Deportes

Pinone, Russell y Winslow, cuando el baloncesto era otra cosa

Publicado por


John Pinone cogió un avión y se plantó en Madrid. Su carrera en la NBA había acabado casi antes de empezar, como sucedía con tantos y tantos proyectos universitarios. Hablamos de los tiempos en los que no había 30 equipos profesionales sino apenas 23 y por lo tanto muchas menos plazas para los jornaleros que no se adaptaban rápidamente a sus nuevos entrenadores. Pinone había sido algo parecido a una celebridad como universitario, de manera casi incomprensible: apenas rebasaba los dos metros pero jugaba de pívot en la Universidad de Vilanova. El baloncesto universitario no tiene demasiado que ver con el de la NBA y muchos jugadores, especialmente blancos, lo notan. Aquel fajador que fuera el máximo anotador de su equipo ya desde el primer año, llegando a ser seleccionado en el tercer mejor equipo universitario y ganándose una plaza en el Mundial de Cali de 1982, apenas duró siete partidos en la NBA con los Atlanta Hawks.

Después de medio año en la CBA, comprendió que su futuro y su dinero pasaban por Europa, que rebañaba ansiosamente todos los descartes americanos, porque generalmente el nivel de cualquier descarte ya servía para que el equipo girara a su alrededor. Eso, ahora mismo, sería inconcebible y, de hecho, el proceso ha dado la vuelta: son los europeos los que llenan Estados Unidos con proyectos de jugadores que en ocasiones apenas si han debutado en sus ligas nacionales.

El caso es que ahí estaba Pinone preguntándose qué sería de su carrera profesional, si tendría el más mínimo éxito en Europa y qué era eso de Estudiantes, cuando al llegar al aeropuerto de Barajas, le recogieron y le llevaron al Magariños para que charlara con Paco Garrido, el entrenador, y conociera a sus nuevos compañeros. Entre ellos, llegado del Joventut después de que en Badalona no se acabaran de fiar de sus condiciones físicas, un espigado estadounidense llamado David Russell… a quien Pinone conocía perfectamente, no en vano Vilanova y Saint John´s eran rivales habituales.

Corría la jornada número tres de la temporada 1984/85 y el Estudiantes venía de estar a un partido del descenso, salvado por un inmenso Pedro Rodríguez y un genial Terry Sttots en el agónico segundo partido de play-off en Huesca. El primer encuentro que le tocó disputar a Pinone fue contra el Real Madrid. Por supuesto, ganaron los blancos, la norma en la época, pero el binomio perfecto ya estaba formado: Russell-Pinone, el espectáculo y la constancia, la magia y la inteligencia.

El equipo acabaría con 20 victorias y 13 derrotas, clasificado para play-off. Su rival en cuartos de final fue el Real Madrid, de nuevo. Por tocar las narices, les llevaron hasta el último partido. Una vez hecha la travesura, perdieron 116-98.

Los americanos de la ACB en los 80

Ya hemos comentado antes que, salvo excepciones, la gran mayoría de los equipos europeos —y desde luego los españoles de presupuesto limitado— dependían de sus extranjeros y, dada la escasa formación física de los jugadores nacionales en aquellos días, solían cogerlos altos, fuertes y dominadores bajo el aro. En la temporada 1984/85 la primera de Pinone y Russell en el Ramiro de Maeztu, estos eran algunos de los americanos que componían las plantillas de la ACB: Austin y Robinson (RCD Español), Dikemam y Philips (Licor 43), Riley y Johnson (CAI Zaragoza), Davis y Howard (FC Barcelona), Cornelius y Jones (Cacaolat Granollers), McDonald y Mitchel (Collado Villalba), Jenkins y Budko (Lucky Canarias), Philips (Cajamadrid), Allen y Wright (Breogán-Caixa Galicia), Schultz y Kazanowsky (Ron Negrita Joventut), Singleton y Trumbo (Fórum Valladolid), Caldwell y Cross (Caja de Ronda), Davis (Clesa Ferrol), Hollis y White (Caja de Álava) y Brian Jackson y Wayne Robinson (Real Madrid).

Por entonces, la liga era de dieciséis equipos, divididos en un grupo par y un grupo impar. Los mejores clasificados pasaban a la A-1, para jugarse el orden en los play-offs, y los peores clasificados se iban a la A-2 , luchando entre sí por evitar el descenso.

Si la importancia de todos estos extranjeros era vital, en el Estudiantes lo era aún más. Al equipo le sobraba juventud, garra, intensidad y afición… pero le faltaba talento y puntos. Vicente Gil, Javier García-Coll, Carlos Montes, Pedro Rodríguez, Abel Amón, Imanol Rementería, Guillermo Hernangómez, “El Chino” Sanz, “Chinche” Lafuente… todos ponían su punto demente y luchador, pero el balón tenía que pasar por las manos de Russell y Pinone, dos jugadores tremendamente distintos pero igual de resolutivos.

