Vamos a necesitar un museo más grande

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Ilustración de Florencio Arias

Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), Sevilla

Muy pocos de los visitantes que pasean por las salas y los pasillos del antiguo monasterio de la Cartuja de Sevilla, la actual sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, son conscientes de que este museo, la joya de la corona museística de la comunidad andaluza, empezó su andadura como un hijo repudiado cualquiera: sin cama en la que dormir (la reforma de las Atarazanas, que estaban destinadas a convertirse en su emplazamiento definitivo, nunca se llevó a cabo) y heredando los zapatos, es decir las colecciones, de sus hermanos mayores. Algo que, en cualquier caso, encaja a la perfección con la voluntad declarada del CAAC de convertirse en un vagabundo a tiempo parcial. En «un museo sin paredes» cuyas exposiciones escapen de los grandes salones de la Cartuja para viajar por todo el territorio español.

Uno de esos hermanos mayores, de hecho el mayor de todos, fue el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla, inaugurado en 1970 y obra de los arquitectos y artistas José Ramón Sierra, Francisco Molina, Gerardo Delgado y Víctor Pérez Escolano, que se convertiría con apenas veinticuatro años en su primer director. El Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla fue, dicho rápido y claro, uno de los primeros experimentos de la dictadura franquista con la modernidad. Un meter el pie en el agua de la bañera del arte contemporáneo para catar en primera persona si este quema tanto como aparenta o no es tan fiero el león como lo pintan. De ahí que el experimento se llevara a cabo en Sevilla, que a fin de cuentas es periferia, y no en Madrid, donde ya tenían un museo de arte raro (el Nacional de Madrid) y donde un segundo amenazaba con abarrotar la capital de poetas, bohemios y librepensadores. En 1971, el Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla organizó la primera exposición sobre cómics que se veía en una institución pública en España. Tan sobrecogedora fue la experiencia que las autoridades franquistas se apresuraron a santificar el reciento tras la clausura de la exposición metiendo una cruz de mayo en sus salas. Aparentemente, los responsables de la cosa niquelaron el exorcismo porque a día de hoy Satán sigue sin aparecer por la iglesia de San Hermenegildo. O quizá lo que ocurre es que a Satán no le gusta el cómic y que la santificación fue entonces innecesaria. Daño, en cualquier caso, no hizo: ante la duda, nunca viene mal un exorcismo.

En 1997, los fondos del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla fueron trasladados al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, donde continúan en la actualidad.

Nace el CAAC

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Foto cortesía de CAAC.

El CAAC cumple en 2015 veinticinco años, aunque la efeméride requiere contexto. El museo en sí fue creado en 1990, pero se inauguró el 1 de enero de 1998. Hasta ese momento, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo era, como explicó su actual director, Juan Antonio Álvarez Reyes, al diario ABC, «un museo que iba conformando una colección y que la mostraba en diferentes puntos de Andalucía». A pesar de los vaivenes iniciales, el CAAC acabó recalando en la Cartuja y formando parte de esa primera hornada de museos de arte contemporáneo creados en democracia y a la que también pertenecen el IVAM, el MACBA y el Reina Sofía. Son los museos que han abierto las puertas del presupuesto público y marcado el camino a todos los que han llegado después. Un camino opuesto al recorrido sin ir más lejos por la ciudad de Málaga, centrada en proyectos muy espectaculares y mediáticos, y más en la sintonía de las grandes franquicias de museos europeos abiertas en los países del Golfo que en la labor lenta pero constante de museos como el CAAC.  

A las obras recibidas desde el Museo de Arte Contemporáneo (Torner, Millares, Dokoupil…) se sumaron a lo largo de los años las que la Junta de Andalucía llevaba adquiriendo de varios artistas contemporáneos andaluces desde 1984, además de las que el mismo museo empezó a comprar en 1991. La colección completa del CAAC, que en la actualidad ronda las tres mil piezas, se presentó en 2000 e incluye obras de Bill Viola, Francis Bacon, Txomin Badiola, Equipo 57, Patricia Dauder, Luis Gordillo, Ana Mendieta, Albert Ràfols-Casamada, Daidō Moriyama, Xavier Miserachs, Elena Asins y Soledad Sevilla, entre muchos otros. Además, a la colección se suman cada año decenas de obras donadas o depositadas. Solo en 2012 se añadieron al fondo cuatrocientas ochenta y cuatro obras de cincuenta y un artistas, donadas por sus propios autores o por coleccionistas. Entre ellos, José Soto, Ignacio Tovar, Juana de Aizpuru, Jacobo Cortines y Guillermo Pérez Villalta.

