Estupefacta y temblorosa: la japonesidad de Amélie Nothomb a través de su autobiografía - Jot Down Cultural Magazine

Estupefacta y temblorosa: la japonesidad de Amélie Nothomb a través de su autobiografía

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Es inevitable desarrollar con el tiempo manías lectoras, pero soy consciente de que la mía es especialmente irritante y probablemente hasta vandálica… A medida que voy pasando las páginas de un libro (y sólo si me pertenece), doblo la esquina superior de la hoja siempre que encuentro una frase memorable, un párrafo soberbio o un pensamiento que conviene apartar para masticar luego con más calma. Lo que para muchos es una herejía resulta en cambio para mí un termómetro muy práctico para medir la brillantez de un libro cualquiera. A veces termino una novela, observo el tomo de perfil y veo dobleces en bastantes páginas: eso me asegura una magnífica relectura y un buen número de citas interesantes para añadir a mi recopilatorio privado. Otras veces tan sólo hay un par de esquinas dobladas: quizá el libro era entretenido pero no memorable, o su estilo era más propenso al razonamiento gradual que a la frase brillante y decisiva.

Cuando terminé por primera vez Estupor y temblores, de Amélie Nothomb, me di cuenta de que había convertido el fino librito en una cascada de dobleces: casi una de cada dos páginas tenía una esquina doblada.

Digo ésto para poner las cartas sobre la mesa desde el principio: Amélie Nothomb no es la primera de mi lista de autores favoritos (que encabeza Roberto Bolaño, por si alguien tiene curiosidad), pero sí estoy absolutamente enamorado de sus libros autobiográficos, especialmente los tres que retratan de forma magistral sus experiencias en Japón: Estupor y temblores (1999), Metafísica de los tubos (2000) y Ni de Eva ni de Adán (2007). Esta serie autobiográfica se completa (por ahora) con El sabotaje amoroso (1993), centrado en sus años de infancia en la China maoísta, y Biografía del hambre (2004), narrando situaciones ocurridas en Japón, Nueva York, Bangladesh…

Como le he comentado a mi buen amigo Sergi alguna vez, creo que algún editor avispado debería ordenar cronológicamente estas pequeñas novelas y publicarlas en un solo tomo: no haría falta añadir más que un prólogo y un epílogo para obtener al mismo tiempo una autobiografía soberbia y una novela monumental. Estoy convencido de que se vendería como churros, encantando tanto a los fans de la levedad como a los aficionados al tocho largo y meditado. Pero ay, no soy editor sino un simple articulista niponófilo, así que me limitaré a dejar caer la idea y a comentar para los lectores de Jot Down los tres capítulos más japoneses de este mosaico autobiográfico de Amélie Nothomb, tratando de adivinar cuánto hay de real y cuánto de novelado en ellos…

Tres años en la vida de la Emperatriz Infantil

 

Danièle Nothomb se encontró con dificultades inesperadas durante el parto de su tercera hija Amélie: el feto venía de nalgas y con el cordón umbilical enrollado alrededor del cuello. Como consecuencia, la recién nacida permaneció los dos primeros años de su vida convertida en un vegetal, una cáscara vacía, inmóvil y ausente… Y precisamente desde esa nada total decide empezar Amélie Nothomb a narrar su autobiografía.

En su relato Una historia breve pero entera, el cínico escritor polaco Slawomir Mrozek utiliza los tubos y el propio concepto de “tubidad” como metáfora a la vez profunda y desternillante de la Revolución Cultural y la naturaleza humana. Resulta natural que Amélie Nothomb mencione a Mrozek, con quien comparte un sentido del humor sarcástico y exasperado, en las sorprendentes primeras páginas (probablemente las mejores) de Metafísica de los tubos. Para describir su indescriptible experiencia como bebé completamente autista y aislado del mundo, Nothomb se convierte en esas páginas en un Dios Tubo: un ser impotente, inmóvil y reducido a las funciones elementales de ingestión de alimentos y excreción de desechos… Pero Dios al fin y al cabo, autosuficiente y ataráxico, eterno y contemplativo, fundido con el universo hasta que una innominada catástrofe metafísica le obliga a salir de su nirvana particular. Dios no ve con buenos ojos esta expulsión del Paraíso, así que reacciona llorando, gritando y volviendo locos a sus padres tras dos años de calma vegetal… Y tan sólo el descubrimiento repentino del placer a través de una inesperada tableta de chocolate belga logrará darle una identidad (muere el Tubo, nace Amélie) y acallar su rabia.

