Jot Down Cultural Magazine – Viviendo entre simios (I): Biruté M. F. Galdikas

Viviendo entre simios (I): Biruté M. F. Galdikas

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Biruté Galdikas en Borneo

Biruté Galdikas en Borneo, foto del Acuario Marítimo de Norwalk (CC)

Si hablamos de orangutanes, la primera referencia que se le vendrá a la cabeza a cualquier persona culta será sin duda Duro de pelar, de Clint Eastwood. Ya saben, aquella película de un tipo que escuchaba música country, se pegaba con motoristas y viajaba en camioneta acompañado de un gran mono anaranjado que bebía cervezas, conducía y hacía peinetas. Aunque a partir de ahí toda información sobre ellos puede resultar superflua, tampoco está de más añadir que los orangutanes forman parte de los grandes simios junto a chimpancés, bonobos y gorilas. Quienes a su vez integran el grupo de los homínidos, en el que estamos incluidos los humanos.

Debido a tan estrecho parentesco, estudiarlos es una buena manera de conocernos a nosotros mismos, a nuestros orígenes. Así lo creía el paleontólogo Louis Leakey, que durante los años sesenta encomendó dicha tarea a tres mujeres que se convertirían con el paso de los años en tres celebridades de la ciencia, la divulgación y el conservacionismo: Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas, que se dedicaron a la observación y protección de chimpancés, gorilas y orangutanes, respectivamente. La primera y pionera en estas tareas ha escrito y protagonizado un gran número de libros y documentales, obteniendo entre otros el premio Príncipe de Asturias y la segunda es conocida por el público principalmente por la película que retrató su vida, Gorilas en la niebla, con Sigourney Weaver. La tercera, Biruté, fue la última en incorporarse —cuando las otras dos ya habían comenzado a recibir reconocimiento internacional por su labor y dado que hablamos de la búsqueda de los orígenes, qué mejor que comenzar por el final centrándonos en ella.

Sus memorias, tituladas Reflejos del Edén: mis años con los orangutanes de Borneo, es uno de los mejores libros que he leído últimamente. Aunque lo mejor de él y que la autora me perdone es precisamente la parte en la que no habla de estos bichos peludos. Esa capacidad de observación que tan bien ha sabido aplicar a su objeto de estudio también la muestra para describir todo lo que la rodea y que incluye en sus abundantes y agudas digresiones en torno a sus relaciones personales, a las alegrías y miserias del trabajo de campo, la vocación científica, las diferencias en la forma de ser entre hombres y mujeres, el movimiento hippie, el contraste entre la cultura y las tradiciones de Indonesia y las americanas/occidentales… y en fin, acerca de casi cualquier tema que se le pasa por la mente. Pero ahora lo que nos interesa es concretamente su trabajo de campo, cómo fue vivir tantos años en la selva en condiciones a menudo extraordinariamente difíciles y qué significó para ella el trato durante tantos años con los orangutanes.

Nació en Alemania aunque de familia lituana, y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial emigraron a Canadá, para instalarse posteriormente en Estados Unidos. Estudió psicología y antropología en la universidad de Los Ángeles, donde en cierta ocasión asistió a una conferencia de Louis Leakey. Tras quedar encandilada con su carisma decidió dedicar su vida al estudio de los orangutanes. Alude en varias ocasiones a esta vocación en términos religiosos, como la «misión» que debía tener en vida y a Louis como una mezcolanza de padre adoptivo y guía espiritual que se la mostró. La simpatía fue mutua, ya que confió ciegamente en ella y le proporcionó valiosos consejos, contactos y financiación. Dado que se trataba de un proyecto de varios años de duración en plena selva de Borneo (finalmente acabó siendo de toda una vida) Leakey que era un hombre dotado de un extraño sentido del humor quiso poner a prueba el compromiso de su nueva pupila pidiéndole que se extirpara el apéndice. Biruté no se lo tomó en serio, cosa que unos años antes sí hizo Dian Fossey sin ser consciente de que solo era una broma pesada. El caso es que finalmente y tras un largo periodo de espera y preparación, en 1971 nuestra estudiosa de los orangutanes se plantó en medio de la selva de Indonesia junto a su marido. Pero resultó que no había orangutanes que estudiar.

Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas (DP)

Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas (DP)

No, no era otra broma de Leakey mandándolos donde no era para reírse a su costa. Una hembra de esta especie tiene en toda su vida apenas tres o cuatro hijos, de forma que si su población se ve sometida a alguna agresión externa corre el riesgo de extinguirse. Así que la tala indiscriminada de árboles, la caza y la captura para ser utilizados como mascotas o exhibidos en zoológicos o espectáculos redujeron apreciablemente su número, lo que llevaría más adelante a Biruté a convertirse en una activista medioambiental. Por otra parte, la naturaleza de estos simios es semisolitaria. Debido a su gran tamaño y a la escasez de los alimentos que necesitan las «personas del bosque» (pues eso significa orangután en malayo) no puede vivir en grupos a la manera de los chimpancés y gorilas. De manera que las hembras viven cada una en una zona en una plácida existencia seminómada y acompañadas únicamente por sus hijos si los tienen, mientras los machos tienen más movilidad buscando hembras disponibles y entablando peleas con sus rivales. Esta dispersión hace más difícil el contacto y seguimiento, lo que llevó a nuestra autora a pasar varios meses de angustiosa búsqueda sin nada que poder anotar y sufriendo el ataque constante de mosquitos, sanguijuelas e infecciones. No obstante estaba convencida de que tendría éxito en su misión tarde o temprano, por la sencilla razón de que no se atrevería a regresar a Estados Unidos con las manos vacías. Leakey le dio un margen de diez años, pero finalmente no hizo falta tanto.

Una vez detectado un ejemplar, el siguiente paso era habituarlo a su observadora. Una tarea que requiere mucha paciencia y sutileza, en la que siguió el camino por las pioneras Goodall y Fossey. El hecho de ser mujer resulta crucial en este aspecto, dado que los hombres son considerados como rivales por los machos y tienen mucho más difícil aproximarse a ellos sin peligro. Aunque por esta similitud se enfrentaba precisamente a otro tipo de amenaza: la cocinera de Biruté fue violada en cierta ocasión por un orangután. Concretamente por uno cautivo durante su juventud y posteriormente liberado pero que, al haber crecido entre humanos, pasó a considerar a las mujeres miembros de su especie. El marido de Biruté vivió también una experiencia poco agradable al respecto:

Transcurridos menos de diez minutos, Rod volvió a la cabaña con expresión de asco. De entrada, no quiso hablar de lo que había sucedido pero, tras insistirle un rato, me contó que Sugito se había colgado de los brazos de una rama, justo por encima de su cabeza, y que había intentado meterle el pene en la oreja. Sugito también había intentado utilizar la mano de Rod para masturbarse, moviéndola arriba y abajo de sus genitales. Después de este incidente, el entusiasmo que Rod sentía por Sugito se enfrió considerablemente.

Los humanos, mucho más evolucionados, hemos inventado herramientas de plástico y metal para hacer lo mismo. Pero otro detalle de este desdichado incidente al que debemos prestar atención es que su autor tenía un nombre propio, Sugito. Cuando Jane Goodall comenzó a estudiar a los chimpancés una década antes la costumbre científica hasta entonces era la de numerar a cada ejemplar. Al ponerles un nombre, aparte de recordarlo más fácilmente, permitía dotarlo de individualidad, dado que cualquier observador de simios se percata desde el comienzo de que cada uno tiene su propia personalidad. Además cada nombre debía comenzar por la misma letra en caso de haber parentesco. Pues bien, esto mismo es lo que hizo Biruté con los orangutanes. Una vez lograba encontrar en cada nuevo ejemplar observado un rasgo físico que lo distinguiese, procedía a bautizarlo. En el caso de los machos resultaba particularmente sencillo dado que debido a sus peleas todos arrastraban alguna secuela: a unos les faltaba un dedo, a otros un ojo… contemplar de cerca la brutalidad y la muerte le quitó de la cabeza ciertas ideas inocentes que mantuvo en su juventud:

Como a muchos otros occidentales, sobre todo a los hippies de los años sesenta, me había seducido la «falacia naturalista»; la naturaleza era pura y noble, hermosa e inteligente. En la naturaleza había finales felices. Con nuestro viaje al bosque húmedo de los trópicos, Rod y yo habíamos hecho realidad el sueño de nuestra generación de regresar a la naturaleza, de recuperar el Jardín del Edén. Pero los jardines y las huertas están hechos por los humanos para complacer sus sensibilidades humanas. (…) En esa época aprendí que la naturaleza limpia y pura también era brutal, despiadada e indomable.

