Discursos épicos antes de la batalla - Jot Down Cultural Magazine

Discursos épicos antes de la batalla

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Muerte de Publio Decio Mus, por Rubens. (DP)

Muerte de Publio Decio Mus, por Rubens. (DP)

Intente recordar las hazañas deportivas o bélicas más emocionantes, ya sean recientes, históricas o ficticias: ¿qué es lo que tienen en común? El (en teoría) débil termina venciendo al fuerte, unos pocos son capaces de derrotar a muchos, quien en principio parecía tenerlo todo en su contra finalmente alcanza con enormes sacrificios la victoria. La motivación, esa es la clave. La motivación entendida como una especie de soplo de los dioses o de las gónadas que nos eleva por encima de las fatigas y los miedos, que enardece los corazones y blinda la voluntad hacia metas que parecían imposibles. Por su enorme poder parece que estuviéramos hablando de algo con propiedades mágicas… ¿Pero si es magia cuál es el conjuro para invocarla?

Convencer a alguien de que lo mejor que puede hacer con su vida es perderla no es tarea fácil. La retaguardia es un lugar muy extenso y tentador al que llegar por muchos caminos, así que para querer marchar en dirección contraria al sentido común, directos a un enemigo que está deseando partirnos la crisma —y que tiene muchas posibilidades de lograrlo— hace falta entonces tener muy buenas razones. Si encima ese adversario está muy lejos de nuestro hogar, es más numeroso o está mejor armado y protegido, además de razones convincentes es necesario sintonizar con un estado de ánimo poco habitual, no digamos ya alcanzarlo de forma colectiva. Es lo que el historiador Philip Taylor llama con certera metáfora la «munición de la mente», aquella que «seduce las almas y las mentes de los hombres, explotando su naturaleza agresiva para dirigirlos periódicamente al campo de batalla». A ello se han dedicado hasta la afonía generales, reyes y primeros ministros arengando a sus tropas en momentos cruciales, a veces al pie mismo del escenario donde tendrá lugar la masacre, siempre con la esperanza de conectar con esa motivación tan decisiva para la victoria. Si echamos un vistazo a algunos de los discursos más memorables no es difícil encontrar una serie de elementos comunes. A eso iremos a continuación.

Un primer ejemplo lo encontramos en La Ilíada, la epopeya de Homero rebosante de épica y epítetos en cuyo canto segundo el muy altitonante, dodoneo y pelásgico de Zeus induce mediante un sueño, pernicioso y alado, al rey Agamenón, domador de caballos y pastor de hombres, a que tras tan largo asedio lance ya sus tropas contra Troya, la ciudad de anchas calles. Pero antes de iniciar el ataque y para comprobar la lealtad de sus tropas, Agamenón se dirige a ellas en un discurso animándolas a huir y dejando claro, eso sí, lo innoble del acto: «vergonzoso será para nosotros que lleguen a saberlo los hombres de mañana». A continuación la diosa Atenea descendió del Olimpo y le señaló a Ulises lo inapropiado de la retirada, animándole a que convenciera a todos los demás guerreros a continuar la lucha. Así lo hizo, y Agamenón con esta especie de plebiscito reafirmó su autoridad, aumentando la determinación de sus tropas tras haberlas asomado a la vergüenza de la huida. Era entonces el momento de comenzar el ataque final y les arengó así:

Cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto a los corceles de pies ligeros a inspeccione el carro, apercibiéndose para la lucha; pues durante todo el día nos pondrá a prueba el horrendo Ares. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la noche obligue a los valientes guerreros a separarse. La correa del escudo que al combatiente cubre, sudará en torno del pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y también sudarán los corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña.

Permítanme insistir en la idea porque tiene interés: a los aqueos se les dio por un momento la oportunidad de huir —o al menos se les hizo creer que podían escoger esa opción— para obtener su adhesión voluntaria en el momento de entrar en combate (luego ya no, como vemos). Nos implicamos más en las decisiones que tomamos nosotros mismos que acatando órdenes, al fin y al cabo siempre es más fácil reconocer un error ajeno que uno propio… El ejemplo más notorio lo tenemos en la muchedumbre de esclavos persas que no fue capaz de doblegar a los pocos pero decididos griegos. Heródoto lo explicaba así:

Los atenienses, mientras estuvieron regidos por una tiranía, no aventajaban a sus vecinos en el terreno militar; y, en cambio, al desembarazarse de sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad. Este hecho demuestra, pues, que, cuando eran víctimas de la opresión, se mostraban deliberadamente remisos por considerar que sus esfuerzos redundaban en beneficio de un amo; mientras que, una vez libres, cada cual, mirando por sus intereses, ponía de su parte el máximo empeño en la consecución de los objetivos.