Sin embargo, la Nothomb niña conserva parte de su divinidad perdida. Orgullosa, reservada, altiva, inteligente y sobre todo imaginativa, sería una perfecta Emperatriz Infantil en La Historia Interminable de Michael Ende. A este endiosamiento contribuye el especial tratamiento de amor, respeto e indulgencia con que tradicionalmente se trata a los niños pequeños en Japón, en parte por influencia del confucianismo y en parte como breve compensación antes del infierno de una vida adulta repleta de obligaciones. Su niñera japonesa, Nishio-san, le sigue el juego con un amor reverente y  cómplice. El día de su tercer cumpleaños, la Emperatriz Infantil pregunta si debería salir a la calle a que la aclamen o si sus súbditos pasarán a rendirle homenaje: Nishio-san duda, sonríe y responde con una reverencia. Afortunadamente, el estatus de deidad no la convierte en una cría repelente: resulta más bien extrañamente cálida y contemplativa. La Nothomb niña (o, siendo justos, la Nothomb adulta metiéndose de nuevo en la piel de su Emperatriz Infantil) va dejando caer durante la novela reflexiones muy lúcidas sobre el amor, la muerte o la relación entre el placer y la inteligencia: frases luminosas de las que obligan a doblar página tras página.

Metafísica de los tubos es una autobiografía novelada e irónicamente metafórica, no enciclopédica. Y sin embargo, los principales datos que se dejan caer durante el relato coinciden con lo que sabemos de los primeros años de Nothomb: su nacimiento en el pueblo de montaña de Shukugawa, cerca de Kôbe; sus dos primeros años de autismo total; la relación que establece con su hermana Juliette (y que podríamos definir como de “adoración de la belleza”) y su padre diplomático; las dos ocasiones en que su vida corrió peligro por ahogamiento…

Desde el punto de vista niponófilo, resulta apasionante ver cómo Japón no es sólo un telón de fondo vagamente exótico para la historia, sino que resulta parte integrante de la personalidad y evolución de la narradora. La identificación empática con la naturaleza a través de las estaciones del año ha sido siempre un rasgo distintivo del arte japonés (recordemos por ejemplo el kigo o palabra clave estacional de los haikus), y está muy presente en esta novela. La niña Amélie vive su primera primavera y su primer verano con espíritu explorador, absorbiendo la belleza natural de su pueblo entre montañas y cambiando de humor al mismo tiempo que el mundo que le rodea. La asociación del placer (y de su divinidad personal) con la japonesidad quedará ya para siempre grabada en su inconsciente: Amélie elige por tanto ser japonesa.

Resultan especialmente divertidas las referencias al teatro noh y a la absurda manera en que el padre de Amélie se ve convertido en improbable alumno de un gran maestro. Cualquiera que haya sido testigo por primera vez de una representación de noh podrá imaginar la reacción de terror, aburrimiento y pánico existencial que le asaltaría a una niña de tres años al ver a su padre aullando de esa guisa… Las dos o tres anécdotas que explica Amélie de su padre resultan especialmente cálidas e irónicas, y se integran perfectamente en la narración.

En varias novelas de Amélie Nothomb (empezando por Higiene del asesino) se hace referencia a la primera infancia como la única etapa auténticamente feliz y pura de la vida humana. No en vano esta novela termina en agosto de 1970, con tres años recién cumplidos, con una frase tremendamente significativa y profundamente triste: “Luego ya no volvió a ocurrir nada más”.

La sutil diferencia entre el ai y el koi

 

El padre de Amélie Nothomb fue destinado a China en 1972, así que la Emperatriz Infantil tuvo que abandonar Japón con apenas cinco años. La fabulosa novela El sabotaje amoroso relata sus experiencias en la China maoísta, pero ya que este artículo se centra en la vida nipona de Amélie, debemos dar un salto hasta el año en que la todavía-no-escritora cumplió los veintiuno y decidió volver a Japón, guiada por un comprensible deseo de volver a los paisajes de su infancia y recuperar sus dominios.

Durante su primer año de vuelta en Japón trató de refrescar su japonés impartiendo lecciones de francés a un nativo, un joven llamado Rinri hacia el que fue poco a poco sintiéndose atraída… Profesora y alumno no tardaron en dedicar más tiempo a la educación sentimental que a la idiomática. La decimosexta novela de Amélie Nothomb, Ni de Eva ni de Adán, es en cierto modo la crónica de la curiosa relación que se estableció entre ambos,

Para entender este libro es importante tener en cuenta que el sentimiento que nace entre Rinri y Amélie NO es exactamente amor, aunque pueda parecerlo en un primer vistazo. “Cuando me dicen la palabra adecuada, por fin soy capaz de sentir”, medita Nothomb, escritora hasta el final, y en este caso no consigue oír la frase que define la relación con Rinri hasta la última página de la novela, en un final que consigue ser profundamente emotivo sin caer en la ñoñería barata.

