Política y Economía

Globalización, identidad, miedo y AfD: el éxito de la extrema derecha en Alemania

Globalización, identidad, miedo y AfD: el éxito de la extrema derecha en Alemania
Manifestación contra la ultraderecha alemana de la AfD, Múnich, enero de 2024. Foto Cordon.

El rápido ascenso del partido alemán Alternative für Deutschland (AfD), que se posiciona ya como segunda fuerza política, ha vuelto a poner el foco en el éxito de los partidos de extrema derecha en Europa. Y es que no es un fenómeno nuevo ni fruto de la casualidad, la AfD no es la anomalía dentro del sistema, sino la respuesta más pura a sus contradicciones. Pero ¿cuáles son estas contradicciones y por qué este partido ha conseguido capitalizar con éxito el descontento hacia el sistema donde otros han fracasado?

La crisis de representación (y la falta de la misma), el miedo a una globalización que más que unir aísla y el agotamiento del discurso tradicional han propiciado que estas formaciones prosperen bajo la promesa de restaurar un orden que, en realidad, nunca existió. 

La identidad como bandera

Como ocurre con otros partidos de extrema derecha europeos, la AfD articula su discurso en torno a la defensa de la identidad nacional, donde la inmigración pasa de ser un fenómeno económico o demográfico a una amenaza existencial que erosiona la esencia misma de lo que significa ser alemán. En su retórica, la diversidad cultural es un eufemismo para la decadencia.

Ejemplo de ello es la insistencia del partido en la «remigración», término edulcorado para lo que en esencia es una política de deportaciones masivas, ya que en este caso no solo incluye a aquellos nacidos en el extranjero o que no cuentan con la nacionalidad, sino a aquellos inmigrantes no blancos o cuya cultura se considere una amenaza para el país. Björn Höcke, una de sus figuras más influyentes, encarna este nacionalismo excluyente, promoviendo la idea de que solo un retorno a la «Alemania tradicional» podría salvar al país de su declive.

Durante la participación de Elon Musk en un mitin de la AfD el 26 de enero, una de las afirmaciones del magnate que más titulares ha protagonizado es la retórica de que los alemanes deben dejar de lamentarse y avergonzarse por su pasado. Y es que esta es otra de las claves del éxito del partido alemán, darles a aquellos que se sienten abandonados por el Estado y arrollados por la modernidad una fuente de orgullo que creían olvidado, una identidad nacional a la que agarrarse, aunque este orgullo no les vaya a alimentar, dar un trabajo o un techo bajo el que vivir.

Contra Bruselas y la política tradicional

La identidad nacional no solo se construye por oposición al «otro» interno, sino también contra las estructuras supranacionales. Es de sobra conocido que no hay nada mejor para aglutinar a un grupo que el odio o desconfianza a una figura externa, es por ello por lo que, desde su fundación en 2013, la AfD ha hecho del euroescepticismo uno de sus pilares, rechazando la integración europea y culpando a la UE de la pérdida de soberanía alemana. En su narrativa, Bruselas es el Leviatán moderno que subyuga la voluntad del pueblo.

Asimismo, la crisis migratoria de 2015 marcó un punto de inflexión en la política del país germano, hecho que la AfD explotó para aumentar los temores culturales al posicionar a los inmigrantes y refugiados como una amenaza a la homogeneidad cultural y la cohesión social alemana. 

El uso de lemas como «¡Merkel debe irse!» (Merkel muss weg), en referencia a la canciller Angela Merkel y su política de puertas abiertas hacia los refugiados, es un fuerte mensaje que impactó especialmente a las regiones de Alemania Oriental, donde la población tiene menos contacto con inmigrantes, pero mayores niveles de ansiedad cultural. Y es que la canciller aceptó a millones de inmigrantes, pero no se preocupó por integrarlos.

La crisis de la gran coalición

El rechazo a la política migratoria de la CDU fue una de las razones del éxito del SPD en las últimas elecciones, pero el gobierno de Olaf Scholz no solo no ha cumplido con la promesa de cambio, sino que, lejos de impulsar transformaciones que respondieran a las necesidades del ciudadano común, las medidas del SPD han perpetuado un modelo político desgastado y han dado más razones a aquellos que ven al partido socialdemócrata y a la gran coalición como la fuente de todos los problemas que acucian a Alemania.

La prolongada participación del SPD en la gran coalición ha hecho que se diluya su identidad política, ahondando en la imagen de un partido que es parte del stablishment, desconectado de los problemas del ciudadano medio y que no es capaz de proponer ningún tipo de reforma, es decir, un partido que no ofrece ningún futuro para Alemania.

