Anarquismo y leyes justas - Jot Down Cultural Magazine

Anarquismo y leyes justas

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Manifestantes anarquistas durante una concentración contra el G20 en Londres. Fotografía: Kashfi Halford (CC).

Aprovechando que la actualidad está llena de todo lo relacionado con el derecho a decidir quién ha de gobernarnos, quizá no sea mal momento para hablar del derecho a que no nos gobierne nadie. Aunque en España hemos tenido una relación algo compleja con el anarquismo, quizá en parte por tener una de las más altas tasas de defunción de jefes de gobierno y políticos a causa de este movimiento, se trata de una historia circunscrita sobre todo a la primera mitad del siglo XX. Con el fin de la República y la publicación de Homenaje a Cataluña, se apagan los focos. Hoy en día, el interés por el tema reside sobre todo más allá de nuestras fronteras.

Uno de sus exponentes más famosos es el profesor James Scott, antropólogo y politólogo que desde la Costa Este de EE. UU. ha dedicado su vida al estudio del anarquismo. A Scott se le conoce sobre todo por sus estudios sobre las sociedades del sudeste asiático, y en concreto de la muy debatida Zomia, una zona que se expande desde las montañas del suroeste de China, Laos, Myanmar y el norte de Vietnam hasta Nepal y el Tíbet; debido a su orografía particular, sus habitantes han conseguido escapar del control estatal —léase, de cualquier Estado— durante siglos, aunque las características de esas sociedades darían para otra historia.

Más recientemente, Scott nos ofrece un resumen ameno de su pensamiento en Two cheers for anarchism, donde trata anécdotas, historias y fragmentos que le han ayudado a definirse ideológicamente. En la taxonomía tradicional, Scott es un tanto difícil de posicionar, aunque quizás una forma de describirle sería una adaptación del dicho de Bakunin: la libertad sin socialismo es una farsa, y el socialismo sin libertad una tiranía. Por ello, una de las ideas principales de su libro es la de que algunas leyes se aprueban con el entendimiento de todos los autores involucrados de que jamás se van a cumplir. Como ejemplo el autor utiliza una peripecia que vivió en Alemania Oriental al poco de caer el Muro. Para mejorar su inglés unas semanas antes de empezar como profesor visitante en el Instituto de Estudios Avanzados de Berlín y a la vez satisfacer su deformación profesional de antropólogo, Scott decidió unirse a una de las últimas granjas colectivizadas (landwirtschaftliche Produktionsgenossenschaft, si les interesa el tema) cerca de un pequeño pueblo llamado Neubrandenburg. A pesar de sus buenísimas intenciones y credenciales, sus camaradas no le tenían en demasiada estima porque pensaban que era, o un oficial del Gobierno buscando irregularidades, o un agente de los granjeros holandeses listos para lanzarse a la compra de propiedades en el este.

El caso es que Scott, una vez a la semana, escapaba al pueblo de Neubrandenburg para huir de las miradas suspicaces de sus camaradas de la granja y tomarse un respiro. Allí, observó que en la intersección principal de la aldea, pasado el anochecer, ocurría un acontecimiento social un tanto kafkiano. A pesar de la ausencia de tráfico (como mucho un Trabant cada media hora), los peatones esperaban pacientemente a que los semáforos cambiaran de rojo a verde para cruzar, lo cual a menudo significaba una espera de cuatro o cinco minutos. Al intentar cruzar Scott la calle, un aluvión de advertencias y aspavientos en un idioma que no acababa de entender le hizo desistir de su intento, a pesar de su convencimiento de lo absurdo del comportamiento observado. Un atónito Scott se dio cuenta de que esta gente tenía una falta de lo que él llama calistenia anarquista, o la voluntad de rebelarse ante reglas y leyes llegado cierto punto.

La rebeldía que interesa a Scott no son las grandes revoluciones ni los golpes de Estado, generalmente impulsados por facciones más o menos organizadas y con recursos. Se trata, por el contrario, de los pequeños actos de rebelión, a menudo anónima, de los sectores más pobres de la sociedad, los que no se pueden permitir el lujo de participar en política. El más simbólico, quizá, sea el del soldado desertor, que decide no luchar una guerra de la que los ricos se pueden evadir fácilmente (como ocurría en la Guerra de Secesión americana), pero otro ejemplo histórico es el de la caza furtiva de animales o la tala de árboles en tierras de la Corona de los siglos XVII a XIX, o el de la familia que ocupa terreno público para construir una chabola en zonas urbanas de Brasil. La coordinación informal que existe entre conductores para mantenerse por encima del límite de velocidad pero no lo suficiente para destacar y convertirse en diana del policía más cercano es otro ejemplo, si bien mucho más banal.

