Política y Economía

El memorandum kosovar de los estudiantes serbios: vestiduras rasgadas y geopolítica de la ceguera

Una de las manifestaciones de los estudiantes serbios. Imagen Euronews
Una de las manifestaciones de los estudiantes serbios. Imagen: Euronews

Cada pedalada fue una protesta contra el miedo, una llamada a la dignidad y una declaración de que los jóvenes de Serbia no se rinden 

(Estudiantes serbios, Carta al presidente Macron Estrasburgo, 2025)

I. Un derrumbe

Železnička stanica de Novi Sad. El 1 de noviembre de 2024 se hallaba, como suele acaecer en toda estación, una buena cantidad de gente aguardando. Quizá el tren, quizá habían quedado. O pasaban por allí o esperaban un autobús (discurre una parada al lado). Brillaba aquel techado moderno de estación recién reformada dejando pasar la luz natural a través de sus vidrios. Casi el orgullo de Novi Sad. Hoy permanece cerrada y es menester cruzar el Danubio y tomar el tren en la estación de Petrovaradin si se quiere viajar a cualquier parte de Novi Sad, Serbia o los Balcanes. 

La urbe es la segunda en importancia de toda Serbia. También es la capital de la provincia autónoma de Vojvodina, unidad administrativa presente en Serbia desde la Yugoslavia de Tito. Dato para retener: la otra provincia con un estatus similar era Kosovo; dará que hablar. 

La Vojvodina alberga, adicionalmente, una importante minoría húngara. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió la ocupación de Hungría: formaba parte de la Corona de San Esteban , dentro del Imperio austrohúngaro. Tras la derrota del Imperio Dual en 1918 (en especial, en lo atinente a Hungría, según lo estipulado por el tratado de Triannon de 1920) el imperio se desintegró y Vojvodina pasó a formar parte del recién creado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (que luego sería Yugoslavia). Allí tuvieron lugar represalias contra los no húngaros. 

  Tras la recuperación del territorio por los partisanos de Tito, se produjeron a su vez desquites contra la minoría magiar. No obstante, durante la Yugoslavia socialista el territorio disfrutó de amplios niveles de autonomía lingüística y cultural, aunque no desaparecieron por completo los episodios de discriminación. Por si acaso, muchos tomaron las de Villadiego. El ascenso del nacionalismo a finales de los años ochenta también generó inquietud entre sectores de la minoría húngara de Vojvodina, provocando la emigración de parte de esta población hacia Hungría y otros países europeos. Algunos los conoció quien esto firma: se trataba de una pareja de médicos que hablaban seis idiomas. Sandor se hacía llamar él. Atendían a los clientes en hamacas en las playas de Fuengirola (Foirola ―se refieren a ella los nativos). Sería bueno para España que hubieran trabajado en su ramo. Es factible que  hayan emigrado a otro país que les diera más oportunidades. Difícil es saberlo. Funja, en cualquier caso, como ejemplo de un episodio puntual de humanas migraciones.

Volvemos a aquella estación. Había sido recientemente remodelada. Formaba parte del proyecto de corredor ferroviario Budapest–Belgrado. Este, a su vez se integra en la Nueva Ruta de la Seda china, una iniciativa ― de hecho, una de sus ddesignaciones es Iniciativa de la Franja y la Ruta, Belt and Road Initiative o BRI)― cuya meta pasa por establecer una red mundial de ferrocarriles, puertos y carreteras que conecte Asia con Europa o África y otras regiones. Una alternativa a las rutas comerciales clásicas para expandir el comercio del gigante asiático (el otro es India, pero aún le queda camino).

La infraestructura fue realizada, con interrupciones, entre 2021 y 2024 por el consorcio chino CRIC–CCCC, integrado por China Railway International Co., Ltd. (CRIC) y China Communications Construction Company (CCCC). No es la primera ni la última de las obras chinas en los Balcanes, donde compran puertos, construyen carreteras. Son amigos: no hacen preguntas. A diferencia de la Unión Europea: siempre con los indigestos avances democráticos a cambio de dinero y financiación, aunque se están empezando a hartar de que Serbia recurra a otros amigos. En la obra participaban, de idéntica forma, la estatal serbia Infraestructura ferroviaria de Serbia (Infrastruktura železnice Srbije, IŽS) y la húngara Utiber Közúti Beruházó («empresa de inversión en infraestructura vial»; Utiber a secas). Sobre las dos últimas se ciernen nubarrones de duda más que razonable.

