Música

Le Parolier: «Aria de las joyas» de Fausto, de Charles Gounod, Jules Barbier y Michel Carré

Bianca Castafiore cantando el «Aria de las joyas» en el Tintín de Hergé.
Bianca Castafiore cantando el «Aria de las joyas» en el Tintín de Hergé.

Muchos niños hemos aprendido sobre los vicios de la vida adulta a través de los tebeos. Un clásico como Vázquez mostraba lo que era la morosidad, Piolín la mezquindad, La familia Ulises la pequeña burguesía… Don Pío era el oficinista mediocre, Rolo Riquín y Pepe del Salto, los niños de papá, etc.1 En los cómics de Tintín, el capitán Haddock sigue haciendo descubrir el alcoholismo a las nuevas generaciones, mientras Bianca Castafiore graba en las mentes infantiles el concepto de diva. Una diva de tinta y acuarela que viste de Tristán Bior y que luce un modelo para cada ocasión, con zapatos y bisutería a juego.

Llamada el ruiseñor milanés, la Castafiore es una soprano que ha triunfado en La Scala de Milán y se recorre los teatros y los salones del mundo a ritmo de vals: el 3/4 del aria de las joyas de Fausto de Gounod, su interpretación más emblemática. «Ah! Je ris de me voir si belle en ce miroir!», o «¡Ah, me río de verme tan bella en este espejo!», canta caracterizada de la dulce, ingenua y trágica Margarita, objeto de deseo del pervertido Fausto en la ópera Fausto, de Charles Gounod.

Deal with the Devil

La versión de Fausto que escribieron los libretistas Jules Barbier y Michel Carré2 para la música de Gounod trata de un viejo científico que considera que ha desperdiciado la vida con sus estudios y experimentos. Desesperado, intenta suicidarse, pero se detiene e invoca al diablo. Aparece Mefistófeles y le ofrece recuperar la juventud y vivir un gran amor a cambio de pasar la eternidad con él en el infierno. La visión de la bella Margarita lo hace decidirse y firma el célebre pacto por el que le entrega su alma. Convertido en un joven apuesto, seduce y deja embarazada a la joven. Las joyas y el espejo que inspiran a Margarita su célebre aria eran, por supuesto, un regalo de Mefistófeles para corromperla. Sus vecinos la marginan, ella pierde el bebé y acaba condenada a muerte por abortista. Fausto y Mefisto la visitan en prisión. Fausto se apiada de ella, Margarita lo rechaza y, por la gracia divina, muere y se va al cielo.

Con o sin ayuda de Tintín, el aria de las joyas es una de las más famosas de la historia de la ópera. Una pieza de virtuosismo, alegre, risueña y coquetuela, para la voz de soprano, con evidente dificultad interpretativa: escalas ascendentes y descendentes, saltos de tesitura, trinos y enormes exigencias respiratorias. No es difícil deducir que, cuando Hergé —que, al parecer, odiaba la ópera— elige el aria de las joyas de Fausto para caracterizar a la Castafiore, lo que está contándonos es que se trata de una cantante muy buena y admirada. Bianca puede jactarse de su éxito y su poderío y alardea de sus joyas y su vestuario, lo mismo que de sus relaciones con la realeza y la alta sociedad. Absurdo empeñarse en identificarla con Florence Foster Jenkins. Mandona, exuberante, aparatosa, es ella misma, más que su voz, la que horroriza al rudo lobo de mar que es Haddock, convertido además en algún momento en objetivo romántico de la cantante.

Diamonds Are a Girl’s Best Friend

Y va a ser de la mano de Bianca que vamos a recordar a Hergé, fallecido hace cuarenta y tres años, el 3 de marzo de 1983, y, de paso, celebrar el 8 de marzo, que nunca está de más.

Por cierto, que en Las aventuras de Tintín, el film de Spielberg de 2011, la soprano norteamericana Renée Fleming, que interpreta a la Castafiore, no canta «el aria de las joyas», sino «Je veux vivre», de Romeo y Julieta, también de Gounod, para indignación de los que compartimos afición por los cómics y la música.