Pinone, con sus 2,02 (si llegaba), se tenía que buscar las habichuelas ante pivots más rápidos y más fuertes que él. Incluso siendo la segunda referencia anotadora del equipo, el de Connecticut se fue a los 19,8 puntos de media por partido en su primera temporada y subió a los 23,6 en la segunda. ¿Cómo lo conseguía? Todo el juego de Pinone se basaba en la utilización correcta de sus carencias. Estaba gordo y era lento… muy bien, pues entonces bastaba con colocar el cuerpo entre el balón y el defensor para que nunca pudiera llegar a taponar. Pinone no machacaba jamás, se limitaba a tirar medios ganchos, bandejas desde la tripa, tiros de cuatro metros echándose hacia atrás para que la propia cadera hiciera de obstáculo para el rival… Le veías meterse en la zona contra dos torres negras y lo siguiente que sabías era que había conseguido lanzar el balón hacia arriba, contra el tablero, y anotar dos puntos más.

Sin embargo, si por algo destacó Pinone fue por su compromiso con el club. Los americanos de la época, los mejores al menos, seguían soñando cada verano con una llamada de algún equipo de la NBA para marcharse. En el mejor de los casos, eran profesionales que aportaban su número de puntos y rebotes, cobraban el cheque y cuando recibían una oferta mejor se marchaban. Hablo de la mayoría, pues siempre hubo americanos que conectaron con la grada más allá de los mates puntuales y se involucraron en el club, como los posteriores Audie Norris, Joe Kopicki, Anicet Lavodrama —centroafricano—, Mike Schlegel o muchos otros.

David Russell, por ejemplo, era uno de los que entraban en el primer grupo, el de los pasotas. Probablemente el mayor talento anotador de los 80, nunca se molestó en aprender español —Pinone incluso chapurreaba el euskera con Imanol Rementería—, mostraba un desinterés total en la cancha cuando no tenía el balón en las manos y se limitaba a pasar un buen rato esperando el momento en el que los New York Knicks, sus amados New York Knicks, le llamaran para irse por fin a Estados Unidos, donde realmente pertenecía.

Hablamos de un zurdo con una habilidad prodigiosa, que no llegaba a los dos metros pero podía saltar encima de un niño si se lo proponía. Doble campeón del concurso de mates de la ACB en los orígenes de la competición, Russell podía meter incluso 50 puntos en un partido con aparente sencillez y repitiendo constantemente la misma jugada: desborde en el uno para uno, reverso si aparecía una ayuda y doble impulso en el aire para acabar en una bandeja, un tiro muy cercano al aro o un mate descomunal si no encontraba resistencia. Era simple pero imparable, la única solución era dejarle tirar, ahí Russell bajaba sus prestaciones… pero si eso sucedía, si David estaba demasiado cansado de la noche anterior o no podía enfrentarse continuamente al uno contra tres, ahí aparecía Pinone para meter un par de tiros desde cuatro metros y abrir la defensa o para hacerse hueco con uno de esos bloqueos descomunales que le hicieron ganarse el apodo de “El Oso” —“The Bear”, en su versión de Vilanova— y que tan de los nervios ponían a sus rivales, lo mismo que los manotazos violentos en defensa que solían acabar con el balón fuera del control del contrario mientras éste pedía falta como loco al árbitro de turno.

La primera temporada, el neoyorquino se fue a los 31,7 puntos de media por partido. Una locura.

Russell necesitaba el balón y Pinone, no. Russell solo disfrutaba anotando y Pinone podía prescindir de ello. Uno pensaba en la jugada individual en cada ataque, el otro intentaba involucrar al resto del equipo, oficiando cada vez más, conforme avanzaba su carrera, de falso base.

Los años de Paco Garrido

Una de las ventajas de la pareja era su juventud: Pinone y Russell debutaron con el Estudiantes a los 23 años. De hecho, ambos habían nacido en 1961 con apenas un mes y medio de diferencia. Si las lesiones o las grandes ofertas no se interponían en su camino, la pareja estaba llamada a durar muchos años en el club y, aunque ambos eran estrellas indiscutibles, lo cierto es que nadie quería arriesgarse con dos jugadores así: Pinone, como pívot, creaba dudas. Él las disipaba año tras año pero los entrenadores de los mejores equipos de Europa seguían viendo a un armario blanco, lento y prematuramente calvo.

Russell no tenía tiro, parecía indolente, no cesaba de amenazar con la marcha a Estados Unidos en cualquier momento y algunos informes médicos hablaban de unas rodillas castigadas por tanto salto que en cualquier momento podían reventar. En su primera temporada ya tuvo una molesta lesión en el pie que casi le deja sin play-offs y esos inconvenientes físicos se seguirían repitiendo hasta que en 1988 tuviera que dejar el club y la práctica del baloncesto al más alto nivel, cuando solo contaba con 27 años.

A eso llegaremos después. La conexión de los dos americanos hizo que el Estudiantes pasara de un equipo que luchaba por no descender a ser un contendiente a los play-offs y un incomodísimo rival para los grandes. Refugiados en el mítico Magariños, donde la Demencia pasó sus mejores años y el parqué hacía envidiar al del Boston Garden, el equipo se convirtió en lo que El País tituló un día como “un cojo, un manco y tres dementes”. En cada partido había bajas y podía pasar cualquier cosa: desde perder con un rival muy flojo a ganar a Real Madrid o Barcelona con remontadas brutales.