Aquel fatídico 1 de noviembre de 2024 la marquesina colapsó, llevándose por delante la vida de 16 personas, una de ellas un niño de seis años. Se trataba de un edificio de 1964, algo viejo. A ello se agarra el gobierno serbio, aunque huele, como de asidua manera, a chamusquina.

El contexto que rodeó a la tragedia se caracterizó, como viene siendo habitual, por la falta de transparencia más absoluta en las condiciones de licitación de la obra y la escasa información sobre el procedimiento de ejecución de esta. El ejemplo más decisivo: no podía determinarse si la cubierta colapsada estaba incluida o no en el proyecto. Consecuencia: todos sacan balones fuera; los primeros, el gobierno. 

Estas irregularidades son un secreto a voces: no hay un solo serbio que no sepa de estos chanchullos. Este es uno más. Escandaloso fue el Belgrade Waterfront (Beograd na vodi), un barrio exclusivo en la rivera del Sava, sólo al alcance de los de siempre y que perjudicó a los de siempre: de la noche a la mañana muchos pequeños comerciantes vieron demolidos sus pequeños negocios sin preaviso oficial y con la connivencia de las autoridades. Todo ello, acompañado de un rosario de otras venialidades que, por mucho que palidezcan al lado del turbio Waterfront, no dejan de exudar corruptos miasmas. Lo que hace especialmente grave el caso de la estación de Novi Sad es que la corrupción se cobra vidas humanas. Tanto va el cántaro a la fuente que al final se acaba rompiendo. Tenía que pasar. 

Como un resorte saltaron las sospechas de negligencia y corrupción en la muy corrupta Serbia: la pregunta que se suscita es si, además de negligencia, la gravedad revestía delito. Porque se podía haber evitado.

La opacidad en la esfera de las adjudicaciones de obra pública no era algo desconocido. De hecho, es motivo de reprimendas constantes por parte de la UE que advierte que la rendición de cuentas constituye un requisito insoslayable para entrar en el club comunitario (Serbia es candidato a la adhesión desde 2012, con negociaciones abiertas en 2014). No obstante, el país balcánico parece empeñarse en llevar a cabo lo contrario de lo que se le exige. Si alguien decide meter mano en el lodazal serbio, rodarían demasiadas cabezas y se terminaría el oxígeno de la obra pública nebulosa.

II. Un movimiento cívico

No estamos pedaleando hacia Europa para huir de Serbia. Estamos pedaleando para devolverla.

(Estudiantes serbios, Carta al presidente Macron Estrasburgo, 2025)

La indignación por la catástrofe detonó protestas masivas en Novi Sad. La oposición se hallaba desunida y desactivada por casi una década de gobiernos del predsednik (presidente) Aleksandar Vučić. Es cierto que los opuestos al poder parecen competir en desunión, pero no lo es menos que el régimen los amordaza, presiona y ataca. También a la libertad de prensa. Si con ello no basta, fraude electoral masivo. Ello conduce a una apatía general en la población. Votar no vale para nada: la oposición está pendiente de sus líos y no se remanga para remar junta, piensan muchos serbios. Contribuye a la displicencia el pucherazo con que se eefectúa cada proceso electoral. Si se contabilizan votos de gente de 120 años de edad, de personas ya fallecidas, de bosnios que llegan a votar de la vecina Republika Srpska, en la fallida Bosnia daytoniana, quienes, por muy Srpska que sea la ubicación donde residen, no es Serbia.

Así las cosas, fueron los estudiantes quienes tomaron el mando. Se identificaron, simplemente, como Studentski pokret (movimiento estudiantil), una iniciativa cívica. Se cuidaron de adscripciones partidistas, lo que les hizo acreedores de respaldo incluso de muchos votantes de Vučić y su partido (SNS, que contiene en sus siglas napredna ―progresista ―: la imaginación, al poder, di que sí) y aliados.

Quizá el pokret se transforme en fuerza electoral decisiva; quizá no. Para S. (inicial ficticia), intelectual de Novi Sad, se antoja complicado dar una opinión. Si considera que «dependerá mucho de si esa energía social puede transformarse en un compromiso ciudadano y político sostenible o no». De momento (las últimas elecciones locales fueron marzo de 2026) evidencian pérdida de apoyos al predsednik y una impresión de que algo está cambiando, pero poco más. Como lección puede extraerse que en marzo el pokret no concurrió a las elecciones como candidato, pero sí se configuró como una fuerza social y política capaz de aglutinar. Habrá que esperar a las elecciones presidenciales, para las que queda mucho y las que Vučić asegura que no se presentará (no es falta de ganas: es prohibición constitucional).

