Philip Roth: sobre la innovación y los clásicos

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Sigue y sigue con los mismos temas en cada uno de sus libros. Es como si se sentara
sobre mi cara y no me dejara respirar

 

La cita no pertenece a un simple detractor a pie de calle. La perla es obra de Carmen Callil, reputada crítica literaria y miembro del jurado del galardón Man Booker International. Tal fue el desacuerdo con que Philip Roth fuera el ganador de dicho premio que la señora Callil no dudó en dimitir de su puesto en el tribunal y realizar estas declaraciones sobre el escritor estadounidense. Más allá de sus gruesos términos, la cita pone de relieve algo muy discutido durante décadas en el mundo del arte: la cuestión de los temas.

Es cierto que Roth insiste en los mismos asuntos una y otra vez. Toda su literatura gravita alrededor de los mismos ejes dramáticos, estilemas que conforman una poética cincelada por pura decantación. Roth es Newark, su ciudad natal, y el semitismo como causa y como síntoma —acaso uno de los temas que mejor explican el siglo XX—. Esta reiteración de temáticas no responde a una voluntad de repetición sino más bien a un impulso de búsqueda, la continuación de un método y de una forma de ver la literatura. En todo caso, hacer con lo reiterado algo todavía valioso es si cabe más meritorio.

El mejor aval de Philip Roth es la autosuficiencia. Su literatura podría ser tachada, al mismo tiempo, de prosoviética y anticomunista, y así ha sido en efecto. Esto ha sucedido durante toda la carrera de Roth, especialmente en una época —la Guerra Fría— en la que la cuestión socialista dominaba todos los ámbitos de la vida pública estadounidense. Pero a los grandes autores y a las grandes obras es imposible etiquetarlos con categorías tan simples como son, respecto al arte, las meras ideologías políticas. Philip Roth pertenece además a esa casta de escritores estadounidenses tras la estela de la gran novela americana, esa novela total que tiene la complejidad moral del noir y la capacidad historiadora de la novela reportaje y la novela realista. Más aun, el crítico Harold Bloom incluyó a Roth en el Big Four de escritores contemporáneos junto a DeLillo, McCarthy y Pynchon, un mayúsculo panteón reservado sólo a los mejores escritores de los últimos cincuenta años. Pero Roth sigue escribiendo.

Dejó de teclear cuando acabó Némesis, novela ambientada en una Nueva Jersey bajo una epidemia de polio. Némesis redunda en cuestiones habituales de Roth como la hipocresía moral o la paranoia colectiva, temas centrales que ya ha venido tratando en sus obras anteriores. Es por tanto una novela continuista con el Roth de siempre, por lo que suponemos que no gustará demasiado a Carmen Callil ni a los que, más allá de gustos personales, comulguen con la idea de que la variedad y la innovación son premisas importantes para la literatura.

La cuestión de los temas es, en efecto, un debate recurrente en el mundo artístico. Mientras algunos insisten en que la gran innovación creativa es todavía posible, otros lo dan ya todo por inventado, al menos todo lo realmente bueno y trascendente. La realidad probablemente responda a una versión intermedia, un doble escenario algo más conciliador. Por un lado, los clásicos son los que son (Shakespeare, Dante, Homero), tienen estatus vitalicio y esto, lejos de ser signo negativo de inmovilismo, constituye una garantía de consolidación de los referentes más deseables. Asimismo, que existan una serie de obras canónicas no supone el fin de la creación sino todo lo contrario, pues libera al arte de la obligación del innovar para ser y le marca cuáles son los mejores colores de la paleta. Los grandes artistas no necesitan sorprender en el sentido moderno de la palabra: sencillamente continúan buceando en su universo personal, usando los motivos universales (la traición, el poder, el desamor...) para seguir creando según sus fines particulares. Será la personalidad del escritor la que, finalmente, marcará la diferencia entre una obra ordinaria y una obra singular.

Sea cual sea el signo con el que podemos resolver la disputa entre innovadores frente a clásicos, toda la crítica secunda rotundamente la producción literaria de Roth, un escritor con más de 30 obras a sus espaldas. Después del Booker a Roth ya solo le queda ganar el Nobel. Francamente solo parece cuestión de tiempo que se lo den, por poco ortodoxo que pueda resultar para ciertos sectores. Viéndole trabajar sí que se encuentra a un escritor un tanto pintoresco: teclea de pie, inquieto, delante de un ordenador puesto a la altura de sus manos, un invento que según declara es lo mejor que le ha pasado a su escritura por su utilidad para las correcciones. Pese al peso de su trasfondo, la literatura de Roth difícilmente pierde ese tono punzante e irónico con el que suele hilar fino.

Es posible, efectivamente, que el lector experimente ciertos momentos de hastío porque los temas se repitan. Sin embargo, a Roth se le suele disculpar porque tiene casi siempre algo que decir: algo frecuentemente más interesante que lo que el resto de escritores, quién sabe si más innovadores, son capaces de proponer. Para la mayoría de grandes creadores no importa tanto la novedad como la contemporaneidad, es decir, la capacidad de que los temas sean actuales en todas las épocas y para todas las sociedades. Son sabedores de que a la larga solo permanece lo absoluto, ya que por lo absoluto no pasa el tiempo. Es el caso, por ejemplo, de Woody Allen, director de cine que lleva treinta años contando la misma historia. ¿Por qué sobrevive? Por lo absoluto. Porque la historia es tan buena que nunca se acaba.

