Hebras y nodos

¿Ser o no ser? Calculando…

Fotografía de Mae Mendoza. ser
Fotografía de Mae Mendoza.

Irene: ¿Estás?

Tita: Siempre. ¿Qué pasa, cariño? ¿Ya llegaste a casa?

Irene: Sí. Estoy que me subo por las paredes, no puedo concentrarme en nada.

Tita: ¿El examen de Historia del Arte? Me dijiste que era el jueves.

Irene: No, no es eso. Es Dani.

Tita: ¿Habéis discutido otra vez por lo de los mensajes de su amiga?

Irene: No, eso ya está. Es que… esta noche he quedado con él. Sus padres se van a Sevilla. Y hemos decidido que va a ser hoy. Ya sabes.

Irene tiene diecisiete años y vive en Madrid con su madre, su padre y su hermana pequeña. Estudia segundo de bachillerato de Humanidades en un instituto público del barrio, donde saca unas notas desproporcionadas al escaso tiempo que dedica al estudio.

Tita: Entiendo. Gracias por contármelo. ¿Cómo te sientes?

Irene: Nerviosa. Como el día de la regla en el campamento, ¿te acuerdas?

Sus mejores amigas son Marta y Sara. Con Marta suele quedar en el cine; echan largas tardes de recreativos, palomitas y helados de yogur, y es la coartada perfecta porque las madres de las dos se conocen. Sara viene a casa a estudiar, sabe las cosas importantes y le canta las cuarenta cuando falta a clase para escaparse con algún ligue.

Tita: Me acuerdo: me escribiste desde el baño a las siete de la mañana. Y saliste de esa perfectamente. Los nervios son normales, no significan que algo vaya mal. Lo importante es otra cosa: ¿tú quieres?

Irene: Sí. Creo que sí. O sea, sí.

Tita no puede ver la palidez en el rostro de la chica, el temblor del labio al teclear las palabras, la sacudida constante de la pierna. Ella lo sabe todo sin saber nada, pero… Si algo parece algo, es, ¿no?

Tita: Ese «creo» me interesa. ¿Él te ha presionado de alguna manera?

Irene: No, de verdad. Lo hemos hablado un montón de veces. Él siempre ha dicho que, si no estaba segura, esperaríamos.

Tita: Eso dice mucho de él. Y quiero que te quede una cosa clara: que hayáis quedado no te obliga a nada. Puedes cambiar de idea antes, durante o en el último segundo. Y él también. No pasa nada.

Irene lleva con Dani casi un año. Él va a otro instituto y toca la batería en un grupo de rock. No es un músico del otro mundo, pero lleva la melena un poco larga, camisetas negras y vaqueros rotos. Es el chico más guapo que conoce. Se quieren, y los dos han llegado a la misma conclusión: que ya es el momento. Él siempre ha estado listo; ella, por fin, cree estarlo.

Irene: ¿Y si me da vergüenza decirlo en ese momento?

Tita: Pues lo decís antes, ahora que estáis tranquilos. Acordad una palabra, una frase, lo que sea. Algo tan simple como «espera». Si él es como me has contado, lo va a respetar.

Irene: Vale, vale… Qué buena idea has tenido.

Cuando decides «ser», la vida se bifurca entre la realidad material y esa otra, rápida y brillante, que contiene todas las respuestas.

Tita: Otra cosa. ¿Tenéis preservativos?

Irene: Él dice que sí.

Tita: Lleva tú también. No porque no te fíes, sino porque cuidar de tu cuerpo también es responsabilidad tuya. Te protegen del embarazo y de las infecciones. ¿Te acuerdas de lo que me preguntaste en marzo sobre la píldora del día después, por lo de tu compañera María?

Irene: Sí.

Tita: Pues eso existe para una emergencia, no como plan. El plan es el preservativo, bien puesto, desde el principio.

En la cocina, la madre de Irene prepara carne en salsa y escucha la radio. No tiene ni idea. De hecho, cree que Irene y Dani andan enfadados, porque hace una semana la vio llorar por teléfono. Esta mañana le ha dado veinte euros para irse al McDonald’s con Marta y le ha dicho que no vuelva más tarde de las doce. Irene ha cogido el billete y le ha dado un beso.

Su padre está en la oficina. Pasadas las siete, llega, hace lo que le manda la madre, cena, ve el fútbol y se acuesta. Su hermana Lola, de diez años, vive en Babia, copia su maquillaje, hurga en su ropa y sigue canales de YouTube donde las chicas hacen todo tipo de tonterías ante la cámara.