Es lo que llama Scott la política subalterna, y lo que un economista quizá llamaría el mercado informal de política, que se torna especialmente valiosa en regímenes autoritarios, donde las formas de protesta formales, como la huelga, las manifestaciones, o los movimientos sociales, están prohibidos. La importancia que le da Scott a esta calistenia anarquista es doble: primero, es un canal de comunicación directo para que los gobiernos estén informados de la opinión de los ciudadanos, y segundo, es el canal que históricamente han utilizado los sectores más desfavorecidos para hacer llegar sus preferencias al Estado.

Todo esto me lleva a un tema clave para Evgeny Morozov en su libro To solve everything click here. Morozov nos cuenta que según el sociólogo Brownsword, existen tres tipos de formas, o registros, que el Estado utiliza para hacer que sus ciudadanos cumplan una ley o reglamento. El primero es el moral (usted no debería hacer esto porque es éticamente reprochable), el segundo es el del interés propio (usted no debería hacer esto porque sufrirá un coste, sea o no económico), y el tercero es el de la practicabilidad (usted no puede hacer esto porque es físicamente imposible). Por supuesto todos estos registros son a menudo compatibles entre sí. Un ejemplo en el que prima el registro moral pero aparece el registro del interés propio es el metro de Berlín, que carece de torniquetes. Si uno pregunta a los usuarios por qué pagan los billetes, le podrían responder que es lo correcto, pero también que tiene un coste social el no hacerlo, o quizá que el revisor podría pillarles.

Evidentemente, es prerrogativa de cada sociedad elegir qué van a utilizar para regular cada cosa, y aun en el mundo occidental observamos actitudes muy distintas. Europa Occidental, por ejemplo, tiende a apelar al registro del interés propio para regular la libertad de expresión, con leyes restrictivas sobre tabúes como el nazismo o el genocidio, por ejemplo. En cambio, Estados Unidos opta por el registro moral, en el que se espera que nadie exprese opiniones filototalitarias porque son un tanto repugnantes, pero el Estado no va (generalmente) a castigar a nadie por hacerlo. Quizá lo más cercano al registro práctico en términos de libertad de expresión sea la suerte del pobre John Stubbs, escritor y panfletista inglés de los tiempos de Isabel I, que tuvo la mala idea de criticar por escrito los planes de matrimonio de la reina. Le cortaron la mano (aunque cuentan que pudo seguir escribiendo con la izquierda).

Ya pueden imaginarse hacia dónde me estoy dirigiendo. La diferencia entre estos tres registros parecería inofensiva en casos como los del torniquete de metro, pero las consecuencias pueden ser muy distintas, especialmente en lo que respecta a la capacidad para desobedecer. Un elemento básico de nuestros sistemas democráticos, como decía John Dewey hace más de un siglo, es la capacidad para reexaminar a menudo nuestras leyes y reglamentos, desechando aquellas que se han vuelto injustas o irrelevantes (lo cual es cierto que ocurre menos de lo que a uno le gustaría) y adoptando nuevas más acorde con las preferencias actuales de los ciudadanos.

Aquí vuelve la calistenia anarquista. La desobediencia, anónima o no, de estas leyes es un canal vital para expresar las preferencias de los ciudadanos y hacerlas llegar a las instituciones por canales no oficiales. Tanto el registro moral como el del interés propio dan al individuo la opción de resistir o evadirse. A lo largo de la historia, esta capacidad para la desobediencia ha sido clave para acabar con no pocos sistemas políticos o legales despreciables. Un ejemplo evidente es la lucha por los derechos civiles en EE. UU., desde la acción individual de Rosa Parks pasando por las  campañas de desobediencia civil que llevaron finalmente a eliminar la segregación de los colegios y demás espacios públicos en EE. UU. y a la adopción en 1964 de la Civil Rights Act. Los disturbios de Stonewall en 1969, momento clave del movimiento por los derechos homosexuales (LGBTQ realmente), son una instancia similar. Es la ineficiencia de las propias leyes la que permite que estén sometidas a evaluación constante.

