
Existe una enfermedad profesional que todavía no cubren las mutuas pero claramente identificable, que afecta a una franja específica del ecosistema intelectual contemporáneo. La llamaré, con la falta de elegancia que exige el diagnóstico, todología. Su cuadro clínico es reconocible; el afectado, después de haber escrito un libro genuinamente original entre los treinta y los cuarenta años, descubre que aquel libro le ha procurado una tribuna estable, un público fiel y una cierta forma de inmortalidad anticipada. A partir de ese momento, en lugar de callar durante una década para escribir otro libro igual de bueno, opta por una estrategia menos exigente, escribir cada año dos libros peores, prologar quince ajenos, dictar cincuenta conferencias y pronunciarse sobre cualquier asunto intelectual que la actualidad le ponga por delante. La todología es, en suma, la administración intensiva del capital simbólico ya acumulado por parte de quien ha dejado de producir capital nuevo.
Judith Butler ofrece el caso de manual clínico. En 1990 publicó Gender Trouble, un libro que, gustase o no, tenía una tesis. La performatividad del género, leída a través de Austin, Foucault y un lacanismo selectivo, planteaba una hipótesis falsable, generaba un programa de investigación y obligaba a sus adversarios a pensar. Bodies That Matter, tres años después, sostuvo el envite. Lo que vino luego fue otra cosa. Lo que vino luego fue el descubrimiento, por parte de Butler y de su editorial, de que la marca «Butler» podía aplicarse, mediante el procedimiento de la performatividad ampliada, a la guerra de Irak, al duelo público, a la asamblea, al confinamiento pandémico, a las redes sociales y, finalmente, en 2024, al pánico moral antigénero, en un libro divulgativo que sus lectores más fieles recibieron con la incomodidad propia de quien ve a su maestra de pádel firmando autógrafos en una feria de electrodomésticos. La prosa, que siempre fue densa, devino jerga. Los conceptos, que en origen abrían, se convirtieron en plantilla. La operación intelectual quedó reducida a un destornillador con un único cabezal aplicado, con creciente impaciencia, a tornillos de geometrías muy distintas. El precio se ve con claridad en asuntos como la gestación subrogada, donde Butler defiende la práctica desde un marco liberal de autonomía corporal y sospecha de las objeciones abolicionistas, dejando intacto el plano materialista (clase, raza, mercados globales de gestación) que su propia teoría posterior de la vulnerabilidad debería haberla obligado a tematizar. Preguntada por esa incoherencia, suele optar por enfadarse antes que responder, lo cual ya es, en sí mismo, una respuesta.
El caso español más equivalente, salvando lo mucho que hay que salvar en cuestión de escala, alcance y tradición, es el de Javier Gomá. La Tetralogía de la ejemplaridad, escrita entre 2003 y 2013, fue un proyecto filosófico de ambición sistemática. Que uno coincidiera o no con su republicanismo cívico de fondo, con su hegelianismo amable o con su reformulación de la virtud aristotélica era secundario, lo importante es que había un sistema y que el sistema cerraba. El problema empezó después. Después de cerrar un sistema, un filósofo se enfrenta a un dilema biográfico de difícil resolución, callar o repetirse. Gomá ha optado por la segunda vía con un entusiasmo que merece estudio sociológico. Filosofía mundana, Dignidad, Universal concreto, Todo a mil, los prólogos, las columnas, las conferencias en la Fundación Juan March que él mismo dirige, las apariciones en suplementos culturales, las cátedras de ejemplaridad fundadas en universidades privadas. La ejemplaridad, que en origen fue una hipótesis filosófica robusta, ha terminado funcionando como una llave maestra que abre todas las puertas porque ya no abre ninguna en particular.