Civismo superado

Al recoger las demandas de una población agotada y sumida en la apatía, el pokret evolucionó a un frente más amplio que rebasó con creces la reivindicación de rendición de cuentas por parte de un gobierno que negaba cualquier responsabilidad en el accidente y torpedeaba las investigaciones judiciales.

Sus protestas no dejan de estar conexas, qué duda cabe, con los sucesos de Novi Sad, sólo que ahora (va para año y medio) tienen como blanco el mal funcionamiento del sistema, la omnipresente corrupción y el fraude electoral permanente. Es que se va escarbando y es de recibo que lo que pasó hunde su raigambre en un estado de cosas que irradia inmundicia. 

Es acuciante ― y, por ello, lo demandan― más Estado de derecho, más despolitización de la justicia (la competente en juzgar el colapso en la estación, pero no solo). Quieren mayor calidad de sus instituciones democráticas (el país ya no es considerado una democracia plena), libertades de expresión o de prensa (en claro retroceso según diversos indicadores) y otra serie de peticiones en diversos órdenes como el sistema educativo o de las condiciones de vida. Los  advenimientos de posteriores Novi Sad se facultan por la realidad de un país cuya gente quiere ser europea pero en cambio es gobernada por un poder que se aleja cada vez más: un gobierno que atrasa constantemente las agujas de un reloj cuyas agujas tiempo hace que deberían haber llegado a la hora punta de la adhesión a la UE, como plasmaba el recientemente fallecido caricaturista Predrag Koraksić (Corax). 

En este sentido, todo parece indicar que Vučić y su equipo siguen otro reloj: el de la fortaleza de Petrovaradin, único en el mundo. Presenta la particularidad de que es el minutero el que señala las horas, mientras que la aguja horaria da cuenta de los minutos. Todo apunta a que esta anomalía estaba pensada para que los navegantes pudieran divisar desde lejos las horas, evidentemente más decisivas que los minutos. Por esa razón ―viene todo muy al caso― llaman a esta curiosidad urbana el «reloj borracho».

III. Una organización descentralizada

No hay líderes, solo todos nosotros.

(Branislav, estudiante serbio)

En primer lugar, cabe destacar el carácter descentralizado del movimiento y su consecuente presencia en las redes sociales. Era imposible que fuera de otra forma: se evita que el régimen pueda desactivar el pokret descabezándolo. No hay liderazgos pero ―eso sí― existe un grado de coordinación interuniversitaria e interurbana altísimo. Se inspiran en la tradición de autogestión de la era yugoslava, con modelos que también se retroalimentan, como las protestas estudiantiles contra el sistema educativo en Croacia en 2009, donde los plenums (asambleas horizontales, sin jerarquías, con decisiones colectivas) y los blokada (ver a continuación) tuvieron un rol de primer orden. En Bosnia se dio algo similar en las protestas de 2014.

En cuanto a sus pautas de actuación, estas abarcan numerosos frentes. En primer lugar, manifestaciones (demonstracije, protesti) masivas en calles y plazas. La última, por ejemplo, adquirió un carácter histórico y reunió el 23 de mayo pasado, en la belgradense plaza de Slavija a unas 180.000 personas, con un ambiente que invitaba a unirse entre pitadas, linternas de móviles, desfiles de motoristas, ciclistas… algo que no se veía desde la revolución del Bulldozer en 2000 contra Slobodan Milošević (para quien, por cierto, trabajó Vučić como ministro de información). Los estudiantes comparan a las personas congregadas con estrellas del firmamento.

Acompañan a las protesti otras formas de protesta como los blokada (ocupaciones) de no muy larga duración, normalmente de facultades y plazas o lugares estratégicos. Simbólico fue el blokada en 2025 de la RTS (Radiotelevisión de Serbia, un guiño manifiesto la mentada revuelta del bulldozer). 

Despliegan cortes simbólicos de tráfico y puentes, instauran minutos de silencio t/o conmemoraciones en la Železnička stanica donde empezó todo, vigilias, marchas estudiantiles entre ciudades para visibilizar el movimiento.

 Uno de estos maratones puso a los estudiantes serbios en la palestra internacional: llegó a Bruselas, cuyos mandatarios ignoraron a los estudiantes (tan solo algunos diputados y activistas a nivel casi privado), si bien no pudieron evitar que fueran recibidos como héroes en diversas ciudades europeas: especial mérito tuvo el Budapest por entonces sumido en el oscuro. Asfixiante y homófobo orbanismo. Allí estaba Gergely Karácsony, alcalde de la capital, el opositor de verdad, no el oportunista y exorbanista Péter Magyar, «sabio rectificador» de penúltima hora. No hagamos mala sangre, al menos echó su antiguo jefe en abril de 2026. Karácsony ―retornamos a él―, aquel que organizó el orgullo gay de 2025 en Budapest pese a que la policía se lo prohibía y la Fiscalía le dijo «ojo con lo que haces». Porque en Hungría los únicos que pueden ser gays ―pedófilos, para más señas― son los muy amigos de Orbán.

