Jot Down Cultural Magazine – Tres novelas sucias más

Tres novelas sucias más

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Foto: Karen Apricot (CC)

Foto: Karen Apricot (CC)

Quizá la crueldad que se puede vivir en la ciudad es más fría, más sutil. La crueldad a la que me refiero cuando hablo de una novela sucia solo existe en el mundo rural —de una dureza y un salvajismo animal. Quizá por el aislamiento, por el contacto directo con la naturaleza, que no entiende de normas sociales. Los de las novelas sucias son personajes embrutecidos por la soledad. Carson McCullers, para hablar de la literatura sureña, describía a sus habitantes como «”tipos” nacionales que poseen en común ciertos rasgos psicológicos perfectamente reconocibles (hedonismo, imaginación, pereza, sensibilidad) […] En el Sur, como en la antigua Rusia, se advierte a cada instante el escaso valor que se le otorga a la vida humana. […] La razón no es otra que la sobreabundancia de vida humana. Los niños nacen y mueren, y si no mueren luchan por sobrevivir. Los límites de un campo estéril de apenas unos cuantos acres, una mula, una bala de algodón puede suponer la existencia y todo el sufrimiento de un ser humano». Ese poco valor que se le da a la vida humana, una actitud sudista, no le pertenece en exclusiva al mundo del Sur, sino a la ruralidad de esta. Para hablar de Mientras agonizo, McCullers plantea la confusión de valores de sus personajes y su poca responsabilidad espiritual. Las anteriores tres novelas sucias —Del color de la leche, La niña que amaba las cerillas y Un mal día para nacer— eran así: no se le daba el valor a la vida que la moralidad nos obliga a darle. Por eso conviven con el salvajismo hasta normalizarlo, un ejercicio ligero que avanza y, sobre todo, imperceptible: de pronto ya estás instalado en la barbarie. Y esa frialdad literaria para contárnoslo la hace más descarnada, más sucia, porque parecen no darse cuenta. No hay atisbo de pudor o arrepentimiento en los personajes de ninguno. Bien: he encontrado tres novelas sucias más.

La benévola, o el abuso de poder

benevolaGinny está firmando su sentencia cuando decide seducir al primo de su madre para casarse con él. Su marido, Linus Lancaster, le promete el paraíso, y Ginny se encuentra con una granja fría y un hombre despreciable. Allí convivirá con dos niñas —ella también lo es— y los pocos escrúpulos del hombre al que se ha entregado. Sin embargo, la brutalidad de Linus era necesaria para el equilibrio de todo lo demás: mientras haya una maldad reinante, el resto de maldades quedarán aletargadas. La suciedad empieza, precisamente, cuando el hombre ya no tiene la capacidad de ser cruel con su esposa, sus criadas y sus trabajadores: de ese poder restante nace una nueva maldad: la de aquellos que hasta entonces eran víctimas. Las dos niñas criadas han recibido abusos no solo de Linus, también Ginny ha acabado sucumbiendo a lo animal, y cuando Cleome y Zinnia, las hermanas que recibieron a Ginny y le enseñaron lo que le debían enseñar; cuando Cleome y Zinnia se hacen con ese poder que pertenecía a Linus, el universo rural da un vuelco y queda indefenso, en carne viva. No se lo esperaba nadie, nadie contemplaba la posibilidad de que la superioridad recayera en las niñas. Y las niñas han crecido en el horror, como la protagonista de Del color de la leche, y el horror no les asusta como a los demás. Laird Hunt es un narrador paciente, pausado, y le da a la historia la lentitud de un asesino cruel, la lentitud que necesita una historia sucia como ésta. La novela no se recrea ni enfoca lo repugnante, porque no lo necesita, porque con la memoria de Ginny, cuando ya no es Ginny y ella misma cambia de nombre, la memoria y sus lagunas y sus pequeñas concesiones son más que suficientes para abrumarnos.

