
A mi madre no le gustaba la piscina municipal y, sin embargo, nos llevaba. Esto resume bastante bien una parte de la maternidad de entonces, cuando muchas cosas se hacían sin entusiasmo pero con una constancia que ahora, vista desde aquí, tiene más misterio que algunas vocaciones religiosas. Nos llevaba porque era julio, porque el piso se calentaba desde media mañana, porque mis hermanos y yo empezábamos a pelear por motivos cada vez más pequeños, porque en casa se podía estar pobremente fresco con las persianas bajadas pero no vivir, y porque la piscina, con todos sus inconvenientes, era el lugar donde el verano se dejaba encerrar unas horas dentro de una verja. La recuerdo caminando delante de nosotros con la bolsa de playa colgada del hombro, un vestido ligero, las gafas de sol y esa expresión de mujer que sabe exactamente cuántas cosas se han olvidado los demás antes incluso de que los demás sepan que las han olvidado. En la bolsa iban las toallas enrolladas de cualquier manera, una botella de agua que llegaba templada al mediodía, la crema, el monedero, las llaves, algún bocadillo envuelto en papel de aluminio y una paciencia de uso intensivo que nadie agradecía porque los niños solo agradecen lo que brilla, lo que suena, lo que se come con azúcar o se estrena delante de otros niños.
La entrada tenía una garita donde una empleada revisaba los carnés con la solemnidad funcionarial de quien custodia una frontera menor. Detrás empezaba aquel reino de baldosas calientes, duchas de botón duro y césped castigado por demasiadas plantas de pie. El primer olor era siempre el mismo, o eso creía yo entonces. Cloro. Luego, con los años, una aprende que el cloro nunca viene solo, que arrastra la piel de cada barrio, la crema barata, el plástico de las chanclas, el chorizo abierto demasiado pronto, el miedo infantil a perder la toalla, la humedad del vestuario, los gritos rebotando contra el cemento.
Nada en aquella piscina aspiraba a parecer bonito. Eso la hacía más verdadera. Las sombrillas se vencían hacia un lado, el bar servía helados con el congelador lleno de escarcha, los bancos de los vestuarios tenían un barniz pegajoso y en el borde del vaso grande siempre había alguien pensando si tirarse o esperar a que pasara el socorrista. El agua, desde fuera, parecía una promesa azul. Desde dentro estaba turbia de piernas, burbujas y carreras prohibidas. Yo me metía despacio porque fui una niña prudente durante demasiado tiempo, de esas que tardan en entender que la vida no concede medallas por obedecer normas inventadas por adultos con silbato. Las madres montaban el campamento con una eficacia que nadie ha registrado debidamente en los libros de historia. Elegían sitio, extendían toallas, untaban crema, separaban peleas, calculaban la hora de la comida y vigilaban el agua con un ojo mientras con el otro hablaban de recibos, vecinas o dolores. A veces se tumbaban boca abajo unos minutos, pero incluso entonces seguían escuchando. El descanso de una madre en una piscina municipal era una forma de radar.
Los padres, cuando venían, solían hacerlo más tarde, con menos equipaje y una disposición admirable para sentirse de vacaciones. Se bañaban, hacían alguna gracia, compraban un helado y recibían el prestigio doméstico de quien se ha implicado. Me gustaría exagerar, por justicia literaria, pero no hace falta.
A mí me fascinaban las mujeres mayores. Llegaban temprano y ocupaban su sitio como si la piscina hubiera sido construida alrededor de sus conversaciones. Entraban en el agua poco a poco, con un gesto de pacto más que de placer, y se quedaban cerca de la escalera hablando de operaciones, hijos que no llamaban, comidas que ya no sentaban bien, casas vendidas a destiempo. Yo pasaba nadando junto a ellas con los ojos abiertos bajo el agua y veía sus muslos deformados por el movimiento, las manos con anillos, los bañadores oscuros, los labios pintados todavía firmes pese al calor. No había en ellas ninguna coquetería dócil. Eran cuerpos con biografía, cuerpos que habían fregado, parido, trabajado, esperado autobuses, subido bolsas sin ascensor. La piscina les daba una ingravidez breve y ellas la aprovechaban sin pedir permiso. El cuerpo, allí, se aprendía por exposición. Nadie lo explicaba. Un verano salías corriendo hacia el agua y al siguiente empezabas a cruzarte de brazos al volver a la toalla. El bañador tiraba en sitios nuevos. Las miradas cambiaban de temperatura. Una niña podía seguir siendo niña por dentro y, aun así, notar que algo en el exterior había empezado a negociar con los demás sin consultarla. Esa fue mi primera experiencia de la vergüenza adulta, antes de que tuviera nombre, antes de que pudiera defenderme con ironía o con ropa.