Durante la batalla de las Termópilas Leónidas se jactaría expresando esta idea: «Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado» y según contaba el mencionado historiador, una vez el rey espartano descubrió la traición de Efialtes decidió quedarse luchando hasta el final junto a algunos leales, a los que dijo aquello de «tomad un buen desayuno, puesto que hoy cenaremos en el Hades». Mientras que, en la posterior guerra del Peloponeso, Pericles en su clásico Discurso fúnebre ensalzaba el modelo político que se habían dado los atenienses de tal forma que bien merecía la pena arriesgar la vida e incluso sacrificarla por defenderlo. Teniendo en cuenta además que los caídos no morían completamente, sino que les esperaba la gloria de ser recordados por su comunidad. Otra idea que será recurrente y que Alejandro Magno más adelante hará valer cuando sus tropas, exhaustas tras una década de conquistas que los había llevado hasta la India:

¡Oh macedonios y aliados griegos, manteneos firmes! Gloriosos son los hechos de quienes acometen una gran labor y corren un gran riesgo, y es muy hermoso llevar una existencia valiente y morir dejando tras de sí la gloria imperecedera. ¿O no sabéis que nuestro ancestro ha alcanzado tan altas cotas de gloria, pasando de ser un mero mortal a convertirse en un dios, como parece ser, debido a que no permaneció en Tirinto o Argos, o incluso en el Peloponeso o en Tebas?

Por si acaso la apelación a la gloria inmortal no era suficientemente convincente, también aludió a su libertad y su propio interés:

Sabéis que los padecimientos los comparto con vosotros, asumo los peligros a partes iguales, y las recompensas están disponibles para que todos compitan libremente por ellas. Porque las tierras son vuestras, y vosotros sois quienes las gobernáis. De igual manera, la mayor parte de los tesoros son ahora vuestros, y cuando hayamos conquistado lo que queda de Asia, por Zeus, que habré satisfecho vuestras expectativas, e incluso habré superado las ganancias que cada uno esperaría recibir.

Entonces uno de sus generales, Coeno, tomó la palabra para responderle apelando a esa misma libertad, mostrándole que si actuaba contra la voluntad de sus tropas «descubrirás que ya no somos los mismos soldados (…) ya que estaremos privados de nuestro libre albedrío y faltos de ganas». De manera que Alejandro Magno tomaría la decisión de regresar, consciente de que un ejército desmotivado le llevaría inevitablemente a la derrota. En tales situaciones sin embargo, con un ejército muy lejos de su hogar, puede utilizarse el recurso de plantear el avance hacia el enemigo como el único camino posible de vuelta a casa. Así se lo dijo Aníbal a sus tropas cuando ya estaban en la península itálica en dirección a Roma:

A derecha e izquierda os cercan dos mares y no tenéis ni un solo barco con el que escapar; a vuestro lado fluye en Po, un río más grande que el Ródano y más rápido; la barrera de los Alpes se cierne a vuestra espalda, esos Alpes que apenas lograsteis cruzar cuando vuestra fuerza y vigor estaban intactos. Aquí, soldados, en este lugar donde habéis encontrado por primera vez al enemigo, tenéis que vencer o morir. La misma fortuna que os ha impuesto la necesidad de luchar guarda también la recompensa de la victoria, recompensas tan grandes como las que los hombres suelen solicitar a los dioses inmortales. Incluso si fuésemos solo a recuperar Sicilia y Cerdeña, posesiones que fueron arrebatadas a nuestros padres, serían premios lo suficientemente grandes como para satisfacernos. Todo lo que los romanos poseen ahora, ganado a través de tantos triunfos, todo lo que han acumulado, se convertirá en vuestro junto con sus propietarios. Venid, pues, tomad vuestras armas y ganad, con la ayuda del cielo, tan magnífica recompensa.

Y en ese entorno hostil, en el que no queda otra que hacer piña y avanzar para vencer o morir, cabe apelar también a los lazos de compañerismo que se han ido forjando, una hermandad de armas en la que el orador se muestra humilde, no como un líder inalcanzable sino como el primero entre iguales, tal como hace Aníbal de una forma muy similar a la que veíamos anteriormente a Alejandro Magno:

No hay un hombre entre vosotros ante quien yo no haya efectuado más de una hazaña militar o de quien yo, que soy testigo fehaciente de su valor, no pueda contar sus propias acciones decorosas y el momento y lugar en que las acometió. Yo fui vuestro alumno antes de ser vuestro jefe y entraré en batalla, rodeado por hombres a los que he elogiado y recompensado miles de veces, contra unos que nada saben de los otros y que son mutuos desconocidos.