El aria empieza con la célebre frase «¡Ah, me río de verme tan bella en este espejo!», que muestra la reacción de una mujer cuando descubre su propio reflejo como agradable y bello. El aria de las joyas no solo es una pieza sobre la belleza. Es evidente que se trata de la belleza de la joven y de las joyas, la belleza de su risa y su alegría, de la belleza de las hijas del rey y de las demoiselles con las que, como veremos, se compara. Muy importante es también el tema de la conciencia de sí misma que adquiere a través del espejo y del desdoblamiento de su persona en la imagen que refleja. Con ella mantendrá un diálogo que constituye una de las claves de la pieza musical: contemplarse a sí misma en el espejo significa un reencuentro con su propia persona. «¿Eres tú, Margarita? Respóndeme, responde rápido», dice con urgencia.

Liege and lief

Pero es en el mismo instante en que, balbuciente, toma conciencia de su belleza, cuando la joven se enfrenta a la duda, porque no se reconoce: «¡No! ¡No! ¡Ya no eres tú! ¡Ya no es tu cara!». Los libretistas la han convertido en espectadora que se mira a sí misma desde el espejo que sostiene en la mano. Margarita es también su propia interlocutora, que se habla a sí misma y que se descubre poseedora de esa encarnación de la belleza que, para ella, son las personas de alta alcurnia.

Observamos el respeto que siente Margarita —una joven campesina— por la autoridad tradicional: una sumisión servil y gratuita a unos poderes que ella reconoce superiores. «¡Es la hija del rey a quien saludamos al pasar!», exclama al mirarse embellecida, y revela su sentido de inferioridad y su deseo de ser admirada, como se admira a las nacidas de noble cuna. Nos va a hablar de reyes y de señoritas, figuras de prestigio y poder que le sirven de regla para medir su recién descubierta belleza. Pero por encima está esa figura masculina, ese «él», que piensa que debería estar allí y verla en ese momento de plenitud, belleza y alegría: «¡Ah! ¡Si él estuviera aquí (…) me encontraría bella!». Él es la autoridad definitiva, quien va a dar el visto bueno a su belleza. Evidentemente, se trata de Fausto, que será el causante de su desgracia.

«¡Vamos a completar la metamorfosis!», dice retomando sus primeras intenciones. Margarita se está probando las joyas: para ella la belleza va unida a ornamentos externos y, nada segura de sus propias cualidades físicas, se plantea su búsqueda de la belleza como modificación y cambio: una huida de sí misma y de lo que es su esencia. «No puedo esperar a probármelas», dice, y pasa a identificar aquellos objetos preciosos: «Le bracelet et ce collier». En ese momento descubre que se halla ante un poder superior: «¡Oh, Dios mío! ¡Es como si una mano se pusiese sobre mí!», una fuerza divina o mágica que quizá la controla o quizá la protege. Tal vez, un avance de lo que será su triste destino y de su redención al final de la ópera…

Y repite esa frase que un personaje de tinta y acuarela ha convertido en universal: «Ah! je ris de me voir si belle en ce miroir!».


Notas

(1) Los cuentos de tío Vázquez, Vázquez. Din Dan, 1968 (Editorial Bruguera). Piolín (Tweety), Bob Clampett. Dibujos animados Looney Tunes, 1942 (Warner Bros.). La familia Ulises, guionista: Joaquín Buigas, dibujante: Marino Benejam. TBO, 1945 (TBO). Don Pío, José Peñarroya. Pulgarcito, 1947 (Editorial Bruguera). Rolo Riquín (Rollo Haveall), Ernie Bushmiller. Nancy and Sluggo, 1938 (United Feature Syndicate). Pepe del Salto (Wilbur Van Snobbe), Marge/Irving Tripp. Little Lulu, 1950 (Dell).

(2) Carré y Barbier trabajaron a partir de una obra anterior de Carré, Faust et Marguerite, basada en la primera parte del Fausto de Goethe.

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