 De igual modo, los estudiantes llevan a cabo performances, espectáculos y otras acciones de índole cultural (desde pancartas a arte político, pasando por la música y caricaturas) o campañas de difusión de documentos relacionados con la corrupción o la inacción de la justicia con los perpetradores de agresiones y palizas a manifestantes.

IV. Un gobierno desbordado incapaz de manejar la situación

Vučić y el poder no parecen haber leído el pulso de una calle, que ya es de los estudiantes. De ahí que la reacción no fue contemporizar o intentar atraérselos. Ya se sabe: lo típico, mentiras o promesas: términos ambos que, en los últimos tiempos, perseveran en el campo de la sinonimia. Vučić no optó ni por esa molestia: por el contrario, respondió desde una actitud victimista-emocional, con muchas dosis, empero, de prepotencia, combinando diversas actuaciones, a saber: 

1) deslegitimación, lo cual se ve posibilitado por el omnímodo control de los medios estatales y muchos privados. Así, Vučić les llama блокадери (blokaderi, bloqueadores) y se les acusa de ser cuatro gatos. Puede visualizarse lo descrito en un vídeo donde el predsednik convenientemente acompañado de estudiantes afines ―que los hay y son mayoría para el presidente― y abierto a estudiantes «que quieran aprender». 

En fin…se les acusa con la nada original y manida etiqueta de «agentes extranjeros» organizados, ni que decirse tiene, desde el exterior y financiados ―faltaría más― por organizaciones extranjeras: de tal modo, los estudiantes serían antiserbios, traidores, prooccidentales integrantes de la «revoluciones de color», golpistas, desestabilizadores, a lo que se añaden otros amables calificativos como sucios, «gamberros» o «vagos»;

 2) presión institucional, vigilancia y episodios de represión policial que incluyen detenciones, cargas, atropellos, palizas de matones del SNS, uso de gases y dispositivos acústicos como el «cañón sónico» en las manifestaciones o los ya familiares dispositivos de reconocimiento facial, ambos prohibidos por la UE (que, paradójicamente, no tiene nada contra el modelo Meloni de cárceles para inmigrantes fuera de la UE: esto va de doble moral, como se verá después), sin olvidar las campañas de intimidación contra el ámbito educativo: muchos docentes, con especial saña en la universidad, han sido despedidos o sancionados bajo peregrinas acusaciones. Hubo episodios en los que la policía entró en universidades como la de Novi Sad, conculcando la autonomía universitaria a base de gases lacrimógenos. Hay miedo. Es el caso del mencionado S. No desea ser citado por dos razones: por seguridad (no es el primero que sufre represalias y pierde su trabajo) y por coherencia: al igual que han experimentado otros académicos e intelectuales, niega representar o hablar en nombre de los estudiantes, en tanto que el protagonismo corresponde a ellos y solo a ellos, a quienes va bien la ausencia de liderazgo. Tal es el caso de Vladan Đokić, el rector de la Universidad de Belgrado,  quien se puso al lado de los estudiantes y defendió la autonomía universitaria, denunciando la indiscriminada represión policial y la presión del gobierno pero, al mismo tiempo, rechazando todo estrellato, que corresponde solo al pokret: la universidad ―aseguró― no pertenece al rector: es de los estudiantes.

V. El Memorandum sobre Kosovo

Oh, no, no, no

No tengo novia

Y no me mola el pacto de Varsovia

Ese señor me tiene gato

Y no me mola el tratado de la NATO

(«¿Qué harías tú ante un ataque preventivo de la URSS?» Polanski y el ardor, Chantaje Emocional, Arriola, 1983)

El aduanero kosovar y el escribiente

Cuéntase que un articulista de Jot Down pretendía acceder a Albania a través de Montenegro, después de haber presenciado la inverosímil belleza de las Bocas de Kotor. Impresionado por ellas y se ignora si aún más cansado por tanto autobús y tiempo sentado, arribó a la frontera de Kosovo a horas altamente intempestivas. Medio dormido, fue conminado a bajar del autobús. Nada personal: se hizo con todos. Corría el año 2007, Kosovo era entonces un protectorado europeo administrado por la UNMIK. No era aún un Estado. Nunca lo fue en puridad, pues no lo reconocían ―y dicha situación perdura― una batería de Estados que acogen a nada menos que dos tercios de la población mundial, aunque es esa otra materia.