Volver, o la memoria

H421197.jpgFrank Money es un veterano de guerra. Huyó de Lotus, un pueblo de Georgia, porque no pasaba nada: esa peligrosa nada que te corroe. No había futuro para él y sus amigos en aquel lugar, así que deciden alistarse y enfrentarse a la vida. Pero la vida ha sido demasiado dura para él, la guerra siempre es demasiado dura para los hombres, y Frank Money es la mitad de la persona que era. Las imágenes, la desesperación y la locura que vive un veterano de Corea al reincorporarse al mundo sin armas es demasiado para él, es demasiado para cualquiera. Ha perdido a sus amigos (aunque a la larga sea la pérdida un refugio perfecto: no tiene cómplices de lo malvado), ha perdido sus raíces, ha perdido a su hermana, lo único que echa de menos de Lotus. La infancia de Frank fue dura y áspera, una infancia carente de sensibilidad, sudista a la manera de Carson McCullers hablando de Mientras agonizo. Al poco valor de la vida humana que había en Lotus debemos añadirle una guerra, y ahí lo tenemos: un hombre deshecho, sin respeto, alcohólico. Y aún peor: negro. Pero hay algo que de verdad lo puede devolver a la cordura, y esa es su hermana, que se quedó en Lotus, después se marchó con el primero que pasó para alejarse también de la nada corrosiva, después la abandonaron, después acabó en casa de un médico: ahí, en esa casa y en las imágenes bélicas de Frank Money, está la suciedad de esta novela. Toni Morrison trabaja la repugnancia con maestría, hasta el punto de abochornarte con lo que describe. Y sin embargo, no hay ningún momento en que juzgues la suciedad, porque la mezcla con cierta compasión. ¡Y ahí está lo perverso de esta novela! Que acabas del lado del salvaje, sucumbiendo a la normalidad de cada una de las imágenes que Frank lleva consigo y que tú, al cerrar contigo, también llevarás.

En el bosque, o el padre y el hijo

en el bosqueTom no conoce nada salvo la granja en la que vive con su padre. Es así como empieza el problema: sin referentes, cómo puede uno darse cuenta de que lo que tiene a su alrededor no es lo que debiera tener. El desprecio en el trato con los criados, por ejemplo, es algo natural. El equilibrio en el que vive Tom es inestable: no conoce hombre salvo a su padre, no conoce mujer salvo a la mujer que su padre le arrebatará, no conoce hogar salvo la granja, no conoce amistad salvo los criados, no conoce raza salvo la blanca. Y de ese desconocimiento empezará a brotar el desamparo, primero, y la ferocidad después. Él, sin haberse dado cuenta, estará en el otro bando, en el enemigo. Del otro lado del padre, del otro lado de la amante, del otro lado de los buenos. El blanco será el opresor y Tom es blanco y, por tanto, opresor: no le quedará nada, todo caerá por su propio peso. Vivir al raso te complica las cosas, vivir sin ejemplos que seguir: pero si incluso esos referentes inútiles y lejanos desaparecen, hay un doble derrumbe. Quedarse sin nada, para alguien que solo conoce lo que tiene a su alcance, es una traición que solo se le puede atribuir, por lo injusto, a Dios. Para crear una atmósfera perfecta para una situación así, en el que el mundo de los colonos está a punto de desaparecer, Katie Kitamura se ayuda del viento que cubrirá toda la granja de ceniza.

Quedar expuesto a la suciedad

Lo malo de la suciedad literaria es que traspasa. El problema no es tanto que el autor se posicione, que los personajes sean crueles, sino cómo tú —lector— vas a acabar sintiendo una gran empatía por todos ellos. Te repugna el médico con el que vive la hermana de Frank Money, te repugna Linus Lancaster, te repugna la abuela Money, te repugna el padre de Tom, te repugnan Katie Kitamura, Toni Morrison y Laird Hunt. Pero los acabas justificando a todos: el médico solo quería experimentar y lo hacía con la única raza que estaba permitida—la negra—, Linus Lancaster es un fracasado soñador que no acepta su propia vida y carga contra los demás, la pobre abuela Money no ha tenido la vida que creía merecer y se vuelve áspera, el padre de Tom es un hombre solo que busca ser efectivo y conseguir todo cuanto quiera. Así, poco a poco, vas aceptando lo inaceptable —ya eres uno de los suyos.

2 comentarios

  1. Genial!

  2. Hola. Puede que sea la diferencia de continentes, historia o qué se yo. Pero tiendo a creer que “[l]a crueldad a la que me refiero cuando hablo de una novela sucia solo existe en el mundo” urbano. Ya sabe, Sao Paulo, Nueva York, Ciudad Juárez. O la antigua Roma, la moderna Johannesburgo, la eterna París.

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