Esta falta de diferenciación entre los dos principales partidos alemanes es lo que Matt Golder denomina «convergencia partidaria» (party convergence) y, lejos de ser un fenómeno único de Alemania, es un patrón que ha permitido a los partidos extremistas normalizarse dentro de la esfera política. Tal y como relata Beatriz Acha Ugarte en su estudio sobre la radicalización de la ultraderecha en Europa occidental, estas formaciones políticas han logrado expandirse no solo por su capacidad de movilización, sino también por un proceso de normalización y radicalización, en el que sus discursos han sido progresivamente legitimados en la esfera pública. Hecho que ha sabido aprovechar la AfD para llenar este vacío en el espectro político, posicionándose así como una alternativa real ante la Große Koalition, criticando a los partidos tradicionales y acusándolos de ignorar al «ciudadano común» y posicionándose como la verdadera voz del pueblo. 

Este es el caldo de cultivo perfecto para que discursos tan prometedores como simplistas encuentren eco en quienes se sienten olvidados por un sistema que promete progreso, pero reproduce los mismos viejos errores. Y es que, aunque Alemania es una de las potencias económicas de Europa, existe un sector de la población que se percibe a sí mismos como «perdedores de la globalización», especialmente aquellos trabajadores que han visto aumentada su precarización o perdido el empleo, los cuales ven al aumento de la inmigración como una amenaza a su estabilidad económica.

Según un informe del Instituto de Economía de Alemania, el 38 % de las empresas alemanas planean reducir puestos de trabajo en 2025, siendo la industria uno de los sectores más afectados, lo cual impacta especialmente a los trabajadores menos cualificados del este de Alemania, donde los efectos de la reunificación y el posterior proceso globalizador ya estaban generando un sentimiento de abandono. Estados como Sajonia y Brandeburgo han registrado un menor crecimiento salarial en comparación con el oeste del país, lo que ha aumentado la percepción de desigualdad entre regiones de Alemania y ha proporcionado a la AfD más fuego con el que encender su discurso polarizador y posicionarse como segunda fuerza en las elecciones de 2024.

La seguridad y la trampa de la democracia

Al margen de los factores económicos y culturales mencionados, la AfD ha sabido nutrirse del aumento de la preocupación de la sociedad alemana por la seguridad, capitalizando especialmente eventos como los ataques producidos en Colonia en la Nochevieja de 2015, reforzando así la narrativa de una inmigración descontrolada y un sistema que, lejos de proteger al pueblo, lo ignora, propiciando un importante impulso electoral.

Pero el éxito del partido extremista no se puede explicar solamente por factores sociales, sino que, paradójicamente, es el propio sistema democrático el que ha beneficiado a la AfD. El sistema político alemán, caracterizado por ser un sistema proporcional que propicia la representación política, promueve la inclusión de partidos pequeños o de reciente creación, esto supuso que la AfD únicamente tuviera que superar el 5 % de umbral electoral para conseguir representación y, con ello, contar con un potente altavoz mediático y político, así como la legitimidad que supone formar parte de las instituciones.

Esta es otra de las claves que es importante destacar, el altavoz mediático y el papel que los medios de comunicación han tenido en el éxito del partido alemán, ya que la AfD ha recibido una amplia cobertura mediática, tanto positiva como negativa. Esto confirma la teoría de Matt Golder de que los partidos de ultraderecha aumentan su visibilidad y legitimidad incluso mediante las críticas de los medios. Esto es especialmente observable en Alemania, donde el debate sobre inmigración y seguridad dominan el terreno mediático con casos como el mencionado ataque de Colonia.

La verdadera pregunta

Por lo tanto, la pregunta que debemos hacernos no es por qué la AfD ha crecido tanto en tan poco tiempo, sino qué ha hecho la democracia para permitirlo. Por qué la sociedad actual, pese a todos los supuestos avances sociales y tecnológicos, se siente tan abandonada, aislada y alienada que recurre a ideologías que tanto daño han causado en el pasado. No basta con señalar a la extrema derecha como el problema, hay que aceptar que su auge es un síntoma de algo más profundo, el fracaso de un sistema que, hasta ahora, ha ignorado a quienes debían proteger y representar. Si las instituciones democráticas no son capaces de ofrecer una alternativa a los ciudadanos, si no combaten la sensación de desamparo y el vacío identitario que alimenta estos movimientos, entonces, tarde o temprano, la democracia no tendrá nada que defender. 