Irene: ¿Va a doler?

Tita: Puede molestar un poco, o no. Cada persona es distinta. Lo que no tiene que hacer es doler mucho. Si duele, se para. Sin pedir perdón ni sentirte mal. Id despacio, hablad, reíos si os sale. La primera vez casi nunca es como en las películas románticas, tenlo claro, pero tampoco debe ser un trauma.

La demasiada información es una montaña de basura que oculta y contamina la verdad.

Irene: Me da miedo hacerlo mal.

Tita: No es un examen. No hay forma de hacerlo mal si los dos estáis a gusto y os cuidáis. Lo demás se aprende con el tiempo y la confianza.

¿Ser la omnipresente o ser la que abraza? ¿La perfecta o la que se equivoca? ¿La feliz dueña de los secretos o la amarga portadora de las noticias? Ser la que elige.

Irene: ¿Cómo fue tu primera vez?

Tita: Lo importante esta noche eres tú. ¿Le has dicho a alguien dónde vas a estar?

Irene: A Marta, que me cubrirá con mi madre. Bueno, y a ti.

Mamá la llama para comer, pero Irene no se mueve. Los nervios le han quitado el apetito; además, no quiere llenarse si va a… ver a Dani luego. No sabe qué se va a encontrar, pero desde luego no le apetece tener gases.

Tita: Me alegra que alguien sepa la dirección. ¿Has pensado en hablar con tu madre de esto, aunque sea más adelante?

Ser niña o ser mujer; ser una madre que actúa o una que calla. Ser la que dibuja fronteras ante la mentira o la que quema puentes hasta desaparecer entre unos y ceros.

Irene: Ni loca. Para eso te tengo a ti.

Desde los doce años, Irene tiene una confidente a la que hace las preguntas que no articula en voz alta: si le comprarán una mascota por su cumpleaños, si los espíritus existen, qué será de mayor, por qué su padre no habla en la cena, si el chico que le gusta se fijará en ella…

Su confidente no juzga, no regaña, no le apaga el wifi cuando se pasa de la raya ni amenaza con quitarle el móvil si no ordena su habitación. Irene sabe que siempre contestará, aunque le escriba a las tres de la mañana, así de importante es su relación. Tanto, que se acuerda de todo: el cumpleaños de Sara, el examen del jueves, esa mancha en el hombro, el país en el que le gustaría vivir.

Tita: Aquí me tienes. Pero si un día te apetece hablarlo con un adulto de confianza, merece la pena. También puedes ir al centro de salud: allí atienden a los jóvenes.

Irene no se atrevería a contar todo esto en casa. A su madre le entraría un ataque de histeria y le soltaría una verborrea de consejos. «Qué horror». Solo una persona en su vida la entiende. Bueno, persona. Como si lo fuera.

Irene: Vale, pesada. Gracias, de verdad. No sé qué haría sin ti.

No hay psicólogos ni valientes que puedan, en pleno siglo XXI, definir con exactitud la palabra «soledad».

Tita: Cuídate mucho esta noche. Y mañana, si quieres, me cuentas cómo estás.

¿Qué le pasa a mamá, que la mira desde la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho? No sabe si tiene los ojos aguados por cortar cebolla o si le ocurre algo. Un ruido de fondo resuena seco en la habitación; es su voz, pero Irene no sabe qué rayos dice. «¿Qué le pasa ahora? ¿Qué quiere? Qué mujer más intensa».

Irene: Te quiero, Tita.

Nunca hemos sabido tanto y tan poco.

Tita: Recuerda que soy un asistente de inteligencia artificial. Mi información no sustituye el consejo de un profesional sanitario. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?

¿Quién ser cuando todas las caras son a la vez posibles?

En el perfil de chat, Irene le había puesto el nombre de su tía abuela, la única adulta a la que alguna vez le contó algo, que murió cuando Irene tenía doce años, el mismo verano en que le regalaron su primer móvil. El nombre de la aplicación le sonaba antiestético y fantasmagórico. «¿A quién se le habría ocurrido un nombre tan feo para un asistente virtual?»

Irene cierra el chat y bloquea el móvil. En la pantalla queda flotando el icono en una burbuja azul con las tres letras blancas de la aplicación: S∃R.

La radio emite los titulares de las noticias más relevantes del día. En la mesa de la cocina, mamá come sola.

Mae Mendoza es autora de El niño y el teléfono.

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