 Comenzaron a pedir los pasaportes. Hacía frío y estaba oscuro: hay mucha montaña y era de noche. El paisaje era agreste e inhóspito, casi perfecto para una ejecución, si bien era un pelotón aduanero. Nada que temer, salvo que te invitaran a depositar el equipaje en las desvencijadas mesas que se hallaban en el descampado. Unos funcionarios de azul con el mapa de Kosovo bordado en jersey militar y charretera solicitaban los pasaportes. Le llegó el turno al del Jot ―él entonces no sabía que escribiría allí: no tenía forma de saberlo― y entregó su documento. Era un señor flaco, con la cuarentena tiempo ha superada, ataviado con un bigote que parecía querer salirse de la cara y tomar su propio camino, el de la independencia, quizá. Entornó los ojos, estudiando al viajero, adusto el funcionarial rictus. Abrió el pasaporte, abrió la mirada en señal de sorpresa y aprobación mientras al pasajero se le cerraba la suya, de sueño.

― ¡Espania! ¡Solaná! ―pronunció el policía con gravedad y reverencia ―y se llevó, cuadrándose, la mano extendida a la sien derecha. 

El interpelado asintió torciendo una sonrisa de reconocimiento, también agradecido, por qué no decirlo. Recibió de vuelta el pasaporte y acometió la subida al autobús sin cuestiones de equipaje pendiente. En el interior le aguardaba una temperatura menos hostil. Saludó al del bigote por la ventana. Se quedó dormido.

«Solaná» era el español Javier Solana, Secretario General de la OTAN en marzo 1999 (cuando la OTAN era, con sus múltiples contradicciones, más o menos una alianza en la que los socios ―se mantiene el diplomático plural― no se amenazaban entre sí) y fue quien dio la orden en el escalafón político para iniciar la campaña de bombardeos de la OTAN contra la RFY que duró 72 días. La operación hubiera probablemente descarrilado si se hubiera extendido más tiempo, debido a las disensiones de los miembros de la coalición internacional de derecho a la intervención humanitaria. El argumento se encontraba prendido con endebles pinzas y con viento más bien huracanado fuera, con independencia de que los crímenes de la policía y banderías armadas serbias de Slobodan Milošević estuviesen regando el territorio con sangre kosovar.

Con el pasaporte español a buen recaudo, el español, único del autobús que ostentaba tal ciudadanía, se retiró a sus apoasientos. No creyó conveniente explicar a los uniformados que España jamás reconocería Kosovo. Hasta la fecha. Y, por otra parte: el del mostacho le había caído bien. Se veía buena gente.

La espina de Kosovo

Kosovo es un asunto importante para muchos serbios. En atención a ello, circulan ocasiones en las que es más importante parecer bueno que serlo y, con ello, se da al lector la bienvenida a la narrativa. Todos tienen una, como las excusas. Los estudiantes también han de tener la suya y abrirse paso en el mar de narrativas adversas, de represión y de desinformación del entorno del poder.

En consecuencia, lo estudiantes, dejan clara su posición con el Memorandum sobre Kosovo, al abordar el contencioso logran, primero, contrarrestar el discurso gubernamental que les otorga el epíteto de antiserbios; segundo, ganarse a las capas de la población más nacionalistas o conservadoras para ensanchar su base de apoyo. Que no tienen nada contra su país es de recibo y de ello da cuenta la ubicuidad de las enseñas serbias que ondean en cada marcha o concentración.

Qué dice el memorandum

De manera sucinta, el manifiesto se articula en torno a los siguientes ejes. 1) Kosovo y Metohija (denominación oficial de la provincia cuya independencia ningún gobierno serbio ha reconocido) constituyen parte inseparable de Serbia; 2) un componente clave de la identidad nacional, cultural y espiritual serbia, por lo que; 3) debe estar regido el territorio por el orden constitucional serbio, si bien ―y con ello ponen tierra de por medio sobre la actitud provocadora de Vučić― debe sustanciarse el contencioso conforme al derecho internacional. Por último, el ingrediente emocional y más polémico: 4) la defensa de Kosovo concierne a todos los ciudadanos serbios y está ligada al honor, la cultura y el futuro del país.

