Médico, misionero, naturalista, explorador, escritor, fundador de nuevas rutas comerciales, infatigable militante contra la esclavitud… David Livingstone no sabía estarse quieto y salió vivo —en ocasiones milagrosamente— de toda clase de experiencias, aunque apenas una de ellas ha llegado a ser universalmente conocida. Veamos todo lo que hizo este intrépido escocés en los 58 años previos a ser saludado por Stanley como si tropezaran en el pasillo de un club londinense, aunque se encontrasen ambos en un entorno ligeramente distinto.
Nació en 1813 en una familia humilde de la localidad de Blantyre y tuvo que trabajar desde niño en una fábrica de algodón. A pesar de un jornada laboral de 14 horas diarias, acudía a continuación a la escuela —de ocho a diez de la noche— y tuvo tiempo para desarrollar una gran curiosidad científica que llegaría a provocar el recelo de su padre, hombre de profundas convicciones religiosas que prefería que se centrase únicamente en lecturas de teología. Pero David se esforzó en compatibilizar ambos intereses y estudió medicina para poder convertirse en misionero. Su objetivo inicial era ir a China, pero la guerra del Opio y la amistad que hizo en Londres con un misionero que había estado en el sur de África le convencieron de que era allí donde se encontraba su destino. Partió en 1840 hacia el continente en el que pasaría casi todo el resto de su vida y donde se casó con Mary en 1845, una mujer tan intrépida como él que le acompañó en diversas expediciones.
La carrera entre las potencias europeas por hacerse con nuevos territorios en África y abrir rutas comerciales estaba en pleno apogeo. Para los exploradores que llegaban movidos por la sed de aventuras, la gloria y el afán misionero, los traficantes de esclavos eran aliados, a veces rivales y a ojos de Livingstone los peores enemigos, aunque a veces las circunstancias le llevaran a cooperar y depender de ellos. Algunos eran bóers (originarios del norte de Europa), otros portugueses, pero principalmente fueron árabes. Estos últimos acostumbraban a recorren en caravanas buena parte del centro de África para capturar a indígenas, por lo que sus rutas y su apoyo en el abastecimiento fueron en ocasiones de gran utilidad a los europeos, entre ellos por ejemplo el singular Richard Burton en su viaje en busca de las fuentes del Nilo, planteada desde la isla de Zanzibar, un inmenso mercado de esclavos sobre el que Burton se recreaba en contar cómo las mujeres árabes mostraban especial querencia por los negros por «motivos excesivamente fisiológicos para el lector común», decía.
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Viendo a su mujer, no me extraña que se largara lo más lejos posible
Víctor, me lo has quitado de la boca.
Pero si sólo hay que ver la cara de amargado que tiene!
Por otra parte, gran artículo
A mí también me pasó, en parte, que conocí su historia por el juego «Livingstone, supongo» (por cierto, endiabladamente complicado)
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