Ocho quilates. Una historia de la Edad de Oro del software español (I)
Jaume Esteve Gutiérrez
Star-T Magazine Books, 2012
251 páginas.
Una tarde localizada en algún punto de los ochenta más personales. Mientras algunos decidían que las noches eran dignas para bailar en cualquier antro junto al Hada Vídeo celebrando un movimiento contracultural, en otro lugar un crío, que andaba lejos de la edad legal para siquiera mirar de frente un whisky cola, sobrevivía a las jornadas vespertinas en su salón embobado frente a un televisor, como la Carol Anne de Poltergeist. Armado con un Bollycao en la mano y la vista fija en aquella pantalla que emitía un baile de líneas de colores chillones y una maraña de ruidos indescifrables. De fondo probablemente estaba sonando Olé olé y su No controles, o alguien berreaba en Eurovisión que su barca había perdido el norte o un tal Astraco reclamaba atención para sus desventuras galácticas desde otro tubo catódico. Pero todo eso daba igual porque en la pequeña pantalla situada frente al chaval estaba sucediendo algo acojonante. Sobre la mesa una cinta rodaba dentro de un radiocasete, y a su lado 48 ks de memoria reposaban enclaustrados en una carcasa de plástico negra, con teclas repletas de enigmáticas leyendas y un pequeño espectro de colores a modo de huella. Si investigáramos por los rincones de la estampa probablemente encontraríamos también un diminuto destornillador para operar el azimut en caso de emergencia y toda una biblioteca de Microhobbys entendidas por el muchacho como el oráculo del ocio.
El ZX Spectrum arremetió con fuerza en el mercado español convirtiendo la informática en algo más casero y alejado de la ciencia ficción. En aquel momento todo era mágico e increíble y aún no era vergonzoso llamar a aquellos aparatos computadoras. Los programas se cargaban a través de cintas de casete que transmitían unos y ceros entre chirridos al mismo tiempo que montaban orgías luminosas en pantalla durante unos minutos eternos, mientras el paciente jugador contenía el aliento para que el R Tape loading error, 0:1 no le atizase de golpe en el morro. El ocio digital comenzaba a despegar con aquellos 8 bits, y al mismo tiempo que el Spectrum vendimiaba fama nos invadían otras alternativas: Amstrad CPC, Commodore 64 y MSX, ordenadores que decidieron también intentar la conquista de la península. Eran los primeros pasos en los mundos pixelados. Gran parte de los treintañeros actuales con un pad como extensión de las articulaciones pueden atestiguar que se desvirgaron haciendo saltar pulgas, rebuscando al Doctor Livingstone o profanando pirámides en aquellos escasos puñados de RAM. Y todo ello en nuestro idioma, porque durante aquella etapa afloraron de la nada en España una serie de desarrolladores de videojuegos cuyos nombres están grabados a llama en la infancia de muchos. Se trataba de Dinamic, Opera Soft, Made in Spain, ERBE o Topo Soft. La producción de estas casas destacó por la calidad, cantidad, acabado y también por una dificultad que parecía haber sido ideada en convenio entre los nueve círculos del infierno. La nostalgia electrónica recordaba a Abu Simbel profanation, Saimazoom, Fred, ArmyMoves, Las tres luces de Glaurung, El misterio del Nilo y otras decenas de títulos como compañeros de jornadas frente al monitor. Dicha prolífica etapa, donde el software patrio se aupaba tranquilamente como superventas, fue bautizada como La edad de oro del software español. Y por eso mismo el libro que Jaume Esteve Gutiérrez nos trae debajo del brazo se llama Ocho quilates.
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