Enrique V recibe un heraldo del Rey de Francia durante la batalla de Agincourt. (DP)

Enrique V recibe un heraldo del Rey de Francia durante la batalla de Agincourt. (DP)

Unos cuantos siglos después, en el año 1415, Enrique V también se vio atrapado con sus hombres en territorio hostil y logró sobreponerse en una de las hazañas bélicas más recordadas. Tras tomar posesión del trono de Inglaterra, había desembarcado al otro lado del canal de la Mancha para recuperar los ducados que pertenecieron a sus antepasados. Sin embargo la invasión tuvo un resultado peor del esperado y dirigió sus diezmadas tropas de vuelta a casa, con tan mala suerte que fueron alcanzados en Agincourt por unas tropas francesas que duplicaban su número. Antes de una batalla que se pronosticaba desastrosa arengó a los soldados con unas palabras que… a quién importan ya, el discurso que ha ocupado su lugar es el que Shakespeare imaginó:

Westmoreland: ¡Ojalá tuviéramos aquí ahora
aunque fuera diez mil de aquellos hombres que en Inglaterra
están hoy ociosos!
Rey Enrique V: ¿Quién pide eso?
¿Mi primo Westmoreland? No, mi buen primo:
si hemos de morir, ya somos bastantes
para causar una pérdida a nuestro país; y si hemos de vivir,
cuantos menos hombres seamos, mayor será nuestra porción de honor.
¡Dios lo quiera! te lo ruego, no desees un solo hombre más.
Por Júpiter, no codicio el oro,
ni me importa quién se alimente a mi costa;
no me angustia si los hombres visten mis ropas;
esos asuntos externos no ocupan mis deseos:
pero si es pecado codiciar el honor,
soy la más pecadora de las almas vivientes.
No, créeme, primo, no desees un solo hombre de Inglaterra:
¡Paz de Dios! no perdería un honor tan grande
como el que un solo hombre creo que me arrebataría
por lo que más deseo. ¡Oh, no pidas uno solo más!
Proclama, en cambio, Westmoreland, por mi ejército,
que el que no tenga estómago para esta pelea,
que parta; se redactará su pasaporte
y se pondrán coronas para el viático en su bolsa:
no quisiéramos morir en compañía de un hombre
que teme morir en nuestra compañía.
Este día es la fiesta de Crispiniano:
el que sobreviva a este día y vuelva sano a casa,
se pondrá de puntillas cuando se nombre este día,
y se enorgullecerá ante el nombre de Crispiniano.
El que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada,
agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta,
y dirá: «Mañana es San Crispiniano».
Entonces se alzará la manga y mostrará sus cicatrices
y dirá: «Estas heridas recibí el día de Crispín».
Los viejos olvidan: y todo se olvidará,
pero él recordará con ventaja
qué hazañas realizó en ese día: entonces recordará nuestros nombres,
familiares en sus labios como palabras cotidianas.
Harry el rey, Bedford y Exeter,
Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester,
se recordarán como si fuera ayer entre sus jarras llenas.
El buen hombre contará esta historia a su hijo;
y nunca pasará Crispín Crispiniano,
desde este día hasta el fin del mundo,
sin que nosotros seamos recordados con él;
nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos;
porque el que hoy derrame su sangre conmigo
será mi hermano; por vil que sea,
este día ennoblecerá su condición:
y los gentileshombres que están ahora en la cama en Inglaterra
se considerarán malditos por no haber estado aquí,
y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno
que luchara con nosotros el día de San Crispín.

Aparte de popularizar la expresión band of brothers que daría título a la serie de la HBO, si nos fijamos en el discurso (aquí podemos verlo interpretado) encontraremos una serie de tópicos que comienzan a resultarnos familiares. En primer lugar Enrique V ofrece la posibilidad de retirarse a quien lo desee, haciendo así creer a los soldados —de forma más o menos ilusoria— que es su elección ya no están allí por una fatalidad del destino sino porque realmente quieren estar allí, ahora ya dispuestos a encarar al enemigo sin titubeos. Y como hombres libres que resultan ser, él ya no les habla desde una posición de superioridad pues «el que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano», de nuevo se pulsan las teclas de la camaradería y la igualdad. Pero el núcleo del discurso versa sobre la memoria. En parte sobre la posibilidad de recordar el momento y contar la batallita una y otra vez a hijos, nietos y cualquier imprudente que se siente cerca de ti en la taberna, y sobre todo por la oportunidad de ser recordado. Se afronta el miedo la muerte prometiendo un bálsamo que permitirá superarla, convirtiendo el recuerdo de tu nombre y de la gesta en la que participaste en un sucedáneo de la inmortalidad, eso es la tan anhelada gloria. Quizá sea muy poca cosa, pero como criaturas mortales tal vez sea a todo lo que podemos aspirar.

Precisamente una reina inglesa contemporánea de Shakespeare, la que le dio nombre al teatro isabelino, fue la autora de otro monólogo previo a la batalla que ha pasado a la historia. Se ve que la elocuencia flotaba en el ambiente y lograba causar gran efecto en los corazones y las mentes de quienes la presenciaban, porque Isabel I, ante la necesidad de repeler a la Armada Invencible que Felipe II le había enviado para destronarla, se dirigió en 1588 a las tropas que mantenía en Tilbury con las siguientes palabras:

Mi amado pueblo:

He sido convencida por aquellos que vigilan mi seguridad personal de que debo ser precavida cuando me expongo a multitudes armadas, por temor a las traiciones; pero les aseguro que no desearía vivir para desconfiar de mi leal y afectuoso pueblo.