En cambio, el registro práctico, por su propia definición, es ineludible y 100% eficiente. No hay forma de desobedecer una ley que es físicamente imposible incumplir. Aunque esto pueda ser extremadamente útil para garantizar que los usuarios del transporte público se comporten, en otros aspectos reduce radicalmente el espacio de la política subalterna de Scott y la capacidad para reexaminar nuestras reglas como sociedad. En los últimos años el abaratamiento de ciertas tecnologías y la facilidad con la que muchos gobiernos parecen aprovecharlo sugiere la proliferación del registro práctico en ámbitos que anteriormente no ocupaba. Casos como el de la vigilancia policial predictiva, que aspira a identificar a criminales antes de que lo sean, constituyen un ejemplo claro y algo inquietante. Otros no lo son tanto.

En cualquier caso se trata de pensar y debatir el cómo queremos controlar, además del qué. Aunque por una parte los avances tecnológicos puedan ayudarnos a reducir el incumplimiento de leyes, es importante ser consciente de que a menudo la ineficiencia y la fricción son virtudes. Intentar suprimir toda anarquía y desorden, como diría Jane Jacobs, es taxidermia social.

Una manifestación anarquista en Nueva York en 1914. Fotografía: Bain News Service / Library of Congress (DP).

36 comentarios

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  2. A veces cumplimos las leyes por hábito. Incluso también pensamos en nuestros derechos frente al estado por hábito. Encuentro muy normal la anécdota del semáforo en Alemania Oriental. Era lo que estaban acostumbrados.

    Por ejemplo, en España no he visto jamás un movimiento para quejarse por el DNI. Sin embargo, en Estados Unidos que te fiche la policía sin haber cometido ningún delito o infracción, se consideraría un atentado gravísimo del estado a la persona. En el Reino Unido, Tony Blair intentó implantar un documento de identidad, y se tuvo que echar atrás porque la mayoría consideraba que era una medida totalitaria.

    • La asunción del DNI es tan brutal que incluso el colectivo probablemente más seguido por la policía (el entorno de la izquierda abertzale) promueve el uso de un documento de identidad (el famoso “DNI vasco”), cuando ni siquiera sus instituciones partidistas tenían afiliados/carnets (bien por el carácter asambleario o bien por autoprotección).

    • Buen punto Jacob, sin embargo el ejemplo de EE.UU. que has puesto no me parece bueno. Primero, si bien es cierto que en EE.UU. no hay un DNI, si hay un SSN (Social Security Number), que te solicitan para cualquier trámite. Además, para cualquier gestión en la que necesites algo de la Administración Pública (véase visados, declaración de la renta, licencia para conducir,…) ya no es que te fichen, es que quieren saber hasta el más mínimo detalle sobre tu identidad y la razón por la que estás solicitándolo. Esto puede ser comprensible teniendo en cuenta la historia del país, pero el hecho de no tener un DNI como el nuestro es parte del problema. Ellos ven el DNI como algo totalitario, pero en mi opinión, es mucho más totalitario un gobierno que sabe todo de ti, que el que simplemente te pone un número. Y mucho más eficiente, por cierto.

      • Lo que ya no entra en la cabeza es que un documento de plástico que es obligatorio llevar cueste veinte euros cada cinco años.

        Se me ocurre otra anécdota: recientemente he necesitado solicitar mi constancia de nacimiento para un trámite. Y me la pedían reciente, de no más de seis meses. Si ya se me hace absurdo que me obliguen a renovar el DNI sin haber cambiado de identidad, ¿qué sentido tiene que haya que renovar una constancia de nacimiento? ¿A lo largo de los años, mi lugar y fecha de nacimiento puede cambiar, o cómo es esto?

        Vivimos en un estado de exceso de burocracia que, sinceramente, no sé a quién beneficia, pero nos tiene atadísimos.