6 Comments

  1. Si eres mediocre y no tienes un talento superlativo estás OBLIGADO a variar de tema para suscitar interés. Si escribes tan bien como lo hace Roth el cambiar de temática es OPCIONAL, aunque no lo hagas siempre habrá quien lea tus libros, porque siempre habrá matices y -sobre todo- estarán bien escritos. La comparación con Woody Allen me parece muy bien traída en este sentido: cuando cambia de temática se agradece, pero si no cambia y vuelve a lo mismo de siempre también se disfruta. Me ha gustado el artículo.

  2. Ramón R.

    Como lectores creo que nos puede atraer la idea de ver una evolución en el escritor pero también queremos buscar en cada libro nuevo de nuestros autores favoritos un refugio que creemos conocido. Y si encontramos alguna novedad puede hacernos sentir incómodos.

    Quejarse porque un autor no evoluciona me parece que es algo que roza la crueldad y una exigencia desmesurada. Al fin y al cabo lo que nos muestra la literatura es una visión del mundo, ¿cómo pedir a alguien que la cambie de un libro para otro? El cambio y la evolución no puede sino ser una cosa lenta.

    De Roth solo he leído The Humbling y Goodbye Columbus, así que no podría decir, pero recientemente me he planteado esta cuestión con un autor al que sigo desde más tiempo, como Javier Marías. Conozco casi toda su obra y su último libro viene a ser una continuación de sus propios temas, muy cercanos a su vida personal. Uno no deja de querer continuar la lectura pero al mismo tiempo no deja de percibir una intimidad con el autor que le llama a querer exigirle, en pocas palabras, que se cuente algo nuevo.
    No por esto voy a dejar de recomendarlo, pero no por ser seguidor, voy a evitar ser crítico.
    No sé si este será el caso del la sra. Callil, que parece tomarse a Roth muy en serio. También debe ser duro, como crítico, defender tu “certeza” de que tal autor no merece la pena, y estar solo en el frente.

  3. Sin ánimo de simplificar, creo que hay dos tipos de autores: los autores-artesanos y los autores-artistas. Los primeros suelen tocar muchos palos bastante distintos y casi siempre con acierto. Dominan su medio y lo conocen perfectamente, lo cual no es nada sencillo. Luego los autores-artistas son otra cosa, más machacones con sus obsesiones, sus ideas, sus temas… Varían de traje pero siempre están ahí con lo mismo. Es la continuación ad infinitum de una visión del mundo, la excelencia del punto de vista. Creo que Roth pertenece a este segundo tipo. Y entiendo perfectamente que si no te hace gracia su rollo te pueda resultar un coñazo.

  4. Tadeus

    ¿Y a quién le importa el Booker o el Nobel? La degeneración de todo en culto a la celebrity.

  5. El inmovilismo es con toda probabilidad el clásico que permanece estático en el top cinco de las razones para tumbar una obra de arte por parte de un crítico.

    Recordé a Javier Marías yo también, del cual soy fiel seguidor. En él, como en Roth, busco siempre lo mismo porque es justo eso lo que quiero, y por eso siempre me satisfacen. Cuando un artista es superlativo en un estilo, en una serie de temas, no veo criticable que no se mueva de ahí, porque está creando la excelencia en ese ámbito.

    AC/DC son lo que son y no quiero que cambien, porque precisamente les pido eso. Ni Woody Allen, como se menciona en el artículo. Ni las tapas del bar de la esquina ni la tortilla de mi madre.

    Ahora bien, otros artistas, los que todavía buscan su voz, los que no alcanzan ese grado de excelencia, entonces pueden (y muchos deben) seguir buscando, no tanto por nuestro interés como por el suyo propio.

    El público y, en general, los lectores todavía más, somos muy egoístas y tendemos a exigir un producto a la carta. Solemos olvidar que el artista crea arte, y el arte no se puede solicitar como quién compra un coche en el concesionario o visita un restaurante. El arte no se “compra” (en el más estricto sentido consumista, me refiero) a petición expresa. Se nos ofrece puro, único, y elegimos probarlo o no. De ahí que uno deba abrirse a distintas expresiones artísticas y, más allá de juzgarlas buenas o malas, pueda aceptarlas como propias o impropias de uno mismo.

  6. Paulina

    La literatura de P. Roth es una extensión de los mismo temas trajinados una y otra vez por su mentor el célebre Saúl Bellow (Premio Nobel 1982), son sus mismos temas ya descritos, junto a unos cuantas situaciones trilladas, un tanto fluctuantes estereotipos, el divorcio, un profesor universitario, etc…por eso a veces al leer a Roth, no sabemos si en realidad se trata de un remedo de Saúl Bellow, ¿méritos? Roth los tiene en su libro “Pastoral Americana” , novela con la que ganó el premio Pullitzer -al igual que su mentor, a quien quizás pensó seguirle los pasos hasta el Nobel de literatura, peroi imagino que los de la Academia sueca, pensaron que premiar un autor con una perspectiva de temas muy predefinidos era ya mucho, como también para venir a otorgarselo a su mejor copista

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