Durante cuatro temporadas seguidas, el Estudiantes se mantuvo en la élite del baloncesto español: de la 1984/85 a la 1987/88. El entrenador seguía siendo Paco Garrido —por entonces, el club no había llegado al gilismo de contar con siete técnicos en cinco años— y el futuro prometía: Antúnez apareció para dar minutos a Vicente Gil, Orenga cambió el Cajamadrid por el Ramiro para enderezar una carrera marcada por las lesiones, y en los equipos inferiores, Azofra y Herreros empezaban a dar mucha guerra, llamando a las puertas del primer equipo.

Las expectativas se cumplían, sin estridencias. Del Magariños se pasó al Palacio de los Deportes, un recinto mucho más frío pero que mostraba el crecimiento del club y del deporte en España. Eran los tiempos de esplendor de la selección española y la cobertura mediática del baloncesto pasaba incluso por los “carruseles” especializados y la retransmisión entre semana de partidos de la Copa de Europa en horario estelar. Fernando Martín había ido a la NBA y había vuelto. Aíto machacaba a Lolo Sainz en los banquillos. Jesús Gil se trajo a Walter Berry, uno de los mejores jugadores que ha pisado España, y el TDK Manresa se atrevió a fichar a George Gervin justo antes de su retirada. Bancos y cajas se lanzaron a patrocinar equipos sin reparar en gastos, como es su costumbre… pero ahí seguían Pinone y Russell con sus 50 puntos y 15 rebotes de media conjunta por partido. Uno bloqueando y el otro saltando por encima de todos para coger el rechace o machacar el aro.

Nadie en el entorno pedía más. Al menos, hasta que llegó el terrible año 1988.

De David Russell a Rickie Winslow

La temporada 1988/89 pasará a la historia de la Liga ACB por el fichaje de Drazen Petrovic y su posterior huida del Real Madrid a los Portland Trail Blazers. Para los seguidores del Estudiantes, sin embargo, aquel año supone la ruptura de una pareja mítica.

Los problemas empiezan el 13 de octubre, cuando Russell tiene que pasar por el quirófano por unas molestias en su rodilla. En principio, la operación es un éxito y se prevé que el jugador —que, recordemos, apenas cuenta con 27 años— pueda estar de vuelta en dos meses. Es una importante baja, pero el club ficha a un excelente sustituto: Albert Irving, ex jugador de los Warriors y que viene de ser uno de los máximos anotadores en la liga francesa. Irving ficha por los dos meses de rigor y en sus primeros partidos demuestra cualidades de sobra para suplir al ídolo de la Demencia… hasta que solo dos semanas después de firmar el contrato, se rompe los ligamentos cruzados en el Palau Blaugrana y tiene que decir adiós a la temporada.

Estamos en la jornada cinco y el Estudiantes ya ha perdido cuatro partidos. En el club se piensa en jugar solo con un extranjero —Pinone— hasta la esperada vuelta de Russell, pero la precaria situación deportiva desaconseja una decisión así. Con el pase a la A-1 en serio riesgo, se ficha a Eric White, un jugador por debajo de las expectativas y que además pronto muestra problemas de adaptación, quedándose en el banquillo durante toda la segunda parte de un encuentro de Copa ante el Joventut de Badalona.

Poco dura White en el Estudiantes y aún menos dura Paco Garrido, que es despedido ese mismo mes y sustituido por Miguel Ángel Martín, un hombre de la casa. Martín tardará apenas un par de partidos en enfrentarse con su capitán, Vicente Gil, y revolucionar por completo el equipo: Antúnez, como base titular, y Azofra como suplente ocasional, Herreros y Montes en las alas y por dentro, Orenga como referencia junto a Pinone. Russell vuelve en diciembre de su lesión, el Estudiantes se mete en la A-1 y todo parece volver a ir bien… pero no, las cosas van incluso a peor.

La tensión entre la vieja guardia y la nueva guardia es constante. Russell vuelve pero a un nivel que no recuerda en nada al anterior a su lesión. El Estudiantes se despide de la lucha por los play-offs definitivamente y le pide a su estrella que descanse y recupere sus rodillas por completo. La directiva “peina” el mercado y piensa en Larry Spriggs como sustituto, pero su elevado precio y su pasado madridista echan atrás la apuesta. En su lugar, llega Rickie Winslow, un chico de 23 años que viene de jugar unos meses en el Cajacanarias con muy buenos números. Un fichaje que cambiaría la historia.

Winslow llega como sustituto temporal, confiando siempre en una recuperación de Russell que no llegaría. Su integración en el equipo es rápida y encaja perfectamente con la filosofía de Miguel Ángel Martín: juego rápido, tiro exterior, búsqueda constante del rebote ofensivo… Winslow demuestra en seguida que puede ser tan espectacular como Russell, pero que es más completo. Algunos de sus mates parecen calcados a los de David, y, como él, como cualquiera que haya pisado los playgrounds de Estados Unidos, basa su juego en el uno contra uno, en el reverso, en el doble rectificado… solo que Winslow, además de mates y rebotes, aporta triples, una diferencia decisiva.

Sin ser un excelente tirador, Winslow sí amenaza desde esa posición, no se le puede flotar sin más y no permite que la defensa exterior se centre en la gran estrella emergente, Alberto Herreros, un adolescente que empieza a jugar con asiduidad y demuestra un acierto en el tiro de tres puntos nunca visto antes en el Magariños. WInslow ayuda dentro y fuera mientras Herreros sentencia desde lejos. En medio, queda Pinone, dirigiendo la transición, ayudando a los jóvenes y calmando a los mayores, encontrando su nuevo rol en esa sociedad. Winslow, como Russell, tiene la cabeza en la NBA, no aprende español y vuelve loco a “El Cura” Martín en demasiadas ocasiones con sus faltas de disciplina o sus despistes… pero es demasiado bueno, joven y atlético.