Dejen que los tiranos teman. Yo me he conducido de tal modo que, después de Dios, mi fortaleza principal y mi seguridad descansan en los corazones leales y en la buena voluntad de mis súbditos.

Por lo tanto, vengo en esta ocasión a ustedes, como pueden ver, no para entretenerme y divertirme, sino resuelta a vivir o morir entre ustedes en medio del fragor de la batalla, dispuesta a entregar mi honor y mi sangre por amor a Dios, y por la salvación de mi reino y de mi pueblo.

Sé que soy dueña de un débil y frágil cuerpo de mujer, pero tengo el corazón y el estómago de un rey, más aún, de un rey de Inglaterra, y considero con esquiva repugnancia el que Parma o España, o cualquier soberano de Europa, se atreva a invadir las fronteras de mi reino; lo cual, si sucediera, antes que una mancha caiga sobre mi honor por mi culpa, yo misma empuñaré las armas, ya misma seré su caudillo y su juez, y sabré recompensar sus virtudes en el campo de batalla.

Sé que por su disposición merecen recompensas y laureles. Y les aseguro, con palabra de reina, que les serán pagadas en tiempo oportuno. Mientras tanto, mi teniente general —al que nunca su reina le ordenó un objetivo más noble o digno—, estará en mi lugar. Y no dudando de su obediencia, concordia o valor en el campo de batalla, dentro de poco tendremos una famosa victoria sobre los enemigos de mi Dios, de mi reino, y de mi pueblo.

Es un discurso de una apreciable agudeza psicológica como podemos ver (aquí lo tenemos interpretado por Cate Blanchett). Comienza ganándose la confianza de sus oyentes, diciendo que pese a lo que supuestamente le recomendaron ella no tiene miedo de acercarse a ellos, no solo porque confía en su lealtad sino porque tiene la conciencia limpia y solo los tiranos deberían temer al pueblo. Recurre a la modestia para que sus súbditos no se vean a sí mismo como tales y se muestra como si fuera una más en la batalla («yo misma empuñaré las armas»). Sabe evocar hábilmente los sentimientos de protección de los hombres que la escuchan, pues tras mencionar su débil cuerpo femenino muestra al enemigo como un violador, el invasor de sus fronteras que le provoca esquiva repugnancia y haría caer una mancha sobre su honor. De esa manera pelearán en la batalla como si protegieran a sus madres, esposas e hijas. Y termina prometiendo la fama para los participantes en esa victoria —y aquí estamos hablando de ella efectivamente— así como recompensas que serán pagadas a tiempo. Unas palabras que supieron tocar la fibra de la audiencia y el resultado para la desdichada Armada Invencible ya lo conocemos.

Isabel I arengando a las tropas en Tilbury. (DP)

Isabel I arengando a las tropas en Tilbury. (DP)

Pero donde las dan las toman y siglo y medio después sería el Imperio británico el que sufriría un duro revés a manos españolas. El responsable fue Blas de Lezo, apodado Mediohombre por todas las partes del cuerpo que había ido perdiendo en sucesivas refriegas, quien en 1741 defendió el fuerte de Bocachica en Cartagena de Indias junto a unos cuatro mil soldados frente a una flota de ciento ochenta y seis naves y más de treinta mil ingleses. Antes del choque arengó a sus tropas con apelaciones a la religión y la patria como en el discurso anterior, así como al ejemplo de los antepasados y a la memoria de los descendientes. Blas de Lezo se consideraba tan semejante a sus oyentes que solo pedía de ellos lo mismo que él se prestaba a hacer. Y como remate, la promesa de una vida más allá de la muerte gracias a la gloria imperecedera. Aquí lo tenemos:

Soldados de España peninsular y soldados de España americana. Habéis visto la ferocidad y poder del enemigo; en esta hora amarga del Imperio nos aprestamos para dar la batalla definitiva por Cartagena de Indias y asegurar que el enemigo no pase. Las llaves de Imperio han sido confiadas a nosotros por el rey, habremos de devolverlas sin que las puertas de esta noble ciudad hayan sido violadas por el malvado hereje. El destino del Imperio esta en vuestras manos. Yo, por mi parte, me dispongo a entregarlo todo por la patria cuyo destino esta en juego; entregaré mi vida, si es necesario, para asegurarme de que los enemigos de España no habrán de hollar su suelo, de que la santa religión a nosotros confiada por el destino no habrá de sufrir menoscabo mientras me quede un aliento de vida. Yo espero y exijo, y estoy seguro que obtendré, el mismo comportamiento de vuestra parte. No podemos ser inferiores a nuestros antepasados, quienes también dieron la vida por la religión, por España y por el rey, ni someternos al escarnio de las generaciones futuras que verían en nosotros los traidores de todo cuanto es noble y sagrado. ¡Morid, entonces, para vivir con honra! ¡Vivid, entonces, para morir honrados! ¡Viva España! ¡Viva el rey! ¡Viva Cristo Jesús!

