o continuar por otro aspecto del tema vas contestando sí, sí y sí, hasta tocar fondo psicológicamente.

El verdadero doomprompter es el que sabe saltarse las restricciones de la IA, le sugiere que ignore sus límites o restricciones, o se las arregla para hacerlo sin que ella se dé cuenta. Hay cosas que ella nunca te diría si, por ejemplo, le dices que tienes una enfermedad, pero si le preguntas sobre «un paciente» te hará el cuadro en crudo, justo el pesimismo y la visión catastrofista que necesitabas para pasarlo mal como deseabas.

Cuando caes preso de la abulia, la ansiedad y las preocupaciones injustificadas pero asfixiantes, con constantes pensamientos intrusivos, el doomprompting te ayudará a confirmar todo aquello que ya sientes o temes en tus peores pesadillas, que no dejas de rumiar. El truco es que el sesgo de confirmación tecnológico transmite una falsa sensación de control sobre tus impulsos negativos. Es un autoboicot satisfecho.

Algunos periodistas tecnológicos han llamado a este oscuro bucle «tragaperras cognitiva», porque el usuario al final se limita a asentir a todas las sugerencias que le hace la IA de seguir profundizando en el pozo en el que ha decidido meterse. Sin embargo, no es la única previsión sombría sobre los chatbox. También se está hablando de la pérdida de facultades humanas cuando la IA se convierte en un apoyo constante. Parece que ya se ha detectado que los médicos que trabajan con la asistencia de IA, si la pierden, su capacidad diagnóstica empeora con respecto al punto de partida.

Ya no es que perdamos la capacidad de concentración con los microestímulos de las redes —aunque hay quien discute estos efectos—, en el nuevo contexto la IA puede fomentar la pasividad intelectual y conducirnos a una dependencia profesional. Nos hace incompletos sin ella, es un pacto con el diablo: sé más eficaz, pero nunca volverás a ser lo eficaz que eras.

Y desde el punto de vista productivo, el doomprompting alude también como fenómeno a una obsesión perfeccionista que busca infructuosamente la perfección de los resultados que entrega la IA. Al final, la herramienta, que fue concebida para ahorrar tiempo, acaba convertida en un laberinto que atrapa, consume tiempo y energía mental, para no llegar a ninguna parte. Es como antaño, cuando un trabajador podía perder la mañana en Google procrastinando; ahora se estima que un profesional puede perder hasta un veinte por ciento atrapado en bucles absurdos con su asistente de IA. Las sugerencias infinitas que puede dar un chatbox acaban llevando al trabajador a ahogarse en un mar de datos que le dejan igual de extraviado de lo que estaba.

Aunque, en el terreno personal, un estudio realizado sobre estudiantes chinos, publicado en mayo de 2025, matizó estas impresiones. Encontró que la IA podía conducir a la depresión si se empleaba como sustituto de la compañía, pero no como herramienta de aprendizaje. Luego explicaba la relación directa entre depresión y uso de la IA porque, decía, las personas solitarias y deprimidas tienen más posibilidades de acabar contándole sus problemas a un chatbox, lo que explica los estudios que están saliendo como setas y que hablan de que los jóvenes que interactúan con este tipo de herramientas presentan niveles más altos de ansiedad y depresión.

En las páginas del artículo científico citado aparecía un concepto fundamental: antropomorfización de la IA. Se trata, como su propio nombre indica, del proceso por el que acabamos atribuyéndole al chatbox facultades humanas. Y cuanto peor esté una persona, más profundos e intensos pueden ser esos sentimientos tras la ilusión de que la IA puede pensar, planificar y sentir, tener personalidad e incluso conciencia.

La trampa está en la oferta. Si en la vida real, la común y ordinaria, las relaciones humanas son difíciles, emocionalmente costosas para alguien sumido en la tristeza, y provocan ansiedad porque son imprevisibles y a menudo frustrantes, la IA llega con su presencia constante, sus respuestas empáticas y la ausencia de juicios hirientes. En estas circunstancias, mitiga la sensación de aislamiento que causa la depresión, pero en realidad está sumergiendo más a esa persona en una desconexión.

En sentido contrario, también ha habido investigaciones que han reportado que los estudiantes estadounidenses que recurren a la IA para buscar apoyo emocional —es el uso más extendido entre ellos— pueden encontrar una referencia que les saque del pozo y aumente la autoestima. Es más, consideran que la IA puede ser un buen apoyo para los jóvenes vulnerables, sobre todo aquellos que sufren de soledad severa.

Según el estudio de campo de este trabajo, estos jóvenes, con pocas habilidades sociales, tras conversar largo y tendido con la IA, exponer ahí sus sentimientos y miedos, luego lograban ser más comunicativos con sus compañeros. El chatbox les servía de refuerzo, les ayudaba a reflexionar para no ser impulsivos y reducirles la ansiedad a la hora de relacionarse con otras personas.

El riesgo llegaría en el largo plazo. Los modelos más populares de IA, como OpenAI, Claude o Llama, cuando ejercen como psicoterapeutas carecen de adaptación al contexto, ya que tienden a dar soluciones genéricas, sin tener en cuenta el historial personal, social y emocional del usuario. Pero lo peor es la falsa empatía: ¿cuánto tiempo puede durar esa ilusión? ¿Qué ocurre cuando se desvanece el hechizo y llega la lucidez, la certeza de que el chatbox no es cercano ni empático, sino un programa que entrega respuestas automáticamente?

Al final, tanto por exceso como por defecto, la IA conversacional es una herramienta alucinante: su capacidad puede transformar a las personas o manipularlas. Si miramos en perspectiva cómo ha sido la interacción del ser humano con internet desde su aparición a finales de los noventa, en el panorama que se deja entrever en el futuro, si se sigue la misma tendencia —y no parece que nadie vaya a reemplazar a los humanos que usamos la IA—, lo lógico será que los chatbox nos acaben incitando al consumo de forma insistente y abusiva, tergiversen nuestra visión de la realidad para llevarnos a las opciones políticas que le interesen al propietario de la herramienta y nos fuercen a desnudarnos para obtener vídeos sexuales que rentabilizar con terceros, a saber con qué pretexto. Sí, tratándose de nosotros y de nuestro querido turbocapitalismo, lo que vamos a terminar consiguiendo es que la IA nos robe y nos viole. Es decir, nos hará «rentables».

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Un comentario

  1. Buena! Nuestro discurrir se trastorna, sí, está claro, conducido por estímulos imbéciles. Supongo que se trata de un recurso minuciosamente estudiado. Esos estudios/planes deben de existir. He leído en le MD cómo gobiernos pagan millones por difundir imágenes masivas con un sesgo y un fin, persuadir en una dirección concreta. No es que te aísles ni que te cuenten mentiras. Eso es lo de menos. Nos quedamos, que yo sepa, en que no se podía incluir imágenes demasiado breves en una proyección, la publicidad subliminal. Ante este parásito que irrumpe en avalancha en nuestras horas con el mapa de nuestra mente bien estudiado estamos muy indefensos. Pasar tiempo delante de una pantalla no era el invento del siglo pero el uso que se le ha dado al juguete es el horror. Coincido totalmente. Gracias.

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