La interminable temporada termina con un puesto en la mitad de la tabla y la clasificación para Europa. Es el principio de la mejor etapa de la historia del club.

Estambul, Granada, los años gloriosos…

En el verano de 1989, el club anuncia la marcha de David Russell, que todavía intentaría el regreso posteriormente en varios equipos de segunda división. No son solo las rodillas, que también, sino el hecho de competir con un nuevo americano que encaja más con las preferencias del entrenador. Es un verano de cambios traumáticos: dejan el equipo Gil, García-Coll y Rementería. Azofra, Herreros, Alfonso Reyes y Arranz empiezan a contar para la primera plantilla. Pinone ya tiene 28 años y está en su sexta temporada en el club. De él ya no se espera que meta 20 puntos por partido porque eso lo pueden hacer Winslow, Herreros e incluso Antúnez. Se espera liderazgo, cordura y saber jugar los momentos clave.

La temporada empieza con un triunfo en el Palau Blaugrana, el campo del campeón vigente, y continuaría por una línea espléndida que llevaría al equipo a las semifinales de la ACB por primera vez desde que se refundara la competición. La gran estrella, indiscutible, es Winslow. En ocasiones, es imparable, con partidos de 35, 40 puntos, alternando rachas increíbles de tiro con noches negras de no meter un lanzamiento. El juego gira a su alrededor y se va a los 25 puntos por partido con excelentes porcentajes.

Son los años de las estrellas yugoslavas y lituanas que vienen a España ante la incipiente descomposición de su país: Tikhonenko, Grbovic, Ivanovic… El baloncesto de los 90 es un baloncesto más táctico, menos espectacular, más preciso: Ray y Mike Smith arrasan en el Mayoral Maristas, Arlauckas y Rickie Brown forman un dúo espectacular en el Caja de Ronda, Kevin Magee vuelve al CAI junto a Mark Davis, Lockhart y Jackson acaban recalando en el Caja San Fernando después de años en Bilbao y Huesca, respectivamente…

El rol del americano en la liga sigue siendo preponderante pero ya no es vital… y los técnicos están dispuestos a tolerar menos. El profesionalismo ya no consiste solo en asistir a los partidos sin fugarte cada dos semanas a tu país, sino en entrenar, en comprometerse, en ser capaz de defender duro. David Wood, en el Barcelona, una especie de Pinone con mejor tiro y más altura, cambia el paradigma por completo: se puede ser decisivo sin ser un anotador compulsivo.

La sociedad Pinone-Winslow hace crecer a los jóvenes alrededor. Tienen en quién confiar. El hermano blanco y el hermano negro, mascando chicle y dejando caer la muñequera de su mano derecha con el mismo gesto de Michael Jordan, dos gotas de agua en lo físico. La siguiente temporada, el Estudiantes llega a la final de la Copa del Rey, que pierde ante el Barcelona por una cuestión de inmadurez, con una primera parte atroz de Winslow, y llega de nuevo a semifinales de la ACB, también contra el Barcelona, en la ACB, perdiendo en cuatro partidos, también con varios errores garrafales de Rickie.

Winslow, como se ve, es imprevisible, pero eso no importa. Ante su imprevisibilidad está la previsibilidad de Pinone y la constancia de Herreros. La marcha de Antúnez al Real Madrid no afecta en nada a la química del equipo ni a sus resultados. Al empezar la temporada 1991/92, el Estudiantes cuenta con Azofra, Herreros, Winslow, Pinone y Orenga como cinco inicial. La progresión de Orenga como pívot dominante y sobre todo defensor libera al Oso de responsabilidades. Ya no está para grandes esfuerzos en los dos lados de la cancha y los chicos que llegan de fuera cada vez son mejores y más rápidos. A su vez, la confirmación de Herreros como estrella nacional hace que Winslow no necesite irse a los 30 puntos. Basta con 15-20, siempre que sean en los momentos clave.

Por ejemplo, en la final de Copa del Rey de Granada contra el CAI Zaragoza, donde anota seis puntos seguidos para darle la vuelta al partido, con la ayuda de un renacido Azofra. Aquel título supone el primero para el Estudiantes en casi treinta años y el MVP del torneo se lo lleva John Pinone. ¿Ha sido el mejor jugador? Probablemente, no, pero ha sido el líder, el que dirigía todas las operaciones. El Estudiantes era una extensión de Pinone y ni Martín ni sus compañeros parecían sentirse a disgusto con la situación.

Pinone controla el juego y Winslow anota seis triples y más de 30 puntos en Tel-Aviv, paso previo a las dos victorias en el Palacio de los Deportes y el viaje a Estambul para jugar la Final Four. Ocho años antes, John estaba en un avión sin saber si iba a poder dedicarse profesionalmente al baloncesto, llegando a un equipo que luchaba por el descenso y ahora estaba a dos partidos de ser campeón de Europa. A Winslow no parecía importarle demasiado. Su calma era a veces irritante y otras veces balsámica.