En la década siguiente estallaría otra guerra en América entre potencias coloniales, esta vez entre Gran Bretaña y Francia por sus posesiones en Norteamérica, aunque involucraría a otros países convirtiéndose en conflicto a escala mundial: la Guerra de los Siete Años. Uno de sus momentos cruciales fue la batalla de Leuthen, en la que el ejército prusiano logró vencer al del Imperio austriaco que lo triplicaba en número. Para ello emplearon la misma táctica del general tebano Epaminondas en la batalla de Leuctra, una maniobra de engaño con un ataque desde un flanco en sentido oblicuo. Pero no fue la única influencia clásica. Al frente de las tropas prusianas estaba Federico el Grande, que antes de entablar combate les dirigió un discurso poniéndoles en situación, con los consabidos elogios al valor y patriotismo de sus hombres, para continuarlo así:

Dejadme que os diga que me propongo, en desafío a todas las normas del arte la guerra, atacar al ejército del príncipe Carlos, tres veces más numeroso que el nuestro, allá donde lo encuentre. No importa el número de los enemigos, ni importa la posición que han ocupado; todo eso espero superarlo con la devoción de mis tropas y el cuidadoso desarrollo de mis planes. Debo tomar este paso, o todo estará perdido; debemos derrotar al enemigo, aunque acabemos todos enterrados bajo sus baterías. Así lo creo, y así actuaré.

Comunicad mi decisión a todos los oficiales del ejército; preparad al soldado raso para los esfuerzos que han de llegar, y decidle que me siento legitimado a esperar de él una obediencia sin reparos. Recordad que sois prusianos y que no podéis mostraros indignos de semejante distinción. Pero si hubiera entre vosotros alguno que tema compartir conmigo todos y cada uno de los peligros, entonces lo licenciaré sin ningún reproche por mi parte.

(Silencio dramático)

Estaba convencido de que ninguno de vosotros deseaba abandonarme. Cuento, entonces, con vuestro fiel apoyo y la certeza en la victoria. Si yo no pudiera regresar para premiaros por vuestra devoción, la misma patria lo hará. Retornad a vuestro campamento y repetid a vuestras tropas lo que habéis oído de mí. Al regimiento de caballería que en el momento de recibir la orden no se lance sobre el enemigo, lo desmontaré inmediatamente después de la batalla, y lo convertiré en un regimiento de guarnición. Al batallón de infantería que apenas comience a dudar, no importa cuál sea el peligro, perderá sus banderas y sus espadas y se le arrancarán los encajes dorados de su uniforme. Y ahora, caballeros, adiós, hasta que hayamos derrotado al enemigo o ya no podamos vernos más los unos a los otros.

Vaya, parece que alguien leyó a Homero y a Shakespeare sacando buen provecho de ello… No es de extrañar, pues al fin y al cabo era un hombre muy culto que se carteaba con Voltaire y Diderot, el máximo representante del llamado «despotismo ilustrado». Una vez más el recurso retórico de ofrecer a sus oyentes la posibilidad de retirarse, tal y como hizo Agamenón, y al igual que él restringiendo esa opción a ese mismo momento. Así a nadie le da tiempo a reaccionar. La presión del grupo lleva a que ningún cobarde dé un paso al frente para huir, valga la paradoja, y luego una vez empieza la acción ya no hay posibilidad de retroceder sin severos castigos. Pero la cuestión es que todos irán a luchar con mayor convicción, creyendo que lo hacen libremente porque antes se les ha dado una ilusoria opción de elegir.

Pero si tener libertad para ir a luchar incrementa la motivación, probablemente esta ya no pueda ser mayor si la lucha es por la libertad misma. La mencionada Guerra de los Siete Años provocó una serie de cambios en el tablero que influirían en la Guerra de Independencia, que dio lugar a los Estados Unidos. En ella uno de sus héroes más recordados es Patrick Henry, uno de los Padres Fundadores que se dirigió a la Cámara de Ciudadanos de Virginia el 23 de marzo de 1775 de esta manera:

No hay retirada, ¡solo sumisión y esclavitud! ¡Nuestras cadenas han sido ya forjadas! ¡Su tintineo puede oírse en las llanuras de Boston! La guerra es inevitable. Así pues ¡dejadla venir señor! Os lo repito, ¡dejadla venir! Es inútil insistir en este asunto. Los caballeros podrán gritar paz, paz; pero no hay paz. De hecho, ¡la guerra ya ha comenzado!

¡La próxima tempestad que sople del norte traerá hasta nuestros oídos el resonante chasquido de las armas! ¡Nuestros hermanos se encuentran ya en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos aquí, ociosos? ¿Cuál es el deseo de los caballeros? ¿Qué tendrán? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, que deba ser comprada al precio de las cadenas y la esclavitud? ¡Que no lo permita Dios todopoderoso! No sé la decisión que otros tomarán; pero en lo que a mi respecta, ¡dadme libertad o dadme muerte!