A lo largo de sus años de observación fue dejando constancia de los hábitos de alimentación enormemente complejos (consumen hasta cuatrocientas variedades de frutos, plantas e insectos), de la larga relación de cada madre con su hijo, de las rivalidades entre machos, de los celos de un hermano ante otro nuevo (que en busca de la atención perdida experimentaban una regresión infantil en su comportamiento, igual que entre los humanos), de los ritos de apareamiento o intentos de ello: «Georgina y BSC parecían tener diferentes objetivos. A Georgina le gustaba disfrutar de su atención y buscaba su amistad, pero no quería copular. A BSC le parecía bien su amistad, pero lo que buscaba básicamente era sexo». Lo que en terminología científica se conoce como «pagafantas». Nuestra primatóloga iba apreciando con el paso del tiempo la gran cantidad de semejanzas entre los grandes simios y los humanos, pero también las diferencias. Cuando tuvo su primer hijo, por ejemplo, quiso criarlo manteniendo cierto contacto entre él y las crías de orangután que había rescatado de la cautividad e intentaba reintegrar en la selva. Ahí vio como, tras una primera etapa semejante, la capacidad de aprendizaje del niño crecía de forma exponencial. Mientras un ayudante de Biruté intentaba trabajosamente enseñar unos pocos gestos del lenguaje de los sordomudos a los orangutanes, el niño los asimilaba pese a no ser él el alumno y —lo que es más importante comprendía su sintaxis combinándolos de formas nuevas fuera del alcance de los orangutanes. Una capacidad común a cualquiera de nosotros pero en cuya extraordinaria peculiaridad no reparamos, simplemente la damos por supuesta.

Mientras tanto, fue avanzando en sus investigaciones y la idea de pasar el resto de su vida en la selva de Borneo se asentó en su cabeza. No así en la de su marido, que optó por el divorcio y regresó a Estados Unidos para hacerse especialista en sistemas informáticos. Un cambio drástico, lo de Sugito debió dejarle marcado. Biruté se volvería a casar, esta vez con un indonesio, y ya en los últimos años ha centrado sus esfuerzos en recuperar orangutanes cautivos, pues entre las clases altas de aquel país tener uno en una jaula se considera un signo de distinción. También promueve la reforestación y la concienciación medioambiental mediante conferencias, artículos, entrevistas y documentales como Born to Be Wild, rodado en tres dimensiones y narrado por Morgan Freeman, así como por medio de su organización Orangutan Foundation International. Sus logros han sido notables y, por lo que se ve, ha sido capaz de combinarlos con una vida personal bastante satisfactoria. A diferencia de Dian Fossey, de cuya vida y trágico final hablaremos en la próxima ocasión.

No son los bosques de Kashyyyk, sino de Sumatra. Foto de Cuatrok77 (CC)

No son los bosques de Kashyyyk, sino de Sumatra. Foto de Cuatrok77 (CC)

7 comentarios

  1. Pingback: Viviendo entre simios (I): Biruté M. F. Galdikas

  2. Sensacional artículo. Para los amantes de los animales, cualquier publicación como esta nos ayuda a entender más y mejor a los científicos que hicieron posible que ahora tengamos conocimientos tan precisos.

    Dejo un link sobre cánidos: lobos, coyotes, perros… También muy interesante y que no tengo dudas de que al lector no dejará indiferente. Son criaturas del momento…

    http://www.elpisapapeles.com/cultura/ciencia/criaturas-del-momento-canidos-perros.php

  3. Pingback: Viviendo entre simios (II): Dian Fossey

  4. Pingback: Viviendo entre simios (y III): Jane Goodall

  5. Esta serie de artículos se merecerían bastantes más comentarios. Enhorabuena al autor.

  6. Pingback: De la vida de las cucarachas. Un tratado entomológico-apocalíptico sobre los bichos negros que heredarán el mundo | Mediavelada

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