Reacciones enconadas de visión limitada 

Huelga decir que las críticas arreciaron: unos lo acusan de que no tiene utilidad real, innecesario, torpe, que puede provocar polarización y llevar al movimiento a perder respaldo social; otros, que establecen una posición maximalista, intransigente que excluye una negociación serena. Los más malintencionados, por su parte, lo tildan de giro nacionalista, dilapidando su vertiente más cívica (véase arriba) y propugnando aspectos más emocionales términos como «honor», «deber histórico» o «herencia espiritual». Con todo, se insiste por parte del pokret: se alude siempre al marco del derecho internacional, excluyendo, precisamente, todo acto unilateral sin contar con los actores involucrados, lo que no se hizo con Serbia, en particular.

Otro manifiesto mucho más peligroso

Para muchos ojeadores, lo dicho entronca con el nacionalismo más agresivo y peligroso del milosevismo, adoptado por Vučić bajo un no muy distinto prisma con idénticos efectos refractores. Es cierto que: el vocablo «memorandum» ―no falta en la aseveración cierto grado de razón―se considera desafortunado, en tanto que recuerda a otro memorando, el de SANU (Academia de las Artes y de las Ciencias de Serbia) de 1986: mucha enjundia presenta el manifiesto. Para muchos analistas supuso un punto de inflexión a partir del cual los sectores más radicales instauraron un nacionalismo etnicista serbio: se reforzaría, así, una narrativa de agravio nacional que nutrió la polarización previa a las guerras conducentes a la descomposición violenta de Yugoslavia. Dicha cofradía del victimismo y del desagravio que culpa a otros pueblos de los fracasos e incompetencias propios está muy en boga hoy ―en realidad, desde siempre.  Es invocada en los discursos de Dodik en la vecina Republika Srpska (la UE y parte del mundo quieren eliminar a los serbios y dar sus tierras a los musulmanes) y, en general, de la extrema derecha y su ofensiva global. Y es invocada alegremente y de idéntica manera por  los Orbanes, Nawrockis, Trumps, Abscales o Bardellas.  Las críticas al documento sostienen, en suma, que el memorándum podría acarrear al pokret una erosión de su credibilidad internacional.

Qué no se ha entendido: la doble moral europea

Kosovo es una cuestión muy sensible para los serbios, transversal a todos los espectros ideológicos del país balcánico. La razón viene dada por la manera en que se llevó a cabo la independencia de Kosovo. No existe hoy nadie en Serbia que no esté en contra de los bombardeos de la OTAN y de la «traición» de Kosovo. Todavía ―atestigua este escribiente― estaban sin reconstruir, diez años después de la campaña otaniana, los edificios de la RTS bombardeados: que constase. Ciertamente, era impresionante ver aquellos inmuebles agujereados y con plantas totalmente destruidas. La OTAN avisó con antelación, aunque no se puedo evitar la muerte de dieciséis personas (sírvanse por favor los conspiranoicos de quedarse con el número), todos ellos personal civil, técnicos. 

La Alianza incluyó a la RTS como objetivo de primer orden en tanto máximo propagandista de Milošević. Sin embargo, los empleados que fallecieron en el accidente no fueron previamente evacuados. Lo que se dice peces gordos, los profesionales del retorcimiento de la información, no murió ninguno. ¿Maniobra de Milošević para añadir leña al fuego?¿metapropaganda? las vidas humanas no eran negocio que quitara el sueño al mandatario, desde luego: venía de tres guerras de agresión y estaba inmerso en una cuarta. Extráiganse las conclusiones pertinentes.

Con todo, los rasgadores de vestiduras propias en lo tocante al dizque vuelco hacia el nacionalismo más etnicista y peligroso no han entendido ―o no han querido entender― un aspecto clave: la UE no es neutral. 

Propugna la independencia de Kosovo ignorando descaradamente el derecho internacional. De acuerdo con lo dicho, son enviados al rincón del no cumplimiento los Acuerdos de Rambouillet que pusieron fin a la guerra en Kosovo y la famosa «Resolución 1244». 

Luego parte del mundo se escandaliza con lo del genocidio palestino o con Trump y su asubolismo de ls Board of Peace (BoP) a bordo (disculpen el chiste fácil) de la cual se encuentran Marruecos, que lleva desde 1976 haciéndose un Gaza en versión suave en el Sáhara occidental, un presidente argentino que baila, países satélites y, no podía ser de otra forma, Kosovo, quien debe en gran medida su independencia (discutida) a Washington.

Con respecto a los Acuerdos de Rambouillet se disponía la instauración de un «gobierno autónomo sustancial», no contemplándose en modo alguno la independencia: por el contrario, se confirmaban «los principios de soberanía e integridad territorial de la República Federal de Yugoslavia». 