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11 comentarios

  1. ¿Qué esperábamos? ¿Que la cosa iba a ir rodada con toda la mierda woke, las subdivisión de la gente en grupos enfrentados entre sí, las mierdas identitarias: yo perro, tú gato, él oveja y aquel una mezcla de todos, la inmigración descontrolada sin ningún tipo de integración, etcétera? Los problemas y necesidades reales están en comer, la salud y la seguridad. Si no me garantizan eso o me lo escamotean para primar otras cosas secundarias, terciarias o cuaternarias, mi voto será de castigo. Y me la pela que se lo lleve la extrema derecha o el nuevo descerebrado de turno.

    • Al final el castigo te lo vas a llevar tú también por votarle al nuevo descerebrado de turno. Pataleta de niños rabiosos. Como si la historia no nos hubiese enseñado nada.

    • A ver, vas a votar a extrema derecha poque estas de acuerdo con ellos. No pongas excusas baratas. El tema es q opinas q los lameculos de los ricos van a preocuparse de tus prioridades cuando es justo lo contrario, a no ser q seas rico. Q la sanidad, la vivienda y la enseñanza sean un negocio es una prioridad para esta gente. Reducir los derechos de los trabajadores es una prioridad para esta gente. Ya veremos cuantos inmigrantes saca Donald, yo apuesto a q menos q Barack. Estaria bien q os dierais cuenta de q la inmigracion esta mucho mas en vuestro equipo q Elon Musk. Igual es mucho pedir, bro.

      • Clonazepando

        Yo soy de izquierdas de toda la vida (mucha ya), por tanto, no voto. No voto aquí en España o Estado español, al gusto.
        A los etarras de Bildu, austrolopitecos transformados en soberanistas rosas? Nahhh
        Al Psoe sistémico y ahora además bananero? Nop
        A Sumemos Más, bodrio populachero morado o pijiprogre rosa? Va a ser que no
        A Erc, shenófobos catalanes? Tururú
        Todos ellos y sus variantes europeas y americanas son los responsables de que la gente normal, en la medida exigua del voto, se decante por esos bodrios fachas. Si no me defiendes tú y te olvidas de la lucha de clases desde el minuto uno, te va a votar tu puta madre.
        Menos lameculos y más trabajadores hartos de sus supuestos representantes de «Izquierda».

        • EXACTO.

          Se puede decir más alto (o en mayúsculas) pero no más claro.

          Pero en gran medida no es tanto que no exista una alternativa: es que nos bombardean por todas partes con relatos «desapasionados» de las supuestas ideas de la extrema derecha, que luego son los primeros en abjurar o simplemente abandonar cambiando de chaqueta (véase como ejemplo más reciente Vox permitiendo que en EEUU se ningunee el castellano en pos de una retórica nacional-excepcionalista anglófila, lo que en cualquier otro contexto es su caballo de batalla principal; o supuestos patriotas alemanes que viven en Suiza y tienen contactos de tapadillo con China y Rusia en detrimento del interés más estrictamente nacional).

          Relatos «desapasionados» y «neutrales» que de facto blanquean los planes neofascistas, dando el beneficio de la duda una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra más, y otra vez, a personas y movimientos que han demostrado una, diez, cien, quinientos y mil veces su deshonestidad y mendacidad. Se evitan la contextualización y la rendición de cuentas sistemáticamente, haciendo rutinario darle el mismo pábulo a contradicciones, mentiras flagrantes y literales conspiraciones dinamiteras, que a argumentos patentes, con amplio respaldo social y respaldo por hechos objetivos. Lo que viene siendo dejar que las palomas esparzan las piezas, les caguen encima y tiren el tablero al suelo mientras se persiste en intentar retomar la proverbial refinada partida de ajedrez.

          Y esto, aparte de evidentes e infrapublicitados ataques organizados (encabezados por el nacionalimperialismo gubernamental ruso, pero no sólo), y también aparte de la ineptitud política de la izquierda perdiéndose en debates bizantinos sobre el sexo de los ángeles – ha sido permitido y cronificado por una clase periodística ignorante, chapucera, comprada y, sobre todo, *avariciosa*. Para la mayoría de esta clase, durante ya décadas, importaba bien poco informar y formar a la sociedad que los lee con noticias veraces, análisis sopesados y utilización del poder de hacer rendir cuentas al resto de poderes por parte del 4º, con tal de metastatizar su crecimiento imparable (lo único que siempre crece es un cáncer) ganando reacciones inmediatas, cuantas más mejor, y inversiones publicitarias a cada cual más indecorosa, y buscando «optimizar la monetización» de cada golpe de teclado.