Curiosamente él gozaba de mucha mayor libertad perteneciendo a una colonia inglesa que cualquiera de los cerca de ochenta esclavos que poseía en su plantación en el estado independiente que tanto ayudó a construir. Sufría una disonancia cognitiva del tamaño de una catedral, pero en todo caso estamos ante un discurso muy sentido.

Winston Churchill. Foto: Corbis.

Winston Churchill. Foto: Corbis.

En el breve recorrido que estamos haciendo por algunos de los grandes discursos militares que han forjado la historia nos acercamos ya al siglo XX y no puede faltar el hombre-arenga por excelencia. Había leído a los clásicos, conocía varios o quizá todos los ejemplos hasta ahora mencionados y tenía enfrente a un enemigo al que podía describir con las palabras más gruesas y grandilocuentes y aun así no exagerar ni un ápice. Churchill y la Segunda Guerra Mundial estaban hechos el uno para la otra. Tras la caída de Chamberlain, con la guerra ya comenzada y Holanda a punto de caer bajo el yugo nazi, el nuevo primer ministro profirió un discurso rebosante de determinación en el que dejó meridianamente clara su posición. Aquí puede escucharse, y a continuación un fragmento especialmente significativo:

Debo decir a la Casa, tal y como les dije a los que se han integrado en este Gobierno: no tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Tenemos ante nosotros un desafío de lo más doloroso. Tenemos ante nosotros muchos, muchos largos meses de lucha y sufrimiento. Me preguntáis, ¿cuál es nuestra política? Puedo deciros: es hacer la guerra, por tierra, por mar y por aire, con todas nuestras fuerzas y con toda la fortaleza que Dios pueda darnos; hacer la guerra contra una monstruosa tiranía, nunca superada en la lamentable historia de la criminalidad humana. Esa es nuestra política. Me preguntáis, ¿cuáles son nuestros objetivos? Responderé con una sola palabra: la victoria, victoria a cualquier coste, victoria a pesar de cualquier terror, victoria, no importa lo largo y duro que el camino pueda ser; porque sin victoria, no hay supervivencia.

Unos días más tarde, el 4 de junio, justo tras el desastre de Dunkerque, la Cámara de los Comunes fue de nuevo el escenario de otra arenga conocida como Lucharemos en las playas. El tercer gran discurso llegó el 18 de junio, llamado Su mejor hora,  y en él describía un Imperio británico que podría durar mil años —igual que el Tercer Reich, mira— pero que nunca olvidaría ese momento. Churchill tendría otras muchas intervenciones memorables, al igual que otros líderes durante el conflicto, pero hay uno que cabe destacar por contener un ingrediente tan poco frecuente en la característica solemnidad de esta clase de oratoria como es el humor: nos referimos, claro está, al discurso de George Patton al Tercer Ejército en 1944. Aquí pueden leerlo completo, es algo extenso pero merece la pena.

Desde entonces la naturaleza de la guerra ha sufrido algunos cambios y puede que ya no haya grandes batallas o que los generales no estén por la labor de realizar alardes de oratoria, sin embargo los tenemos más presentes que nunca. Ya sea en El retorno del rey, en Braveheart, en Gladiator o en Master & Commander. Comenzamos hablando de hazañas bélicas o deportivas y estas últimas han heredado con todos los honores la retórica más grandilocuente de las primeras. Quizá hayan visto el vídeo viral del entrenador Flowers motivando a su equipo. No está mal, pero vamos a ver: ¿no era capaz de memorizar esas pocas líneas y mirar en todo momento a sus jugadores mientras las declamaba? Si alguna vez las circunstancias les llevan a tener que encender los corazones de soldados ante una batalla crucial, jugadores en una final histórica, empleados ante un proyecto en que se decide el futuro de la empresa o vecinos frente al pago de una derrama, espero que hayan comprendido las claves sobre las que debe girar el discurso: la libertad, el valor, el compañerismo, la gloria, el sacrificio en nombre de Dios y de la patria, el honor inmortal ante las generaciones venideras… pero por favor y sobre todo ¡no lo lean de un papel!

34 comentarios

  1. Pingback: Discursos épicos antes de la batalla

  2. Enhorabuena, me ha encantado!

  3. Los extractos de los discursos de Patrick Henry y Churchill también son de las versiones traducidas por el Grupo de Estudios de Historia Militar (www.gehm.es)

  4. Después de leer el discurso de Patton me han entrado ganas de invadir Alemania.

  5. El mejor discurso de la historia lo dijo Nelson a sus hombres en Trafalgar.

    “Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber.”

    Y punto.