El CAAC quiso desde un principio poner la fecha de inicio de su colección en 1957 en referencia al Equipo 57, el grupo de artistas españoles fundado en el café Rond Point de París y que acogió hasta su disolución en 1962 a nombres como Luis Aguilera, José Duarte, Agustín Ibarrola y Jorge Oteiza. Entre las joyas del museo sevillano, y además de la colección de obras del Equipo 57, se cuenta la famosa celda de la escultora franco-americana Louise Bourgeois, conocida por sus esculturas de arañas gigantes (alguna de ellas supera los nueve metros de altura) y cuya primera muestra española se organizó por cierto en Sevilla en 1994. También la obra del pintor y escultor gaditano Guillermo Pérez Villalta, uno de los artistas más importantes del posmodernismo español.

El CAAC en 2015

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Foto cortesía de CAAC.

El problema actual del CAAC no es de falta de obras sino de espacio. De falta de «almacén», como lo describe su director. Porque el edificio que alberga el museo no se acondicionó pensando en su uso futuro como espacio de exposiciones, sino para la Exposición Universal de Sevilla de 1992. De ahí el proyecto del Pabellón del Siglo XV, que cuenta con 6 826 metros cuadrados y del que se rumorea que puede convertirse en el nuevo hogar de la colección del CAAC (o de parte de ella). Su incorporación al museo, sin embargo, no está confirmada en el momento de escribir este texto porque choca con los intereses del colectivo La Carpa, que agrupa a diecisiete asociaciones sevillanas y que intenta por su lado que el espacio se convierta en el escenario de diversas actividades de teatro, música, danza e incluso circo (a su favor juega el hecho de que la rehabilitación del espacio tendría un coste cero para la administración porque de ella se harían cargo las mencionadas asociaciones, entre ellas Varuma Teatro, Cuarto Revelado, Assejazz La Matraka, Recetas Urbanas, La Residencia y Trans-Forma). De momento, el CAAC ha capeado la falta de espacio cerrando salas de exposiciones para utilizarlas como almacén. Su objetivo a medio plazo es que todas las obras del fondo sean visitables, aunque para ello se tengan que restringir o reorganizar las visitas.

Aunque si se le pregunta a los responsables del museo, es probable que su preocupación número uno sea la de siempre: la falta de músculo financiero. El presupuesto del CAAC, que había llegado hasta los siete millones de euros en la época de bonanza a finales de la primera década del siglo XXI, ronda en la actualidad los tres millones de euros anuales (3,3 en concreto en 2014). Aproximadamente un millón de esos tres se lo come el mantenimiento del edificio y un millón ochocientos mil, los salarios del personal. A la organización de exposiciones dedica el museo el 6% restante de esos 3,3 millones, es decir doscientos mil euros, que se han de repartir entre las exposiciones de menor coste (la del pintor malagueño Alfonso Albacete, que supuso quince mil euros) y las más caras («Lo que ha de venir ha llegado» costó sesenta mil euros). Muy lejos, en cualquier caso, de las exposiciones más caras organizadas por museos como el Thyssen (un millón de euros costó su exposición de Cézanne) o el Prado (otro millón de euros para «El Greco y la pintura moderna»). Para situar las cifras en su contexto hay que conocer que ese presupuesto de poco más de tres millones de euros es incluso inferior al que tenía a su disposición el museo cuando se inauguró.

¿Y los visitantes? Bien, gracias. El CAAC mantiene una tendencia claramente ascendente que tuvo su punto culminante en 2014, con ciento setenta y cinco mil visitantes, desde unos primeros años en los que las cifras rondaban los veinte mil visitantes anuales. Una cifra más que respetable, la de quinientos visitantes al día, si tenemos en cuenta el tamaño del museo y su presupuesto. Al récord de ciento setenta y cinco mil visitantes contribuyeron, eso sí, dos exposiciones con mucho gancho mediático: la de Ai Weiwei, «Resistencia y tradición», que congregó a cuarenta y cinco mil visitantes, y la de Carmen Laffón, «El paisaje y el lugar», que reunió a más de veinticinco mil gracias a su capacidad para apelar tanto al espectador de gustos más conservadores como al más vanguardista.

El hecho de que la máxima responsabilidad del CAAC haya recaído únicamente en las manos de tres directores diferentes durante los últimos veinticinco años, evitando los ya tan tradicionales bandazos y caprichos políticos, ha ayudado a la estabilidad de la institución, como también lo ha hecho el que esos directores hayan respetado la labor de sus predecesores en el cargo sin caer en la tentación de la revolución por la revolución. El continuismo, en este caso, ha sido una bendición para el museo.

El Monasterio de la Cartuja

Exposición "Miguel Trillo. Identidades". Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC). Sevilla abril-julio 2009.
Exposición Miguel Trillo. Identidades. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC). Sevilla abril-julio 2009. Foto cortesía de CAAC.