    • Es un buen apunte, Jacob. Hace tiempo leí algo sobre como la implantación del DNI en España fue asesorada por los nazis y hasta recuerdo haber visto en Internet un prototipo (supongo que en la época en que Himmler –recuerden las fotos de la comitiva en la gran vía– visitó España. Por cierto que también asesoraron para traer las máquinas de IBM para realizar censos. Las máquinas de Watson se estaban utilizando para censar a la población europea con las consabidas consecuencias.
      [Es curioso que ningún historiador se haya ocupado de esta parte de la historia, que no es una excepcionalidad y que se encuentre una visión más clara de la influencia de la industria alemana en España en unas páginas de Barea que en todo Angel Viñas]
      Volviendo al tema, lo del DNI en España es una vergüenza; llevamos en el bolsillo una herencia totalitaria y, en efecto, nadie se lo cuestiona incluso cuando sabemos que ir por la calle sin el papelito nos puede acarrear serios problemas. No se, a mí la primera vez que tuve que ir a hacerme el DNI a una oscura comisaria madrileña sí me jodió bastante.

      La verdad es que atar cabos con estas cosas suena, hoy en día conspiranoico, pero es muy simple: nunca se ha sabido más de cada uno de nosotros y ha sido más difícil “saltarse el semáforo”

      Al nivel más elemental, no se si mi experiencia es muy particular pero las veces que me han pedido el DNI en mi vida sin razón son muchísimas y una vez me llegaron a retener por una hora en unas dependencias por “merodear” cerca de una institución oficial; tenía quince años y estba esperando a las puertas del insti a que abrieran, en la hora del recreo. Paradójicamente la institución era el Defensor del pueblo, en la calle Fortuny de Madrid.

  3. Qué alegría de texto. Que no nos gobierne nadie es una opción que siempre intimidará a algunos.

    No conocía a James Scott. Me apunto el nombre!

    Saludos.

  4. Gobierno y política son consustanciales al ser humano, pues somos seres sociales. Las leyes, en cambio, sólo las cumpliría quien pueda ser castigado por no hacerlo, o bien quien obtenga algún beneficio particular con ello.

    • Que seamos seres sociales no implica la obligatoriedad de gobierno. Nuestra especie lleva unos 200,000 años en la tierra, es aventurado imaginar que en todos ellos estuvimos sometidos.

  5. Sí, todo eso está muy bien y es muy bonito pero entonces …¿quién pagaría la Sanidad, las infraestructuras y las pensiones?

  6. El anarquismo es algo absurdo en la realidad.
    Detenerse a medianoche en el semáforo también, pero eso es lo que sustenta el engranaje sobre el que giran las leyes.
    Si es kafkiano, pero lógico.

    Si hasta el anarquismo se rige por ciertas leyes y principios básicos, entonces hablamos de un conflicto sin solución de continuidad.

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  8. Reducir la protesta de Rosa Parks a una acción individual es no conocer la historia más allá de la anécdota. Ella se sacrificó dando la cara pero, sin el apoyo de sus compañeros, hubiera sido reprimida sin más.

  9. “… para mejorar su inglés… ” ???

  10. Consustanciales al ser humano es ser social(osea cooperativo), no ser autoritario(osea competitivo). Por eso las infraestructuras, las sanidad, la educación…se pagan por cooperación -forzosa- mediante las plusvalías del trabajo, no las paga la oligarquía por su cuenta. ¿normas y leyes? claro, bienvenidas por parte del mundo libertario. Pero que sean desde la igualdad y para la igualdad, no normas y leyes para proteger mi linaje-propiedad, que es lo que impera hoy.

    Lean historia, nuestra especie tiene decenas de miles de años de historia sin gobiernos ni autoridad, y sin esa historia de la humanidad hoy no estaríamos aquí. Tal vez en unos siglos no se pueda decir lo mismo.

  11. Encuentro algunas inconsistencias graves, tanto en el texto como en las ideas que trae a colación como en la idea misma de anarquismo que se esgrime.

    En el texto, entre otras lindezas, se lee que el nazismo es un tema tabú… ¿Perdón? O sea que, alegremente, reduces el acontecimiento POLÍTICO más relevante y específico del s.XX a una simple cuestión antropológica. Algo así como un tabú… ¿De verdad estás queriendo decir eso?

    No es serio reducir la idea de anarquía a una simple cuestión estética como parece desprenderse de todo el texto. “Pequeños actos de rebelión” ¿De qué anuncio de cereales han sacado ese imaginario? “de los sectores más pobres de la sociedad” ¿es patrimonio solo de los pobres ser anarquista? Y por último, según dices este es un concepto del tal James Scott, la “calistenia anarquista, o la voluntad de rebelarse ante reglas y leyes llegado cierto punto.”… De nuevo, ¿esto sale de una campaña publicitaria de condones o qué?