Sin desvelar cuál es esta frase final que consigue encajar las piezas del puzzle sentimental de Amélie, podemos aproximarnos a su dilema a partir de la sutil diferencia entre las dos palabras japonesas que se suelen usar para decir “amor”: ai y koi. La primera podría traducirse como “amor” en el sentido pasional, arrebatado y romántico; la segunda podría traducirse como “gusto”, placer en la compañía mutua y las afinidades electivas de las que hablaba Goethe. Amélie describe el koi como un sentimiento “elegante, lúdico, divertido, civilizado”, que parodia algunas actitudes del amor pasional con más ánimo de diversión que de denuncia. No hay distinción de intensidad entre ambos sentimientos, pero sí de compatibilidad: para Amélie es imposible no odiar aquello que se ama, como no tardaremos en comprobar en este mismo artículo.

Sin ser la más redonda de sus novelas autobiográficas, Ni de Eva ni de Adán resulta divertida, tierna y un tanto melancólica, como suele suceder siempre que uno escribe sobre ex-parejas de las que guarda buen recuerdo. Desde el punto de vista niponófilo, más allá de toques costumbristas como la terrible versión nipona de la fondue, lo más destacable es la experiencia mística de su excursión en solitario a la montaña Kumotori, que le proporciona (mejor no revelar cómo) un contacto íntimo y casi mortal con sus raíces japonesas. También resultan especialmente hilarantes los malentendidos idiomáticos: quien haya estudiado alguna vez la antiintuitiva y diabólica pregunta negativa japonesa sabrá las consecuencias devastadoras que puede tener un descuido a la hora de responder…

Hay que morir para resucitar

 

Como niponófilo confeso que soy, alguna vez me he preguntado si podría irme a vivir y trabajar a Japón: al fin y al cabo en mi ramo tecnológico no faltan oportunidades para occidentales, como atestigua el conocido Kirai. No creo que acabe dando el paso (bastante me está costando reunir el tiempo y el dinero para un sencillo viaje de unas semanas), pero en cualquier caso sé que si el trabajo me lo ofrecieran en una mega-corporación, me echaría a temblar recordando mis lecturas y relecturas de Estupor y temblores, la octava novela de Amélie Nothomb.

Cuando en enero de 1990 entra a trabajar (teóricamente como traductora) en la empresa de nombre ficticio Yumimoto, Amélie rebosa todo el entusiasmo y las ganas de aprender que se suelen desplegar en estos casos. Sin embargo, no hacen falta más que unos pocos días para empezar la cuesta abajo: una infernal serie de encontronazos machistas, fracasos, hipocresías, humillaciones, malentendidos y puñaladas. Completamente perdida y desubicada, Amélie ve cómo cada nuevo esfuerzo por su parte consigue hundirla un poquito más, como quien entra en arenas movedizas y se pregunta hasta dónde le acabarán cubriendo.

Nothomb encuentra a su némesis en su atractiva y cruel jefa Fubuki Mori, “tempestad de nieve” tanto por onomástica como por méritos propios. Fubuki no está dispuesta a que una extranjera inútil y recién llegada triunfe en la empresa, y se dedica con un empeño fascinantemente concienzudo al sabotaje y la humillación continua. Amélie admira profundamente la belleza de su jefa y ve en ella rasgos inalcanzables de la japonesidad que siempre ha perseguido: el tormento que recibe a sus manos es tremendo, cruel y al mismo tiempo tiene un trasfondo extrañamente sensual.

No es ningún secreto que soy aficionado al BDSM, pero no soy yo el primer lector ni seré el último en advertir un reflejo sadomasoquista en la relación que se establece entre ambas. Como muestra, un botón: imagine, amable lector, el texto inferior recitado por una sumisa Amélie ante la intensa mirada de la actriz Kaori Tsuji, elegida para interpretar a Fubuki Mori en la adaptación de la novela que filmó Alain Corneau en 2003.

“Querida tempestad de nieve, si pudiera, sin demasiado esfuerzo, convertirme en el instrumento para proporcionarte placer, sobre todo no te molestes, acometeme con tus copos ásperos y duros, con tu granizo tallado como pedernal; tus nubarrones tienen tanta rabia que acepto convertirme en la pobre mortal perdida en la montaña sobre la cual descargan su cólera; recibo sin rechistar sus miles de perdigones helados, nada me resulta tan fácil, y tu necesidad de cortarme la piel con ráfagas de insultos constituye el más hermoso de los espectáculos; disparas con cartuchos de fogueo, querida tempestad, me he negado a que me venden los ojos frente a tu pelotón de ejecución ya que hacía mucho tiempo que ansiaba contemplar un atisbo de placer en tu mirada”.