También estaban las chicas mayores. Las mirábamos desde una distancia llena de rencor y devoción. Ellas sabían sentarse en la toalla, sabían atarse el pelo, sabían salir del agua con una lentitud que parecía ensayada. Los chicos hacían el bruto para que ellas levantaran la vista. Casi nunca lo conseguían. A veces una se reía, y aquel gesto bastaba para condenar o salvar una tarde entera. El deseo, en las piscinas municipales, tenía una pedagogía primitiva. Todo ocurría a plena luz, entre madres que gritaban nombres compuestos y niños pequeños con manguitos, de modo que hasta lo clandestino tenía algo de verbena mal vigilada.
La comida sabía a cloro. El pan, la fruta, las patatas de bolsa, los dedos. Había familias que llevaban nevera rígida y familias que sacaban un bocadillo aplastado de una bolsa de supermercado. Había niñas que podían pedir otro polo de limón sin mirar a nadie y otras que estiraban el primero hasta dejar el palo limpio, por si quedaba una astilla dulce. Allí entendí algunas cosas antes de entenderlas. La diferencia de dinero se veía en los bañadores, en las gafas nuevas, en la despreocupación con que alguien perdía unas chanclas y decía que daba igual. En mi casa nada daba igual del todo. El corte de digestión fue nuestra mitología doméstica. Cada madre tenía su versión del peligro. Algunas exigían dos horas de espera, otras una hora, otras aplicaban una doctrina flexible que dependía de la cantidad de tortilla, del humor del día o de la distancia hasta la siesta. Nosotras cumplíamos a regañadientes, sentadas en la toalla, mirando el agua como se mira una patria ocupada. Esa espera tenía una crueldad limpia. El cuerpo ya quería volver y el mundo adulto le decía todavía no.
El socorrista presidía aquella impaciencia desde su silla blanca. Llevaba silbato, gafas de sol y un bronceado que parecía parte del uniforme. Pitaba con una autoridad abstracta. Pitaba si corrías, si te tirabas de cabeza, si cruzabas la corchera, si hacías el muerto durante demasiado tiempo. Yo le tenía miedo y, durante una época absurda, admiración. Supongo que confundía altura con poder, como le pasa a mucha gente incluso después de estudiar una carrera.
Al caer la tarde la piscina se volvía más mansa. El sol ya no quemaba con saña y el agua empezaba a quedarse fría por debajo. Mi madre recogía antes de que cerraran porque odiaba las aglomeraciones del vestuario, esa pequeña guerra de bolsas, pies mojados y niñas intentando ponerse la ropa interior sin tocar el suelo. Había que sacudirse bien, encontrar las chanclas, comprobar que ninguna toalla ajena se hubiera metido en nuestra bolsa por alguna mutación del descuido. Yo siempre salía con pena. Incluso los días malos. Incluso cuando me había aburrido. La piscina tenía una forma baja de felicidad, poco elegante, difícil de defender ante quien necesite que la alegría venga con decoración. Ahora paso a veces junto a una piscina municipal y oigo desde la calle el golpe del agua, el silbato, una madre llamando a alguien que no responde. El sonido atraviesa la verja con una precisión casi ofensiva. Durante unos segundos vuelvo a tener los ojos rojos, el pelo áspero, la tripa llena de pan caliente y la sensación de que el verano consiste en volver una y otra vez al mismo rectángulo azul hasta que una tarde, sin aviso, eres demasiado mayor para tirarte desde el bordillo y demasiado joven para mirar a las señoras sin saber que algún día ocuparás su sitio.
La infancia no se acaba de golpe. Se va quedando en lugares así, donde nadie pensó guardar nada importante. Un vestuario con charcos. Una pulsera de abono. El olor de una toalla mal seca. La voz de una madre diciendo que nos vamos mientras una insiste en el último baño, solo uno más, como si el tiempo, por entonces, pudiera negociarse todavía con suficiente terquedad.







Qué magnífico relato, muy evocador. Enhorabuena y gracias.
Precioso artículo. Mis felicitaciones por retratar tan bien una época de la vida de mucha gente y sirve de paso para homenajear a las madres.
Fruslerías propias de quien no ha tenido la opción de la playa a 10 minutos de casa…