Aquella final a cuatro tenía que llevar a Europa lo que ya estaba consolidado en España y consagrar a Pinone y a Winslow como una de las mejores parejas de extranjeros del baloncesto continental… pero no pudo ser. Si somos sinceros, las razones hay que centrarlas en lo deportivo: no eran una de las mejores parejas de extranjeros del baloncesto continental así que difícilmente podían demostrarlo. Rickie era maravilloso, un talento puro… pero demasiado inconsistente en la alta competición, nunca pareció importarle la victoria lo suficiente como para llevarse a sí mismo al límite. John era un pívot inteligente, desde luego, pero con carencias físicas demasiado evidentes. Tenían que competir con la Philips de Gorilla Dawkins, el Joventut de Pressley y Thompson o el Partizán de Djordjevic y Danilovic.

Simplemente, estaban a otro nivel. Sus rivales estaban programados, concebidos para ganar… mientras para el Estudiantes cada partido era una fiesta. La aventura turca acabó con dos derrotas contundentes y un montón de dementes emborrachándose y comiendo kebabs. El Joventut fue también el encargado de cortar el paso de los Herreros y compañía en las semifinales de la ACB de aquel año tras cinco agónicos partidos. Si el Estudiantes quería dar un paso más, si quería aspirar al título, y más tras el fichaje de Sabonis por el Real Madrid, probablemente necesitaría cambios. La cabeza los pedía, el corazón los negó.

La inevitable decadencia

El Estudiantes era el equipo de moda en Madrid. Carrascal invitaba a la Demencia a su telediario de la noche y hasta Pedro Ferrándiz apareció en la revista Gigantes del Basket con un turbante viendo un partido. El Palacio de los Deportes se llenaba en cada partido y lo que siempre había sido un equipo “simpático” estaba a un paso de convertirse en una especie de Deportivo de la Coruña el segundo favorito de los aficionados y el primero de muchos que huían de un Real Madrid que, desde la marcha de Petrovic, no había vuelto a contestar títulos a Barcelona ni a Joventut.

En ese estado de alegría infinita, con Argentaria poniendo dinero para renovaciones millonarias y Hacienda esperando tranquilamente para meter el cuchillazo, la directiva optó por la continuidad. Era lo lógico. El club venía de la mejor temporada de su historia y uno no cambia todo eso con el riesgo que supone: haces algo mal y toda la culpa es tuya. Si se mira con frialdad y distancia, el Estudiantes podía seguir permitiéndose a Winslow pero difícilmente a Pinone. Ahora bien, el Estudiantes siempre ha destacado por su falta de frialdad y distancia y si uno hubiera preguntado a cualquier aficionado de la época, todos habrían contestado: “Pinoso se va de aquí cuando él quiera”.

Y así, Pinone empezó su novena temporada, ya con 32 años, una alopecia evidente y la veteranía como mayor recurso para mantenerse competitivo. Lo suyo no fue un declive en picado, ni mucho menos, sino más bien un apagarse con elegancia, los números reducidos a poco más de 10 puntos y unos 5 rebotes, compitiendo por el puesto con Rafa Vecina, otra mente privilegiada de las canchas, que había fichado ese mismo verano sustituyendo al mítico Pedro Rodríguez, el penúltimo icono de los 80.

Fue un año convulso en la ACB. La regla de los dos extranjeros se amplió a un tercero y eso produjo una nueva oleada de jugadores provenientes sobre todo del este de Europa, después de la apertura definitiva de fronteras deportivas en las ya inexistentes URSS y Yugoslavia. Fruto de ese éxodo balcánico, llegó a Madrid, Danko Cvjeticanin, un excelso tirador croata que había acompañado a Drazen Petrovic en su segunda Copa de Europa con la Cibona de Zagreb y que era habitual de las convocatorias de la selección de su nuevo país. De hecho, llegó a jugar la final de los JJOO de Barcelona ante el mismísimo “Dream Team”.

Las llegadas de Vecina y Cvjeticanin añadieron más profundidad pero también hicieron necesario un cambio de roles. Pinone y Winslow tenían que porfiar con un nuevo enemigo en casa y además un enemigo muy bueno, que de inmediato se ganó el cariño de la afición. Su apodo fue “El Yeti”, ante la incapacidad de pronunciar un apellido así. El año empezó casi como el anterior, con ocho victorias consecutivas, pero pronto empezaron los problemas: en Europa las cosas no marchaban bien, con el Madrid de Sabonis como muro infranqueable, y en la Copa, tras una final y un título consecutivo, el Estudiantes caía a la primera contra el Natwest de Zaragoza (75-91).

Lo desolador no fue la derrota sino los números de Pinone y Winslow, que se combinaron para sumar cuatro puntos y tres rebotes en 39 minutos de partido, con una canasta de diez intentos entre los dos. Cvjeticanin cumplió, 12 puntos en 16 minutos, pero el croata se suponía que tenía que ser un complemento, no un jugador franquicia.

En el global de la temporada, Pinone apenas bajó sus minutos de juego (31,2 por partido, lo que sería una barbaridad en estos tiempos) pero sí bajó en anotación (12,3) y sobre todo en rebotes (4). Hablamos de un hombre que se mantuvo nueve años en la élite promediando 18,6 puntos y 6,6 rebotes a lo largo de 332 partidos, así que, como decíamos, sin convertirse en un lastre, digamos que sus prestaciones estaban claramente a la baja. Peor, sin embargo, fue lo de Winslow: en su primer año completo con el Estudiantes promedió 23,8 puntos por partido; el segundo bajó a 19,1, lógico teniendo en cuenta la progresión de Herreros. En la 91/92 había terminado con 21,4 en pleno esplendor de su carrera y de repente un año después estaba en 13,9.