Es importante subrayar que Estupor y temblores no destila odio hacia Japón, como alguna vez he leído por ahí, sino un amor absoluto… Ai en lugar de koi, un amor doloroso, un sentimiento aplicado esta vez tanto a Fubuki como al país entero. Dice Amélie en el antes comentado Ni de Eva ni de Adán hablando del ai: “uno se enamora de aquellos a los que no soporta, de aquellos que representan un peligro insostenible”.

Donde no hay ni rastro de amor de ningún tipo es en la relación que se establece entre Amélie y el brutal, desagradable y gordísimo Omochi, un vicepresidente de la compañía. Como nota lateral, siempre he encontrado fascinante (y algo injusto) que la mayor parte de personajes irremediablemente malvados y miserables de las novelas de la Nothomb sean muy gordos: el mencionado Omochi, el gigantesco Pretéxtat Tach de Higiene del asesino, el pelmazo Palamède de Las Catilinarias y su lovecraftiana esposa. Si fuera aficionado a la psicología Fisher-Price relacionaría este hecho con los reconocidos problemas de anorexia de la escritora durante su adolescencia, pero ay, nada es sencillo: Amélie también ha expresado en alguna entrevista su admiración por los obviamente gordísimos luchadores de sumo.

Volviendo a Estupor y temblores, resulta muy interesante leer reacciones de japoneses al opresivo retrato del mundo empresarial nipón: comentarios que oscilan entre el apoyo incondicional y la crítica despiadada (un empresario japonés definió la novela como “un informe montón de mentiras”). Artículos excelentes como el trabajo Las imágenes de Japón en la obra de Amélie Nothomb, de Yoshie Yoshimoto, nos permiten un punto intermedio más equilibrado. Yoshimoto reconoce como ciertas algunas de las acusaciones desplegadas por la autora, especialmente las relativas al machismo (es aún sangrante la situación de la mujer en el mundo laboral japonés) o las relacionadas con el racismo subyacente en ciertas grandes empresas. Sin embargo, también atribuye parte de la responsabilidad del fracaso de Amélie a su defectuoso conocimiento de la psique y las prácticas laborales japonesas (por ejemplo la primacía del consenso frente a la iniciativa personal), y ofrece explicaciones y contraejemplos a algunos de los malentendidos y desgracias con los que le toca bregar a Amélie en la novela.

En Estupor y temblores no tiene lugar exactamente un choque de culturas como en las novelas de posguerra de Akiyuki Nosaka, ni una lejanía extraterrestre como la presente en Lost in Translation. Lo que le ocurre a Amélie es mucho más doloroso: presenta las credenciales de japonesa que atesoraba desde su infancia y las ve rechazadas en todas las ventanillas.

Y es que Estupor y temblores no es en el fondo una novela sobre el fracaso profesional o la dureza del mercado laboral japonés, sino sobre el desmoronamiento gradual de la propia identidad. La protagonista empieza el libro segura de sí misma y sus habilidades, sabiendo quién y qué es, pero la caída sin fin en la empresa Yumimoto le va arrancando una a una todas las piezas de su yo interno. No eres una traductora, no hablas idiomas, no tienes habilidades, no tienes dignidad propia, no eres culta, inteligente ni atractiva, no eres una mujer, pero por encima de todo, jamás lo olvides, no eres ni serás nunca japonesa. El brutal rechazo arranca de cuajo el último hilo que unía a la Amélie Nothomb adulta con la Emperatriz Infantil de Metafísica de los tubos… Pero la muerte de su antiguo yo permite al mismo tiempo que nazca la Nothomb escritora, más fuerte y más sabia. Para renacer y recrearse a uno mismo antes hay que morir, como bien sabe cualquiera que haya leído a Jodorowsky hablando sobre la carta de la Muerte en el Tarot.

Y por eso resulta tan enormemente significativo que la felicitación de Fubuki tras la publicación de Higiene del asesino (su primera novela, escrita tras despedirse de Yumimoto) le llegue escrita en japonés… De un modo típicamente zen y paradójico, la japonesidad de Amélie le es devuelta tras haberle sido arrebatada.

Ai shiteiru, Amélie-san… Es decir: Je t’aime, Amélie.