El Monasterio de Santa María de las Cuevas, conocido popularmente como Monasterio de la Cartuja, fue declarado Bien de Interés Cultural en 1964 y es uno de los cuatro únicos monasterios cartujos que hay en Andalucía (los otros tres son la Cartuja de Jerez de la Frontera, la Cartuja de Granada y la Cartuja de Cazalla de la Sierra, también en Sevilla). Su construcción data del siglo XV, aunque la obra no se finalizó hasta el XVI. Su fundador fue el noble y clérigo Gonzalo de Mena y Roelas, arzobispo de Sevilla entre 1394 y 1401, y cuyos restos reposaron en la Cartuja hasta 1594, cuando fueron trasladados a la Capilla de Santiago de la Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla. El Monasterio de la Cartuja acoge no solo al CAAC sino también al rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía.

Los problemas derivados del emplazamiento del museo son obvios. El mantenimiento de un edificio declarado Bien de Interés Cultural tiene un coste muy elevado, y ese coste es soportado en este caso por el presupuesto del CAAC y no por la Junta de Andalucía, a la que le correspondería la responsabilidad en exclusiva si el edificio fuera considerado como un «monumento». En segundo lugar, el espacio no ha sido obviamente pensado y diseñado para la organización de exposiciones de arte contemporáneo. Exposiciones en las que muy frecuentemente se muestran obras de formatos muy variados y de gran tamaño, lo que obliga a constantes y agotadores ejercicios de ingenio por parte de los responsables de la muestra. Y en tercer lugar, la distancia. El Monasterio está en la Isla de la Cartuja y aunque la pasarela que se construyó en 1992, con ocasión de la Exposición Universal, ha facilitado el acceso desde el centro de la ciudad, el museo sigue siendo percibido por los ciudadanos sevillanos como una instalación «lejana». En realidad, apenas se tardan treinta minutos en caminar desde el centro de Sevilla hasta el museo, pero a ver quién es el valiente que se lanza en una ciudad con más de trescientos días de sol al año. Y de un sol no precisamente benevolente.  

Un museo paritario

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Foto cortesía de CAAC.

El CAAC es el único museo español cuya programación se decide no solo por criterios artísticos y financieros, sino también de paridad de sexos. Algo que desde 2015 tiene su reflejo en la composición de la comisión técnica del museo, formada en 2015 por igual número de hombres que de mujeres: Víctor Pérez Escolano, Francisco Jarauta, Juan Bosco Díaz de Urmeneta y José Guirao, por un lado, y Berta Sichel, María Dolores Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz, Natalia Bravo y Luisa López, por el otro.

Artículo extraído del libro A Marte disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.

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5 comentarios

  1. Carlos

    Sinceramente, conozco a muy pocos sevillanos que hayan visitado el Monasterio para ir al museo y sí, por ejemplo, para los conciertos que se celebran allí (Nocturama, Territorios…) Es un gran desconocido. Y no creo que sea tanto por esa idea de lejanía porque no tiene difícil acceso, puesto que las líneas C1 y C2 del bus urbano paran en la misma puerta y en bicicleta también se llega con mucha facilidad.
    El problema en cuanto a los turistas es que Sevilla tiene tanta oferta que en visitas cortas hay que priorizar siempre y como no haya un interés especial por el museo poca gente lo visita.

    PD: Aprovecho para decir que el Monasterio también tiene mucho interés como visita histórico-artística, especialmente porque fue utilizado en el siglo XIX como fábrica de loza y tiene una curiosa e interesante simbiosis entre edificio religioso e industrial

  2. Rafael sisamon

    Pues yo en cambio conozco muchos sevillanos que somos habituales del museo , a cada cambio de exposición voy, y además es un paseo ideal en bici para el domingo…aparte de eso también voy a no tiramos y territorios…además del museo de bellas artes que también es de sevilla… Y además gratis! Mas arte x favor!

  3. Sinceramente, conozco muy pocos españoles que tengan el suficiente interés en el arte contemporáneo -no cuenta la asistencia a exposiciones – como para visitar cualquier lugar donde se exponga arte contemporáneo. Los turistas no son publico habitual de este tipo de oferta. Y la distancia no es problema real a no ser que se quiera incrementar la asistencia con gente que pase por allí de camino a la Giralda.
    Y menos gente pasará considerando la educación de las futuras generaciones.

  4. Disculpas. Concreto: exposiciones-espectáculo

  5. Genial artículo, muy fluido e interesante para los que somos habituales amantes de este increíble museo y emplazamiento histórico, el cual me parece realmente mágico.

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