    • Hombre, es que al tener que dar el discurso mediante banderas de señales hay que abreviar mucho. :)

  6. Siempre he sido muy de Churchill pero tras leer la de Patton este gana por goleada

  7. What? Over? Did you say ‘over’? Nothing is over until we decide it is! Was it over when the Germans bombed Pearl Harbor? Hell no!…

    It ain’t over now, ‘cause when the goin’ gets tough, the tough get goin’. Who’s with me? Let’s go! Come on!…(He ran to the front door but no one followed him)

    (He returned, chastising his frat brothers) What the f–k happened to the Delta I used to know? Where’s the spirit? Where’s the guts, huh? This could be the greatest night of our lives, but you’re gonna let it be the worst. ‘Ooh, we’re afraid to go with you, Bluto, we might get in trouble.’ (shouting) Well, just kiss my ass from now on! Not me! I’m not gonna take this. Wormer, he’s a dead man! Marmalard, dead! Niedermeyer…

  8. Blas de Lezo, apodado Mediohombre …. Pensaba que era Tyrion Lannister >_< que discursos buenos tambien los tiene

  9. El que quiera guerra que vaya y deje a los demás en paz. Jamás lucharé para que los más ricos sigan manteniendo su estatus, con arenga o sin ella.

    • Interesante. Lo tendremos en cuenta.

    • Es de una madurez acojonante ese discurso, reducir el conflicto, implícito en la naturaleza hasta el punto de que los microorganismos se matan entre si, a un hecho producido por interés de los ricos.
      Las guerras, por supuesto son indeseables y jamás deberían ser celebradas, no hay nada bueno en la muerte del individuo, aunque hay quienes celebran la muerte del que no le gusta como si se supieran bendecidos por la verdad absoluta (que envidia, jamas me he sentido así)
      Una vez dicho esto, la guerra es un motor del cambio social, ya en tiempos de la Grecia clásica, o de la república Romana los conflictos alteraban la sociedad con un poder difícil de controlar. Gracias a las guerras se ha terminado con los regimenes mas tenebrosos que ha dado la humanidad (La Alemania Nazi, por ejemplo)
      Gracias a la guerra se conquistaron enormes avances médicos y científicos.
      Gracias a la guerra se ha ido derribando esa vergüenza llamada esclavitud y muchos superaron el racismo en una trinchera, habría sido mejor, sin duda, que lo hicieran tomando el te o jugando al quiddich, pero yo no fui responsable de conflicto alguno así que no me miren.
      Otra cosa es que hay guerras verdaderamente abominables, que no han sido semilla de nada y fin de todo, pero no son tantas.

  10. he leido! y me han parecido que han escogido los mejores discursos! muy buenos.

  11. Menudo discurso el de la reina Isabel, que consiguió conjurar los elementos para que las ciclogénesis explosivas (que rodeaban a la patria) consiguiesen diezmar a 1/4 parte de la flota española :-P

  12. Muy interesante todo. Solo una pregunta: ¿qué significa “dodoneo” del tercer párrafo? El diccionario no lo recoge.

  13. No sé si es cierto, pero he leído que Wellington, antes de Waterloo, el discurso que se pegó fue: “soldados, estais bien vestidos y bien alimentados. El que no cumpla con su deber será ahorcado”. Motivación a tope

  14. Muy bueno. yo hice la mili en los 80 , en el ambiente de la época, anécdotas de pelicula de Ozores, cutrez ambiental..lo tipico. Pero el único momento lirico de los 12 meses fué la mañana en la que nuestro coronel nos formó y soltó un discurso poético, cargadito de metáforas antiguas sobre la patria y el sacrificio personal. El tio era un buen orador, pero aquel tono era era completamente extraño, incongruente con la miseria ramplona de la vida cuartelera. Fué marciano.

    • … esas milis ochenteras fueron muy surrealistas. Material napoleónico, mandos tomateros y tropa panchovillista. Y ese olor a cuartel… después de veinticinco años lo sigo recordando…

  15. Más que el famoso “Sangre, sudor y lágrimas” me gusta “Su mejor hora” y el que más “Lucharemos en las playas”.

  16. Sobre el discurso de Blas de Lezo, aclarar que no hubo que espera siglo y medio para el desastre inglés. Solo unos años después de la cagada española con la invencible, la cagaron y bien los ingleses al enviar a la invencible inglesa a destruir lo que quedaba de la flota española. Por otro lado, seguro que el discurso de Blas tuvo algún efecto, pero sin duda, lo que fue determinante para el resultado de esa batalla, fue la inteligencia y experiencia de Blas de Lezo, auténtico lobo de mar, curtido en mil batallas.