    La fascinación, muy típica y extendida en España, por saltarse las reglas con todo el morro, por ser el listillo que se escaquea de algún pago, de hacer la pirula cuando nadie mira o, más tradicionalmente, por la picaresca… Reducir el anarquismo a esa simple expresión folklórica del egoísmo apolítico es pura pereza mental e ideológica. Para eso no escribieron o murieron unas cuantas personas por el el anarquismo.
    Nunca he conocido a un quinqui anarquista. Demasiado a menudo pasa que se quiere identificar al anarquista con el aprovechado… también inconscientemente. Y es obvio que no es eso. Tomaos la molestia, por favor, de callar en ciertos momentos o ciertos lugares.

    • El tabú sobre el nazismo es que en ningún país europeo se tolera, sobre este tema, el revisionismo. Nada más.

    • Mira que he leído comentarios en JD, pero ninguno con unas inconsistencias graves, tanto en el texto como en las ideas que trae a colación…

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  17. Una reflexión muy interesante. Sin duda vivimos en una época muy inquietante. En cuestiones de vigilancia ya dan más miedo tus vecinos con la cámara del teléfono móvil que las propias fuerzas del orden. Cada poco me llegan vídeos al whatsapp de gente haciendo el amor en la calle y después fotos de los supuestos libertinos con nombres y apellidos. Me parece que a día de hoy todo el mundo tiene su cámara y unas ideas mucho más puritanas, conservadoras y retrógradas de lo que cree.

  18. Pues me parece acertado, aunque innecesariamente punzante, el comentario de Lusitania. Entiendo que en sociedades centroeuropeas donde pensamos que la población tiene muy asumidos los comportamientos “cívicos”, entendiendo por tales aquellas normas y reglas cumplidas escrupulosamente sin atender al momento ni lugar en que deban cumplirse, y origen de todo lo bueno (funcionamiento perfectamente engrasado de la maquinaria social con las ventajas de eficiencia en las prestaciones que cada cual espera de ella) y de todo lo malo (rigidez excesiva del comportamiento “público” eliminando la espontaneidad que lleva a calar incluso en el espíritu, en la intimidad, en la forma de ser en ella de las personas), en estas sociedades, tal vez las pequeñas transgresiones de orden práctico en la vida cotidiana puedan definirse con ese palabro de calistenia anarquista. Pero salvo que la biología o la antropología digan lo contrario el hombre y su sociedad es muy distinto de la termita y su termitero y calistenia de esa es consustancial a la condición humana. Afortunadamente pues en ella está el germen de la adapatación, del cambio (me resisto a utilizar la palabra progreso) de las sociedades a lo que su propio desarrollo tecnológico posibilita. Claro que, como dice Lusitania, identificar el anarquismo, como movimiento político fundamentalmente surgido tras la I Revolución Industrial, con ese desajuste coyuntural entre normas antiguas y nuevos comportamientos, es disneylandizar el anarquismo. Pues si eso es anarquismo deberíamos quedarnos perplejos como el cómico personaje de Moliére, Jourdain:
    FILÓSOFO. -Sin duda alguna. ¿Y son versos los que queréis escribirle?
    JOURDAIN. -No, no; nada de versos.
    FILÓSOFO. -¿Preferís la prosa?
    JOURDAIN. -No. No quiero ni verso ni prosa.
    FILÓSOFO. -¡Pues una cosa u otra ha de ser!
    JOURDAIN. -¿Por qué?
    FILÓSOFO. -Por la sencilla razón, señor mío, de que no hay más que dos maneras de expresarse: en prosa o en verso.
    JOURDAIN. -¿Conque no hay más que prosa o verso?
    FILÓSOFO. -Nada más. Y todo lo que no está en prosa está en verso; y todo lo que no está en verso, está en prosa.
    JOURDAIN. -Y cuando uno habla, ¿en qué habla?
    FILÓSOFO. -En prosa.
    JOURDAIN. -¡Cómo! Cuando yo le digo a Nicolasa: “Tráeme las zapatillas” o “dame el gorro de dormir”, ¿hablo en prosa?
    FILÓSOFO. -Sí, señor.
    JOURDAIN. -¡Por vida de Dios! ¡Más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo!…”
    Pues eso, anarquistas toda nuestra vida y sin saberlo.