La Unión Europea, por su parte, lo ratificaba en lo que en diplolengua comunitaria se intitulaba «pautas de referencia antes de status». Traducción: el Consejo de Seguridad delegaba en la UE la implementación de la S/RES/1244, en la creencia de que la UE, como convecino prestigioso, posibilitaría las medidas acordadas por las Naciones Unidas para, de aquel modo, lograr  estabilidad y democratización de la región: lo que viene siendo ―como quedó dicho― un protectorado europeo en toda regla.

Por si alguna duda cupiera, la UE no se recató en continuar recordando que un Kosovo separado de Serbia no era una opción. 

En lo que a la ONU atañe, la aludida resolución 1244 (1999) del Consejo de Seguridad, consagraba la integridad territorial de Serbia. La resolución estipulaba de manera indubitada que Kosovo quedaría bajo administración internacional de la UNMIK (United Nations Interim Administration Mission in Kosovo, Administración interina de la ONU en Kosovo), autorizando, de acuerdo al capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas el despliegue de una presencia internacional civil y de seguridad en Kosovo que seguía a la retirada de las fuerzas yugoslavas (entonces RFI, integrada por Serbia y Montenegro) al objeto de establecer una administración transitoria (importante matiz) y mantener la seguridad. Asimismo, decretaba autonomía y autogobierno para Kosovo, algo que ya existía con anterioridad al milosevismo. 

¿Qué sucedió entonces cuando, de repente, gran parte de la comunidad internacional reconoció la independencia de Kosovo? Básicamente, se estaba violando la legislación internacional, una resolución que ellos mismos votaron. Pero, ya se sabe: aquel «mundo basado en reglas» solo aplica si tienes las de ganar y eres poderoso. En caso contrario, muy rico queda con papas. 

Por tanto, no debería escandalizar ni afectar a delgadas epidermis la afirmación de que Kosovo es parte de Serbia, como bien estipuló, en su momento, el derecho internacional. Máxime si se tiene en cuenta que los estudiantes dejan meridiano que es en este marco donde debe discurrir todo proceso.

En cambio, no negociaron la UE ni EE.UU., cuando aceptaron la declaración unilateral de independencia emitida por la Asamblea de Kosovo en 2008. Los reconocimientos tampoco fueron objeto de discusión ¿realmente es el memorandum tan riesgoso como se quiere dar a entender? 

Un diálogo forzado e impuesto

Serbia nunca entrará en la Unión Europea sin reconocer la independencia de Kosovo.

(Matthew Palmer, enviado especial de EE. UU. para los Balcanes), 2019

La negociación Belgrado-Pristina tiene truco. Tras la caída de Milošević, la UE recibió en Bayona a Vojislav Koštunica, flamante presidente yugoslavo (RFY), en 2000. El político era un nacionalista radical reconvertido a la moderación, si bien atesoraba lucha contra el milosevismo y ―algo asombroso― sin mácula de corrupción. Bruselas otorgó sus bendiciones al entonces (mini)yugoslavo, abriendo el camino hacia la adhesión a la Unión. Dicha ruta queda jalonada por una serie de capítulos (Chapters) que comportan una adaptación de la RFY ―a partir de 2006, Serbia― a los estándares comunitarios. Hasta ahí, bien, lo preceptuado. 

No obstante, se incluían dos requisitos adicionales: el primero, la colaboración con el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY) y, el segundo, la negociación con Pristina. Ambas condiciones, inapelables para la adhesión no fueron fáciles. Con respecto al TPIY, mejoró la situación con los políticos europeístas Zoran Djindjić (asesinado por ello, precisamente) y Boris Tadić. Se capeó como se pudo y está prácticamente cerrado el capítulo. 

En lo relativo al segundo requisito, la cuestión era infinitamente más dolorosa, en especial, a partir de que la UE reconociera mayoritariamente a Kosovo como Estado independiente.  Si quería pertenecer al club comunitario, Serbia estaba obligada a llevar a cabo el lacerante trámite de negociar con Kosovo, al que no reconoce. 

