Arte y Letras Historia

El pedal nazi

Ahnenerbe

En tiempos de Stalin, y sobre todo al principio de su mandato, la religión era anatema. A medida que los tentáculos del régimen se introducían en la sociedad civil (por llamarla de alguna manera), la iglesia rusa fue desmantelada pieza por pieza: los jerarcas encarcelados, los templos derruidos y los fieles disuadidos (con toda la energía de la palabra) de acudir a las citas con Dios. Sin embargo, la llegada de un hombre llamado Adolf Hitler al poder en Alemania alteró las reglas del juego. Stalin comprendió que, ante la desmesurada ambición de aquel tipo (solo comparable a la suya propia), la religión era necesaria. De hecho, ante la sombra de aquel flequillo teutónico, la religión era imprescindible.

La Unión Soviética se vio así abocada a un proceso de rebobinado masivo: los templos fueron reconstruidos, los jerarcas liberados y los fieles animados a volver a sus obligaciones. No solo eso, todos los soviéticos recibieron el consejo de recargar pilas en las misas y los actos litúrgicos. Naturalmente tal oleada de fe era en realidad un pensadísimo proceso de preparación nacional a lo que estaba por llegar. Desde los púlpitos se empezó a propagar el concepto del «Santo Odio». Odiar no es algo ajeno a la iglesia (pocas han escapado al abrazo del oso), pero lo de lanzarlo a los cuatro vientos con nombre y apellidos era algo francamente innovador. El Santo Odio consistía en mentalizar a todos los ciudadanos soviéticos de que la muerte de los fascistas no era solo una necesidad sino un deber. Stalin empezaba así a preparar el terreno para la guerra que se abalanzaba sobre él y avisaba a sus compatriotas de que matar ya no era pecado: matar estaba bien. Es más, si se trataba de uno de esos tipos con uniforme nazi, matar tenía el visto bueno de todos los mártires, santos y del propio Dios.

En Alemania, Hitler recorría el camino contrario: la tolerancia del Reich con la Iglesia empezaba a flaquear y Himmler arrancaba su plan para borrar cualquier resquicio del cristianismo en Alemania. No era extraño que los primeros comunicados del Vaticano condenaran tan solo a la Unión Soviética: en Alemania aún no había empezado la caza que llevaría a miles de católicos a campos de concentración. Himmler, aquel ser de andares ratunos y mirada desconfiada que se había encaramado a las altas instancias del Reich gracias a unas (extrañas) dotes sociales y dos toneladas de fanatismo, había convencido a Hitler de que el pueblo alemán necesitaba sustituir las creencias clásicas (eso de adorar a un judío, por muy divino que fuera, les ponía muy nerviosos) por una historia nueva, de raíces paganas, que demostrara la indiscutible superioridad de la raza aria desde el hombre de Cromagnon hasta la actualidad. Tal misión, de una estupidez admirable, se articuló a través de una institución llamada Ahnenerbe. Teóricamente la Ahnenerbe era una especie de organismo que se encargaba de buscar huellas del hombre ario desde el principio de los tiempos. Oficialmente la tétrica Ahnenerbe (re)escribía la historia de Alemania. Extraoficialmente, se la inventaban.

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12 comentarios

  1. Pingback: El pedal nazi | Verdades que ofenden..

  2. esos «cristalitos» se usaron en las bicis de la españa post franquista hasta los años 80 y 90

  3. La «escuela del método» fundada por estas dos grandes «corrientes de pensamiento», es decir, el nazismo y el estalinismo en sus más puros estados, son obviamente demonizados con motivos que parecen incesantes y a cuál de ellos más justificado.
    Convengamos, sin embargo, en que para desgracia y vergüenza nuestra, su influencia pretérita, presente y -me temo- futura es abrumadora. No hay vomitiva demagogia o reivindicación político-escatológica que no beba de las inagotables fuentes del nazismo y/o el estalinismo.
    Dentro de su contexto histórico, estos interesantes relatos que esta revista tan apreciada por nosotros nos regala pueden tener el agrio sabor del disparate intelectual sumado a cierta dosis hilarante de estupidez humana, constante histórica a la que estamos apuntados con fruición. Pero lo cierto es que la filosofía última que en su momento mantuvo viva a esta monstruosidad sigue muy presente, alrededor de nosotros, medrando en aquéllos personajes y movimientos que admiran el pragmatismo de su método y la máxima de que el fin sigue justificando los medios.
    Que Dios -o el Hombre- nos asista, porque el final de esa pesadilla aún no ha sobrevenido.

    • Esta pedantería parece una novela de Menéndez Salmón o de Ignacio del Valle. Qué ridículo.