27 comentarios

  1. Josep, me ha encantado el artículo. Debo decir que moi aussi soy una enamorada de Amélie Nothomb, desde que hace años leí mi primer libro suyo, Metafísica de los Tubos y los siguientes. Estoy contigo que sería genial juntarlos todos en un sólo tomo. No he leido Estupor y Temblores, pero mañana mismo voy a buscarlo… Gracias por compartir, hasta el próximo artículo :D

  2. ¿ataráxico?

    • La ataraxia es la imperturbabilidad total, la ausencia de temores, turbaciones o penas… O de estupor y temblores, jeje. La Nothomb niña de “Metafísica de los tubos” era un Dios carente de preocupaciones. Y de pensamiento, claro, que no se puede tener todo.

  3. Pingback: Estupefacta y temblorosa: la japonesidad de Amélie Nothomb

  4. Muy intresante. También soy admiradora de Nothomb, pero tu artículo es tan intenso que creo que voy a releer algunos títulos suyos.

    • Sus libros autobiográficos los releo de vez en cuando: siempre me dejan buen sabor de boca… Y de las novelas cortas, “Higiene del asesino”, que es una maravilla.

  5. A muchos de meneame.net ya nos empiezan a fastidiar estos artículos tan largos, cansinos y lateros que ustedes publican.

    • Si lo que buscan son artículos breves, sin duda podrán encontrarlos en mil otras páginas de Internet o en el Twitter para brevedad máxima: ¡ánimo en su búsqueda!

      (¿”Lateros” son los de “servesa, bier, amigo”, no? )

  6. No se puede resumir un poco?

  7. @Mane Esos muchos de meneame.net que ya os empieza a fastidias estos artículos tan largos y blablabla no tenéis porque leerlos si no os interesa. Internet es libre :/

  8. ¿Será verdad lo de meneame? anda que….

    Por favor, los artículos (espero que no haga falta ni decirlo) tan largos como sea necesario
    me pase hace dos noches un rato muy agradable leyendo de ajedrez y boxeo

    gracias!

  9. Se necesita una dosis astronómicamente alta de estupidez para quejarse de que algo es largo de leer.

    ¡Pues no pierdas ni un segundo en ello!

  10. Ya en 2008, Nicholas Carr publicó un fenomenal artículo en la revista norteamericana The Atlantic que se titulaba precisamente “¿Nos está haciendo Google estúpidos?” El artículo tuvo tanto éxito que Carr acabó publicando un libro.

    En dicho artículo, el autor indicaba que la forma en que Internet nos acostumbra a la obtención de información, mediante búsquedas, hipervínvulos (lo que denominaba “una corriente de partículas de información”) hace que le costase en la actualidad mantenerse concentrado si el texto era demasiado largo. “He perdido”, citaba Carr a otro autor llamado Bob Friedman, “la capacidad de leer y absorber un artículo largo, sea en papel o en la web. No podré leer Guerra y Paz nunca más, he perdido esta capacidad. Incluso un post de un blog que sea más largo de tres o cuatro párrafos es demasiado largo para entenderlo. Lo leo en diagonal.”

    Sin duda los que se quejan de la extensión de un texto en Internet sufren de esta dolencia.

  11. Hola!!

    Cual es tu libro preferido de Roberto Bolaño? :-)

    • Jajaja, pues “2666”, por supuesto, seguido de cerca por “Estrella distante”. Prometo justificar pronto la respuesta, que tengo a medio cocinar un artículo sobre Bolaño…

  12. Tarde, pero siempre es agradable leer opiniones sobre Nothomb.

    Ha sido mi descubrimiento de hace escasos 3 meses y ya he devorado casi la totalidad de su bibliografía.

    Gran texto, enhorabuena.

  13. De joven, tuve amistad con la madre de la escritora, Danièle Scheyven. Por esta razón me interesé por los libros que escribía su hija y reconozco que también me dejé engañar por su autobiografía, un prodigio de imaginación digno de sus mejores novelas. Si quieren saber más y asombrarse pueden buscar en internet:
    veritescachees.blogvie.com
    http://www.lilianeschrauwen.be/blog/10/de-Fabienne-à-Amélie
    Les aseguro mucha diversión
    Natalia

  14. Pingback: Club de lectura enero “Estupor y temblores”. | LOS LIBROS DE MOLIST

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  18. Me encantó tu artículo, soy admiradora de la obra de Nothom y prefiero los autobiográficos a sus otras novelas aunque también podría destacar algunas como: Una forma de vida (dónde otra vez toca el tema de la relación emocional con la comida), Matar al Padre y Barba azul.
    En fin solo quería agradecerte por el artículo.

  19. Gracias por escribir artículos”largos” que permiten reflexionar.

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