Winslow no solo anotaba casi ocho puntos menos por partido sino que ya apenas frecuentaba la línea de tres puntos y se había convertido en un jugador obcecado y con menos recursos en ataque. Por supuesto, la llegada de Cvjeticanin le afectó pero estamos hablando de un jugador que promediaba casi 30 minutos por partido, que no es ninguna tontería. Acostumbrados a los tiempos felices de Pinone y Russell o Pinone y Winslow, cuando podían promediar 45-50 puntos por partido, los 26,2 de esa temporada se quedaban en nada.

El equipo lo notó, claro. Acabó la liga regular con 21 victorias y 10 derrotas y perdió su primer partido de play-off, en casa, contra el TDK Manresa (67-68), de nuevo con 6 puntos de Pinone… y solo uno de Winslow, completamente descentrado. Aunque fueron capaces de remontar la eliminatoria en Cataluña, estaba claro que al equipo le faltaba frescura y atrevimiento. Había una cierta torpeza y cansancio que invadía toda la atmósfera y hacía soñar con tiempos mejores cuando solo habían pasado meses de su asalto a la cúspide. Los cuartos de final enfrentaron al Estudiantes con el Caja San Fernando, que también le llevó a los tres partidos y que solo claudicó cuando Cvjeticanin sacó su fusil con 33 puntos y 5/7 triples.

Lo fuerte iba a llegar en semifinales, ante el todopoderoso Real Madrid de Sabonis, Brown, Simpson y la vieja guardia de Biriukov, Cargol, Antonio Martín… más, por supuesto, el tránsfuga Antúnez. Los dos primeros partidos, en campo madridista, fueron muy competidos pero se saldaron con victoria local: Pinone mantuvo el tipo ante el eterno rival mientras Winslow seguía en su depresión habitual, con 9 y 3 puntos en cada uno de los encuentros. Los dos siguientes, con factor cancha para el Estudiantes, pusieron el empate en la eliminatoria, gracias a un Cvjeticanin excelso.

El quinto partido se jugaba de nuevo en el Palacio de los Deportes —ambos compartían cancha, lo único que cambiaban eran los abonados entre el público— y los rumores apuntaban a que podía ser la despedida de Pinone. Los aficionados tenían un sabor agridulce: fichar a Harper Williams, por ejemplo, probablemente fuera lo mejor deportivamente, pero despedir a Pinoso era un trance dolorosísimo. ¿Se podía entender el Estudiantes sin él? El tiempo diría que solo a medias, y por su puesto pasó una sucesión de jugadores que no llegaron a cuajar del todo. Además, también se comentaba que el propio Pinone estaba negociando un año más de contrato. ¿Por qué no? Aún podía ser un tercer extranjero muy decente y a la hora de despedir a uno, la cosa estaba clara: Winslow, que se había borrado por completo.

Aquel quinto partido fue épico. Real Madrid y Estudiantes se fueron turnando en el marcador hasta que Sabonis mandó parar. Cvjeticanin lideró la anotación estudiantil con 19 puntos, seguido de Vecina, Herreros y Orenga. Para encontrar a Winslow había que irse al sexto lugar, con 9 puntos —y teniendo un buen día—, y Pinone, en su despedida, se quedó en cuatro, con una sola canasta en 21 minutos. Si realmente tenía intención de renovar, probablemente en ese momento vio claro que no lo iba a tener fácil.

La Demencia se quedó casi una hora esperándole en un rincón del Palacio al grito de “Si no sale Pinoso, no nos moverán”… pero Pinoso no salía. Algunos siguen diciendo que la razón era que él se negaba a que ese fuera su último partido, pero el caso es que al final no le quedó más remedio que salir, siempre sobrio, saludar, aplaudir y volver a entrar en el túnel de vestuario. Era el fin de una época que había durado una década. Pinone se volvió a Connecticut y abandonó el baloncesto profesional para pasar más tiempo con su mujer y sus hijos. Winslow, aún joven, se marchó a Italia, luego a Francia, pasó por Zaragoza brevemente y acabó en Turquía, donde se ganó una carrera más que decente bajo el nombre nacionalizado de Resat Firincioglu.

Epílogo

Los años siguientes, la era post-Pinone, fueron traumáticos para el Estudiantes. Por el club pasaron en un año Ouspenski, Sanders, Schlegel y Kotnik. Como ninguno funcionó, fueron reemplazados por Michael Smith, Harper Williams, Mikhailov, Andre Spencer y el noruego Torgeir Bryn. Miguel Ángel Martín cesó como entrenador y fue sustituido por su segundo, José Vicente, “Pepu” Hernández. Nueve extranjeros en dos años, más Cvjeticanin que se mantuvo durante el primero. Eso lo dice todo de los zapatos que tenían que llenar.