  19. Que no nos gobierne nadie es que nos gobierne todo.

  20. Los asesinatos de anarquistas es una gran burla, más bien ya sabemos quién son los asesinos de verdad: demócratas, dictadores, fascistas, comunistas, etc. Creo q es una manía atribuirle este comportamiento a los anarquistas. Saludos

  21. Muy bien, pero como preguntaba con insistencia Trasímaco a Sócrates ¿qué es la justicia?¿que es eso de leyes justas?

  22. El anarquismo es una serpiente que se muerde la cola.

  23. Es la primera vez que leo una defensa conservadora del anarquismo. No sé si celebrarlo o lamentarme.

  24. Interesante autor, a ver si me agencio alguno de sus libros. Las anécdotas del metro y del tráfico son muy interesantes.
    Recuerdo que cuando estuve en Budapest (verano del 89) tampoco en el metro de dicha ciudad existían torniquetes que impidieran el paso a quienes no pagasen pasaje. Yo, aún con un cierto grado de conciencia cívica, no pagaba nunca. En parte, porque venía de un país, España, donde pagar es obligatorio (moralmente y coercitivamente, es decir; con la coacción de la mirada torva de aquellos que pagan mientras tú te cuelas y torniquetes que te impiden el paso o personal que te multa en caso de que te los hubieses saltado) y colarme constituía una especie de retribución, aunque la pagase otro Estado y, además, aunque ese Estado fuese – de barniz – socialista.
    Mi coartada personal era que hacer 10 minutos de cola para soltarle al metro unos “forint” que equivalían a los extintos céntimos de peseta era una gilipollez.
    Así, aún admirando el civismo colectivo de los pasajeros magiares, no pagar era más satisfactorio, como cualquier pillería que le hagas al Estado, al que sea.
    Esa deriva retributiva, que rompía los automatismos pavlovianos, más propios de sociedades anglosajonas, socialistas o nórdicas, que de las latinas o capitalistas meridionales, obedecía en parte a la obsesión de “darle por culo al sistema”, pero no me daba cuenta de que de esa manera incurría en otro institnto pavloviano, vector “moral” de sentido opuesto, un poco como cuando el pedagogo Inglés A.S. Neill observó que los adolescentes de su legendario centro educativo “Summerhill” no estaban especialmente obsesionados con el sexo y que dos catorceañeros recién llegados (chico y chica) se pusieron al poco tiempo “a salir juntos”: Venían con instintos pavlovianos “de fuera” y, por automatismo solidario “se gustaban” o eso creyeron.
    Por lo que, en el fondo, amén de potestades decisorias individuales, del libre albedrío sustentado sobre parámetros éticos, la componente identitaria común suele llevarse la palma y sin no pasas del dilema de “a favor o en contra”, obedezco o me rebelo, no te emancipas realmente, porque rebelarse no es “no pagar”; eso es ser contestatario, que no revolucionario. Lo difícil es inventar una vía autónoma, diferente pero de interés común.

    Cuando al nuestro escritor le echan la bronca los Alemanes por cruzar la calle indebidamente, en realidad (gracias, Elías Canetti !) están apelando a la patología identitaria comunitaria, la mirada torva del que hace y/o paga y no puede tolerar que alguien no pague o no haga como él. El famoso e imbécil slogan de “Si no votas, no opines” cristaliza esta “envidia” colectiva que se le tiene al que no pringa en ciertos manejos, ni los avala, por injustos o por absurdos.
    Ahora vivo en una ciudad europea en que los controles de billete en el metro son perversos, sobre todo a principios de mes: Grupos de agentes se colocan escondidos en un recodo de un pasillo en plan “Ajajá! te pillé”.
    Un día les eché la bronca. Les dije que no tenían derecho a pedirme mi título de transporte en virtud de un principio superior al del reglamento del metro: El principio de presunción de inocencia, que implica que, si estoy dentro del recinto, deben suponer que es porque he pagado mi billete: No tengo que demostrar mi inocencia, sino ellos mi culpabilidad.
    La respuesta fue sencilla: “Muy interesante razonamiento, pero me enseñas el billete o te la cargas”. Las miradas torvas que me dedicaban quienes enseñaban sus billetes y pasaban el control abusivo se esfumaron en cuanto saqué el mío: En un acto de cobardía moral, había integrado la masa de los que obedecen, ya era respetable y “de los suyos”. Fin de l’Anarchie.

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