          Todo esto a base de enfangarse en redes sociales totalmente ajenas con sus propios intereses (divergentes), pretendiendo ser los más guays y modernos con sus editoriales desquiciados (con el mismo éxito que un padre desnortado intenta hacerse el simpático con los amigos de sus hijos, siempre arrastrándose por detrás), y bloqueando la información importante detrás de cuantas cercas (destartaladas) en el campo pudieran erigir a golpe de veleta, dejando eso sí bien gratuitos y visibles los contenidos más ramplones, abyectos y normalmente apologetas de las posiciones ultras, dando como dicho una y otra vez el beneficio de la duda a los más caricaturescos villanos de película o pintando como simpáticos amigos del trabajador Manolo a los más reaccionarios explotadores, incluyendo la sistemática bonachificación de los oligarcas más poderosos del mundo.

          Como decía un personaje de culto: «Si buscáis un culpable, no tenéis más que miraros en el espejo».

        • Oscar Ríos Santamaría

          No votar es en el fondo un acto político en el cual estás dando cancha libre a todo lo demás, incluido derecha y ultraderecha. No votar no es neutral. Yo creo que no votar porque uno no se siente identificado con lo que hay es un poco una cuestión de “idealismo de sillón”. Esperar que la izquierda (o la derecha) se amolde completamente a nuestra forma de pensar, sin contradicciones, de forma pura, es utópico e irreal. Lo lógico es apostar por lo menos “malo”, a no ser que en el fondo, muy en el fondo, eso “malo” sea lo que se acopla, sin fisuras (o a lo mejor aquí si que permitimos que no sea “puro”) a nuestra forma de pensar.

    • No te falta razón. Mientras algunos están mirando el sexo de los ángeles, otros partidos parece que se interesan por lo que importa a la mayoría, y eso hace que sean votados.

  2. La mayoría de partidos que podríamos calificar como ultraderecha son también parte del establishment. Casos como el de Farage en el Reino Unido o Meloni son buenos ejempos de lo que digo. Figura políticas creadas por el mismo sistema contra el que supuestamente se oponen para canalizar el descontento y el última instancia desmovilizar a la gente desencantada con el sistema político y económico actual. Básicamente lo mismo que se hizo la década pasada con los partidos de izquierdas en varios países de Europa, se está haciendo con la derecha.

  3. Muy buen artículo y mejor conclusión. Parece que el votante tuviera la culpa de lo que vota cuando es el propio sistema el que nos desanima. Por eso los demás partidos son tan agresivos contra Vox u otros, que prometen el paraíso, igual que los del establishment, pero en sentido contrario. Necesitan camuflar el descontento de sus bases por tanta promesa incumplida llamando fascista a quien piense diferente, equivocado o no y lo que están consiguiendo es mayor apoyo a estos partidos. Han buscado polarizarnos para que nos llamemos rojos o fascistas unos a otros sin que haya debate posible alguno después del insulto.
    La realidad es que estos partidos van a subir, y mucho, en varios países y la fórmula de llamar fascista al otro va a dejar de funcionar. Este es el gran regalo de los partidos tradicionales; Trump no es más que la reacción del votante ante toda esta situación y la sinergia que se cree entre él y otros como Meloni, Bukele, Milei y otros puede cambiar el paradigma político mundial de los años que vienen, porque un denominador común de todos ellos es la destrucción de las estructuras que soportaban a los partidos tradicionales.
    Pero siempre queda la solución de llamar fascista al otro y esperar que surta efecto y la gente no vote. De ilusión también se vive.

  4. Esto es muy fácil: religión, turbo capitalismo, codicia, tribalismo, crimen organizado: ¿ves todo esto? Pues te lo tragas, bonito; y te jodes. La pluralidad y el consenso eran esto, la diversidad es darle cancha a teocracias criminales, y dementes, o a delincuentes notorios, en tu sociedad. Y si no quieres esto, pues vete con los nazis, criatura. Y el caso es que ni siquiera hay nazis… solo eunucos de medio pelo que van a chupársela a Trump y a Putin, golfos lamentables, Rinconetes globales, busconas con media de redecilla, simulacros de no se sabe muy bien qué… encargados de derivar la ira y llevarla a vías muertas. Y nuestro emérito en el epicentro de la ignominia… y la liga en Arabia ¿qué puede salir mal?

  5. No es más que el péndulo se ha movido al lado opuesto.
    La corrupción pepera y la falta de soluciones reales a problemas reales trajo el 15M & Co.
    Y qué pasó? lo de siempre, unos se acomodaron, otros se metieron en peleas estúpidas y todos, TODOS, se olvidaron de las soluciones reales a los problemas reales.
    Y ahora el péndulo se ha movido.
    No pasa nada, cuando estos de ahora toquen poder harán LO MISMO que los anteriores y dentro de 10 años o así tendremos a una nueva (vieja) «verdadera izquierda» y vuelta a empezar.

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