Hasta aquí el diagnóstico podría parecer una opinión de café. Lo interesante es que el propio sistema cultural se encarga, de vez en cuando, de proporcionar pruebas empíricas. En febrero de 2026, la colección impulsada por la Fundación Juan March y dirigida por Gomá publicó un volumen firmado por dos historiadores de prestigio considerable, Juan Pablo Fusi y Ricardo García Cárcel, prologado por el propio Gomá y presentado con conferencia institucional. El crítico José Luis García Martín, en una reseña titulada con mucha retranca «Un mal ejemplo», documentó centenares de errores en cerca de quinientas páginas y sugirió que tal densidad de fallos solo se explicaba por el recurso a la inteligencia artificial. La defensa de los autores resultó casi más reveladora que la acusación. Uno de ellos declaró desconocer el funcionamiento de la IA, lo cual deja abiertas posibilidades interesantes sobre quién, en tal caso, la habría utilizado en su nombre. El otro admitió que el libro había salido «a toda prisa y con torpeza».
La reacción del director de la colección, llamado a responder por su responsabilidad editorial y por el prólogo que él mismo firmaba, consistió en publicar en X un mensaje en el que se refería al crítico como «el tontaina de Asturias», una respuesta del Gomá tuitero que no parece muy complatible con la representación de la Fundación Juan March. El asunto se cerró ahí, presumiblemente para alivio de todos los implicados. Pero el episodio, bien mirado, podría haber sido una jugosa obra de teatro de las que ahora le ha dado por escribir al propio Gomá, con su unidad de tiempo (una semana de febrero), su unidad de lugar (una colección sobre la ejemplaridad), su coro de historiadores eminentes pidiendo a la imprenta que vaya más despacio y su protagonista convertido, en el desenlace, en injuriador asturiano. Le faltaría un monólogo final del director ante el espejo, preguntándose en cuál de los actos dejó de leer el libro. El episodio ilumina con cierta crudeza la mecánica del todólogo institucional. Uno presta el nombre, presta el prólogo, presta la sala de conferencias, presta el sello, y cuando el producto sale defectuoso, no es uno el responsable sino el crítico que lo ha leído con la insolencia de leerlo entero. La ejemplaridad, descubrimos, es una categoría filosófica con cláusula de exención para su propio teórico.
Lo que conecta a Butler con Gomá, salvando océanos y tradiciones, no es la coincidencia de tesis ni de talento, sino la curva profesional. Ambos tuvieron una idea, la desarrollaron con honradez durante un tramo razonable, y luego se convirtieron en gestores de su propia franquicia. La franquicia exige producción continua, y la producción continua es enemiga del pensamiento. Pensar requiere lentitud, silencio, abandono temporal del foco público, capacidad de admitir que uno no tiene nada nuevo que decir y que por tanto guardará silencio hasta tenerlo. El todólogo es, por definición, el intelectual que ha perdido esa capacidad, o que nunca la tuvo, o que ha decidido que el coste reputacional de ejercitarla es superior al beneficio que produce.
Habría que añadir que el sistema cultural premia el síndrome. Un autor que publica un libro denso cada diez años desaparece de los suplementos, de los premios, de las mesas redondas y, eventualmente, de las listas de invitados. Un autor que entrega dos libros menores al año, una docena de prólogos, cincuenta conferencias y trescientos tuits punzantes se vuelve omnipresente. La omnipresencia se confunde con vigencia. La vigencia con relevancia. La relevancia con pensamiento. Y al final del proceso, alguien firma el prólogo de un libro que no ha leído y se enfada con quien sí lo ha leído. Sloterdijk, Žižek o Byung-Chul Han, cada uno en su escala y su tradición, comparten variaciones reconocibles del mismo cuadro clínico.
Quizá lo único que falta en el ecosistema intelectual contemporáneo, más que ideas, sea la disciplina del silencio. La virtud, antigua y modesta, de no decir nada cuando no se tiene nada que decir. Una virtud que, por cierto, ningún todólogo escribirá nunca un libro para reivindicar, porque escribir ese libro sería ya incurrir en el vicio que pretende denunciar. El silencio, a diferencia de la ejemplaridad, no tiene cátedra. Tampoco la necesita.








Nunca pensé que podría leer este artículo. Gracias. Lo de este señor da cada día más vergüenza, alguien así no puedo representar a la Fundación Juan March.