Hace ya algún tiempo, en mi época de post-doc en California, durante uno de mis largos viajes por Estados Unidos (era mis años de not-so-easy ryder, a lomos de varias motocicletas japonesas) conocí a un vendedor ambulante al que llamaré Jerónimo. Era un indio navajo, andaría por los 50 (un anciano, para mí, que por la época aún no había cumplido los 30) y tenía un bochinche en la parte trasera de su roulotte en el que exponía cacharrería y souvenirs. Cuencos, platos, pipas de la paz y alfombras (sospecho que alguna de ellas Made-in-China) además de los también habituales cuadros naive que representaban al feliz piel roja, integrado, ecologista y en contacto directo con el Gran Manitú, antes de la llegada de los rostros pálidos.
Jerónimo y yo hicimos buenas migas, entre otras cosas porque, al igual que él, disponía por aquella época del preciado tesoro del Tiempo Libre. Durante un par de días anduve haraganeando por el desierto pintado, imaginándome estar a ratos en el Far West y a ratos en Marte, y por las noches me acercaba a la camioneta de mi amigo para compartir con él una cena indígena (pizza, naturalmente) y unas Buds (cerveza mala donde las haya, pero a los veintiocho años se tienen pocos remilgos) amén de unas hierbas medicinales sobre cuya naturaleza correré un tupido velo y cuyo consumo negaré con política convicción, si sobre ellas se me interroga.
Una de aquellas noches, Jerónimo me mostró un cuadro que tenía en su roulotte y que no estaba a la venta. Se llamaba Paisaje con apaches, y no lo he olvidado nunca.
El lienzo: una línea curva describiendo el horizonte. Un pedrusco minúsculo y un cactus no mucho más grande. Nada más.
Naturalmente, la gracia de la composición era lo que no mostraba. Los apaches invisibles, cuya presencia se inducía, imposiblemente agazapados bajo el ridículo canto rodado, maravillosamente disimulados por el flaco arbusto.
El cuadro exaltaba esa calidad de los apaches que pude apreciar a lo largo de las veladas con Jerónimo. Su sigilo, su silencio, su capacidad de desaparecer en el paisaje, de fundirse con él, de ser uno con la Tierra. Todo lo contrario del hombre blanco, todo lo contrario de mi Kawasaki Red-Ninja, Arrest-Me, y mi manera de entonces y de ahora, de hablar a voces (diré en mi descargo que siempre he estado un poco sordo) y mover los brazos como un molino de viento para acompañar mis argumentos, mientras Jerónimo tiraba de la pipa (perfectamente consciente de su cliché) y me toleraba, paciente y ecuménico.
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Muy bonito artículo, como siempre. Hay muchas personas que no quieren mirar para no tener que ver. No les gusta que seamos tan insignificantes. Incluso renuncian al placer de mirar al cielo por la noche por si acaso ven demasiadas estrellas que les hagan sombra. Estas personas también quieren impedir que otros miren.
Gracias Victoria. Afortunadamente hay otras personas como tú como aquel Apache de mi juventud, que miran mucho que lo ven todo…
Tío, este jotdown es pura poesía. Transformas los fantasmas de la materia en lluvia de espíritus indiferentes que cala y cala.
Pocos finales de una obra tan profundos y tan hermosos. Excelente artículo, como todos os que te leo, querido Juan Jose. Abazos.
Querido José Luis, me siento, como en aquellos días ya lejanos de principios de milenio, un alumno aplicado. Un gran abrazo.
Creo que no es necesario escribir por escribir, si no para contar algo, pero en fin..
Querido Witiliza, fíjate bien. Los Apaches están ahí…
Fantástico articulo.Durante todo el año pasado Carlos Pobes un físico aragonés estuvo a cargo del Ice Cube.
Recomiendo su blog donde narró toda su experiencia.
Carlos es un buen amigo y por supuesto ya he recomendado su blog en twitter y en mi facebook. Gracias!
Según el gráfico los cables llegan a + de 1 km de profundidad y encima hay detectores incrustados ahí abajo… impresionante!
Enlazado desde http://unbosqueinterior.blogspot.com/2013/01/hojas-de-papel.html
Evocaciones, metáforas, insinuaciones, rezos, presencia, el dios de los neutrinos, apaches en la antártida, mejor dicho, el espíritu de los apaches en un cerebro buscador de partícula que anuncian el fin del mundo en alguna galaxia lejana, muy lejana. No se trata de cómo escribes, sino como sueñas.
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Impresionante, como todos sus artículos. Ni se le ocurra dejar de escribir.
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