Alberto Rojas: Jesse James vive junto al Nilo

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Tenía 22 años, dos esposas, nueve hijos y un orificio de bala mal cicatrizado en el muslo izquierdo. Como yo, era zurdo. Solo lo vi escribir una vez y fue su nombre: William Deng. Siempre vestía uniforme de camuflaje y zapatos de domingo. Por la noche abría los botellines de cerveza Red Lion con el gatillo del Kalashnikov y le encantaba reírse con el resto de los chicos de las infidelidades que coleccionaban. Tenía varios cómics arrugados y descoloridos de forajidos del oeste junto a su camastro. Su preferido era uno de Jesse James. Nunca quiso decirme a cuanta gente había matado y no sabía lo que era una foto. Me dijo que iba a misa todos los domingos, aunque eso no pude comprobarlo. 

Lo de las esposas tiene su explicación. Su hermano acababa de morir en un tiroteo en la frontera con el enemigo musulmán del norte y su mujer, sus hijos y sus vacas pasaban bajo su protección. Una costumbre entre las tribus nuer que ni los sacerdotes católicos de la zona osaban contradecir. 
 
— ¿Tú cuántas esposas tienes? 

Me costó explicarle que en España eso no funcionaba así. 

— Tengo novia. Una novia. Tener más no está bien. 

— Pues quédate aquí. Hay una chica de las que van a recoger agua que se ha fijado en ti. Si no te gusta escoges a otra de sus nueve hermanas. Es la más guapa de la aldea y solo te costará 30 vacas.

— Sabes que no tengo vacas, William. 

— Eso da igual. Le das 1.000 dólares a su padre y solucionado. Y nosotros te ayudamos a levantar la casa. Aquí hay tierra de sobra.

Conocí a William en los días calientes del referéndum por la independencia de Sudán del Sur y me cayó bien desde el principio. El alcalde de la aldea de Ayod, en el estado de Jonglei, me lo ‘encalomó’ nada más llegar en la avioneta de la ONU. ‘For protection’, dijo, aunque en realidad lo que pretendía era tenerme controlado. William, adornado con esas cicatrices tribales que les hacen a los niños cuando dejan de serlo, chapurreaba algo de inglés, aunque con un acento del Nilo azul que en nada se parecía al acento de inglés manchego que recibía por respuesta. Con dificultades, conseguimos entendernos en lo importante: dónde conseguir cerveza en un sitio que me recordaba a Mordor, el triángulo del hambre, el reino del escorpión. Trozos de aviones derribados, tanques herrumbrosos y chicas con pulseras elaboradas con balas. Uno de esos lugares de los que nunca se vuelve.

Yo había hecho 4.000 kilómetros para buscar al protagonista infantil de una foto famosa tomada allí 18 años antes, lo que me convertía, automáticamente, en la atracción de los vecinos. Blanco, con una cámara y unas 240 fotos impresas realizadas allí por un tipo que se suicidó después de fotografiar a una criatura junto a un buitre.

En aquellos días, un general se había rebelado junto a su tropa contra el Gobierno del sur a unos 20 kilómetros y la aldea rebosaba de soldados en chanclas o montados en vehículos que parecían sacados de Mad Max, toyotas robados a las ONG y cortados con radiales para alojar ametralladoras pesadas. Cada día había decenas de muertos civiles en los alrededores, así que andaba uno algo inquieto. El primer viaje a África. Bang bang y a casa en una caja de pino. Mi traductor, un sudanés guasón llamado Mario Marach, me dio una palmadita en la espalda: “Tranquilo, tío, tú tienes a William Deng. Nadie puede hacerte nada”. Y era verdad, nadie me hizo absolutamente nada.

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