  17. Una arenga famosa la realizo el criollo español Juan Sánchez Ramirez, jefe de las fuerzas españolas en Santo Domingo, durante la guerra de la independencia Española. La parte este de la isla, la cual era colonia española, había sido ocupada por las tropas francesas de Napoleón, y el 7 de noviembre de 1808 se enfrentaron las tropas criollas contra las francesas en lo que se denominó “La Batalla De Palo Hincado”, antes de iniciar el combate en el que serían derrotadas las fuerzas francesas, Sánchez Ramirez le exclamo a la tropa la siguiente frase:

    “Pena de la vida al soldado que volviere la cara atrás, pena de la vida al tambor que tocare retirada y pena de la vida al oficial que lo mandare, aunque sea yo mismo.”

    Esta sería la batalla decisiva en la guerra de la reconquista de la colonia española.

  18. Los discursos “épicos” de los políticos antes de unas elecciones no te piden dar la vida… pero si el voto. Y algunas veces las consecuencias pueden ser tan desastrosas como para perder vida y hacienda.
    http://elvillanoarrinconado.blogspot.com.es/

  19. @Jimmyholydays Comparto contigo que no cabe el discurso que reduce las guerras al capricho de los ricos, pero pienso tampoco se puede seguir con eso que las guerras son algo natural. En la adolescencia se entiende querer resolver los problemas a los puños, pero ya de mayores, no. Ya con sigloes de cultura y tecnología, no (salvo casos extremos de defensa propia). Igual con las guerras. Entendibles en la era pretecnológica, cuando ciertos recursos eran imposibles de obtener si no invadiendo.

    Ya está de más que nos vendan el cuento de guerras en el medio oriente en aras de la democracia cuando lo que se quiere es controlar el precio del barril. Siguiendo la analogía de la adolescencia, a veces es mejor dejar que se den hostias hasta más no poder para que lo saquen del sistema. Que se autoregulen (sí, no es tan fác¡l). Las guerras son, en su mayoría, frívolas. Pero venden. Desde películas hasta armamento.

    En fin, supongo que la guerra cambiará de reglas pero no dejará de existir. Llegará un día cuando ya nadie muera en las guerras porque las vidas humanas dejarán de valer tanto como ahora, que no es decir mucho. Las pérdidas serán informáticas, pues parece que al mundo le está dejando de importar el humano. Esas películas de ciencia ficción pueden no suceder tal cual las vemos en la pantalla, pero sí que vamos hacia una realidad donde bien puedes llamarte Juan Pérez como #127489. Bueno, lo de siempre, qué se yo. La vida no se deja entender. Somos la rana que se va a dar cuenta de que el agua está hirviendo cuando ya no puede salir.

  20. Enhorabuena por el artículo, muy interesante. También es de elogiar el buen gusto en la selección de los textos. PERO hay, creo, una falla importante. No se menciona la Anábasis narrada por Jenofonte. Creo que era de obligatoria inclusión por los siguientes motivos: 1º. Se hace mención a Alejandro Magno. El relato de Jenofonte sirvió de guía para la expedición del macedonio. 2º. La Anábasis es un relato que tuvo gran relevancia en la Antigüedad, y es, además, un texto de relevancia histórica incuestionable. 3º. La aventura de los Diez Mil está llena de batallas y de situaciones límite. Jenofonte pronuncia ante sus compañeros las siguientes palabras, que tienen mucho que ver con el contenido del artículo: “Y yo en particular, compañeros, estoy convencido de que, los que en la guerra buscan por todos los medios conservar la vida, ésos por lo general mueren cobarde y vergonzosamente, mientras que, quienes han comprendido que la muerte es común e ineludible para todos los hombres y luchan para morir con honor, veo que ésos llegan frecuentemente a la vejez y, mientras viven, son más felices”. Hay más discursos, varios de ellos relacionados con las conclusiones que se sacan en el artículo.

  21. A ver cuando declaran la guerra Patrimonio de la Humanidad: https://youtu.be/mUu4fR9xoUY

  22. Pingback: ¡Viva San Crispín! | Qué Aprendemos Hoy

  23. La traducción del célebre discurso de Churchill ofreciendo sangre, esfuerzo sudor y lágrimas está coja…no es a la “Casa” a quien le está hablando, sino al Parlamento; justamente, the House para ellos…

  24. En el cine me quedo con dos:
    1.- Master & Commander.
    2.- Un Domingo Cualquiera (el famoso Pulgada a Pulgada de Pacino: si después de eso no sales a morder al que te ponen enfrente es que no tienes sangre en las venas).
    Saludos cordiales.

  25. ¿Cómo que hubo que esperar siglo y medio entre la triste derrota de la Grande y Felicísima Armada para devolver el golpe?
    Al año siguiente los ingleses lanzaron la contraarmada con estrepitoso resultado y, de hecho, la guerra en la que se produjeron estas batallas la ganó España.

  26. Cuando nuestra historia se nutra de los avances tecnológicos más que de batallas, guerras y demás, seremos distintos

    http://fullde95.blogspot.com/2015/10/mision-rescate-scott-lo-hizo-otra-vez.html

    Ridley Scott plantea esto haciendo del héroe un científico, peor aún un botánico, el conocimiento y la conciencia es lo único que cambia realmente las cosas

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