La obsesión por repetir un binomio parecido al Russell-Pinone ha sido una constante en la historia posterior del Estudiantes. Obviamente, era un reto casi imposible. Lo más parecido, quizá, fuera la pareja Chandler Thompson-Shaun Vandiver: un anotador compulsivo y saltarín más un pívot limitado físicamente, grandullón, pero de una enorme inteligencia. Juntos llevaron al equipo a un buen montón de semifinales, la final de la Korac en 1999 y la Copa del Rey de Vitoria 2000. El último título a día de hoy para el club madrileño.

En cualquier caso, Pinone y alrededores no solo simbolizan una época de un determinado club, sino toda una etapa del baloncesto español, aquel en el que extranjeros improbables venían a buscarse la vida y deslumbraban con facilidad ante un público que nunca había visto algo parecido. La época de los 100 puntos por partido, los ataques casi sin sistemas y una especie de “sálvese quien pueda” táctico que beneficiaba la inteligencia de los mejores jugadores. Tiempos que no se repetirán jamás, por supuesto, pero que forman parte de nuestra educación deportiva.

26 comentarios

  • El artículo está bien, pero falta explicar el affaire de Herreros con la novia de Azofra. Por éso éste se fue a Sevilla, al Caja San Fernando, y no volvió hasta que Herreros no se fue al Real Madrid. En la Final Four de Estambul, el base y el alero no se hablaban.

    • @Pedro qué detalles tan importantes

    • No te creas todos los cotilleos. Nacho se fue porque su padre (y representante) tuvo sus más y sus menos con el cura. Lo cierto es que cuando vuelve no está ya el cura… ni Herreros.

  • Muy bueno, gracias. Esos años yo era socio del Estudiantes. Qué grandes recuerdos.

    “Pinoso, Pinoso, Pinoso es muy gracioso, como Pinoso no hay ninguno”.

  • Gran artículo, Enormes Ricky , Russell, “El yeti” y los canteranos que hicieron grande al Estu, Herreros pesetero (a mi ya se me ha pasado, un poco, el cabreo de la fuga, y me quedo con lo que aportó) entre ellos, y gigantesco “EL OSO”, autentico mito para los que amamos el baloncesto y a Estudiantes.

  • Me encanta… Para los que amamos este deporte pero no vivimos esa época del baloncesto, es un placer poder leer artículos como éste y disfrutar casi como si viviéramos en esos años. Muchas gracias por estos minutos, y por favor no pares de escribir artículos como este!!

  • Una maravilla de artículo, un gran resumen de la mejor época del Estu (junto con la primera etapa de Pepu, con Copa del Rey, final ACB y demás logros) que hace que los aficionados del Ramiro nos pongamos bizcochones. Ojalá el Estu recupere esas señas de identidad (extranjeros que marquen la diferencia y gente de la casa que nos dé estabilidad) para volver a ser grandes.

  • Gran artículo Guillermo. Leyéndolo me ha venido a la cabeza el primer partido de baloncesto que mi padre me llevó a presenciar en directo. Un Estudiantes contra creo recordar el Caja de Ronda en el Magariños. Me acuerdo perfectamente sobre todo de Russel (la jugada del reverso) y de Antúnez (porque estaba todo el rato sobando la bola). De Pinone la verdad es que no, supongo porque por aquel entonces no conocía lo suficiente bien el juego como para apreciar sus cualidades, que eran muchas. Aquello sí que era baloncesto!

  • Un genial articulo la verdad y que me retrotae a la para mi mejor etapa de la ACB, la que va desde la medalla de plata de los Angeles y el boom del basket en España hasta el año 93/94 mas o menos.

    Russell era una pasada de jugador, un tio sin tiro de media y larga distancia pero letal cuando recibia a 3 metros del aro. Todo un espectaculo verlo jugar hasta que sus rodillas dijeron basta.

    Un jugador que cumplia todos los estereotipos de los americanos de entonces, se dice que en su reloj llevaba la hora de NY, en su casa solo veia canales de TV americanos y era un asiduo de Alfredo’s Barbacoa en Madrid.

    Winslow fue otro jugador que marco epoca en el club hasta su ultima temporada que metio un bajon importante debido a su aficion a la noche. Sus mates remontando la linea de fondo permanen imborrables en la memoria de todo demente.

    Americanos de postin, partidos a 100 puntos y sin Xavi Pascuales de la vida que han hecho que ver basket europeo sea una tortura.

  • Jamás, jamás… en el burdo profesionalismo…Por suerte en muchas canchas de formación aún se ven equipos que pretenden que sus chavales y chavalas aprendan a jugar a esto y en lugar de sistemas y zonas les hacen jugar abiertos y a por el 1 x 1 a ese caotico y divertido juego llamado baloncesto.

  • Buenos recuerdos al leer el artículo. Pinone fue un mito de infancia-juventud para aficionarse al basket. Aún no siendo seguidor del Estu uno podía disfrutar con aquellos míticos partidos. Winslow siempre me pareció más espectacular pero menos “jugador”. Grandes recuerdos, sí. Qué tiempos… Claro que a lo mejor dentro de 20 años decimos lo mismo de los de hoy…

    http://saliendodesdeelbanquillo.blogspot.com.es

  • Grandisimo articulo sobre “mi” estu, una gozada leerlo, derrota tras derrota hasta la victoria final…

  • “Son los años de las estrellas yugoslavas y lituanas que vienen a España ante la incipiente descomposición de su país: Tikhonenko, Grbovic, Ivanovic…”

    Lituanas o de Cuenca, por lo que se ve, porque aún está por citar algún lituano. Y países, no país, que la URSS y Yugoslavia simplemente no eran lo mismo, aunque mantuviesen un ritmo parecido de descomposición (en realidad ni eso).