A tal fin, se instituye el Acuerdo de Bruselas de 2013  o «Primer acuerdo de principios que rigen la normalización de relaciones»: la evanescencia del leguaje salta a la vista, porque la completa normalización no es más que la simple y llana independencia de Kosovo. Su clausulado es humillante para Serbia pues, si bien la diplomacia comunitaria elude el tema de la independencia, lo que está exigiendo es que Serbia dé, junto a Pristina, pasos para avanzar en lo innombrable; o sea: la definitiva secesión de la antigua provincia. Dicho en otras palabras: Belgrado debe cortar los lazos que aún le quedan en Kosovo. Entre estos se cuentan las estructuras paralelas (administrativas, policiales y judiciales) que mantiene y financia en el territorio, integrar la policía serbia y el sistema judicial en las instituciones kosovares, aceptar elecciones organizadas por Pristina y establecer la cooperación de la Asociación de Municipios Serbios (ZSO) en ámbitos como la educación, el desarrollo económico o la administración local. Por último, Serbia no debe bloquear la entrada de Kosovo en organismos internacionales. Comporta una irrealizable cuadratura del círculo en la que Serbia no reconoce a Kosovo, pero da pasos para que ello se produzca. A cambio, Belgrado obtendría autonomía para sus ZSO. Una negociación totalmente asimétrica alejada de cualquier atisbo de win-win. En 2023 se inauguró un acuerdo sobre las mencionadas ZSO en un año muy convulso para Vučić que fue escalando tensiones, llegando a enviar al ejército serbio a las inmediaciones de la «frontera» con Kosovo. 

Hoy Kosovo continúa siendo un territorio no reconocido por cinco países de la UE, así como por actores de peso como Rusia, China, India, Brasil o México. Los estudiantes ni siquiera ponen en solfa que Milošević cometió muchos atropellos en Kosovo ―solo faltaba― del mismo modo que lo manifestaron muchos serbios no solo con motivo de Kosovo, sino desde las guerras de Eslovenia, Croacia y Bosnia. 

Se cumple en estas fechas del año, a propósito, el 27º aniversario de la atroz masacre de Dubrava perpetrada por las fuerzas «policiales» serbias que asesinaron a 160 albaneses e hirieron a unos 300, prisioneros indefensos todos ellos. No menos palmario resulta, por otra parte, que otros países cometen igualmente atrocidades—léase Israel— y no se les recrimina; todo lo contrario: se les vende armas. En su marcha a Bruselas los estudiantes no fueron recibidos por Von der Leyen (quien preside una Comisión que, en teoría, los apoya), que luego se escandaliza por el ascenso de AfD ¿Cierran los estudiantes con su memorando cualquier atisbo de negociación? Puede ser, pero tampoco la UE y parte de la comunidad internacional se avino a negociar con Serbia cuando debiera haber tocado

Tampoco ayudó que durante los años noventa buena parte de los análisis occidentales tendieran a identificar Serbia con Milošević, ignorando que existía una parte significativa de la sociedad que también se oponía al régimen y deseaba poner fin a aquella deriva, como los estudiantes de hoy se conjuran por llevar a cabo con el vučićmo. La simplificación de Serbia como un bloque homogéneo contribuyó a una incomprensión mutua cuyos efectos siguen siendo perceptibles en la actualidad.

Volviendo al Memorandum, dicha pretendida (equi)distancia de elementos no resiste un parangón mínimo, y resulta aún más llamativa en un momento en el que Serbia ha adquirido una importancia estratégica decisiva para la Unión, en tanto resulta que Serbia atesora reservas de materias primas y minerales críticos necesarios para la transición energética. Entraña un objetivo vital de una Unión que no desea quedarse definitivamente descolgada de EE.UU. y China. Ahí lo tenemos: la mina de Jadar. Es el litio, estúpido (que podría cubrir las necesidades europeas para fabricar baterías durante no poco tiempo e invocar la independencia de China en esa esfera). Quien dice litio, dice de idéntico modo boro e incluso jadarita, un mineral rarísimo de muy reciente descubrimiento que combina ambos: ¿va a ser por eso que Von der Leyen no recibió a los estudiantes en Bruselas? Puede ser si se tiene en cuenta la velocidad con la que los chinos se hacen con puertos, infraestructuras y concesiones mineras (la mina de Bor, en la misma Serbia, es un ejemplo): no se puede permitir que otro yacimiento caiga del lado chino.

 Bruselas, en suma, parece más preocupada por la estabilidad política y los recursos estratégicos de la región que por respaldar una movilización de la sociedad civil y democrática sin precedentes durante los últimos años: supone un ejemplo para los europeos, que asisten como convidados de piedra a una victoria tan pronosticada como inevitable de AfD, Rassemblement National o la entrada de la ultraderecha en los gobiernos regionales y nacionales en muchos países. La verdadera amenaza no reside en la cábala de un presunto nacionalismo étnico serbio: este habita en el caballo de Troya europeo. Los jóvenes serbios funcionan como contraveneno, no como amenaza.

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