      • Lamento no conocer la obra de tales autores. Por lo que veo, tú sí. Por tanto, no puedo sino admitir que tus conocimientos sobre «pedantería» son extensos.
        Respecto al «ridículo», teniendo en cuenta lo limitado de tu aportación, permíteme seguir siendo «pedante» y decirte que, para eso que escribes, mejor hubieras dedicado tu tiempo a cuestiones más mundanas (quizás algo de Tele5, por ejemplo). De todas formas, estoy convencido de que jamás coindiríamos en nuestro respectivo sentido del ridículo, salvo para reconcerlo en nuestras mutuas personas, como ahora.
        Todo ello, naturalmente, en el entendimiento de que, por lo que a mí respecta, tienes derecho a decir lo que te venga en gana de acuerdo con lo que en este lugar te permitan.
        … y sin ninguna acritud, por supuesto ;-)

  4. Que pedante no?
    interesante artículo

  5. @osomax.
    AMEN!

  6. Jesús Couto Fandiño

    La historia del ocultismo nazi es como una destilación del nazismo en una concentración mayor – aquello del veneno y el frasco pequeño, vamos. Disparatadas doctrinas sin sentido, multiples grupos de iluminados, charlatanes y trepas (la Ahnenerbe no fue el único «organismo» del partido metido en el fango de la pseudociencia, el misticismo y demás) empeñados en meterse la zancadilla los unos a los otros para lucirse frente a los jefes, purgas y caídas en desgracia, etc.

    Hitler al parecer pasaba bastante de todo este asunto, aunque ya en los origenes del partido está presente, el partido que él convertiría en el NSDAP empezó como brazo político de la «Sociedad Thule», un grupo medio esotérico. Pero a Himmler las tonterías tipo Cuarto Milenio le seducian.

  7. Jesús Couto Fandiño

    Una de las que darían para un artículo delirante por aquí seria la «Teoria del Mundo de Hielo» o Welteislehre, en la que la Ahnenerbe también puso mucho «trabajo» en «demostrar». En la mejor tradición de la pseudociencia y el nazismo, el asunto surge de un astrónomo aficionado austríaco, Hans Hörbiger, que mirando a la Luna tuvo una «visión» que le decia que su brillo era porque estaba hecha de hielo, y que sucesivas «visiones» le revelaron que el hielo era la base de todo el cosmos – el origen de la Tierra, el «éter» del espacio, todo era hielo.

    A Himmler le gustó la idea por el simple razonamiento de que ellos eran arios, los arios vivian en el norte donde hace frío, asi que el mundo de hielo era la cosmogonía «natural» de la raza aria. O sea, argumento científico de altura donde los haya.

  8. «Al fin y al cabo, el dinero es solo papel impreso, pero el banquero es un organismo vivo que puede ser torturado, asesinado o enviado a un campo de exterminio. La idea de discutir con la Orden Negra las condiciones de un préstamo no eran tan tentadoras como la obsesión humana por la supervivencia».

    Genial

  9. Por aquí también anduvo la Ahnenerbe, aunque la cosa quedó en un acuerdo de colaboración que luego no acabó de «fructificar». Siguiendo con esa idiotez según la cual los guanches eran todos altos y rubios (soy canario y puedo asegurar que se sigue dando la brasa con esa tontería solemne), a alguien, no sabría decir si alemán o español, se le ocurrió que, en realidad, lo que pasaba es que los guanches también eran arios. Lo cual significaría, de paso, que los arios patearon lo que no está en los escritos, porque para llegar desde las planicies indoeuropeas hasta Canarias, vaya… como que tiene su aquél. Se llegó a firmar un protocolo de colaboración para investigar más a fondo, contando, claro con que la pasta la pusieran los alemanes, que aquí el horno no estaba para bollos. Puedo equivocarme, pero creo que fue en el año 41 o 42. Como al poco tiempo ya se inició la operación Barbarroja, los alemanes ya no estaban para esas cosas. Además, el gobierno de Franco también fue cambiando, el Cuñadísimo (Serrano Sunyer, aunque él disimuló su origen catalán cambiándose a Suñer) cayó en desgracia por cuestiones internas y fue reemplazado por Jordana, que demostró ser menos germanófilo. De modo que, oh desgracia, nos hemos quedado sin saber si los guanches eran en realidad bávaros pero con el pelo un poco revuelto y sin diseño de Hugo Boss, que es quien diseñó los uniformes de la SS: así iban de elegantes, los muy cabrones…

  10. Es una pena que el artículo se quede en la anécdota, con la de cosas divertidas (por lo ridículas) que hicieron los muchachos de himmler.

    Sin embargo, hay una cosa que sí hay que puntualizar: los soviéticos no se llevaron las fábricas a primera línea, sino a los urales. Las que quedaron en primera línea en leningrado y stalingrado, sobre todo, fueron accidentes de casos en los que la producción no pudo deslocalizarse a tiempo. En leningrado aún tenía sentido por el cerco, pero dudo que hubiera un plan que dijera que tener los depósitos de productos químicos en las fábricas de stalingrado era guay y productivo (explotaban varios a la semana por las bombas), por mucho que quede espectacular para la historia lo de los tanques que salían de fábrica tripulados y disparando (y en condiciones que no pasarían un control de calidad ni de casualidad).

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