    El artículo es flojeras, y lo digo porque un aficionado más, aunque con mucha cultura y que vivió la época, puede llegar a hacer esto.

    http://foros.acb.com/viewtopic.php?f=1&t=44130&start=1920

    Una maravilla, peor escrito quizá, pero rebosante de datos y anécdotas. Un artículo que va más allá de la wikipedia y la floritura.

  • Esa Copa del Rey que perdió el Estu. ¡Ay!, que yo simpatizo con el Barça pero no me fastidiéis, que el tapón de Norris a Ricky fue falta, de todas todas. Y ese final de partido que le gano Russell con la camiseta de Todagrés al Joventut, con un mate viniendo por la derecha por encima de “Matraco” Margall, ¡por Dios! ¡Qué tiempos!

    Gracias por reavivar el recuerdo.

    • Ese mate de Russel contra el Joventut en el ultimo segundo, después de remontar poco a poco los 18 puntos de desventaja en el descanso… No se me olvidara nunca. Ni el partido de cuartos en el magata contra el Madrid: tres prorrogas… Que feliz fui

  • Una corrección. En el play-off de descenso 83-84, se gano el primer partido, que fue en Huesca, y el segundo, que se perdió, fue en casa, no en Huesca. Al día siguiente, domingo, se disputó el desempate, con la que sería seguramente la mejor anotación de Pedro Rodriguez con estudiantes.

  • Buen artículo, aunque se comente por ahí que todo se puede sacar de Wikipedia…pero hay que hacerlo y sobre todo darlo a conocer a la gente que pensaba que Pinone era una marca de helados. Me gustaría ver algún artículo sobre aquel TDK que quedó campeón en la 97/98. De aquella yo ya no seguía mucho el baloncesto ACB, y nunca me pude explicar como un equipo como aquel se pudo proclamar campeón.
    Por cierto, a todos los amantes del basket os recomiendo Cuadernos de basket, donde se tratan historias de este tipo, como por ejemplo los acontecimientos que rodearon la salida de Herreros hacía el Real Madrid, la aventura de Ralph Sampson en España, etc

  • El artículo es magnífico, no veo a qué viene hablar de la wikipedia y valoraciones subjetivas miopes. Y lo es porque en lugar de datos y anécdotas sin ton ni son tiene ideas interesantes. ¿Que no es un artículo en profundidad? Pues claro, este no es el sitio, creo yo. Me parece que acierta analizando la esencia de aquel Estudiantes y el ambiente de aquel baloncesto, que es lo que cuenta, no saber si la mujer de Pinone era de Wisconsisn o si Winslow, efectivamente, fuera un crápula de la alevosa nocturnidad.
    A veces el cinismo excesivo resulta más repelente que otra cosa, amigos

    • Sí, mi valoración es subjetiva. Como la tuya, vamos. El artículo es de una superficialidad rayana al bostezo es simplón, facilón y wikipédico. En una web que se jacta, y muchas veces con razón, de artículos de peso este es de una levedad asombrosa.

  • Cual era una de las tacticas principales de aquel Estu de Paco Garrido ? Juego libre. Que bien me lo pasaba en el Magata.

  • Muy buen artículo, despierta la nostalgia. Y preciosa la camiseta negra del Estu con Caja Postal!!
    (sin comentarios para los haters)

  • Alineaciones míticas de mi infancia:

    Azofra, Herreros, Winslow, Pinone y Orenga
    Cíclope, Coloso, Tormenta, Rondador Nocturno y Lobezno

    Ains…

  • Fabuloso artículo. Por poco consigue que se me salte una lágrima recordándome la época en la que me aficioné al baloncesto. Pinoso, Winslow, Yeti, Pedro Rodríguez “El Turco”, Nachochó… Como bien dices, son nombres de cuando el baloncesto era definitivamente otra cosa. Hace mucho que no voy a ver al Estu. Supongo que la mercantilización y mediocrización progresiva que ha sufrido este deporte (y por supuesto mi equipo) son las responsables de que ya no me interese. Sin embargo, no puedo evitar emocionarme acordándome de lo feliz que fui en aquella época, cuando éramos “el primer equipo de Madrid”.

  • Añoro aquel basket, aquel Estu, aquel RM, aquellas parejas de americanos que perduraban, aquellas equipaciones. . . Buenos recuerdos, muy buenos, sí señor.

  • Yo vivía en Salamanca en aquella época (nací en 1971), pero era mi equipo. Recuerdo con nostalgia aquella época. Me aficioné al baloncesto entonces y mi hermana (un año más pequeña) estaba enamorada de Winslow, del que decía que era el más guapo del mundo, jaja, en una época en la que por Salamanca no habíamos visto nunca a un negro. Me ha encantado el reportaje. En algún momento se me han humedecido los ojos. Enhorabuena al autor.

  • Yo no digo nada pero…nadie se ha dado cuenta de que la foto de “Russel” en el concurso de mates es FRANCISCO ELSON!!

    All star in Malaga,2001 puede ser…cambiad eso ya :)

Responder

— required *

— required *